sábado, 7 de enero de 2012

171. El Bautismo del Hijo amado

Homilía sobre Marcos 1,7-11 


Hermanos:

1. El Bautismo de Jesús, narrado por los cuatros Evangelios, es una escena estremecedora, porque, siendo el bautismo más real y verdadero que ha existido, es la fusión de Cristo con todo el pecado del mundo. Y, al mismo tiempo, al abrir el Evangelio, el Bautismo de Jesús, es la escena del sumo placer del teólogo, porque en él encuentra el pensador, condensada, toda la teología cristiana, la pura esencia de la cristología.
San Marcos, que es el Evangelio que meditamos este año, lo resume en tres versículos; 9, 10 y 11. Y en esta escena encontramos dos momentos:
- Primero, Jesús, bautizado por Juan en el Jordán (v. 9).
- Segundo, el acta del Bautismo, firmada por el Padre. Al “rasgarse el cielo”, signo de la inauguración del tiempo pascual – del tiempo escatológico, del tiempo definitivo en el que estamos – se rasga el corazón del Padre, se rasga toda la Trinidad, y se pronuncia la mayor declaración de amor que jamás se oyó en la historia humana: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Jesús, para iniciar su ministerio, acaba de vivir su Pascua anticipada.
Todo ello va contextualizado, recordando cuál era el mensaje del Bautista: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,7-8).

2. Mirada en su conjunto, la escena nos lleva a la suprema paradoja de la vida de Jesús: su humillación y su gloria, que es justamente la esencia del Misterio Pascual.
Al mismo tiempo, nos hace pensar en otra forma de considerar el misterio: solidaridad íntima con los hombres, con todo hombre hasta el pecado; y comunión sublime con la gloria de Dios, con el amor de Dios, rasgados los cielos.
“¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses....!” (Is 63,19),  había suplicado el profeta; ahora se han rasgado los cielos y Dios se ha declarado, volcándose del todo en su Hijo. “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Es la pleamar del gozo del Padre; es un derroche de la íntima y personal alegría que el Padre descubre a su Hijo Jesús, y se deleita en decirlo. El sabe que ese Hijo que tiene -  ahora, Hijo en la tierra -  es su cielo.
A partir de ahí, hay que leer el Evangelio que sigue; cualquier otra lectura que se haga es falsa, pues el Evangelio es, según el primer versículo de Marcos, “el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.

3. Ninguna escena del Evangelio como esta para trazar la biografía de Jesús, más bien, el estilo de biografía que se puede hacer de tal protagonista. Desde hace siglos, cuando hace su aparición la exégesis crítica, los autores han visto que el bautismo – que de alguna manera va en contra de la imagen espiritual que uno pueda formarse de Jesús – es el punto crucial de arranque de toda su vida pública.
Jesús se hunde en el bautismo, que no es precisamente un rito iniciático de mística superior, sino un rito de purificación, anejo a la confesión de los pecados. Lo que Jesús pretende no es dar un buen ejemplo para que otros se animen; esto sería insincero y ficticio. Él pretende someterse a un designo del Padre, designio que él acepta a través de un inferior, que debería ser bautizado por él. Pero Jesús no bautiza a Juan, sino que se deja bautizar por él. Esto es la historia cruda, que nos deja realmente sin palabras: Jesús a ras de todos.
Ahora bien, la historia no se cierra ahí, porque Jesús, en aquel momento, al salir del agua, tiene una visión teofánica, la visión del iluminado, y, si era verdad lo primero, lo mismo de verdad es lo segundo: la entrada de la divinidad en todo el ámbito de su ser, que no lo ha dejar hasta el fin.
Según esto, ¿cuál es el verdadero perfil de Jesús, en todo semejante a nosotros, a excepción del pecado (Hb 4,5). Y según esto, ¿cuál es la divinidad transparentada en todos y cada uno de sus actos de su vida?
Ese punto de conjunción en que se juntan lo humano y lo divino se nos escapa, se hurta a nuestro control, y de ahí las dificultades y los debates cuando sale a la palestra – en libro de divulgación o en libro de alta investigación – el tema crucial de “el Jesús de la historia” y “el Jesús de la fe”, que, evidentemente se refieren al mismo ser, a la misma persona.
San Pablo ha densificado la vida de Jesús en la muerte, sepultura y resurrección de Jesús, y en su predicación esencial ha omitido todo episodio de la vida de Jesús, por ejemplo, sus milagros. Y él se ha cobijado en ese Jesús de la fe, que se le apareció en el camino a Damasco, pero entendiéndolo no tanto como norma de conocimiento (aunque también sí), sino como vida de su vida. Es la solución real, convincente, a la que estamos invitados.

