martes, 24 de enero de 2012

179. Homenaje a los predicadores y escritores de la fe

En la fiesta de san Francisco de Sales
y evocando a san Francisco de Asís


Moneo quoque et exhortor eosdem fratres, ut in praedicatione, quam faciunt, sint examinata et casta eorum eloquia (cfr. Ps 11,7; 17,31), ad utilitatem et aedificationem populi, annuntiando eis vitia et virtutes, poenam et gloriam cum brevitate sermonis; quia verbum abbreviatum fecit Dominus super terram (cfr. Rom 9,28). (Regla de san Francisco, capítulo IX).

3Amonesto también y exhorto a los mismos hermanos a que, en la predicación que hacen, su lenguaje sea ponderado y sincero (sean examinadas y castas sus palabras)  (cf. Sal 11,7; 17,31), para provecho y edificación del pueblo, 4anunciándoles los vicios y las virtudes, la pena y la gloria con brevedad de sermón; porque palabra abreviada hizo el Señor sobre la tierra (cf. Rom 9,28).



Hermanos:

1. Hoy es san Francisco de Sales, que es obispo y doctor de la Iglesia... y, además de otras cosas, delicioso escritor. Por estos méritos es patrono de los periodistas católicos. Es normal que celebremos fiesta los que, los que por gracia y empeño, hacemos de la computadora (que así se llama hoy la pluma de escribir) oficio muy importante de nuestra vida.
Los que consumimos horas ante esta pantallita mágica somos quienes queremos darle cuerpo a la fe, prestándole la palabra o el mensaje escrito. ¡Qué bello y deleitoso este oficio, si el que habla o escribe tiene un mensaje que comunicar: Jesús! 
Es hermoso que los escritores hayan tendido su mirada a Cervantes y Shakespeare, evocando su muerte (23 abril) para que ese día memorable fuera el Día del Libro. Otros escritores han mirado al Obispo de Ginebra para aprender de él arte y talante, dos condiciones totales que requiere el buen escritor. Sin un talante, que no es la artesanía del escritor, no hay lite-rato que llegue adonde se ha propuesto llegar. Y San Francisco de Sales, que escribió la Introducción a la Vida devota, dedicada a la Amiga de Dios – Filotea -, que escribió igualmente el Tratado del amor de Dios, tiene ese “ta-lante” con el que pacientemente labró su santidad.

2. Hoy, cuando la buena literatura resplandece en óptimas firmas de grandes periódicos, hemos de ser muy sensibles para que la Fe, el mayor regalo que Dios nos ha hecho, tenga escritores perfectos como Fray Luis de León, místicos de la hermosura del misterio como Fray Juan de la Cruz.
La gente sencilla y de buen gusto quiere predicadores de calidad, como los quería san Francisco y así nos lo dejó escrito en la Regla. Los hermanos predicadores, que han de recibir su obediencia del Ministro general, deben poseer tres cualidades de exquisita maestría. Apelando a palabras que aprendió en la Biblia (o en el Oficio Divino, transmisor de la Biblia), Francisco da esta cartilla a sus hermanos predicadores. Que sus palabras (eloquia) sean
- examinadas,
- puras, castas
- y breves, “con brevedad de sermón”.
Este hermano predicador, cercano al pueblo, al que debe predicar “la pena y la gloria”, que todos le entiendan, debe tener un sermón de calidad.
Ha de “examinar” sus palabras, y las palabras tienen que pasar este exa-men que uno a sí mimo se impone: examinata... eloquia. Las palabras son hermosas y tienen una fuerza que nadie conoce; pero, de nuestra parte, tenemos que pasarles el examen.
Las palabras, en segundo lugar, tienen que ser “castas”, es decir, limpias y hermosas como el agua cristalina de la fuente. Esas palabras castas enamoran a quien las oye. Palabras finas de un gusto refinado, que, a lo mejor, por lo sencillas que son, de pronto el que escucha no lo advierte, aunque haya quedado prendado de ese humilde lenguaje del hermano me-nor. Una palabra vulgar (en bajo sentido) no se compadece con la belleza que tiene el mensaje divino.
Nuestras palabras han de tratar de imitar a Jesús cuando hablaba en parábolas conforme podían entenderle.
Y pide, además, el pobrecillo de Asís, que nuestro sermón sea breve. Cosa que, con la venia del Fundador (esperamos), no siempre se cumple... La brevedad es un arte de grandes pensadores. Y si uno no acaba de ma-durar, a lo mejor tendrá que refugiarse, con realismo humilde, en aquel di-cho de viejo discurseador: “Perdonen, señores, que no he tenido tiempo para ser más breve”.
El discurso franciscano es muy bello, si algún día tenemos tiempo y cal-ma para estudiar cómo era el convertido Francisco de Asís. Él se convirtió a la sensibilidad, a la paz, a la transparencia. Y sin estudio fue capaz de entonar un poema a nuestra hermana madre tierra, al sol, a la luna, a las estrellas..., que es el Cántico de las criaturas - loaba al Señor por ellas - cuando empezaba a manar la literatura de la lengua del pueblo.
Veía bien, además, que a la predicación acompañara el aire festivo de los juglares, pues sus hermanos eran juglares de Dios: el verso, y acaso el ritmo de la danza. En suma, siendo sencillo, por ser espiritual, por tener el alma pura, tuvo un paladar refinado.

3. Vengamos de nuevo a este Francisco de Sales, hoy día de su fiesta. Mi-rando a este doctor de los buenos modales, de la suavidad – tras dura lucha y vencimiento – de la dulzura... muchas cosas buenas podemos aprender de él. Todas ellas se resumen en una: que la luz que irradia la vida espiritual descienda plácida sobre nuestro modo de decir y de escribir.
La escritura así mirada no es una simple “ars poetica”, sino que es asce-sis e incluso mística. Las palabras salen de dentro y han de salir lavadas y purificadas por nuestro bautismo, hermoseadas por nuestro ardiente amor a Jesucristo. Los periodistas se lanzan a la palestra agudizando su ingenio con recursos incisivos, porque la crítica y la polémica parecen ser la arena para entrar en el ruego de la literatura interesante.
El escritor de la fe – con este carisma definido – es, ante todo, un testigo, y testigo apasionado, pues la causa de que se trata es Jesús. Su talante lo recibe de la Fe, que es nuestra patria. Y la fe es gracia. La literatura eclesial tiene el reverbero de la gracia Dios. Habrá mil estilos, pero el aire y el alma nos lo dan la Fe.

4. En fin..., por dar una flor al santo, aquí va un poema. Está compuesto en horas plácidas, convaleciente entonces de una operación quirúrgica.

Seré yo  buen prosista y buen poeta,
si es clara, pura y tersa mi conciencia;
yo sé que el buen decir es la inocencia
de quien, al verse bueno, se vio esteta.

El arte amor carece de receta,
y, al escribir, amor es mi querencia,
pues busco con afán la complacencia
de ser palabra santa de su veta.

Vivir quiero Evangelio cuando escribo
sentir lo que la mano deletrea,
de Cristo ser el pulso, en él cautivo,

que sea él quien guía y quien menea:
Jesús, Señor, que no sea yo esquivo
a esta gracia, que crea y que recrea (Pamplona, 6/V/2008).

Puebla, 24 enero 2012, San Francisco de Sales.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;