jueves, 1 de marzo de 2012

197. Transfigurado (2): La conversación de Elías y Moisés con Jesús

Por los rumbos de la exégesis
Marcos 9,2-10

1. Esta página no es una  homilía; es una “meditatio cordis” por los rumbos de la exégesis, asomándonos a un versículo del Evangelio de la Transfiguración: la conversación de unos personajes celestiales con Jesús. 
(Para la homilía pulse: 196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura)
¿Quiénes son ellos? Moisés y Elías, responderá de pronto cualquiera de nosotros, es decir la Ley y los Profetas, que es la forma de decir todo el Antiguo Testamento. Moisés y Elías, Moisés el primero, el más importante.
Pero ¡atención a los detalles!, porque Marcos, evangelista especialmente apreciado por su primitividad, no da este orden de nombres, sino el contrario: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús” (Mc 9,4). Cuando se nombran dos personas, y una ocupa el primer lugar y la otra el segundo, alguna intención tiene el escritor para proceder así. Un detalle de exégesis que un intérprete minucioso no puede pasar por alto. Acaso Mateo (17,3) y Lucas (9,30) hayan acomodado el texto, amoldándose a un binomio existente: la Ley y los Profetas. El exegeta tantea, pero no puede dogmatizar.
O acaso Marcos ha dado esta primacía literaria a Elías, dado que acto seguido la vuelta de Elías al mundo va a ser el tema de conversación con los discípulos, descendiendo de la Transfiguración: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” (Mc 9,11).

2. Sea lo que sea de este asunto – cuestión abierta – lo qué si parece más importante es la presentación de esta conversación en aquella sala celestial del Monte de la Transfiguración, “monte elevado” según san Marcos (v. 2), según san Mateo (17,1).
Según los evangelistas, no se trata de la conversación que Jesús tiene con Moisés y Elías, sino, a la inversa, la conversación que tienen Moisés y Elías con Jesús. Son ellos los que han venido a conversar con Jesús; no es Jesús el que ha ido a mendigar una palabra a dos personajes que resumen la Ley entera y la Profecía, sino que, al contrario, es la ley y la Profecía las que han venido a pedir la palabra definitiva a Jesús, Palabra del Padre,  o a rendir un homenaje a este Enviado que tiene la verdadera y última Palabra de Dios, que es la Biblia entera y transciende la Biblia.

3. Sigamos el hilo del relato para ver hasta dónde nos lleva.
Jesús ha proclamado, Jesús ha conversado. Son dos actividades de la Palabra, dos estilos con su contenido, que, al final, será el mismo. La proclamación resalta la autoridad, la conversación la amistad: dos vías de comunicación del único Dios con sus criaturas.
El predicador proclama; el profesor dicta. Los sabios de la antigüedad quisieron que su dictado – su enseñanza de sabiduría – fuera, en lo posible, conversación, esto es, diálogo. Sócrates, como se sabe, es el padre del “método socrático”, y con él su discípulo Platón. La verdad está dentro, piensan ellos; lo que hace falta es sacarla, suscitarla, desenterrarla. La verdad la ha sembrado Dios en el fondo del ser.
El sabio Jesús de Nazaret, en todos los Evangelios, utiliza tanto la proclamación como la conversación. Las parábolas, el elemento más característico de la enseñanza de Jesús en los Sinópticos, son, en el fondo, hilvanes de una conversación, que a  lo mejor ha comenzado con una pregunta coloquial: “¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas…” (Mt 18,12).
No obstante, el método de Jesús no es el “método socrático”. Lo que Jesús trae no estaba sin más en el fondo del alma como para que el hombre pudiera descubrirlo con la ayuda de un experto maestro. Lo que Jesús trae, al final nos lo tiene que decir él mismo, porque es la revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Volvamos directamente a nuestro punto de partida, antes mencionado: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús”. Loquentes cum Iesu, dirá la versión latina. Es hermoso que el nombre de Jesús aparezca en esta expresión: conversando con Jesús.
¿Qué conversaban? Los tres discípulos predilectos ¿han oído…, han seguido esta conversación…? ¿Qué decían ellos…, qué respondía de Jesús…?
El corazón y la exégesis van a la par, y no puede el filólogo del diccionario prohibir estas preguntas al amoroso intérprete que las formula.
De hecho, san Lucas ha dado un pasito más para decirnos de qué conversaban. “De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo que él iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9,31). Este versículo es de supremo interés y nos acerca a la intimidad sacrosanta de Jesús.
Muy bello, ante todo, que la muerte de Jesús sea el éxodo de Jesús. Ya nuestro Éxodo no va a ser el viejo Éxodo mosaico: la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo. Nuestro Éxodo va a ser el camino de Jesús al Padre. La salida se va a consumar en Jerusalén…, pues el profeta de Israel tiene que morir en Jerusalén, “porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,33).

5. Esta conversación de Jesús nos puede llevar a otra, en muy distintas circunstancias, pero que, en el fondo, apuntan las dos a lo mismo. Aquella conversación tenida en el suplicio de la cruz, cuando había dos malhechores, colgados el uno a la izquierda y el otro a la derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,42-43).

6. Nosotros, asociados a la Transfiguración del Señor, puesto que su Transfiguración es la nuestra, quedamos igualmente asociados a la conversación celeste de Elías y Moisés con Jesús.
A un profesor de Sagrada Escritura (modestamente el que esto escribe) la conversación de aquellos dos que acuden a Jesús le está sugiriendo la clave de interpretación de toda la Biblia. La Sagrada Escritura confluye en Cristo Jesús. Él es la palabra interior de la Ley – pues Él es la nueva y eterna Alianza, “nueva Alianza en mi sangre” (Lc 22,20) – y Él es la Palabra última de la Profecía, la Palabra que el Padre daba al mundo. “Este es mi Hijo amado: escuchadlo” (Mc 9,7).
Elías y Moisés, desde lo recóndito de Dios, asisten a esta presentación del misterio pascual de Cristo.
Entiendo que toda exégesis concluye aquí: es una confesión tabórica de que Jesús es la Alianza del Padre en el Espíritu, la luz del Padre para el mundo, el inicio de la vida nueva que definitivamente se nos entrega. El profesor del Antiguo Testamento es un cristólogo, que presenta a Jesús a la Iglesia.

7. Mas, por encima de todo, yo soy un cristiano, discípulo de Jesús, que también quiere lo mismo que “escuchar a Jesús”, “hablar con Jesús” lo mismo que Elías y Moisés, y entrar en el mismo círculo de esta conversación.
La escena que contemplamos no es un divino espectáculo abierto a la curiosidad humana. Es una escena que involucra a los participantes en el drama de Jesús. Jesús, tras la confesión de Pedro, abre su catequesis definitiva, que es el misterio de la Cruz: el primer anuncio solemne de la muerte y resurrección (Mc 8,31-9,1).
Seis días después acontece la revelación de la Transfiguración. Tras el episodio completo, Jesús y sus discípulos “se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,30-31).
De estas cosas hablaban los personajes celestiales, protagonistas de la historia de Dios en el Antiguo Testamento, y de estas hemos de hablar nosotros con Él, cuando ya vive y reina con el Padre.
Las conversaciones entonces comenzaron, y hoy continúan.

Puebla, 1 marzo 2012.

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