viernes, 27 de enero de 2012

181. Jesús, el Santo, Vencedor

Domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,21-28


Hermanos: 


 1. Si hay escenas “fuertes” en la vida de Jesús, esta primera que rompe brecha en su itinerario evangélico apenas elegidos los apóstoles del Reino, es una de ellas. Se trata de la confrontación frontal entre el poder oscuro del reino de las tinieblas y el Evangelio de Jesús anunciado por sus divinos labios.
En la ribera del mar de Galilea ha llamado Jesús a Andrés y Simón y a Santiago y a Juan.
Con estos discípulos entra en Cafarnaúm, la ciudad comercial del lago, y el sábado siguiente va a la sinagoga. Aunque en este caso el Evangelio hable en singular, no es fantasioso suponer que el Maestro actúa delante de sus discípulos elegidos para ser enviados.
¿De qué habló Jesús en la sinagoga? “Entró en la sinagoga a enseñar”, dice escuetamente san Marcos, pero no sabemos qué doctrinas eran las que enseñaba. En este pueblo de la Alianza toda la doctrina era un fluir de la palabra de Dios, que habían transmitido Moisés y los Profetas. Los maestros habían aprendido la lección y eran los depositarios y transmisores de las sagradas tradiciones; eran transmisores y generadores de nuevas prácticas que enriquecían el caudal de la tradición recibida. Un buen predicador es un buen transmisor de lo que venía directamente de Moisés. Pronto se verá que Jesús es inconformista y quiebra mitos que se habían ido construyendo en virtud de la tradición, y saca a relucir una dura palabra que él la va a emplear muchas veces: ¡hipócritas! ¡Cuántas predicaciones ha tenido Jesús que soportar en silencio hasta que, al fin, estalló todo lo que él llevaba dentro.
No sabemos lo que predicó esta primera vez en Cafarnaúm. Sí que sabemos que habló del Reino de Dios, porque fuera de ese Reino no hablaba de otra cosa.

2. La doctrina de Jesús, hablando de lo que aparentemente otros habían hablado, resultaba nueva.
Sin duda que por aquella importante sinagoga de Cafarnaúm habían pasado rabinos importantes, es de suponerlo: hombres de estudio y hombres de santidad. Este joven predicador de Galilea, de Nazaret, a pocos kilómetros, resultaba ser un predicador de una doctrina nueva. La palabra de Dios tiene la misma cualidad del amor, y una cosa primera del amor es que, aun siendo antiguo, es nuevo. La novedad da una especial lozanía y fragancia, y será una nota distintiva de la predicación de la Iglesia. La Iglesia tiene que predicar, generación tras generación, esa doctrina nueva que nadie había predicado ni predica.
Nos cuenta san Marcos al final de su Evangelio: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán len-guas nuevas...” (Mc 16,17). ¿Cuáles son estas lenguas nuevas? No son propiamente lenguas extranjeras..., nuevas para ellos, porque no las sabían, sino lenguas nuevas para todos, un lenguaje que solo el Espíritu, que es la novedad de Dios, puede comunicar.
Hemos de tomar clara conciencia de esto que estamos exponiendo: la novedad atrayente y fascinante de la fe. La fe no se gasta nunca. Si en nuestros sermones no empalmamos con esta fibra nueva, no empalmamos con el lenguaje de Jesús.
Hay quien oye sin escuchar, porque en el fondo no le interesa; pero hay otros, hermanos, ávidos de la palabra nueva de Jesús. Y a estos no podemos defraudarles. Jesús tienen que hacer el milagro primero en nosotros, predicadores, para que contagiemos una palabra que, en verdad, es palabra nueva para nosotros.

3. La novedad de esta palabra está en la fuerza dinamizadora que lleva dentro. Es una palabra creadora. Dios para crear no necesitó de ningún instrumento. Pero su voluntad divina, su querer, que es el que saca las cosas de la nada, de alguna manera se condicionó a sí mismo en la palabra. Dios dijo primero: Hágase, y la luz fue hecha. El acto de Dios tuvo una palabra.
La palabra nueva de Jesús, que tanto ha sorprendido a la gente, tiene esta fuerza comunicativa. “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen” (v. 27).
Y así comenzó la fama de Jesús. “Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando al comarca entera de Galilea” (V. 28, final del relato).

