lunes, 5 de marzo de 2012

199. Transfigurado (3). La luz tabórica del rostro del Señor

Primera meditación para la semana:
“Ver” la Gloria de Dios en el rostro de Jesús

Hermanos:

1. Acabamos de  celebrar en el Domingo II de Cuaresma el misterioso suceso de la Transfiguración del Señor, que los Evangelios colocan entre el primer y segundo anuncio de la Pasión del Señor. Prolonguemos en esta semana la meditación de este insondable misterio.
En la Trasfiguración hay dos vivencias de parte de los apóstoles: ver y oír. ¿Qué es lo que se ve? La luz, la gloria de Dios, focalizada en Jesús. Y desde Jesús la gloria de dos personajes centrales de la Historia de la salvación, Moisés y Elías (Elías y Moisés, según Marcos), mensajeros de un mundo celestial que gira en órbita en torno a Jesús. La Transfiguración, misterio de luz, misterio de contemplación.
La segunda vivencia es oír, escuchar: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”. Será nuestra segunda meditación.

2. Hay un pensamiento que domina mi espíritu: ¿Cómo vivir en esta segunda semana cuaresmal la Transfiguración del Señor, sondeando venas de una mina espiritual que no tiene fondo? Porque partimos del principio de que la Transfiguración de Jesús no se cierra ni en el momento en que acontece, ni en la persona que la protagoniza. Detallando el pensamiento:
- La realidad de la Transfiguración – que hoy es la gloria de la resurrección – ha quedado eternizada en la santa humanidad celeste. Hoy Jesús vive en la realidad definitiva de su ser, que es el cuerpo glorioso.
- Además, partiendo del mismo principio enunciado en el Bautismo, de que Jesús y yo somos un sujeto en quien se realiza el misterio divino, ¿Cómo vivo yo mi solidaridad con Jesús Transfigurado? ¿Acaso la Eucaristía sea este misterio de Jesús Transfigurado; acaso la Biblia sea el monte de Jesús Transfigurado; acaso las obras de servicio caritativo el misterio de Jesús transfigurado.
Es precioso que yo, cristiano, tenga conciencia clara de estos misterios y sepa y me atreva a preguntar: ¿Cómo soy incorporado yo a este misterio?

3. Para el pensamiento oriental la Transfiguración acaso sea el centro de toda la Teología, como lo es en Gregorio Palamás (1296-1359, canonizado por la Iglesia ortodoxa).
Es el Jesús terrestre totalmente traspasado de la gloria celestial, de la que hoy tiene como Resucitado. La escena, pues, levanta una pregunta: ¿Quién es realmente Jesús, Jesús de Nazaret sin más, si es real la Transfiguración? En Oriente la Transfiguración, como su icono propio, es una fiesta “a se”, una de las diez grandes fiestas que jalonan el año litúrgico. De Oriente pasó a Occidente, y la celebramos el 6 de agosto (En ese día murió el Siervo de Dios Pablo VI).

4. Juan Pablo II, hoy Beato, tomó el Evangelio de la Transfiguración según Mateo (17,1-9) para tejer sobre él la teología de la renovación de la vida consagrada, en la Exhortación apostólica Vita consecrata (fechada en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de mi Pontificado).  
De ninguna manera pueden apropiarse los consagrados, las consagradas, el icono de la Transfiguración como si fuese una página aparte, pensada para ellos. En realidad todas las páginas del Evangelio son para la Iglesia entera, pero es bello, sin quitar a nadie nada, hacer ciertas lecturas evangélicas con un impulso nuevo del Espíritu que ensanchas las alas del corazón.
He aquí una página contemplativa para ver la vida cristiana a la luz de la Transfiguración.
“En la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el rostro de la Iglesia »(Lumen gentium, 1) Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo»(Lumen gentium, 44). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano” (Vita consecrata,16).
La belleza es un hilván de todo el documento (nn. 16. 19. 20. 21. 24. 28. 41. 64. 66. 75. 104. 107. 109. 111).

