jueves, 9 de febrero de 2012

188. Si quieres, puedes limpiarme

Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,40-45

Hermanos:
1. Hoy aparece en escena un leproso  que se postra ante Jesús y con humildad suplica: Si quieres, puedes limpiarme. Este episodio, de alto valor simbólico. inmediatamente nos traslada al hoy que vivimos para reconocernos en el enfermo y venir suplicantes hasta Jesús con un ruego nacido en lo más íntimo y personal de uno mismo: Si quieres, puedes limpiarme.
Cualquiera de nosotros, con cierta penetración espiritual, se identifica con el enfermo para decir al Señor: No voy a buscar leproso por ningún lado; soy yo que necesito de tu plena curación.
Pero nos interesa primero ver y observar qué es lo que realmente pasó, en cuanto se puede alcanzar. Vamos a intentarlo.

2. Se trata de un leproso, único milagro de este género que se narra en Marcos. Un leproso era un muerto en vida, y excluía al enfermo de la Comunidad santa del pueblo de Dios. Le obligaba a estar alejado de la convivencia humana; no podía entrar en Jerusalén. Es muy duro recordar las prescripciones del libro del Levítico, capítulo 13, mencionadas en la primera lectura: “Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "Impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,44-46). Textos que difícilmente se podrían leer en una leprosería, según comentaba una misionera que había servido a estos enfermos.
Le lepra era, pues, la última miseria humana, y una curación de lepra es equivalente a una resurrección de muertos.
El leproso, rompiendo barreras, se acerca a Jesús – cosa que no le está permitida – y se postra de rodillas ante él; como tampoco le está permitido a Jesús extender la mano y tocarle, porque instantáneamente quedará contaminado de impureza ritual. El texto que se lee en la liturgia – siguiendo la versión latina, Nova Vulgata, que nos da la pauta en casos de duda – dice que se “se compadeció” y por eso, extendió la mano – acaso como Moisés en los prodigios del Éxodo – y  le curó. Pero otra lectura de antiguos manuscritos dice, en lugar de “se compadeció”, “se airó”, se indignó; evidentemente que no contra el enfermo, sino contra aquella circunstancia que Jesús debe enfrentar. Lo cual, aunque chocante, es muy razonable. El ser humano, uno de nosotros, ante la presencia del mal, siente indignación, un malestar que se parece a una rabia contenida: ¿Por qué…? ¿Por qué, Dios mío? El mundo no está hecho para eso.
El hombre y la mujer han nacido para la felicidad, para el amor, no para la desgracia. Hemos nacido para la comunión y la convivencia, no para la separación, no para agitar delante un letrero y gritar: No me toquéis. No hemos nacido para errar por la vida harapientos y desgreñados. Hemos venido a este mundo para ser familia humana, a la que Jesús ha recibido como hijos de Dios y hermanos suyos.
Nada extraño que semejante situación provoque en el fondo del ser rechazo e indignación, sentimientos que perfectamente ha podido vivir Jesús.

3. En estas circunstancias el enfermo ha implorado: “Si quieres, puedes limpiarme”, frase desgarradora que revela lo hondo de la miseria. Y frase no menos emotiva la palabra rotunda de Jesús: “Quiero, queda limpio”.
El enfermo ha roto murallas para llegar a Jesús, y no menos murallas ha roto Jesús  para llegar hasta lo más hondo del enfermo. “Y la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio” (v. 42). Se le quita la lepra y queda limpio. ¿Un simple modismo de lenguaje para decir con dos expresiones lo mismo, o acaso se nos quiere decir algo más? El sacramento aquí fue el signo y la palabra: Jesús tocó cariñosamente, sin repugnancia, al enfermo, y pronunció una palabra, o mejor, dos palabras: Quiero; queda limpio. Y pasó lo que pasó al principio del mundo. Dijo Dios: Sea la luz; y la luz fue. “Queda limpio”. La lepra se fue a la nada y se produjo la salud: Quedó limpio, como si naciera una nueva creatura. Un sanado por Jesús es ciertamente una nueva creatura.

