viernes, 13 de enero de 2012

174. La noche en que nacía la Iglesia

 Evangelio de san Juan 1,35-42
Hermanos:

1. Pasado el Bautismo del Señor, que en la liturgia forma unidad con la escena de la epifanía a los pueblos de oriente, representados por los magos, en el Evangelio de san Mateo, hoy iniciamos el recorrido de los episodios de la vida pública de Jesús con la llamada de los primeros discípulos.
Estamos en el Jordán donde Juan bautizaba, en la parte sur de Palestina, un cuadro diferente que la escena de Galilea cuando Jesús llama de su oficio a unos pescadores, según cuentan los Sinópticos.
Aquí no sabemos todavía que Andrés y sus hermanos Simón sean trabajadores de la pesca, en Betsaida y Cafarnaúm, y lo mismo sus compañeros. Los hombres que aquí aparecen son discípulos del Bautista; son, sin duda, hombres buscadores de Dios, en esta oleada espiritual que parecen remover entonces los fondos del mundo judío. Para entender este encuentro de los primeros discípulos con el Rabí de Galilea, hemos de prescindir de las informaciones que recibimos de los otros Evangelios.
Aquí se narra el encuentro de cinco discípulos con Jesús, encuentro definitivo, sin marcha atrás, que acontece en una escena que funde elementos historia humana y divina, haciendo de los dos aspectos un solo relato. Como Evangelio de este domingo del tiempo ordinario (ciclo B), la lectura se restringe a los tres primeros: uno, discretamente anónimo, con todas las trazas de ser el mismo evangelista, es decir, Juan; Andrés, de Betsaida, y su hermano Simón, que a partir de ahora va a ser Pedro.
Esta trilogía apostólica, con Jesús, nos va a introducir en el secreto de la Iglesia naciente.
2. Estamos ante unos textos sagrados que fueron escritos bastantes décadas después, cuando la Iglesia se ha establecido en oriente y ha navegado por el mediterráneo hasta la Roma Imperial y hasta Hispania. Es bello recordar y, traspasando las realidades con el amor, narrar para los de entonces y sus herederos cómo Dios puso en marcha un proyecto en el cual vivimos. El relato nos atañe a nosotros – me habla a mí, en concreto – como al más interesado de todos.
El preámbulo de esta historia que Jesús ha iniciado es Juan el Bautista. ¿Quién era este valiente testigo? Testigo de la luz, lo califica san Juan:  “venía como testigo para dar testimonio de la luz..., el que daba testimonio de la luz” (Jn 1,7-8).
¿Qué es lo que vio este testigo? Se vio a sí mismo y vio al que lo anunciaba. Los papeles quedan perfectamente recortados, sin ninguna confusión por parte de nadie, cuando, por otros pasajes, se supone que las hubo. Todo está claro, y Juan, al negarse a sí mismo – pues Juan no es ni el Mesías, ni es Elías, que lo precede, ni es el profeta esperado – da paso a Jesús que lleva el Espíritu Santo y al que señala diciendo: “Este es el cordero de Dios” (Jn 1,35)
En su última confesión y testimonio (Jn 3,22ss), Juan se ve a sí mismo con una imagen delicada: el amigo del esposo” (Jn 2,29), que se alegra con el gozo del esposo. Con lo cual está calificando a Jesús como el esposo de la comunidad que emerge, venida del Antiguo Testamento.
El Antiguo Testamento ahora pasa a ser Nuevo Testamento junto a las aguas del Jordán.

3. Están, pues, allí el Bautista con dos discípulos suyos, “y, fijándose en Jesús, que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios” (versículo 36).
Notemos con precisión cómo sigue el texto sagrado. “Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro) ¿dónde vives? Él les dijo: venid y veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima” (vv. 37-39).
El día judío, ayer y hoy, se inicia al caer el sol.
Era más o menos la hora décima, las cuatro de la tarde, y faltaban un par de horas para que viniera la noche. Se quedaron con él aquel día, es decir, aquella noche, la noche del encuentro, del diálogo y, en definitiva, la noche del amor. Se acaban de encontrar con Jesús el discípulo amado y el hermano de Simón, es decir Andrés, a quien la Iglesia de Oriente lo designa con el título de el Protoclito, el Primer llamado. Acabamos de abrir el álbum de la Iglesia y estamos evocando los recuerdos del primer día.
El exegeta literato puede darse un paseo por las historias de amor, las bellas historias de amor que están en el origen del encuentro de nuestros padres. Las familias felices los tienen, y acaso un día venturoso hemos oído esa historia de labios de nuestra madre. ¿Cómo fue el flechazo? Después de cuarenta y cincuenta años el reloj se ha detenido, y el primer recuerdo es la hora. Y vemos que nuestra madre, con los ojos iluminados, se acuerda perfectamente de la hora en que aquel suceso, semejante a la creación del mundo, ocurrió en su vida: Se enamoraron.
El Evangelio nos habla de primera historia de amor de la Iglesia: de aquella hora – que fue al atardecer -. Y de aquella noche. “Y se quedaron con él aquel día”.
También entonces se paró el reloj para que al conversación, a la luz de la lámpara, fuera más poderosa que el descanso. Lo que ocurrió se lo dijo a la mañana siguiente Andrés a su hermano Simón: “¡Hemos encontrado al Mesías! (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús”.
Aquella noche, pues, hablaron sobre el Mesías; hablaron sobre las profecías; hablaron sobre aquel anhelo espiritual y aquella búsqueda de Dios que les había traído hasta el Jordán, a recibir las aguas del Bautista. Jesús también se había acercado hasta allí.