4. Tornemos de nuevo directamente al pasaje que contemplamos.
Los hermanos orientales, al meditar sobre la “luz tabórica”, así llamada la luz del Tabor, se han preguntado si esta luz que los tres predilectos han visto en Jesús es la luz increada o la luz creada, si bien no de este mundo. Vieron el rostro de Jesús más radiante que el sol, y sus vestidos más blancos que la nieva. Ciertamente que esta luz tabórica no es de este mundo, que no hay batanero en la tierra que pueda poner ese blancor…, esa blancura en el vestido de Jesús (Evangelio de san Marcos).
Jesús está vestido de un blanco que es la aurora de Dios en este mundo. Y si no hay batanero para esta túnica hecha de luz, tampoco hay criatura bajo Dios que puede iluminar el rostro de Jesús como brilla en el monte.
La luz tabórica, pues, no es de este mundo. Ahora, afirmar que sea la misma luz increada y que esta luz la están contemplando los apóstoles sería lo mismo que afirmar que estamos en la visión beatífica…
Quede ahí para que los amantes de Jesús sigan pensando sobre esta luz tabórica, creada o increada.

5. A esa luz somos destinados, y he aquí que ha habido discípulos de Jesús que han sido favorecidos de esta luz tabórica en vida terrenal, antes de deshacerse la tienda de nuestra morada. El cuerpo irradia la luz del Tabor.
Veamos en las vida de los santos.
San Simeón el Nuevo Teólogo (949–1022) es uno de los místicos de Oriente, de la Iglesia Ortodoxa. En su vida, escrita por Nicetas Estetatos leemos:

"Una noche en que estaba orando y en que su inteligencia purificada se encontraba unida a la inteligencia primera, vio una luz en lo alto. De repente, esta luz pura e inmensa que provenía del cielo arrojó su claridad sobre él, alumbrándolo todo y produciendo un esplendor parecido al día. Parecía que la casa y la celda donde se encontraba se habían desvanecido, pasando a la nada en un abrir y cerrar de ojos; que el mismo se encontraba arrebatado por los aires y había olvidado enteramente su cuerpo... "

La teología oriental ha sido muy sensible a esta mística de la luz a la que es destinado el cristiano; por eso el monje asume un camino singular, caracterizado por estos tres componentes: soledad, silencio, quietud. Así se llega a esa divinización luminosa que se da en la hesiquía, quietud, paz, estado beatífico del ser humano de cara a la eternidad.

6. Fuera de la vida monástica podemos hablar de la Transfiguración como habló san Pablo de la Gloria del rostro de Cristo, sin mencionar la Transfiguración, y dirigiéndose a todos los fieles.
Todo hombre espiritual es un buscador del rostro de Dios. Lo dice así el salmo: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 27,8-9).
Moisés en el Sinaí y en la Tienda del Encuentro contemplaba el rostro de Dios. “Si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara, abiertamente y no por enigmas, y contempla la figura del Señor” (Nm 12,6-8).
Este Moisés del Sinaí y de la Tienda nos lo presenta la Sagrada Escritura como el Moisés transfigurado, con el rostro radiante (el Moisés de Miguel Ángel), según aquellos textos del Éxodo: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor” (Ex 34,29).
Y esta es la experiencia de la Tienda: “Cuando terminó de hablar con ello, se cubrió la cara con un velo. Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con un velo, hasta que volvía a hablar con Dios” (Ex 34,33-35).

7. San Pablo ha pensado en estos textos y ha podido hablar de la Transfiguración del cristiano, que supera a la Transfiguración de Moisés, porque la nuestra viene directamente de la Transfiguración de Cristo. La gloria de Moisés, el resplandor de su cara, era pasajero: se iba diluyendo y amortiguando por sí mismo hasta desaparecer. La Gloria del rostro de Cristo, que es la misma Gloria de Dios, es inmortal. El cristiano transfigurado entra  a participar de esa gloria, y su rostro resplandece, cara a cara, con el rostro de Cristo, desde el rostro de Cristo.
Es muy audaz san Pablo cuando se enfrenta con los textos bíblicos, pero lo dice así:
“…Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2Co 3,17-18).
A los glorificados como “beatos” los representamos con una aureola que irradia de su cabeza; a los “santos” con un círculo perfecto…
San Pablo nos está hablando a todos los cristianos. Si conociéramos nuestra Transfiguración…, la que se está operando hoy, y que está en un proceso incesante, “de gloria en gloria” (de doxa a doxa; a gloria in gloriam, dice el texto latino).
El cristiano – es decir, humildemente yo – no necesita el velo sacro para cubrir su rostro, el velo de Moisés. Yo, bautizado, estoy contemplando, momento a momento, la Gloria de Dios en el rostro de su Hijo amado, y, como en un espejo, esa misma Gloria revierte sobre mi rostro.
¿Qué decir…?
¡En alabanza de Cristo, Amén!

Puebla de los Ángeles (México), 5 marzo 2012,
lunes de la II semana de Cuaresma.

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