viernes, 9 de marzo de 2012

202. Transfiguración (6) – ¡Escuchadle!: Y el silencio de Dios

Meditación sobre el silencio de Dios
para los hijos de Dios

Hermanos:

1. Quiero terminar estas reflexiones y meditaciones sobre la Transfiguración, escena de la que nos atrevimos a decir que era como el centro mismo de la Biblia. El Antiguo Testamento viene a desembocar allí, por conducto de Moisés y Elías, que son “la Ley y los Profetas”, que para un judío era la totalidad de los libros bíblicos (véase Mt 5,17). Y el Nuevo Testamento tiene en la Transfiguración una cima. En efecto  el protagonista es Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, que ya ha anunciado su pasión y muerte inexorables, y es el Hijo amado, el único de Dios, en el que el Padre tiene todas sus complacencias. Con lenguaje de esta tierra: Jesús es el cielo del Padre. No tiene otro. Y por la misma intimidad divina (la “circuninsesión” que dice la teología) es el gozo del Espíritu Santo.
Le escuchábamos al Santo Padre en su catequesis del miércoles pasado. Nos hablaba de “el silencio de Jesús”, recordad. Y decíamos cómo hay dos silencios:
- El silencio de Jesús para escuchar a Dios.
- Y el silencio de Dios que se vierte sobre el alma de Jesús. El Huerto de los Olivos y la Cruz son el silencio de Dios, amorosamente acogido por Jesús. Jesús muere, en efecto, arropado en el silencio de Dios: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?

2. Lo diré con las últimas palabras de Benedicto XVI, tan bellas, tan profundas y conmovedoras.

“La cruz de Cristo no sólo muestra el silencio de Jesús como su última palabra al Padre, sino que también revela que Dios habla a través del silencio: “El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre es la etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Colgado en la cruz, se ha lamentado por el dolor causado por este silencio: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' (Mc 15, 34, Mt 27, 46). Continuando en la obediencia hasta el último aliento de vida, en la oscuridad de la muerte, Jesús ha invocado al Padre. A Él se ha confiado en el momento del pasaje, a través de la muerte, a la vida eterna: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'. (Lc 23, 46)” (Verbum Domini, 21). La experiencia de Jesús en la cruz es profundamente reveladora de la situación del hombre que reza y de la culminación de la oración: después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, debemos mensurarnos con el silencio de Dios, expresión importante de la misma Palabra divina" (Audiencia general, 7 marzo 2012).

3. Este silencio de Dios lo han conocido los santos. Si prestamos atención, diremos que lo hemos conocido nosotros mismos, que queremos ser buenos cristianos. Jesús, Palabra de Dios, dulcísima palabra – pues solo él merece el ¡Escuchadle! – calla en determinados momentos de nuestra vida. Es así y tiene que ser así.
Es el momento del silencio; es el momento de la ausencia.
Si nuestra fe flaquea, si nos olvidamos de Dios, porque Dios no habla como si no existiese… entonces ese silencio de Dios (que es silencio de amor) puede ser arrasador.
Por el contrario, si nos mantenemos con la fe viva en esos meses – acaso años – de silencio de Dios, entonces la fe sale vigorizada, purificada, enardecida para nuevas empresas por Dios.
En la culminación de su vida santa Teresita del Niño Jesús sufrió meses de silencio de Dios, y entonces comprendió que terrible tiene que ser la situación de los ateos, que no creen en Dios. Comulgaba con los ateos. Y ese dolorosísimo sufrimiento era una oblación por los que no creen, o, al parecer, no pueden creer. Y mientras ella escribía poesías celestiales.
Tenemos, pues, que contar con el silencio de Dios; pero, por su gracia, no perder la sonrisa. Y si él quisiera que nosotros muriésemos en el silencio de Dios…, por doloroso que nos sea, ¡hágase la voluntad de Dios! Esto de ninguna manera lo hemos de pedir; al contrario, debemos pedir la dulzura de Dios para bien morir. Y, en todo caso, la paz que nunca nos la va a negar.

3. En la historia de los santos nos encontramos con el silencio de Dios, lo que san Juan de la Cruz llamó la “Noche oscura”.
Entre los santos modernos hay una santa que ha brillado en el silencio de Dios, que es la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), beatificada por Juan Pablo II en 2003. Su caso es estremecedor; es algo directamente místico, y tan sumamente delicado que, si uno no está avezado a este tipo de confidencias, es mejor que no las lea. Me estoy refiriendo al libro de la Madre Teresa de Calcuta que apareció en español en 2008: Ven, sé mi luz (Planeta), libro escrito básicamente con las cartas que esta excepcional  mujer escribió a sus directores espirituales, abriéndoles totalmente el corazón.
Un periodista (un “periodista”, repito, no un teólogo, no un experto en teología espiritual) escribía así cuando el libro estaba a punto de salir en español.

