sábado, 18 de febrero de 2012

192. Solo Dios puede perdonar

Domingo 7 del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de san Marcos 2, 1-12

Hermanos:

1. Los domingos pasados hemos visto a Jesús hablando y haciendo milagros. Ahora se completa esta trilogía fundamental con la que san Marcos nos presenta la figura de Jesús. Después de haber sido invadido en el Jordán por el Espíritu de Dios, y haber escuchado la declaración del Padre “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”; después de haber ido al desierto empujado por el impulso del Espíritu; después de haber elegido a sus primeros apóstoles, ¿cómo aparece Jesús en el Evangelio?, ¿quién es Jesús?
- Jesús es el que habla con la novedad y el poder de Dios.
- Jesús es el que hace milagros con el poder de Dios.
- Jesús es el que puede perdonar, y perdona, los pecados ya ahora y desde aquí, en la tierra, como Dios verdadero, como Hijo del hombre.
Es sublime que en la tierra haya alguien que pueda perdonar los pecados, y que efectivamente los perdone, sin tener que aguardar al juicio divino del más allá. Este es Jesús. Vamos a examinar con cuidado este poder divino de Jesús, que él mismo se arroga para sí a título de Hijo del hombre, y mostrando con evidencia que para el perdón de los pecados él está en el mismo ámbito de la soberanía divina. ¿Será acaso la mayor manifestación que Jesús ha hecho en la tierra de su divinidad? Acaso, aunque en realidad de verdad, si nosotros consideramos que todos los poderes de Jesús proceden de la misma fuente, todo ellos manifiestan el carácter de la persona que los posee.

2. La escena evangélica es deliciosa, expresamente narrada para que el lector y oyente del Evangelio se deleite en ella; es la escena más “teatral” – por así decir – que encontramos en el Evangelio. Y ocurre dentro de otras escena: Jesús a la multitud que se apiña en torno a él “les exponía la Palabra” (2,2).
Miren, hermanos, el escenario. La gente rodea a Jesús y no hay sitio para un alfiler. No hay posibilidad de abrir paso con una camilla para acceder al taumaturgo. Por la trasera de la casa, o no sabemos cómo ni por dónde, han subido enfermo y camilla hasta el tejado. Y levantan tejas y rompen lo que haya que romper, para hacer un agujero respetable y bajar la camilla con el enfermo hasta el rostro y el pecho de Jesús. Uno se imagina lo que hacen los sepultureros cuando con unos cordeles han de bajar un féretro a la tumba.
Más claro no se puede decir lo que quieren estos camilleros y el paralítico que transportan. El culpable de todo sin duda que es el hombre postrado. Ante una petición tan verdadera, tan descarada, tan llena de pasión y de amor, Jesús no se puede negar. Negarse sería contradecir todo lo que ha hecho hasta ahora.
Y ahí está el enfermo en esta estremecedora escena de fe al descubierto. No puede mover sus miembros, pero sí sus ojos para clavarlos en Jesús y decir con la flecha de su mirada: Señor, tú estás viendo lo que quiero.

2. Este milagro es un milagro de fe: “Viendo Jesús la fe que tenían” (v. 5). Jesús se encuentra desarmado ante tanta fe y reacciona con una revelación que nadie habría esperado. Le dice al paralítico: “Hijo, tus pecados están perdonados”. Por de pronto, le llama “hijo”, él que es el Hijo del Padre.
¿A qué tuvo que sonar esa palabra en el corazón del enfermo? Jesús lo había acogido con todo su corazón como algo que le pertenecía a él. Con frecuencia las palabras pierden su profundidad y se utilizan como muletilla. En cierto lenguaje popular se utiliza la palabra “hijo”, “hija”, que básicamente es una expresión de cariño, sin otra mayor trascendencia.
En el texto evangélico la palabra “hijo” es una expresión de hondura que expresa amor, acogida y promesa. Una palabra que no es más que el arranque de lo que Jesús le va a decir: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Y este es el asunto central, que ha escandalizado a los teólogos. Porque allí hay fariseos, y por sus adentros piensan: “¿Por qué habla este así?. Blasfema.”
Efectivamente es una blasfemia el perdonar pecados. Jesús no le ha dicho: Dios te perdona tus pecados, sino que le está diciendo que Yo te perdono tus pecados. Jesús está ejerciendo un poder que le compete a Dios; pero es que justamente ha venido para esto, para redimir al mundo perdonándole sus pecados. Esta es su misión y no otra, porque la vida nueva, con todas sus maravillas, comienza con el perdón de los pecados.
Y siguen pensando y cavilando los fariseos: “¿Quién puede perdonar los pecados sino solo uno, Dios?” (v. 8). Y nosotros respondemos, dando a la respuesta un calibro divino: Es que Jesús es Dios.
Es lo que nos está diciendo Marcos, prendido de los labios del Señor Jesús. “Pues para que comprendáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados – dice al paralítico –‘Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’” (vv. 10-11).
El Hijo del hombre es aquel ser humano celestial, descrito por Daniel, que acerca al Anciano de días, Dios mismo, cuando se abrieron los libros (Dn 7,10) para juzgar al mundo. A este Hijo de hombre – una especie de hijo de hombre – continúa el mismo libro profético, “se le dio el poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará” (Dn 7,14).

