viernes, 24 de febrero de 2012

194. La Cuaresma de Jesús, una sola para siempre

Domingo I de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,12-13
Hermanos:

1. Todos los años la Cuaresma se abre  el primer domingo con la misma escena del Evangelio: Jesús en el desierto; las tentaciones de Jesús. La variante es que cada año el texto viene de un Evangelio diferente: el primer año san Mateo, el segundo san Marcos, el tercero san Lucas. Este año es san Marcos.
En este relato el Evangelio de Marcos es extraordinariamente conciso: solo tres versículos para un suceso tan significativo de la vida de Jesús. No hay tres tentaciones, como describen los otros dos evangelistas citados, ni siquiera una. Tan solo se dice que fue al desierto para ser tentado por la siniestra presencia de Satanás. Esta discreción del evangelista nos hace pensar, y hasta surge la cuestión de si Marcos no abrevia nada, sino que, más bien, los otros dos son quienes escenifican en tres tentaciones paradigma lo que fue un secreto absoluto de Jesús.
Un estudioso ajeno a la fe del Evangelio diría tranquilamente que las tentaciones de Jesús por el tentador, que en hebreo llaman El Satán, o Satanás, son ni más ni menso que un mito en torno a la figura de Jesús, a quien un grupo entusiástico adora como a su Mesías-Dios. Un mero análisis de antigua literatura nos llevaría a estas conclusiones: el mito del Tentado Vencedor para la victoria a la tropa de sus fanáticos seguidores.
Aparte de que esto, dicho así tan simplemente, es un burdo racionalismo, no nos llevaría a plantear las implicaciones que esta escena esconde de cara a Jesús y de cara a nosotros. Una escena misteriosa, abismo sin fondo de la psicología y la personalidad de Jesús, pero una escena que de ninguna manera se puede leer e interpretar, sino en un unión indisoluble con lo que inmediatamente antecede: el bautismo de Jesús en el Jordán.

2. Hagamos esta prueba de una lectura continua e indivisa de Bautismo y Desierto, para percibir el enlace y el sentido íntimo que las aglutina. Suena de esta manera el texto de san Marcos:

“Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Apenas salió del agua vio rasgarse los cielos y al Espíritu que baja hacia él como una paloma.
Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
A continuación el Espíritu lo empujó al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,9-13).
En el centro de este pasaje resplandece una Teofanía, que es una aparición de Dios. No se ve ninguna figura; se escucha tan solo una voz, que del cielo a la tierra pronuncia una declaración de amor: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Una frase que adquiere un sentido infinito, porque es Dios mismo quien la pronuncia. Ya no es la creatura la que habla al Creador en un deliquio amoroso; es el creador quien se vierte sobre la creatura, a quien llama Hijo amado, Hijo único, y a quien eleva a su rango: En ti me complazco. El Padre y el Hijo están en el mismo plano de un diálogo eterno.
La sublime escena no puede terminar ahí.

3. Y efectivamente, el Espíritu, que era el secreto medio de esta relación amorosa infinita, lo empuja al desierto. Y el creyente que medita el misterio, lleno de misterioso asombro, dice: El desierto no es más que la prolongación de esa Teofanía que corona el Bautismo de Jesús, Siervo de Dios, Hijo amado de Dios.
Hay comparaciones del Antiguo Testamento que nos adentran en los secretos que sugiere la escena, y la más inmediata es aquella escena de Moisés en el monte Sinaí, cuando estuvo segunda vez, para recomponer la Alianza quebrantada con el becerro de oro. “Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras” (Ex 34,28). Este Sinaí de Moisés es la morada celeste de Dios; Moisés es u  elegido que vive con Dios, como nadie ha podido vivir sin comer pan ni beber agua, durante cuarenta días con sus cuarenta noches.
El desierto de Jesús nos introduce en el Sinaí de Jesús. Allí va a vivir en la intimidad con Dios; allí se le van a dar las tablas de la alianza nueva y eterna, que es el Evangelio.
El desierto es para Jesús, guiado por el Espíritu, ante todo, una experiencia de divinidad, de fusión de su santa humanidad con el ser divino de Dios, la experiencia inaugural de su misión en la tierra y de la presencia de Dios en el mundo. Por eso Jesús, aunque repita sus ratos de oración, sus noches de oración, no repetirá el desierto, como no repetirá el bautismo, vivencia única e irrepetible que introduce lo divino en la tierra.

