lunes, 23 de enero de 2012

178. “Consumados en uno”

Meditación sobre San Juan 17,23
“ut sint consummati in unum”

Hermanos:

1. Consumados siendo uno..., consumados hasta alcanzar ser uno...
 El remate del amor es la unidad, sin duda. Pero san Juan en esta que llamamos “Oración sacerdotal” ha evitado la palabra “unidad” (que existe en griego, y san Pablo la ha empleado Ef 4,3.12, hablándonos de la unidad del Espíritu y de la unidad de la fe) y ha elegido la palabra concreta: “uno”. Ser uno acaso sea algo más que vivir “en unidad”.
Para nada es fácil traducir, si se quiere plasmar ese matiz que uno percibe en el texto original.
Se trata de que hay una obra por hacer y que hay que hacerla perfecta-mente. “Ser consumado” está indicando que hay un proceso evolutivo que va siempre a más hasta alcanzar el remate maduro y completo.
La Carta a los Hebreos nos habla de un proceso que se opera en la santa humanidad de Dios, hasta que, por medio de la obediencia,  del sufrimiento y de la muerte, Jesús, el Hijo, es llevado a  la perfección. La unidad es eso: el ápice del amor, que Dios ha llevado a cabo. La unidad es la obra de Dios por excelencia.

2. Ya vimos en nuestra reflexión anterior (177. Padre, que sean completa-mente uno) que el proyecto de la unión visible de todos los cristianos bajo un solo cayado es un anhelo que excede toda posibilidad humana, que es un milagro de la gracia, y que solo puede llegar como don directo de Dios. Sería el triunfo pascual de Cristo por excelencia. Pero a lo mejor el Señor lo quiera de otra manera que nosotros ignoramos. Lo cual nos pide un acto incondicional de fe. Los caminos de Dios – ya lo dijo Isaías – no son nuestros caminos. Y quizás los de nuestra soñada unidad no se correspondan con los del Dios del amor y de la unidad.
Ahora bien, si esa divina imagen de Iglesia unida, a nuestro modo, no la hemos visto y quizás nuestros herederos tampoco la vean, hay otro proyecto base de unidad, cimiento de todos los demás esquemas, que ese sí está llamándonos a gritos. Es la unidad mía personal con Cristo, proyecto en el cual estamos implicados dentro de la Iglesia él y yo. Al decir “él”, decimos la Trinidad en pleno. Lograr esta unidad es la meta de la vida cristiana, mi empeño y mi tarea, de cuyo éxito el mismo Jesús se encarga. Lo demás, esa planificación de la Iglesia “una”, visiblemente una, vendrá por añadidura, según una voluntad soberana, acerca de la cual la Teología, ignorante, calla.

3. El ser uno en el amor es un anhelo – impetuoso unas veces, suave otras – que todos los amantes han experimentado. Y este es un punto de referencia que podemos analizar para ver por esta “via amoris” qué busca-mos cuando buscamos el ser uno con Jesús, el ser uno en una sola Iglesia, que, al final, es una con el Padre.
La literatura amorosa personal, que suele ser parcela de tantos poetas, nos pone a tono con esas aspiraciones que busca el “amor unitivo”.
El amor unitivo es el amor exhalado que ansía la fusión de amado y amada – el yo y el tú – en un pronombre que todavía no se ha inventado. No es el “nosotros”. Nosotros es un plural que supone dos personas. En el encuentro de amor se anhela que uno, sin desaparecer, sea el otro, y el otro sea ese “uno”, en mí y conmigo, que yo busco.
La filosofía es estrecha, y la suple la intuición. Los poetas suelen buscar esta fusión por la vía carnal (mas ahora no hablamos de pecado carnal) sino de la unidad del ser corporal con el ser corporal. El cuerpo, sin remedio, es la epifanía del Espíritu; al menos, el cuerpo resucitado será eso y todo eso. Por el cuerpo alcanzamos el Espíritu y desde el Espíritu retornamos el cuerpo. María dio a Jesús ese cuerpo espiritual, que era el suyo, de mujer, y en eso consiste la virginidad de la Madre del Verbo.
El amor unitivo, del que hablamos, es el amor encuentro.
El amor encuentro es amor contemplativo.
El amor contemplativo es amor oblativo.
Y ese amor oblativo, que es humano, resulta ser amor divino, porque el amor humano no puede humanizarse del todo si no queda divinizado.
El amor oblativo quiere que su vestido sea el silencio; busca el anonimato para concentrarse todo, sin crónicas externas, en la fruición que se piensa se va a regalar a la persona amada.
Cuando decimos que tenemos una vocación para ser consumados en uno, estamos diciendo lo que decimos.
¡Qué lluvia de revelación desciende sobre nosotros – un diluvio de la Trinidad – para hablar del amor concreto, con esas confesiones de fe!
Vuelvo a los poetas... (En 2010 se publicaron las Cartas de amor de Jorge Guillén, 1893-1984, a quien fuera su novia y primera esposa hasta la muerte de ella, Germaine, efusiones de amor que solo conozco en las abundantes primicias que ofrecían como adelanto del libro). Los poetas se quedan a medio camino, porque toda la dulzura del amor-carne, sin pecado; del amor-estética; del amor-fecundo... todo ello no acaba de ser eso mismo – humano y deseable – si no está transido del Espíritu de Dios.
Veo que, a fuerza de repetirme con cierta exaltación, estoy tocando el mismo toque de campana; estamos interpretando medio versículo de san Juan: “consumados en uno”.



4. Uno es él y yo, yo y él. Para decir esto, Pablo, con agravio de la gramática, e iniciando una gramática mística, ha inventado términos que fundían en un solo ser lo que aparentemente son dos: Jesús y yo: complantados, convivificados, consepultados, conresucitados, consentados.
También Jesús dijo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30).
La forma originaria del ecumenismo es el “Yo y el tú” establecido entre Jesús y yo.
Es el amor fontal, fuente de todos los amores, piedra angular de toda la arquitectura de la Iglesia y del mundo universo. Cuando yo estoy en paz, comienza a nacer la paz desde mi corazón y se vierte en el mundo entero.

5. La consecuencia sencilla e inmediata que se impone es tomarme radicalmente en serio esta alianza amorosa de Jesús y yo, fundada en la Encarnación del Verbo.
La clave de mi vida es esta: una diálogo ininterrumpido – día y noche, por ser  “diálogo vital”, diálogo de sangre, diálogo inmanente – vertido imaginativamente en esa presencia de Jesús que me acompaña.
Ya no importa mi victoria: la victoria en mi vida es episódica, pues es igual que destelle él o que, por irradiación, destelle yo. Ese brillo eventual ha de estar fuera de mi proyecto.
En México dicen chistosamente: “Cuando dos se quieren, con uno que coma basta”. Es un chiste que tiene dinamita teológica.
Ese sujeto estante de “Jesús y yo” es la realidad cultivada minuto a minuto, mediante el diálogo silencioso de amor
Hermanos: esto es la raíz de todo cuanto podemos anunciar de la unión de los cristianos: Consumados en uno.
En alabanza de Cristo. Amén.

Puebla, 23 enero 2012 (San Ildefonso).

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