miércoles, 29 de febrero de 2012

196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 9,2-10  
 

Hermanos:

1.  La escena más bella de los santos Evangelios es la Transfiguración del Señor. ¿Es posible decir esto? Desde la realidad última de Jesús, Dios y hombre verdadero, no se puede decir, porque en él todo es divinamente bello, y sería ridículo que nosotros pusiéramos recortes y calificaciones sobre los momentos diversos de su vida, dado que todo está ungido de divinidad.
Desde la impotencia de nuestro lenguaje, desde esa observación primera de las cosas del que está viendo la vida de Jesús y se deja impresionar, no es un disparate decir que de la vida terrestre de Jesús, el momento más bello, anuncio de la gloria de la Pascua, es la Transfiguración.
Para sustentar esta afirmación, que llena el corazón de gozo y nos abre a lo infinito, se tiene que precisar y apreciar los componentes de la escena. Porque efectivamente en esta única experiencia se juntan el dolor y la gloria, el sufrimiento y el gozo, la historia doliente de Jesús, y el premio que el Padre le reserva. Es una escena síntesis de toda su existencia humana, abierta al destino que el Padre le guarda. Es el paradigma de la vida del cristiano que, con las tres virtudes teologales, cree, ama y espera; es el resumen de la Biblia donde se juntan el Antiguo y el Nuevo Testamento.

2. Tenemos que tener muy claro, hermanos,  el principio de que nuestro acceso a Jesús no es tanto por vía histórica, sino por vía mística de comunión. Es el Jesús que Pablo nos ha presentado en sus cartas, que creó la fórmula mística de “en Cristo Jesús”. Solo cuando tú vives en Cristo, cuando lo has hecho vida de tu vida, y sientes que tú estás enraizado en él, respiras en él, lo percibes como tu pasado, tu presente y tu futuro, solo entonces puedes recuperar su historia, sus hechos, sus palabras.
Y lo mismo se palpa al transitar por las páginas del Evangelio de san Juan, llamado el Evangelio espiritual, Evangelio escrito desde la gloria para el amor.
Pero, con matices específicos, tenemos que decir lo mismo de los tres Evangelios sinópticos – Mateo, Marcos, Lucas – que en una visión somera parecen los biógrafos de Jesús.
Naturalmente que esa vinculación eclesial y personal con Jesús, base de su historia, sería ilusoria si en el fondo de todo no hubiera un Jesús de Nazaret, causante, por sus hechos y palabras, de tanto amor acumulado.

3. Vengamos al episodio. Anota san Marcos – cuyo texto estamos leyendo este año, pero también Lateo y Lucas –: “Cuando bajaban del monte, les ordenó que contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos” (Mc 9,9).
“A nadie”, se supone que tampoco a sus compañeros. Si esta interpretación es correcta, tendremos que decir que Jesús tiene secretos también para unos íntimos dentro del grupo. Es muy delicado hacer esta consideración. Con todo, al hacerla, nos acercamos más al misterio mismo de toda vida humana. Los santos han tenido estos secretos dentro de su propio círculo; por ejemplo, san Francisco cuando recibe las llagas. Son secretos que debemos respetar en la vida de un hombre profundo. Acaso también nosotros guardemos en nuestra intimidad un secreto sagrado, que no lo vamos a ventilar sin más ante quienes llamamos amigos.

3. Hay unos componentes o circunstancias que acontecen en este episodio, que nos dan unas claves luminosas de interpretación.
- La Transfiguración ocurre por la mitad del ministerio de Jesús. Es un parte aguas de la vida del Señor.
- La Transfiguración sucede cuando Jesús, impulsado por una profunda necesidad interior, ha buscado la oración con el apoyo de tres íntimos, los que luego serán testigos de su agonía. Es una respuesta que Dios da a la suma indigencia de su Hijo y Siervo; en tal sentido la Transfiguración repite la vivencia del Bautismo: el ser humano, en el abismo de su indigencia es desbordado por la irrupción del misterio divino.
- La Transfiguración, como la ha vivido Jesús, está esencialmente unida al destino de su muerte en cruz.
- Y, en fin, la Transfiguración, que es la suprema intimidad de Jesús con su Padre y el Espíritu Santo, está vinculada a la historia de Dios con su pueblo, una vivencia en la que emerge lo que Jesús llevaba dentro: Elías y Moisés, los Profetas y la Ley de la Alianza.
En estas circunstancias se produce una eclosión interior, como si reventara aquella ebriedad espiritual, y apareciera lo que tenía que aparecer.

