domingo, 22 de enero de 2012

177. Padre, que sean completamente uno

 En la Semana de la Unidad de los Cristianos

Ego in eis et tu in me,
ut sint consummati in unum:
yo en ellos y tú en mí,
para que sean consumados en uno (Jn 18,23)

1. El 19 de enero, recién abierta la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos, iniciábamos una reflexión salida de muy adentro, que en el título decía: “Un anhelo, un ofrecimiento – Soliloquio para un coloquio”, pensamientos que uno los lleva en las entretelas del alma, acariciados durante largos años.
Seguimos en órbita, y la órbita tiene como centro el corazón de Jesús, en aquella oración de la unidad de la última Cena. San Juan oyó los ecos resonantes del corazón de Jesús cuando escribía estas cosas. Esta oración de Jesús es la pura verdad, la que escuchó la Iglesia en los primeros años de su historia terrestre y la que hoy sigue oyendo, cuando entra en el aposento interior y ora al Padre.
Jesús, levantando los ojos al cielo, oraba a su Dios y Padre:
“... para que todos sean uno, para que tú, Padre en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado
” (Jn 17,21).
Esta mística oración nos habla de la Trinidad. Lo que Jesús quiere es que la Trinidad sea el cielo en la tierra, en tanto que llega la visión total. Los discípulos hemos de tener el mismísimo amor de la Trinidad: el amor unitario. Este es el amor inmanente, el amor que toma al ser en sus últimas raíces para hacerlo “uno” con el amado, con la amada; en este caso para deificarlo con la misma naturaleza divina que del Padre fluye al Hijo y del Hijo al Padre, y en ellos el Espíritu Santo.
La unidad cristiana es ésta.

2. Esta hipótesis divina de la unidad Jesús no la vivió en vida. La oró, sí; murió por ella, y su gloriosa Pasión y su santa Resurrección son el misterioso tejido de esta alma hecha para la unidad. Puede decirse – desde nuestra impotencia mental – que la “espiritualidad” de Jesús fue la delicia de la unidad anhelada, el drama de la unidad no conseguida..., porque lo que uno intuye es que Jesús vivió la soledad del ser. Quizás esta absoluta indigencia sea la ruta de la unidad, cuando, en nuestro aposento, nos ponemos a orar al Padre en sinceridad y verdad.
El hombre es un ser solitario en el desierto, habiendo nacido para la unidad del amor. Doloroso, misterioso y místico destino, que acaso en nuestra vida tenga un episodio de prueba, que sea la espada del ser...: aquella sincera amistad que nos la prometíamos eterna y que, sin saber cómo, fue quebrada y nunca volvió a ser la misma; el corazón mutilado en lo que más uno había anhelado. Si así fuera, sería el misterio de la desunión de la Iglesia, sufrido en la propia carne.
Misterios del corazón, terrible crónica de corazones que comenzaron el matrimonio y no acabaron..., porque la historia del matrimonio roto, por ser tan cotidiana, nos parece normal. Normal ni lo es, ni jamás lo puede ser. El ser humano – hombre o mujer – no ha sido configurado para el “desencuentro”, sino para el encuentro, para la fusión, para el abrazo abierto de por vida a la eternidad feliz desde la suave felicidad, tibia pero verdadera, de este mundo.
Y, con todo, la vida no es así..., ni hay visos de que lo vaya a ser. La comunidad del matrimonio, que era el reflejo y referencia de toda unidad, no logra su destino...
Padre, que sean uno, como tú en mí y yo en ti... ¿Qué está diciendo Jesús? ¿Qué está hablando a Dios...? ¿Podemos perdernos en ese anhelo infinito? ¿Podemos retomar esas palabras para hacerlas oración nuestra? ¿Qué misterio insondable de vida se esconde aquí...?

3. Estas vivencias de intimidad hemos de pasarlas del corazón a la convivencia humana de los discípulos, para ver que el deseo de Jesús es, de hecho, un deseo truncado; y para sospechar que nunca lo va a ser realizado, al menos, según nuestro esquema. Hace ya más de mil años que se produjo en la Iglesia la fractura de Oriente y Occidente, y, a pesar de que hayamos avanzado tanto en el pensamiento, e incluso en la cordialidad y en el afecto, la empresa de la unidad bajo un solo cayado nos parece imposible. Es una afirmación cruda; pero, al decirlo, a lo mejor estamos iluminando más meridianamente otra verdad correspondiente: la causa de la unidad es un puro milagro de la misericordia de Dios con sus hijos. Sin duda que la Iglesia Ortodoxa está poblada de santos excelsos, y entre sus pastores hay personas egregias; tal el Patriarca actual de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I (cuyos discursos ante el Papa han sido siempre del más puro amor), pero continuamos en la desunión, sin poder atravesar una barrera invisible, porque esa cinta que nos divide solo la puede cortar Dios, no ningún teólogo ni ninguna Comisión Teológica.

4. Antes, cortos de vista, decíamos con facilidad: Ellos se fueron de casa, ellos deben volver; podíamos pensar en Lutero, rebelde y pecador, y en los padres de la Reforma, que todo era como una madriguera de pasiones. Hoy hablamos de Lutero con otro respeto, y nos parece una apreciación simplista esa de que ellos se fueron de casa, ellos tienen que volver: la puerta está abierta.
El 23 de septiembre pasado (2011), con motivo de su visita pastoral a Alemania, el Papa se encontraba en el antiguo convento de Agustinos de Ehrfurt, y hablaba al Consejo Luterano de la Iglesia Evangélica de Alemania: “Aquí, Lutero estudió teología. Aquí, en 1507, fue ordenado sacerdote.... Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de su camino. "¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?": Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para él, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios”.
Hoy la fe cristiana se encuentra dolorosamente partida.
Hacer justicia para vuelvan los descarriados, no es el camino de la unidad. Mirar todos a Cristo, para que él tome el cayado de su Iglesia y haga el milagro cuando quiera, donde quiera, con quien quiera y como quiera, ése sí es camino del abrazo. Mientras tanto, oramos mutuamente y nos acercamos con cordialidad y simpatía, convencidos de que esta primera aproximación es gracia de Dios.