4. Jesús le despidió y le mandó con severidad, con cierta energía e incluso aspereza: “No se lo digas a nadie”.
Indagando el sentido de todo esto, uno piensa que Jesús, desde lo más íntimo de sí mismo, está obrando a impulso de una fuerza divina de amor a la que no puede resistir. Nos está presentando el texto sagrado  ese Jesús humilde que no busca fama ni propaganda. “No lo digas; tampoco hace falta decirlo al sacerdote, cómo ha sido. Preséntales tu testimonio, nada más; que vean que estás limpio, tú, antes leproso, y que eres digno de participar en la Comunidad de Dios”.
Pero el hombre, también a impulso de una fuerza interior que no puede resistir, no le obedeció. Y no solamente lo dijo, sino que lo fue divulgando, con aparente perjuicio de Jesús, que ya tenía que ser famoso sin remedio. Cuando llegaba a una población, aunque intentara pasar desapercibido y tratara de ocultarse, era imposible: famoso sin remedio a quien acudían de todas partes.
Ya tenemos a un leproso, excluido de todos, del templo y de la convivencia, hecho ahora misionero de Cristo, predicador de Cristo. Ni nos interesa saber lo que pasó al dar su testimonio ante el sacerdote. Ni a nosotros nos interesa ni tampoco al evangelista que no lo ha contado. Lo que sí nos interesa es saber, para aplicarlo cada quien a sí mismo, que un leproso curado tiene que ser un misionero.
Aquí el misionero es Misionero contando la propia historia. Y eso convence. Un sanado por Jesús no solamente es un eterno agradecido, sino un Misionero que canta las maravillas que Dios continúa haciendo en el mundo por medio de su Hijo.

5. Como cristianos debemos ser personas libres, personas que en el Nuevo Testamento han superado aquellas viejas esclavitudes de lo puro e impuro, como nos lo ha recordado Pablo: “Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31).
Personas libres, y al mismo tiempo personas iluminadas, que han  visto la gloria de Dios en Cristo.
Personas, en su suma, que al haberse encontrado con Cristo, sienten alas para volar y anunciarlo. Al grito de “Con Jesús en el corazón, conectados a la misión” estos días primeros de febrero (2-5 febrero), más de 10.000 niños de toda la República han celebrado en esta ciudad de Puebla, el XV Congreso Nacional de la Infancia y Adolescencia Misionera (XV CONIAM).
Si somos discípulos, discípulos convencidos, somos discípulos misioneros.
Sea, pues, este el último pensamiento del leproso curado por Jesús, narración de los comienzos del Evangelio: El leproso curado se ha convertido en predicador.
Amén.


Si quieres, puedes limpiarme
Soliloquio de Comunión

Estribillo
Entre el querer y el poder
hay infinita distancia,
y el amor en abundancia
los juntó en el mismo ser.

Estrofas
1. Soy un leproso, mi Dios,
que quiero mas yo no puedo,
y un milagro de tu amor
necesito y es mi ruego.
Si quieres, puedes limpiarme,
como el leproso confieso,
y estoy mirando a tus ojos
que me digan: Sí, lo quiero.

2. Mi vida es tu voluntad,
tu querer es mi deseo;
tu voz, oculta en el alma,
con gratitud yo la acepto.
Cuanto has pensado de mí
dímelo, que es mi proyecto;
que sea tu corazón
mi divino semillero.

3. Ante tus ojos me he visto
en mis raíces enfermo;
las opiniones ajenas
no me dan paz ni consuelo.
Porque eres tú mi verdad,
mi nuevo descubrimiento,
lo más mío de mí mismo,
en la tierra luz del cielo.

4. Y aunque soy un pecador,
y aunque leproso me veo,
me reconozco agraciado,
colmado de amor inmenso.
Soy feliz cuando te miro
y me abandono y espero,
Jesús, perenne milagro,
y siempre mi canto bello.

5. Jesús, misterio pascual,
yo cantaré tu Evangelio,
palabra que a mí me das
al sentirte sacramento.
Soy contigo, mi Señor,
digno de tu santo cuerpo,
que todo lo purificas
con tu abrazo puro y tierno. Amén.

Puebla, de los Ángeles, 9 febrero 2012

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por su reflexión. El Señor lo tenga de su mano y lo guíe siempre.

Alex dijo...

Profundo, Apropido, alcanza el Alma abrumada. Gracias.... Por momentos se me nublo la vista al leerlo, eran lagrimas que reconocen mi pobre condicion. Ya yo no anuncio al mundo mi inmundicia....solo se la cuanto a Dios.

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