4. En el desierto surge la figura del Tentador, que es el opositor de Dios, e opositor de Jesús.
El Tentador, fuerza demoníaca, que es el antígono de Dios, está presente, e incluso enraizado, en toda vida humana. Es imposible que una vida humana, la mía por ejemplo, cruce este mundo sin pasar por la tentación. Desde el Paraíso la tentación es parte de nuestro ser, de nuestro devenir histórico. Jesús ha pasado por la prueba de su sacrosanta humanidad, y ha vencido al que detentaba el poder sobre sus hijos. Lo ha vencido de plano, tanto que en nuestra tentación ha sido derrotada en ella. La tentación de Jesús era la asunción de la nuestra, y su victoria era nuestra victoria, que nos llega hasta hoy.
La tentación humana de Jesús, leída en el misterio total e su persona, se vuelve contemporánea, al mismo tiempo que es el anuncio final del triunfo irreversible de la Pascua.
El desierto de Jesús pertenece a toda su consagración pascual.  

5. Quizás desde ahí haya que leer la compañía de las fieras y de los ángeles. Si la tentación de Jesús nos remite al Sinaí de Moisés y a la entrega de la Alianza, igualmente esta tentación nos remite a la tentación de Adán en el paraíso.
Adán sucumbió; quiso salir de su puesto de creatura para una escalada imposible: “seréis como dioses”. Y al sucumbir de plano a la tentación, estalló la armonía del mundo, que solo puede ser recuperada mediante la muerte del Hijo. Mientras Adán vivía en obediencia a Dios, el mundo era armonía y podía conversar con los animales, sujetos a él, y a quienes había puesto, a  cada uno, su nombre propio. Todo eso se derrumbó cuando Adán fue expulsado del paraíso, a cargo de su pecado contra Dios.
Jesús, que es el nuevo Adán – como le llamará san Pablo – ahora en el plantel del Paraíso. Alternaba con las fieras y los ángeles le servían.
Las santas Escrituras del Nuevo Testamento nos dicen que los ángeles sirven a Jesús, y Jesús mismo en el huerto dijo, reprendiendo al discípulo que sale en su defensa: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles” (Mt 26,53).

6. Hermanos, ¡cuántas misteriosas alusiones se esconden detrás de un relato, que quiere llevarnos hasta el umbral del misterio de Jesús!
Ha empezado la salvación del mundo. Y Jesús, el Hijo amado, es el salvador.
Misterio del Bautismo prolongado en el misterio del Desierto.
Ha aparecido en la tierra nuestro Salvador.
Jesús, divino Hijo de Dios, partícipe del fondo del ser humano, primero de la humanidad, nuestro corazón se llena de admiración y gratitud. Tú eres el solidario de Dios y el solidario de los hombres. Tú eres el que nos amas.
Adoramos tu misterio eterno mostrado entre nosotros.
Asócianos – te rogamos – al ministerio de tus ángeles para servirte con toda reverencia. Amén.

Puebla de los ángeles, viernes 24 de febrero de 2012.


Cuaresma, desierto ardiente

1. Cuaresma, desierto ardiente
para Jesús bautizado,
cuando se interna empujado
desde el Jordán a la fuente.

2. Cuaresma, Teofanía,
intimidad de los tres,
Sinaí que a Moisés
unas primicias traía.

3. Cuaresma de adoración
del Hijo de amor transido
que en su carne ha percibido
que su triunfo es la oblación.

4. Cuaresma que es una y sola,
en unión  sacramental
con el misterio pascual
y la Cruz que lo enarbola.

5. Cuaresma de Cristo esposo,
Vencedor de Satanás;
a Dios solo adorarás,
tu Dios, tu paz, tu reposo.

6. Cuaresma del hombre nuevo
que de Jesús se levanta:
yo seré tu herencia santa,
y en mi corazón te llevo.

7. ¡Con los ángeles del cielo
inclinados te servimos,
y nuestro amor te decimos,
oh Cristo, dulce consuelo! Amén.

Puebla, domingo 26 febrero 2012.

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