4. Así nació la Iglesia, hermanos, la noche más maravillosa anterior a la noche pascual.
Es emocionante el recordarlo, porque pensamos que así debe renacer la Iglesia en el paso de las edades. La Iglesia es confidencia, y la predicación, que tiene múltiples formas, tiene una primordial, que es el encuentro perso-nal y el diálogo, como Pablo recuerda que hizo con los hermanos de Tesalónica, en una evocación llena de afecto: “... lo mismo que un padre con sus hijos, nosotros os exhortábamos a cada uno de vosotros, os animábamos...” (1Tes 2,11-12)
La Iglesia es confidencia, decimos, y esta escena nos recuerda la última Cena, cuando el discípulo amado reposó su cabeza sobre el pecho de Jesús. En este primer encuentro es de suponer que hay una cena, una cena frugal, pero cálida de amor, que el hospedero Jesús ha ofrecido a sus amigos.
La Iglesia es confidencia y el primer encuentro junto al Jordán nos evoca el encuentro del Resucitado junto al lago de Tiberíades, cuando les espera con un pescado sobre las brasas. El comienzo y el final del Evangelio, en el fondo, son igual; en ambos casos se trata de un encuentro de amor, al calor del corazón de Cristo.

5. La Iglesia es confidencia, y, dicho de otra manera, la Iglesia es encuentro. La intimidad es la nota sustantiva del cuerpo de la Iglesia.
Lo digo ahora en que nos movilizamos con la misión continental y se ex-pone un “planing” orgánico, inteligentemente pensado de asambleas diocesanas, reuniones zonales, reuniones por decanatos y reuniones parroquiales, un organismo piramidal, que tiene su metodología, su proceso y sus tácticas.
La Iglesia radicalmente es encuentro con Jesús, y el arma poderosa entre todas es el encuentro por vía de amistad. Ojalá que nuestras parroquias tengan muy clara esta pauta evangélica de la amistad, que abre la puerta al contagio de la fe.
Así nació la Iglesia aquella noche del primer encuentro. A la mañana siguiente, cuando Jesús vio a Simón, llevado por Andrés “se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)” (Jn 1,42).

* * *

Escribo estas reflexiones en el día de San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia (c. 315-367). Al escribir su obra principal, De Trinitate, en el destierro (356-359), decía así en los párrafos iniciales:
“... Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar, que tú me has concedido, es el de servirte predicándote a ti (ut praedicando te, tibi serviat) y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: PADRE, Padre, a saber, del Dios unigénito” (Oficio del día).

* * *
Aquella noche que evocamos, sin duda, que Jesús les habló del Padre.
Amén.

Puebla, 13 enero 2012



¿En dónde moras, Señor...?
(Jn 1,38)
Cántico de comunión

Estribillo
¿En dónde moras, Señor,
que anhelo tu compañía,
e intuyo lo que sería
enamorado en tu amor...?

Estrofas
1. Yo moro en la intimidad
de la noche silenciosa,
en el diálogo callado
y la oración amorosa.
Yo moro donde el Espíritu
se hace nube esplendorosa,
y baja como en María
a fecundar a la esposa.

2. Yo moro en la fe probada
del pobre que al cielo llora
y sin triunfar con palabras
en el Padre se abandona.
Mi morada trinitaria
se ha hecho cuna sin corona,
y en la humildad van mis huellas
como pétalos de rosas.

3. Lo pequeño es mi grandeza,
lo débil mi fuerza toda.
la cruz es resurrección
en donde la vida brota.
Pentecostés es el fuego
del amor que se desborda;
yo moro en la suma paz,
la paz es mi eterna hora.

4. Yo habito en tu corazón
con presencia creadora
y en la santa comunión
yo soy tú..., silencio, adora.
Y confía a lo infinito
que tu despojo es mi obra,
sin ti sería infeliz,
contigo el Verbo se goza. Amén.

Puebla, 12 enero 2012.

1 comentarios:

Laura Blanco dijo...

Querido Padre Rufino:
Hoy domingo no me fue posible asistir a su misa, sin embargo fui temprano a la Preciosa Sangre pero, sentía en mi corazón nostalgia de escuchar sus palabras y para mi es un regalo de Dios poder contar con estas páginas en las que puedo escuchar a Dios a través de sus hermosas palabras.
Gracias por el tiempo y amor que dedica a esta página para que podamos seguirlo.
Le mando un abrazo muy grande y que Dios me lo bendiga SIEMPRE.

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