5. Pero de esta unión de familia, de quienes apelamos a Cristo como Hijo de Dios y único Salvador, pasamos a la unión de la aldea en que vivimos: el mundo. En el mundo florecen religiones milenarias con su credo, con su ascesis, con sus ritos, con su mística. Son nuestros vecinos de la misma aldea. Salimos de casa, nos saludamos – acaso con recelo, pero tratando de ser corteses –, mas cada uno va a su propio templo.
Y luego yo, un pobrecito ser humano, le he dicho a mi Dios en la intimidad, y alguna vez con lágrimas: Dios mío, ¿no has fracasado en tu designio amoroso al crearnos...?  Te llamamos Señor, Creador y Padre; sin embargo, con las mismas palabras decimos cosas distintas, porque el confesar que tú tienes un Hijo encarnado es, para otros hermanos míos creyentes, una horrenda blasfemia, empezando por mis hermanos judíos, a quienes desde Abraham debemos un amor aparte.
¿Cómo es posible, Dios mío, que hayas lanzado tus hijos al mundo, y sigas siendo, para una inmensa mayoría, “Padre desconocido”? ¿Quién te confiesa como Dios Uno y Trino? Los menos.
Esta pregunta mía me deja el corazón desolado, porque según la voy planteando tú, Dios mío, Dios nuestro, eres un soberano fracaso, un desconocido hasta después de nuestra muerte.
El ecumenismo cristiano es, más radicalmente, un ecumenismo simplemente humano, ecumenismo fallido. He de confesar que lo que voy diciendo, hablando del “fracaso de Dios”, no puede ser así..., porque es Dios Padre es más grande y amoroso que todo lo que voy pensando y torpemente, como puedo, voy diciendo. Entonces..., entonces toda mi Teología tiene que volverse al revés para “salvar a Dios” de este tremendo atolladero teologal, en que lo hemos (lo he) encerrado.
Y he de concluir confesando sin entender, y ni siquiera sin formular, que Dios es Grande, que es Misericordioso, que es Amante hasta la última locura impensable, que Dios es la Unidad secreta de todos, aunque nos sintamos rotos y distante.
No cabe otra solución que el silencio, la mística y un beso a Dios y al mundo entero desde los labios suavísimos del corazón.
Dios mío, nada sé.
Que mi pensamiento deje incólume la fe. Y que la fe sea un pétalo de rosa sobre mi vida.
Dios mío, no puedo más, y tú lo sabes todo. Nací para el amor, y ahora resulta que tú, Dios que vive en unidad, estás hecho astillas en nuestras varias religiones. No es así..., no puede ser así..., porque Dios es amor.
Amor y solo amor, en tiempo y eternidad.
Como el ciego de junto al camino, al sentir que me dices “¿Qué quieres que haga por ti?”, yo solo te digo: “¡Que vea!”
Dios es amor, y esta confesión última de nuestra historia significa: Dios es unidad.

6. Pero hay otro abismo de unidad; este es el cosmos, la creación entera. La Astronomía, la Física son ciencias crecientes, que nos están abriendo secretos incomparables... Ahora, con est}as portentosas vistas que nos ofrecen las “presentaciones”, desde este mínimo planeta azul que navega por los espacios, abrimos una ventanita para ver lo que ven los ojos divinos: nebulosas de estrellas cuyas dimensiones se miden por centenares y millares de años de luz. El Sol es un puntito casi invisible dentro del sistema de la Vía Láctea. La estrella Antares, por su brillo, es la quinceava entre las estrellas que podemos contemplar, y está a más de mil años de luz.
¿Qué es el cosmos, nuestra casa y heredad? ¿Quién puede decir dónde comienza y donde termina? La única respuesta posible es que comienza en Dios y termina en Dios, sin que se confunda con Dios, porque Dios es absolutamente Él mismo. El tiempo, que es el vestido del cosmos, es igualmente el ropaje de Dios, que se descubre a sí mismo solamente cuando se da.
Circula por ahí la opinión de que el mundo se explica por sí mismo, sin que haya lugar para Dios. Esto es un juicio de una mente cegada por tanta luz. El mundo, que es el querer de Dios, es la unidad de Dios. Un misterioso sentimiento nos lleva a querer diluirnos en el cosmos, para encontrarnos, en él, en el corazón de Dios.
El mundo, amasado en la luz y el tiempo, es antesala de Dios; es el signo sublime de la eternidad de Dios, de la unidad de Dios, del amor de Dios, en suma, de la Encarnación de Dios... El cosmos nos pone en carne viva nuestra vocación a la unidad.
La unidad de Dios, la unidad de la Iglesia, la unidad de la familia humana, giran en la misma órbita, que es el uno.
No nos queda otra cosa que decir, en esta escalada de pensamientos, sino desglosar las tres primeras peticiones del padrenuestro y suplicar:
Padre, haz que seamos consumados en la unidad; santifica tu Nombre, trae tu Reino; implanta tu Voluntad.
Amén, así sea
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Puebla, domingo 22 enero 2012

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