4. Por esta vía de acceso a Jesús nosotros llegamos a aquel bautismo, que fue real, y nos preguntamos no tanto qué cosas me enseña este bautismo, sino qué le comunicó a él el bautismo, y qué me comunica a mí ese mismo bautismo.
Jesús se vio inmerso en el pecado; se vio hecho pecado. Como sabéis, hermanos, este no es un pensamiento mío, atrevidísimo pensamiento, sino de san Pablo, cuando habla a los Corintios con estos términos: “Al que no conocía pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). San Juan lo dice con otra expresión: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).
Nos place pensar, en nuestros ratos de intimidad, que lo más bello de Jesús es también mío; pero seguramente no nos atrevemos a pensar que lo más feo de mí mismo – que a lo mejor me tiene agarrotado con un temor mortal – es también de Jesús. La ecuación se establece para lo primero y para lo segundo. Jesús es el propietario de mis pecados, el que me los ha lavado en el Jordán. Si esto es así, de he sentir una profunda seguridad en lo hondo del ser, que es la seguridad de la salvación.
Jesús está, pues, fundando el bautismo con su bautismo; es el bautismo de Juan, pero divinizado con el Espíritu Santo. Lo había dicho el Bautista: “Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,8).

5. Pero pasemos al otro aspecto de la escena: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (versículo final de hoy). Este es el Evangelio del Padre para Jesús. En esta sola palabra está todo.
Jesús es el Hijo amado para el Padre, es su tesoro, el bien de los bienes: en Jesús está aposentada toda la delicia del Padre. Esta es la única herencia que Jesús posee en este mundo; es lo que le da seguridad, libertad y plenitud. Él cuenta con Dios, su Padre, pase lo que pase.
Dios es el todo de la vida de Jesús, pero Dios como Padre. Jamás Dios dejará de ser lo que es, el Padre. En la claridad o en la tiniebla es igual: Dios es el Padre, y Jesús es la suma alegría del Padre.

Y a nosotros se nos invita a esta comunión bautismal, al modo y estilo de Jesús, en este doble aspecto que estamos señalando:
- Dios es el todo de mi vida, y no necesito otra cosa que a Él. Dios es mi plenitud, la salida sublime de todos los vericuetos de mi persona. Todo lo que yo necesito en mi vida lo tengo en Dios, en este Dios de la Biblia, que se me revela desde Jesús. Dios es la medida y destino del hombre perfecto.

Queda otra cosa: Que ese Dios del amor y del perdón se desborda en Jesús y en Jesús halla sus complacencias.
Es exactamente lo que Dios quiere hacer conmigo. Quiere decirme, y yo lo tengo que oír: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”.
La declaración del Padre nos llevará a percibir nuestra verdadera y propia identidad y destino.
Este es, hermanos, el Bautismo de Jesús.
¡Que el Espíritu Santo, que en forma de paloma, descendió sobre Jesús en el bautismo descienda sobre mi corazón y me haga experimentar el gozo de estas divinas verdades que son el sustento y la esperanza de mi vida! Amén.

Puebla, 7 enero 2012

Sobre el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en mercaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo de Jesús. Son los siguientes:

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