lunes, 9 de enero de 2012

172. El Bautismo de Jesús, bautismo de toda la creación

Nueva homilía en el Bautismo del Hijo amado


Hermanos:

1. Seguimos hablando del Bautismo de Jesús, seguimos contemplando. Al aire y son de la liturgia, vamos a ver cómo en el Bautismo de Jesús toda la creación queda bautizada, es decir, compenetrada de la divinidad que irradia el cuerpo santo del Bautizado. Oramos así en el oficio de lectura: “Hoy se han abierto los cielos y el mar se dulcificó, la tierra canta de alegría y los montes y colinas se llenan de júbilo: * porque Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán” (Respons. 2). Y en la misma hora litúrgica el primer responsorio suena de esta manera: “Hoy se abrieron los cielos cuando fue bautizado el Señor en el Jordán, y el Espíritu de Dios bajó sobre él en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre que decía: * «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»”.
Lo que parecía ser un episodio particular acaecido en un mínimo rincón de la tierra, es un acontecimiento cósmico que inunda cielo y tierra. En Laudes dice una antífona “Cristo es bautizado y el universo entero se purifica; el Señor nos obtiene el perdón de los pecados: purifiquemos todos por el agua y el Espíritu” (Ant. Bened.).

2. Será muy hermoso, hermanos, que yo pueda tomar un vaso de agua en mis manos, y contemplando el agua cristalina – San Francisco cantó a nuestra “hermana agua, la cual es muy útil, y humilde y preciosa y casta” – vea allí el bautismo de Jesús, que ha hermoseado la creación. Y, lo mismo, sería bello y gratificante caminar por la montaña y, al sentir los pájaros y contemplar árboles y montañas, uno quedara extasiado aguzando la mirada y descubriendo allí a Jesús en el Jordán. Contemplar, en su suma,  una belleza – la de la creación universal – inmersa en otra belleza, que es la belleza de Jesús, de su cuerpo santificador. El bautismo de Jesús es el germen de la nueva creación, que surge de las aguas.

3. Los Padres orientales se han deleitado en estas consideraciones. Estremece el corazón dar un salto de mil seiscientos años, y escuchar a san Gregorio de Nacianzo (330-3390) que habla en la “disertación” de hoy a sus fieles en este sermón 39 de las Luminarias: “Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él. Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua” (Oficio de lectura de hoy).

4. Las aguas son maternales. De las aguas primordiales nació el mundo; y de las aguas en las cuales se sumerge Cristo desnudo, al contacto con sus divino cuerpo, nace el mundo que nos sustenta y el mundo que viene.
No terminamos de meditar, de contemplar, que si el protagonista es divino, el mundo está a su servicio. Por eso, los iconos de Oriente, al pintar a Jesús, metido en la río Jordán, nos representan a los ángeles, que le guardan la ropa, sosteniéndola reverencialmente en sus manos, inclinada la cabeza para adorar. Estas representaciones no son vana poesía, sino dar a la pintura lo que, paralelamente damos a la poesía: la belleza quiere salir como sea, y con la belleza una exultación de gozo.  

5. Esta teología contemplativa, que es una “forma vitae” (forma de vida muy especial), acaso nos parezca algo piamente ilusorio, que no aterriza en el fragor de la batalla de vida, y menos en América latina, subyugada en muchas partes por al teología de la liberación. Pero hace falta, hermanos, henchirse de belleza y poesía, para lanzarse con nuevo ímpetu a la brecha. El ímpetu nace del encuentro con la belleza.
¿Qué decir, hermanos? Que no tengo nada que observar, o que, si lo tengo o lo tuviera, me abstengo, en lo posible, de entrar en liza, y mi impulso recóndito me lleva, más bien, a estar mirando, sin apenas pensar, dejando que el Espíritu descienda sobre mí, como descendió sobre Jesús, me ilumine, me llene, e inicie en mí su nueva obra, el mundo que Jesús ha traído.

6. Acabo de mencionar el Espíritu, clave del secreto del Bautismo de Jesús.
La realidad del Bautismo de Jesús nos remite al momento inicial de la creación, cuando el Espíritu de Dios se cernía sobre el abismo. Así comenzó la vida de Dios en el cosmos, luego en el hombre. Pues fue el Espíritu de Dios, insuflado en las narices del hombre, el que le comunicó vida y personalidad.
El Espíritu, que desciende forma de paloma – muy probable alusión a la paloma que con el ramo de olivo en su pico anunció que comenzaba el nuevo mundo tras el diluvio – es el que nos introduce en el mundo de la intimidad de Jesús, del que, a partir de ahora, va a nacer, con el Evangelio, la Iglesia. A este momento se refiere Pedro, cuando en el discurso en casa de Cornelio, diec: “Vosotros conocéis... cómo le ungió Dios con Espíritu Santo y poder, el pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, puesto que Dios estaba con él” (Hch 10,38).
La unción del Espíritu es la que operaba el Jesús. La tarea de Jesús fue pasar haciendo el bien, curando toda enfermedad, venciendo a Satanás. También el oficio de hoy se fija en este aspecto. “En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud” (Ant. 2 de Vísperas).
Lógico, pues, que en la oración de la tarde pidamos a Jesús ese Espíritu, inicio de la creación nueva, en él y en nosotros: “Roguemos a nuestro Redentor, bautizado por Juan en el Jordán, y supliquémosle, diciendo: Envía, Señor, tu Espíritu sobre nosotros”.

6. Así, pues, el Espíritu que Jesús recibe en el bautismo el el agente de la nueva creación, que se inició y que persiste.
Podemos fijarnos en otro aspecto, que es igualmente el autor de todo lo que se está produciendo, el amor derramado del Padre. Este amor se ha convertido en voz, y ha declarado a su Hijo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo todas mis complacencias”. Del Hijo revierte la complacencia a todo cuanto el Hijo ha tocado, a todo cuanto pertenece al Hijo. El Hijo de Dios es Hijo del cosmos. Y este cosmos, donde estamos, por causa del Hijo entra en todas las complacencias del Padre.
Cuando el Padre ama, crea; cuando el Padre perdona, crea. Cuando el Padre da su declaración de amor al Hijo ante la faz del mundo, declara igualmente su amor al mundo, y el mundo el recreado a la medida de este amor manifestado.
El amor es siempre nuevo y siempre fecundo. El que ama, engendra; los engendros del amor son las obras del amor.

* * *

Señor Jesucristo,
tú eres el beso de Dios al mundo,
el amor que por el Espíritu Santo
ha embellecido toda la creación.
Tú eres la seguridad que me salva,
el horizonte de mi nueva vida,
la sorpresa divina de mi existencia.
Te bendigo, te amo;
guárdame bajo tu palma,
mi Jesús, mi Salvador. Amén.

(Desde México, donde ayer, domingo 8 de enero, se celebró la Epifanía,
y hoy, lunes 9 de enero de 2012, se celebra el Bautismo del Señor).

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