4. La fe comenzaba a extenderse desde dentro, desde sí misma, desde la fuerza que la verdad contagia, no desde ningún apoyo que viniera de una institución. También este sencillo pensamiento nos clarifica a nosotros. Lo bueno por su propia calidad se vende a sí mismo. A esos aspiramos nosotros, a que nuestro servicio al Evangelio sea bueno desde dentro, como portador de la presencia de Cristo.
San Pablo, a quien no le faltaba el don de la palabra, tenía la firme convicción de que el cristianismo no se ha de difundir por la belleza oratoria de los griegos, sino por la fuerza misma que lleva la palabra.  Les recuerda a los fieles de Corinto: “Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2,1-2).

5. En el pasaje evangélico que estamos escuchando hay un enfrentamiento mortal entre un imperio que va a ser derrocado, y un reino nuevo que aparece, el reino y reinado de Dios.
El poseso, hablando no por sí mismo, sino por la invasión de quien le poesía, se enfrenta a Jesús: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios” (v. 24).
El relato sagrado continúa: “Jesús lo increpó: ‘Cállate y sal de él’. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él” (vv. 25-26).
Jesús no ha venido a predicar sobre el demonio, sino sobre el Reino de Dios. Jesús no es una enciclopedia de Teología donde se tratan todos los temas, los importantes y los secundarios, escritos todos con la misma letra. Jesús, el profeta nuevo que había entrevisto Moisés (Dt 18,15-20, primera lectura de hoy), es un profeta, el definitivo, y habla como tal; habla, anunciando el acontecimiento de Dios en medio de los hombres.
Viene Dios a la tierra y se termina el poderío infernal que había agarrotado a los hombres. Pero Jesús no habla del reino de las tinieblas, derrocado, como habla del reino de Dios que está amaneciendo en la tierra. Jesús se atiene a la representación del maligno que ha tenido la fe de Israel - representación ciertamente oscura desde el pecado de Adán. Jesús no entra en polémica con esta doctrina. La acepta como plataforma para proclamar la novedad absoluta y victoriosa del Reino de Dios.
El reino de Satanás ha pasado. Y el demonio, instigador contra el hombre desde el principio, es ahora reo confeso de que su imperio ha sido derrocado. Sabe que Jesús ha llegado para acabar con él. Jesús es Dios, el Santo de Dios, consagrado por Dios para esta victoria.

5. Nosotros, mis queridos hermanos, estamos dentro del campo de Cristo victorioso.
Una vez que hemos puesto nuestra vida a la entera obediencia de Cristo, que tenemos el sincero deseo de no claudicar nunca jamás de él, por su gracia, hemos de ordenar nuestra vida desde la victoria de Cristo, y no desde el temor del demonio. Cristo ha vencido en mí y él me asegura que la victoria de su vida es la victoria de la mía.
Es cierto que la batalla no ha terminado, pero es seguro que la victoria ya está alcanzada.
Esa es nuestra fe, de donde arranca la esperanza.
Que la esperanza sea, al mismo tiempo, la medida de nuestro amor. Amén.

Puebla, viernes, 27 enero 2012.


¿Qué irradia tu ser divino...?
Canto de Comunión sobre el Evangelio de hoy

Estribillo
¿Qué irradia tu ser divino
por tu santa humanidad?
Tu enseñanza es la verdad;
tu gracia, nuestro camino.

Estrofas
1. Santo de Dios, Vencedor
que anula a todo enemigo;
cae al abismo el temido,
aherrojado y convicto.
Tú eres la fuerza del Padre,
nosotros, tus redimidos;
Tú eres el hijo y hermano,
contigo, nosotros hijos.

2. Tu palabra es creadora,
como lo fuera al principio;
la nada se hizo obediencia
cuando Dios lo quiso y dijo.
Un poseso encadenado
clava  en ti su angustia y grito,
y el espíritu en derrota
huyó con un alarido.

3. Tú eres paz de la victoria,
libertad de poseídos,
arco de nuestra esperanza,
inicio del Paraíso.
Yo anhelo la paz ganada
en el pascual sacrificio,
yo quiero tener por siempre,
yo, pobre, la paz de Cristo.

4. Jesús de mi intimidad,
fragor y descanso íntimo,
sin saber, sin entender,
gozo el don al que yo aspiro.
Concédeme el siempre estar,
vengan cual vengan los ruidos;
eres el tú de mi vida,
y yo, siervo, soy contigo. Amén.

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