viernes, 20 de enero de 2012

176. Jesús anuncia y entrega el Reino de Dios

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de Mc 1,14-24

Hermanos:

1. Hoy llega hasta nosotros Jesús como el anunciador del Reino de Dios. Así quiere introducirse en nuestras vidas; así desea venir hasta mi propio corazón. El acontecimiento evangélico se actualiza en mí, y Jesús me trae este anuncio y esta revelación.  Nunca hemos de olvidar que el Evangelio es una vibrante historia que hoy acontece.
San Marcos es muy breve en el hilo de su relación al dar la secuencia de las escenas; pero esta brevedad de los relatos de san Marcos diríase que tiene una especie de fuerza sacramental.
Veamos cómo suceden y se concatenan los episodios: “Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (1,9).
Jesús, crecido en Galilea, viene de Nazaret y se hace bautizar por Juan. Nazaret es un aldea desconocida que no se nombre en el Antiguo Testamento. Nazaret pertenece a todo lo que conlleva el misterio de la Encarnación de pequeñez y de humildad. Y el bautismo es la consagración de Dios del misterio inicial de la vida pública de Jesús. Se han rasgado los cielos, desciende el Espíritu y se escucha la voz del Padre, que hace una declaración de la identidad última de Jesús: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.
Esta declaración suprema desborda divinidad, y es demasiado densa como para que se quede en un episodio. Esta declaración nos introduce en el misterio del desierto. Escribe el evangelista: “A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto” (v. 12). Y de esta manera el desierto es presentado, ante todo, como una vivencia de intimidad trinitaria. Jesús va adonde le lleva el Espíritu; ahora el Espíritu  le lleva al desierto, donde no viven los hombres sino donde mora Dios. Allí experimenta Jesús lo más radical de su vida: su encuentro con Dios hasta lo infinito y su victoria frente al enemigo. El desierto es, en compendio, toda la vida de Jesús: la pasión por Dios, el combate y la victoria. “Y los ángeles le servían” (v. 13).
Y del desierto, armado de Dios, Jesús va al mundo. Este es el punto y el momento en que nos encontramos. Jesús, heraldo de Dios, proclama el Reino. Son cuatro grandes destellos  de un solo anuncio:
El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios irrumpe: convertíos; creed en el Evangelio. Frase última que, que, penetrando en la intimidad de su sentido, se podrá verter así: Convertíos creyendo en el Evangelio.
2. Al punto nos damos cuenta de que Jesús no está hablando como profe-sor de cátedra que da una lección, mucho menos como un locuaz orador de calle que vende su propaganda o su mercancía, sino como un antiguo profeta que de parte de Dios da un anuncio soberano. Jesús anuncia un gran acontecimiento, el acontecimiento de Dios.
El tiempo se ha cumplido y ya ha llegado lo que estaba viniendo y todavía no era acontecido. Jesús se pone en el escenario de Dios y contempla la historia que Dios ha ido haciendo desde el principio. En la trayectoria de la vida humana hay tiempos y tiempos, y en la gran historia de Dios hay igualmente tiempos privilegiados y hay un tiempo definitivo. Los profetas apuntaban hacia ese día soberano: “Aquel día...”, “aquel día...” Día en el que Dios actúa con su obra culminante, que resplandece en la Cruz y brilla radiante en Pentecostés.
Pero ahora Jesús nos dice que el tiempo ya ha madurado y ya se ha cumplido. San Pablo nos dirá que, “cuando llegó la plenitud del  tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4).
A partir de la venida de Jesús estamos en el tiempo cumplido, en la plenitud del tiempo, y no hay una etapa nueva que esperar, salvo el encuentro de la Parusía, cuando al Señor le plazca.
3. Este “tiempo de Dios” es la raíz de todos los tiempos litúrgicos que nosotros, en nuestra espiritualidad, tratamos de perfilar con sus gracias específicas: tiempo de Adviento, tiempo de Navidad, tiempo de Cuaresma, tiempo de Pascua.
Yendo a la raíz del misterio, no hay más que un solo tiempo. Jesús es el tiempo de Dios, tiempo saturado de toda gracia. Todas las promesas han desembocado en él, en Jesús, y Jesús nos las comunica, hechas gracia, en su tiempo, que es el nuestro.
Por eso Jesús anuncia: el Reino de Dios está cerca, está ahí, irrumpe sin posibilidad de marcha atrás. El tiempo de Jesús no es otro sino el tiempo del Reino, y es el tiempo en que nosotros estamos viviendo.
¡Qué pensamiento más fortificante: decir que estamos en el tiempo de Dios, y que en ese tiempo, en ese “hoy” de Dios tenemos encerradas todas las gracias! El tiempo de Dios está lleno de la victoria de Jesucristo, y es su presencia viva y actuante. Este es el tiempo de Dios; es la oportunidad que a todos nos da el hecho de haber hablado  Jesucristo.
4. El programa de Jesús tiene dos palabras: “convertíos y creed”. El objetivo es uno: el Evangelio.
Evangelio no es un libro, sino un anuncio. Más tarde, en el siglo II de nuestra era, pasará a significar también un libro: el libro de los cuatro Evangelios, o el libro de cada uno de los cuatro Evangelios.
La palabra Evangelio significa “Buena Noticia”, o “Buenas Noticias”, porque, si es cierto que en el Evangelio hay palabras severas, el compendio de todo, la síntesis a la que apunta, es una buena noticia, la mejor noticia que nosotros, pobres humanos, podemos recibir: que Dios está de nuestra parte y que nuestra vocación es ser copartícipes de la gloria, de la hermosura, de la vida de Dios que nos trae el Reino”.
5. Lo que vamos diciendo nos da para perdernos en una meditación a la que nos introduce la teología, en ocasiones seca en su terminología profesional académica. Jesús nos anuncia sencillamente que el Reino y reinado de Dios está con los hombres, y entre los hombres tenemos que encontrarlo y evangelizarlo.
Mas he aquí que la sección tomada para este domingo no termina en este versículo, lleno de sazón, sino que sigue algunas líneas más para presentarnos la elección de los cuatro primeros discípulos, la llamada a Simón y su hermano Andrés, como también la llamada a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano  Juan, “que estaban en la barca repasando las redes” (1, 19)
Proclamar el Reino de Dios y elegir a los apóstoles del Reino, es una unión estrecha que nunca se podrá romper. Dios continuamente está eligiendo apóstoles para el Reino. Y esto se hace no por una especie de mercadotecnia, abierta a la propaganda, sino por una necesidad intrínseca. Donde está vibrante el Reino, surge la llamada y el eco de la llamada es la respuesta generosa. Simón y Andrés dejan las redes tal cual estaban y siguen a Jesús; Santiago y Juan dejan a su padre y a los jornaleros y se fueron en pos de Jesús.
Jesús ha iniciado la nueva creación que trae de parte del Padre.
6. Esto es la Iglesia, hermanos. La Iglesia es vida, vida pujante del Reino, una generosidad que no pone límites. Los límites de la razón quedan fuera si queremos dar paso al Reino de Dios.
Todo esto es inmensamente bello y nos abre el corazón a la confianza. Quien ha abrazado el Reino al contagio de Jesús ha de sentir que su vida igualmente contagia la fuerza y la fascinación que Jesús irradia.
Terminamos con una jaculatoria:
¡Jesucristo, arráncanos de las redes, de la barca, de nuestra familia, y haznos seguidores incondicionales de tu llamada! ¡No te canses de llamar! 
Amén.

Viernes, 20 enero 2012.


Como himno para este domingo puede verse en mercaba.org
En tus labios florece la gracia

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