¿Creía en Dios Teresa de Calcuta? (título del artículo). Cuando Teresa de Calcuta (1910-1997) recibió el premio Nobel de la Paz, en diciembre de 1979, pidió que la Navidad que llegaba sirviese para tener presente a Cristo. Once semanas antes, escribía a un confesor: "Jesús tiene un amor muy especial por ti, pero por mí... el silencio y el vacío son demasiado grandes, miro y no veo, escucho y no oigo, la lengua se mueve, pero no habla". Es una de las muchas frases escritas por la beata que resumen la profunda crisis de fe de los últimos 50 años de su vida. Un libro que se publicará en septiembre, El secreto de la madre Teresa, bucea en 40 cartas en las que cuenta estos sentimientos espirituales.
Son confidencias en forma de epístolas a varios confesores a lo largo de más de 60 años, que dan una imagen de la beata muy distinta de la pública. En ellas, Teresa de Calcuta describe su sentimiento como un "un enorme vacío y oscuridad", según un amplio reportaje de la revista británica Times Magazine. "¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío" (Autor y artículo véase en El País. 25 agosto 2007).

4. La maravilla de la Madre Teresa es algo que no lo barrunta el periodista. En el mes de abril de 1942 la Madre Teresa hizo un “voto heroico”, que sin duda cumplió toda su vida: “Hice un voto a Dios, obligándome bajo pena de pecado mortal, a dar a Dios todo lo que me pidiera, a no negarle nada” (Carta a su director espiritual, Ven, sí mi luz, p. 47). Esto no lo supo nadie en vida de ella: sólo su director espiritual.
Ese voto tuvo una modalidad: sonreír siempre a Jesús. Las fotos de la Madre Teresa suelen estar sonriendo. Era la sonrisa que ella brindaba a Jesús, como diciéndole que ni se enterase de lo mal que lo estaba pasando.
La Madre Teresa hizo una obra que ha admirado al mundo entero: abrió 594 casas, “tabernáculos para Jesús”, decía, en 120 países, incluida la India. Una desilusión el no haber podido establecer una casa en la China continental.
Ella quiso amar a Jesús como nadie la había amado…, locura propia de los santos. Buscaba ser víctima de amor, y lo fue. Oía en su corazón la voz de Jesús, que le decía: “Quiero religiosas indias víctimas de Mi amor, quienes serían Marta y María, quienes estarían tan unidas a Mí como para irradiar Mi amor sobre las almas…” (Ven, sé mi luz, pp. 70-71).
Aquel voto de amor era la clave de su vida. Escribía a su director espiritual: “Esto es lo que oculta todo en mí” (p. 48).
Jesús aceptó aquella ofrenda, y le dio lo que a nadie se puede desear. Le dio la oscuridad, para que fuese luz para otros: ¡Ven, sé mi luz! “Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré continuamente ausente del Cielo, para encender la luz a aquellos que en la tierra están en la oscuridad” (carta al P. Joseph Neuner, 6 marzo 1962).
No, la Madre Teresa jamás “dudó” de Dios, no tuvo “crisis” de fe en el sentido de “¿Existirá Dios o no existirá?”, pero Dios le consideró digna de soportar la oscuridad, el silencio de Dios, para asemejar su alma al alma humana de Jesús.
He aquí, para nuestro conocimiento y admiración en silencio, un párrafo estremecedor escrito a su director espiritual:
“El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor de esta ansia es tan grande, yo simplemente deseo y deseo a Dios, y entonces es cuando siento: Él no me quiere, no está allí. El Cielo, las almas son solo palabras que no significan nada para mí. (…) No puedo explicar la tortura y el dolor. Desde mi infancia he tenido el amor más tierno a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero eso también se ha ido. No siento nada ante Jesús, y sin embargo por nada perdería una Santa Comunión” (carta al P. Neuner, abril 1961. Ven, sé mi luz, p. 259).
No hace falta saber altísima teología para sospechar que aquí nos encontramos con una gran mística. Su fe aguanta todos los combates del infierno.

5. En todas las capillas de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta (en Puebla, desde donde escribo, hay una) está Jesús Crucificado, y junto a la Cruz lo que dijo Jesús agonizante: Tengo sed.
Sed ¿de qué? Sed de amor. Es la única sed que tiene Jesús. Por eso le pidió agua a la Samaritana; y por eso, desde la oscuridad espiritual de la Cruz, el Sediento nos estaba diciendo a nosotros (mejor dicho, “a mí”): Tengo sed.
Desde el monte de la Transfiguración sigue resonando la voz del Padre: ¡Escuchadle!
En la Cruz habla: Tengo sed. Aquella pequeña Albanesa, que se hizo para siempre india, Teresa de Calcuta, escuchó la voz de Jesús. Y Jesús, para ayuda de los pobres, le regaló una sonrisa. Era la sonrisa de Dios. Misterio de la Transfiguración. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 marzo 2012.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;