martes, 6 de marzo de 2012

200. Transfigurado (4) Escuchadle: La Biblia, lugar de la Transfiguración

Segunda meditación para la semana
“Oír” en la Escritura: Este es mi Hijo amado

Hermanos:
1. En la Transfiguración del Señor se dan dos experiencias, una que se refiere a los ojos: Vieron la Gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo; otra que se refiere a los oídos: Oyeron al voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.
En la segunda carta de san Pedro se vuelve sobre este divino episodio, apelando al testimonio de testigos oculares, y se lo pone como sublime testimonio de la fe que se nos ha entregado. “No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza, Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz. Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada” (2Pe 2,16-18).
El apóstol Pedro recuerda la Gloria y la Voz. Las dos cosas pertenecen a la misma experiencia, y entre las dos hacen una sola vivencia y son el fundamento de la fe cristiana.
El cristiano es un Vidente: ve la gloria de Dios, reflejada en Cristo, en su rostro resplandeciente de divina hermosa.
Y es un Oyente: Escucha la voz del Padre del cielo que le dice que Jesús es el Hijo amado.

2. Hoy nuestra atención se centra en este segundo aspecto: La Transfiguración nos hace Oyentes de la Palabra, y la Iglesia vive en un estado permanente de Transfiguración si permanece como oyente de la Palabra, escuchando que Jesús es el Hijo amado del Padre y que en este Hijo amado el Padre encuentra todas sus complacencias.
Esta escucha no es, por tanto, un mero acto informativo, revelador, instructivo. Es simultáneamente un acto de comunión y de fruición. El que conoce, conoce por comunión, y al entrar en esta posesión se hace partícipe de la fruición que este banquete espiritual le proporciona.
Cuando después del Concilio (1965) se promulgó el Misal Romano (1970), y en seguida se hicieron las traducciones a nuestras lenguas, la oración de este domingo fue vertida de este modo:

Señor, Padre santo,
tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto.
alégranos con el gozo interior de tu palabra;
y purificados por ella,
contemplaremos con  mirada limpia
la gloria de tus obras.

La escucha del Hijo amado del Padre va a producir en el corazón tres efusivas vivencias: alegría, purificación, contemplación.
Al punto se me antojó que este bello texto podría ser una oración muy oportuna para iniciar en clase las explicaciones de la Sagrada Escritura. Y así lo he venido haciendo hasta hoy. La explicación de la Escritura no puede reducirse a una ciencia académica; no queda satisfecha con la exposición de un maestro experto en la comunicación. Es muy deseable que la mejor pedagogía y arte de la comunicación se pongan al servicio  de la Palabra divina, para que llegue a su destino, que es el corazón de los hombres.

(Nota de paso. Al conocer el texto original latino de esta hermosa oración, que procede de la liturgia hispana, y que ya está atestiguada en el siglo IV por san Hilario y san Ambrosio, he comprendido que la primera traducción hay que matizarla bastante. Dice el texto latino:
Deus, qui nobis dilectum Filium tuum audire praecepisti,
verbo tuo interius nos pascere digneris,
ut, spiritali purificato intuitu,
gloriae tuae laetemur aspectu.)

3. Reflexionemos, dentro de la Transfiguración, sobre la escucha; y “apliquemos” (pues de una aplicación tan solo se trata) el evento de la escucha al acceso a la Biblia.
Estudiar la Biblia es necesario. Y rastrearla por dentro para sospechar cómo se ha ido formando hasta llegar, es necesario. Pero todavía no es la escucha tabórica; ni tampoco esas operaciones se requieren para entrar en el trance de la verdadera escucha.
La escucha de la Biblia es una íntima Teofanía: Dios se ha dejado ver según su divino beneplácito.
La escucha de la Biblia acontece en ese ámbito de la Transfiguración en el monte. Dios ha condescendido y ha bajado hasta mí.
Es el acto creador de un Dios amoroso que por amor llega y en amor se le recibe. El estudioso que humildemente quiere llegar al corazón de la Biblia, sin renunciar al estudio – necesario para la Iglesia – mediante la escucha, oye y ve lo que Dios dijo en la Transfiguración: Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias. En este acto de amor somos invitados a entender que Jesús, Hijo amado de Dios Encarnado, es el anuncio de toda la Biblia, desde el principio hasta el final. Jesús es el contenido de lo que estamos escuchando. Jesús es el tema de la Biblia, de la historia salvífica de Abraham, de Moisés, y de los tiempos sucesivos, tan fragorosos en batallas y pecados. El Hijo amado es la Palabra dada en los textos sagrados.
Pero… ¿cómo?
Al contemplativo no le importa mucho saber cómo…, que tanto se ha discutido y se discutirá mientras estudiemos la Biblia en el aula.
En suma, la Biblia en escucha de Transfiguración nos da este resultado: Jesús es su contenido. La Biblia es interesante porque nos habla de Jesús desde el principio hasta el final, de este Jesús que acontece en el meollo de mi ser.

4. La Biblia en escucha de Transfiguración nos invita a poner la vida a tono: spiritali purificato intuitu, que vale tanto como “purificada la intuición interior”. El mero intelecto natural no es suficiente para captar lo que dentro de la Escritura pasa. Hace falta que el Espíritu venga y purifique la capacidad perceptiva.  Para ver y escuchar es necesario un corazón puro, algo que sobrepasada nuestros alcances. Es el Dios del amor el que puede venir a nuestros adentros y crear en nosotros un corazón puro. Entonces, cuando Él entra en nosotros entramos en Él. El Dios del amor es el Dios de la humildad para hacer esta transformación creadora.
La humildad y la sencillez son el trono de Dios en nosotros, la Nube en la que el Espíritu desciende. Al atisbo de su gracia nosotros nos acercamos con el deseo simplemente.

5. En fin, la meta de la Transfiguración es la Gloria. Dios es Gloria, o, si se quiere, la Gloria es la irradiación de Dios, el fulgor de Dios, el resplandor incandescente de Dios, que a veces los latinos han traducido por maiestas (majestad) y claritas (claridad de Dios).
O, acaso, porque Dios es infinito, la Gloria de Dios sea la bondad de Dios, al ternura de Dios, la cercanía de Dios, la amorosidad de Dios que llega hasta mí para atraerme a sí… y para “divinizarme”.
O, con otra palabra – que todo es posible – la Gloria de Dios sea su intimidad divina que quiere hacerla intimidad mía para hacer esta vida no solo soportable, sino, más bien, deleitable en la dulce compañía de su presencia. No es fácil vivir…, no, porque no acaban de ajustarse el deseo con la posesión…, porque acaso el Dios de la intimidad se nos muestre, en nuestros temores, como lejanía, lo cual sería hacerle habitar a Dios en el vacío.

6. En conclusión, y en medio de estas ráfagas o chispas que saltan del corazón, la transfiguración es el corazón de la Biblia. Y el amante peregrino es Pedro, es Santiago, es Juan. ¡Qué hermoso es quedarnos aquí…!
Mas de pronto se desvaneció la Nube. Y era Jesús solo, Jesús cotidiano, este Jesús de mi calendario y de mi agenda con la rutina de cada día.
Pero al bajar del monte, los ojos de Juan, de Santiago y Pedro (hermano…, hermana…, di tu nombre) estaban iluminados.
In laudem gloriae. Amén.

Puebla, martes de la II semana de Cuaresma, 6 febrero 2012.

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