miércoles, 1 de febrero de 2012

183. Presentación del Señor: Oblación y encuentro

Día de la vida consagrada
A los hermanos y hermanas 
que han entregado su vida al Señor
como una oblación de amor



Hermanos:

1. El año 1997 el Beato Juan Pablo II instituyó el día 2 de febrero como fiesta de la vida consagrada en ese espíritu que ya había fomentado su antecesor el Siervo de Dios Pablo VI. Este santo pontífice nos habló bellamente de la Presentación del Señor, que es fiesta del Señor y de su Madre:
“También la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2, 21-35)” (Marialis cultus, exhortación apostólica fecha el día de la Presentación del Señor de 1974, n. 7).
Fiesta de la Presentación, llena de encanto. Para nosotros, quienes hemos expresado la consagración bautismal por medio de unos votos de castidad en celibato, de pobreza y de obediencia, esta fiesta nos dice a gritos silenciosos que la vida alcanza su máxima belleza cuando se la ha visto como una oblación de amor: amor exhaustivo a Jesucristo, amor gratuito a los hombres, nuestros hermanos.  Lo vamos a considerar, penetrando el relato evangélico fragante de poesía y teología.

2. Pero antes, traigamos al recuerdo el primer relato que encontramos de esta fiesta, con la que concluimos el misterio de Navidad. Una mujer consagrada, la andariega virgen Eteria (o Egeria) hizo una devota y culta peregrinación a los Lugares Santos en los años 381-384 y de ello dejó un famoso relato, tan importante para la liturgia, porque dejó constancia de cómo se celebraban “in situ” las primeras fiestas cristianas. Escribe y cuenta:
“A los cuarenta días (…) se celebra aquí (Jerusalén) una gran solemnidad. Ese día se hace procesión en la Anástasis, todos marchan y actúan con sumo regocijo, como si fuera Pascua. Predican también todos los presbíteros y el obispo, siempre sobre lo que trata el evangelio de la fiesta, de cuando a los cuarenta días José y María llevaron al templo al Señor, y lo vieron Simeón y la profetisa Ana, hija de Fanuel; de las palabras que dijeron, al ver al Señor, o de la ofrenda que hicieron sus padres. Así se realiza todo por su orden y según costumbre, se hace la ofrenda y así finaliza la misa”.

3. Del Oriente cristiano la fiesta pasó al Occidente: fiesta de la ¨Presentación del Señor y Purificación de María, fiesta de La Candelaria, fiesta que los misioneros llevaron a América como fiesta misionera, puesto que Jesús es proclamado por el anciano Simeón “luz para alumbrar a las naciones” (Lc 2,32).
Después de narrar la circuncisión del Señor, a los ocho días de nacer, dice el texto sagrado: “Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor, “un par de tórtolas o dos pichones” (Lc 2,22-24).
Para presentarlo al Señor, esta es la frase principal, y, sin embargo, nada se dice del momento del rito sacerdotal. En realidad, quien lo presenta al Señor, más que el Sacerdote es María. ¿María es Sacerdotisa? No, hermanos, María es mucho más que sacerdotisa. María es la Madre del Verbo Encarnado, la que presenta y ofrece a su Hijo, la que con su Hijo consagra plenamente su vida, renovando la consagración que pronunció el día de la Encarnación: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

4. Esta es la primera misa de María, por hablar con un lenguaje no usual y en sí algo sorprendente. Lo que importa percibir es que el destino de la Madre y del Hijo es uno: una vida y una misión.
No tiene relieve en el relato lo que pasó con el sacerdote de turno que recibió y presentó al Niño. Lo que sí tiene importancia y significado para san Lucas es lo que pasó fuera del Templo con dos personas que no eran sacerdotes, sino unos fieles de Israel, el anciano Simeón y la ancianita Ana, adicta al templo con vigilias, ayunos y oraciones.
El anciano Simeón tomó en sus brazos al Niño y como sacerdote del Altísimo, sin serlo, bendijo a Dios, y su bendición fue al mismo tiempo una profecía, que María y José escucharon llenos de estremecimiento. Después este anciano bendijo a María y a José, con la autoridad que Dios ponía en las palabras del siervo profeta. Había proclamado a Jesús “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (v. 32). Y ahora lo contempla en medio de la historia humana como “signo de contradicción”, “y a ti misma una espada te traspasará el alma” (v.35). La misma espada que atraviesa a Jesús, atraviesa el alma de María, porque el destino y misión de los dos es uno solo. Cosa que el anciano profeta Simeón no ha dicho a José, sino solo a María.

5. Las líneas evangélicas que comentamos claramente nos dicen que Jesús es un don sin retorno para Dios, y un don sin reserva para los hombres, sin que le echen atrás las contradicciones en que se va a ver envuelto. El ser de Dios es un “ser para Dios”, un “ser para el mundo”, una frase que no es meramente afectiva, sino que es una forma de definir teológicamente al identidad de Jesús. Yo entro felizmente en esta definición, pues Jesús es todo para Dios y todo para mí.
Y así llegamos, mis amados hermanos y hermanas, a ese punto que mencionábamos al principio: la consagración bautismal que nosotros – por pura gracia de Dios, no por fuerzas nuestras - hemos querido hacerla visible en los votos de castidad, pobreza y obediencia.
¿Cuál de los tres votos es el más precioso? Los tres son igual, porque cada uno de los tres entrega la totalidad del ser desde su raíz, expresada desde una ladera y otra. Los tres tienen una misma referencia: la vida de Cristo, ser como él ha sido. Los tres, una misma medida: la totalidad.
No nos podemos gloriar. Es una elección que Dios, desde su plena gratuidad, ha hecho para nosotros. Es un don grande que Dios nos ha regalado y al que nosotros respondemos con amor desde el amor.

6. Hoy espiritualmente concluye Navidad. Hoy en México las familias traen a su Divino Niño para presentarlo al Señor, a veces con vestidos exóticos. No es raro ver al Niño Doctor, vestido con bata blanca de clínica y con un aparato dispuesto a auscultarnos el corazón, una forma muy ingenua – y un tanto discutible – de decir que el Divino Infante es el médico de nuestras almas.
Presentar al Divino Niño es ponerlo en brazos de María para que ella lo consagre al Señor, consagración que está pidiendo que en ella vaya también la nuestra. Dios nos ha consagrado a sí, dejémonos consagrar por él.
Fiesta que también la Iglesia de Oriente llama fiesta del Encuentro (Hypapante): Jesús, ofrecido al Padre por manos de María, sale al encuentro de su pueblo. Los pobres y humildes, aquí como en Belén, son los primeros favorecidos del encuentro, Simeón y Ana.
Todo esto, ungido de poesía, es muy bello. Acojamos, hermanos, a Jesús, el Consagrado a Dios, que sale a nuestro encuentro. Amén.
Puebla de los Ángeles (México), 1 febrero 2012.

Véase tres himnos compuestos para la Presentación del Señor: La Virgen oferente; Dos tórtolas declaran tu pobrezaEn brazos de María presentado.

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