jueves, 19 de enero de 2012

175. Yo, cristiano, ¿qué puedo hacer por la unidad?

En la Semana de la Unidad de los Cristianos
Un anhelo, un ofrecimiento – Soliloquio para un coloquio


1. Las grandes cosas pueden comenzar – mejor, suelen comenzar – por algo muy pequeño: una idea seminal, un sencillo encuentro de dos personas, una sugerencia compartida que uno, rompiendo una barrera íntima, se ha atrevido a compartir.
Compartiré algunos pensamientos y anhelos de unidad nacidos en el corazón.
El Papa, ayer, miércoles y 18 de enero, inicio del Octavario de la Unidad de los cristianos, nos recordaba hechos sencillos que han removido en la Iglesia este gigantesco deseo de unidad. Nos decía, hablando a sus “queridos hermanos y hermanas”:
“La práctica de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fue introducida en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que luego entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del papa san Pío X y fue luego promovida por el papa Benedicto XV, que animó su celebración en toda la Iglesia católica con el breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.
El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en los años treinta del siglo pasado por el padre Paul Couturier de Lyon, que apoyó la oración “por la unidad de la Iglesia como quiere Cristo y conforme a los instrumentos que El quiere”. En sus últimos escritos, el padre Couturier ve tal Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo "entrar y penetrar dentro del Cuerpo cristiano"; debe crecer hasta convertirse en "un inmenso, unánime grito de todo el Pueblo de Dios", que pide a Dios este gran don” (Audiencia general, 18 junio 2012).
Mi vida va adelante, y cercano a mis 75, pude escribir, meditativo, hace unos meses:

Un corazón sencillo, humilde y puro
es todo lo que ansío, busco y pido,
amado del Señor y consentido
mi Dios es mi presente y mi futuro.

Busqué el Amor de joven y maduro
y la Verdad mi seductora ha sido;
diré de la Belleza que es mi nido
y que en su suave pecho estoy seguro.

Lo que adentro se siente y no se dice
es eso tu secreto, amigo mío;
y acaso nuestra alma sintonice

en ese misterioso escalofrío.
Amé, mi Dios, es todo cuanto hice:
ahora, ten piedad, en ti confío.

2. El deseo de la unidad brotó en mí de joven, y fue una gracia cursar la licencia de Teología en Friburgo de Suiza (1960-1962), país donde católicos y protestantes viven fraternamente.
En un seminario escolar había un pastor de la Iglesia Reformada, llamado Bruno Burki, cuyo nombre después he visto en Internet, Dr. Bruno Burki, *Berna 1931, como especialista en Liturgia. Era casado y tenía dos hijas, pastor de un pequeño pueblo cercano a Friburgo. Me invitó a su casa; tenía en la parte superior una pequeña habitación, condicionada para oratorio familiar. Oramos juntos; nunca lo he olvidado.
Recuerdo que me dijo que frecuentaba reuniones con párrocos católicos y que quedaba sorprendido de que utilizaban la Biblia de Jerusalén en francés, mas no directamente el texto original griego del Nuevo Testamento. El pastor se había tomado muy en serio el contacto directo de la Palabra divina.

2. El estudio de la Sagrada Teología en aquel ambiente propicio para el ecumenismo, abría mi mente a una cordial amistad afectiva con toda la tradición protestante, entrañablemente ligada a la Biblia.
Un don que he agradecido al Señor más y más en todos los años de mi vida. Si hoy selecciono libros que han marcado el curso de mi vida, uno primerísimo, es el del luterano Joachim Jeremías: Teología del Nuevo Testamento, vol I. El mensaje de los Evangelios. He pensado que este exegeta (que ciertamente merecería un Nobel en su especialidad), que vivió muchos años en Jerusalén, era un santo. De otra manera no podía haber escrito tanta hermosura y con tanto amor sobre Jesucristo.
¡Cuánto debemos agradecer a mis hermanos protestantes por todo lo que he leído de sus comentarios a la Sagrada Escritura!

3. A propósito de santos, he pensado que los Católicos podrían celebrar en nuestra liturgia a todos los santos que veneran nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa. Sería un ecumenismo espiritual venido desde el cielo. Ya en el cielo no hay riñas y se acabaron todas las disputas de esta tierra. Además, que si yo venero, por ejemplo, a San Serafín de Sarov – cristiano indudablemente santo, seráfico como san Francisco de Asís – no con eso estoy profesando que la Iglesia Ortodoxa a la que perteneció tiene la misma validez canónica que la Iglesia Católica a la que, por gracia, pertenezco. Simplemente confieso que su vida estuvo consagrada a la gloria de Dios, y que, llegado a la meta, su vida ejemplar se ha convertido hoy en intercesión por la Iglesia peregrina.
Deseo ardientemente que nosotros, Católicos, veneremos litúrgicamente a nuestros hermanos Ortodoxos.

3. Muchas veces nosotros, Católicos, hemos visto cómo almas generosas han hecho oblación de su vida por la santificación de los Sacerdotes. Está muy bien, y nosotros, sacerdotes, lo necesitamos.
Yo aconsejaría – y aconsejo – que esa Oblación, en vez de hacerla en pro de los sacerdotes, se haga por algo más radical: por la Unidad de la Iglesia; también ahí dentro, siguiendo el espíritu de la Oración sacerdotal de Jesús, está la santificación de los Sacerdotes.

4. He aquí que, por divina misericordia, he escrito múltiples himnos que sirven de soporte para la oración litúrgica de los fieles. Quiero presentar un Himno por la unidad de la Iglesia, escrito al final del pequeño libro “Oblación por la Unidad” (fruto de un pequeño curso dado en el Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, Barcelona, 4 de abril de 2001).

Oh Padre de Unidad, misericordia,
que soy un pecador y en ti confío;
al Hijo de tu amor, que es nuestro abrazo,
a ése has de mirar, oh Padre de mío.

Recibe nuestras lágrimas sinceras,
gemido del Espíritu divino,
y acepta la oblación de nuestra vida,
oh Padre, unida al llanto de tu Hijo.

Que sea nuestro claustro silencioso
coloquio al corazón, pasión contigo;
que el mundo entero sepa que lo amamos,
que es suya nuestra casa, el Pan y el Vino.

No tardes más, no tardes, Padre amado,
y haznos uno, como pan de trigo;
no tardes, por piedad, no tardes, Padre,
que estamos todos muy arrepentidos.

Los salmos de la noche lo susurren,
llegando hasta tu pecho enternecido;
¡a ti la Gloria y la Unidad, oh Padre,
a ti, eternamente agradecidos! Amén.

Desde México (Guadalajara, Jal.), 19 enero 2012.

Puede verse del autor, en mercaba.org, la pequeña obra titulada Oblación por la unidad,

1 comentarios:

Laura Blanco dijo...

Saludos querido Padre Rufino.
Hermosas sus palabras, a partir de hoy en mi oración pediré por la Unidad de la Iglesia.
Cuídese mucho y regrese con bien.
Dios me lo bendiga siempre.

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