3. Jesús se ha amparado en esta figura misteriosa del libro de Daniel para introducirnos a su misterio. Jesús no aguarda al día final de los tiempos para hacer el juicio del mundo, sino que lo inicia ahora, con el perdón de los pecados. Este Hijo del hombre, que no tiene donde reclinar su cabeza, como lo dirá un día; este Hijo del hombre del que habla Jesús cuando anuncia su pasión y muerte; este Hijo del hombre es el Hijo de Dios, el ser divino en lo humano, ha de juzgar al mundo. Pero este Hijo del hombre es ahora, en la tierra, el Salvador que perdona todos los pecados. “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”, dirá san Juan (1Jn 2,2).

4. Hermanos, estas últimas verdades alcanzan su pleno realismo, cuando nos las aplicamos a nosotros. Jesús es el que perdona los pecados a través de los ministros de la Iglesia, hoy sobre la tierra para no recaer en el juicio de Dios.
Cuando el sacerdote absuelve y dice “Yo te absuelvo”, ese Yo es un Yo místico, que está uniendo la persona del ministros – pobre pecador – con la persona del Santo Jesús, que me está absolviendo.
Jesús tiene el poder divino de perdonar y aniquilar los pecados y entregarlos a la nada. “Y de sus pecados ya no me acordaré”, dijo el Señor Dios cuando, por boca del profeta Jeremías, nos prometió la Nueva Alianza (Jr 31,34). Si Dios no se acuerda de nuestros pecados, es que no existen.
Pues esto es precisamente lo que ha traídos Jesús del cielo a la tierra: el perdón de los pecados. No hay pecado que en él no pueda ser perdonado.
El paralítico, que se ha levantado al mandato de Jesús de Nazaret, y con la camilla al hombro, como con un trofeo, va a su casa, nos está anunciando: Jesús me ha perdonado mis pecados.
¡A Cristo Jesús, el Hijo del hombre, que ha llegado hasta mí y me ha librado de toda ira de Dios, a él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 18 febrero 2012.

El trofeo de Jesús

Estribillo
Es trofeo de Jesús
la camilla de un enfermo;
como bandera en el hombro
yo, perdonado, la llevo,

Estrofas
1. Con cuerdas se lo bajaron
los valientes camilleros,
y con la fe de los pobres
delante se lo pusieron.
Y sobraban las palabras
para expresar los deseos:
la miseria ante Jesús
cara a cara al descubierto.

2. Y ¡qué bien se siente el pobre
cuando se siente deshecho
con una fe de montaña
ante Jesús Nazareno!
La miseria y la bondad
se dan entrañable beso;
el pecado con la gracia,
porque Jesús está en medio.

3. Hijo, le dice Jesús,
con  un amor siempre nuevo,
hijo de mis entrañas,
tus pecados son absueltos.
Y la alegría de Dios
penetró en todos los huesos,
alegría sanación
que cura el alma y el cuerpo.

4. Tus pecados, perdonados:
para eso vine del cielo;
y en  mi Iglesia deposito
el divino sacramento.
Yo te perdono y te sano,
anda y camina ligero,
y ante el rostro de mi Padre
yo seré tu compañero. Amén.


Puebla, 18 febrero 2012
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