sábado, 11 de febrero de 2012

190. Nostalgia de Lourdes

Virgen Lourdes – Día del Enfermo

Hoy es día de la Virgen de Lourdes (11 de febrero). Lourdes es un milagro de la Iglesia. Son 67 los milagros de Lourdes oficialmente reconocidos como tales hasta 2008. Lourdes es un Evangelio viviente. El milagro de Lourdes es la ternura de Dios, la misericordia de Dios.
Escribo desde el otro lado del Atlántico, y desde aquí miro con “nostalgia” a Lourdes, donde he estado varias veces. ¿Qué es lo que encuentra un cristiano en Lourdes?
Lo primero que se vive, que se palpa, que se comparte en Lourdes es la oración. Sencillamente en Lourdes se ora, y uno pasea silencioso orando. Luego se postra con humildad y confianza ante la imagen de la Virgen Inmaculada en la gruta de Massabielle. Toma un cirio; deposita la moneda correspondiente, y lo deja allí para que en el momento oportuno arda ante la Virgen.
La oración tiene desde un lugar privilegiado en una carpa donde está de continuo el Santísimo Sacramento. En Lourdes se adora a Jesús Eucaristía.
Al atardecer es la procesión de las antorchas, con la bendición del Santísimo Sacramento, con los enfermos llevados amorosamente en sus carritos. En la iglesia subterránea, con capacidad para unos cuantos miles de fieles, se corona la procesión con la Bendición de Jesús Sacramentado.
La oración, los enfermos, la paz, las piscinas en que se bañan los enfermos que lo solicitan…, la sonrisa acogedora de María: ese es mi recuerdo de Lourdes, y en este momento, mi nostalgia de Lourdes.
Lourdes es Evangelio de gracia, Evangelio de los sencillos.
En este ámbito espiritual de “la Virgen de Lourdes – Día de los Enfermos”, evoco dos textos exquisitos de Benedicto XVI:
- uno sobre la sonrisa de María, que él la vio allí en Lourdes;
- otro, sobre el Monte de Olivos y el Sacramento de los Enfermos (Pasión y Ascensión), tal como lo ha meditado para el mensaje de Lourdes que nos da dado este año.

La sonrisa de María explicada por Benedicto XVI en Lourdes
“… El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa. Aquí, en Lourdes, durante la aparición del miércoles, 3 de marzo de 1858, Bernadette contempla de un modo totalmente particular esa sonrisa de María. Ésa fue la primera respuesta que la Hermosa Señora dio a la joven vidente que quería saber su identidad. Antes de presentarse a ella algunos días más tarde como la Inmaculada Concepción, María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio.
En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable. (…)
Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera” (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes. Lunes 15 de septiembre de 2008).

Unción de los Enfermos. Monte de los Olivos: Pasión y Ascensión del Señor

“… Este sacramento nos lleva a contemplar el doble misterio del monte de los Olivos, donde Jesús dramáticamente encuentra, aceptándola, la vía que le indicaba el Padre, la de la pasión, la del supremo acto de amor. En esa hora de prueba, él es el mediador «llevando en sí mismo, asumiendo en sí mismo el sufrimiento de la pasión del mundo, transformándolo en grito hacia Dios, llevándolo ante los ojos de Dios y poniéndolo en sus manos, llevándolo así realmente al momento de la redención» (Lectio divina, Encuentro con el clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Pero «el Huerto de los Olivos es también el lugar desde el cual ascendió al Padre, y es por tanto el lugar de la Redención … Este doble misterio del monte de los Olivos está siempre “activo” también en el óleo sacramental de la Iglesia … signo de la bondad de Dios que llega a nosotros» (Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). En la unción de los enfermos, la materia sacramental del óleo se nos ofrece, por decirlo así, «como medicina de Dios… que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva, a la resurrección (cf. St 5,14)» (ibíd.).
Este sacramento merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral con los enfermos. Valorizando los contenidos de la oración litúrgica que se adaptan a las diversas situaciones humanas unidas a la enfermedad, y no sólo cuando se ha llegado al final de la vida (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1514), la unción de los enfermos no debe ser considerada como «un sacramento menor» respecto a los otros. La atención y el cuidado pastoral hacia los enfermos, por un lado es señal de la ternura de Dios con los que sufren, y por otro lado beneficia también espiritualmente a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana, sabiendo que todo lo que se hace con el más pequeño, se hace con el mismo Jesús (cf. Mt 25,40)” (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la XX Jornada mundial del Enfermo, 11 de febrero de 2012).
Puebla de los Ángeles (México), 11 febrero 2012.
Un himno para el oficio de la Virgen de Lourdes en mercaba.org: De blanca túnica viste

1 comentarios:

Laura Blanco dijo...

Querido Padre Rufino uno de mis anhelos es visitar lugares Santos y el Santuario de Lourdes pero hoy, con la descripción que nos ha regalado tan bonita, me he sentido cerca de este hermoso lugar y de la Santísima Virgen y como dice El Santo Padre, que hermoso vivir bajo la sonrisa de la Virgencita.
Le mando un abrazo querido Padre Rufino.

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