4. Los evangelistas hablan de una “metamorfosis” que se produjo. “Se transfiguró delante de ellos”, dice el texto sagrado (Mc 9,2). Esa transfiguración, ese cambio de figura, lo expresa el texto sagrado diciendo que “se metamorfoseó” delante de ellos. Los Evangelios nos ha hablado del rostro y los vestidos, y san Marcos ha descrito gráficamente la vestimenta de Jesús: “Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero en el mundo” (v. 3).
La transfiguración de Jesús, en cuanto uno puede barruntar, afecta a todo el ser: los vestidos, el cuerpo y el alma. Todo el ser humano arde en la gloria divina. Y la prueba de que el alma queda transfigurada es que, por un momento,  aparece el mundo interior que la habita: “Se les aparecieron (Elías y Moisés – este es el orden que ponen san Marcos – conversando con él” (v. 4). El mundo divino, la historia de Dios con los hombres, es la historia que le habita.
Ahora bien, la esencia de la Transfiguración de Jesús es la Nube del Espíritu y la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (v. 7).
Pero esta Transfiguración, desde su centro irradiante, es la transfiguración de la Iglesia. Pedro, Santiago y Juan son también transfigurados, inician el camino de la Transfiguración de la Iglesia.
Esto quiere decir que yo mismo entro en la Transfiguración de Jesús, y soy asumido en un proceso que afecta al misterio mismo de mi persona, que definitivamente me va a llevar a un camino infinito.
La Transfiguración de Jesús es misterio mío, justamente por ser misterio de él. Vivo en esta transfiguración, y en mi muerte, vencido el temor y la miseria del mundo, he de encontrar la metamorfosis divina. Entretanto somos la crisálida que aguarda ese toque último que me hará semejante a él. Nos dice san Juan: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún nos e ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).

5. Volvamos sobre el acontecimiento, sobre lo sucedido, para preguntarnos cuál es la historia real de este episodio. Un crítico erudito podría decirnos que sencillamente se trata de un mito cristiano de la persona de Jesús. Necesitamos mitos para entender verdades profundas; en este caso su comunión con Dios. Y parece que esto sería una hipótesis aceptable.
Pero surge la duda: ¿No será precisamente más aceptable la contraria? En la vida del ser humano puede haber un momento supremo en que rompe la divinidad que llevamos dentro los límites estrechos que nos aprisionan, y entonces surge, de modo explosivo, el misterio operante de nuestro destino.
Si esto es así, este episodio, igual que la experiencia del desierto y del bautismo, son los hechos radicales y primarios de la vida del Jesús histórico, que, siendo hombre como nosotros, llevaba explosivamente a Dios consigo.
Y siendo esto así, se alerta mi corazón. La potencia de la divinidad radica en mí, y no sé hasta dónde puede llegar. Yo soy hijo de Dios en mi ser íntegro, en mi cuerpo y en mi alma. Soy hijo de Dios en esa miseria que parece que confina con la nada y en esa aspiración sublime que se abre a lo infinito.
La transfiguración del Señor, camino de la Pascua, es mi vocación.
Hermanos, que así sea. Amén.

Puebla, miércoles 29 febrero 2012.

Como himnos para este domingo II de Cuaresma sobre la Transgiguración, puede verse: Aquel hombre que asciende a la montaña; Llega el Reino de Dios en ese rostro; Ha transido tu carne.

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