sábado, 10 de marzo de 2012

203. El celo de tu Casa me va a devorar

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 2,13-25

Hermanos:

1. La Cuaresma avanza. Vamos recorriendo un itinerario espiritual que, domingo tras domingo, nos lleva hasta la Pascua: el camino cuaresmal. Un camino que nos evoca aquel camino que hizo Dios con su pueblo desde el principio de la humanidad. Los orígenes, Abraham, Moisés con el éxodo y los mandamientos, el pueblo en la tierra prometida, los reyes y los profetas… son los cuadros que se nos representan para no olvidar las maravillas de Dios y provocar en nosotros una respuesta de amor, “porque es eterna su misericordia”. La humanidad va caminando hacia Dios, y todas las religiones intentan acompañar al hombre, indigente y desorientado, en esta ruta hacia los misterios divinos.
En la riqueza variada y ubérrima que tiene la Cuaresma nos encontramos hoy, tercer domingo, con el que podríamos llamar el Domingo de Moisés. En el Sinaí recibe las Tablas de la Alianza, código moral de la humanidad. Y contemplando la vida de Jesús, guía inmediata de nuestra vida hasta la muerte, hoy escuchamos un pasaje evangélico transido de grandeza y divinidad sobre el cual se quiere concentrar nuestra reflexión.

2. Si decimos “La expulsión del Templo de los vendedores y cambistas”, decimos muy poco; porque esa referencia es solo la corteza del episodio.
Esta actuación majestuosa de Jesús en el Templo la refieren los cuatro evangelistas. Los tres primeros (Mateo, Marcos, Lucas) la colocan en la semana última de Jesús, entre los gestos y palabras de la Semana Santa, tras la entrada mesiánica en Jerusalén el Domingo de Ramos. San Juan, en cambio, la coloca al principio. Después del primer signo de Jesús, en Caná de Galilea - la conversión del agua en vino – viene a continuación, y de repente, este episodio, que ocurre en Jerusalén, advirtiendo que está cercana la Pascua de los Judíos. Son dos episodios – Caná y el Templo – que desde el inicio marcan el estilo de Jesús: algo distinto, nuevo y definitivo, trae Dios a la humanidad nueva de sus hijos que anhela construir.
Si la historia es la sucesión de los hechos tal como van apareciendo cronológicamente, seguramente que los tres Sinópticos están transmitiendo la secuencia de los acontecimientos tal como pasaron. 
Jesús irrumpe con un estallido, que le viene de dentro, al ver ignorada y profanada la Gloria del Padre, que reside en el Templo. Actuando de tal forma, Jesús no es solo un vigoroso reformador que quiere poner en orden las cosas de Dios; Jesús es un enviado del cielo que está anunciando, con tan desusado proceder, que el Templo ha sido santificado y se inicia un mundo nuevo, con un Templo diferente. La imagen apacible de Jesús, ese Divino Corazón de suave y tierna mirada, no se corresponde con el Jesús del látigo que arremete y echa de los atrios del Templo a vendedores y cambistas.

3. Analizando el episodio, vemos que aquellos vendedores y cambistas están de alguna manera al servicio del Templo. Se trata de víctimas para las ofrendas y el cambio en moneda judía para satisfacer con el tributo debido al Templo. Hay que pensar, además, que estamos en el área de los gentiles, que en rigor es un área profana, abierta incluso a los no judíos. Son atenuantes o excusantes en favor de este comercio y datos que ponen más en evidencia el extraño comportamiento de Jesús.             
El gesto de Jesús va acompañado de una palabra no menos sorprendente. Habla de “la Casa de mi Padre”. Dice: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre” (v. 16).  Jesús, exaltado, aparece, por lo tanto, como un místico y como un enérgico intromisor.
Jesús no es censurado como agresivo y violento, sino en razón de una autoridad y de un poderío soberano que, según las autoridades del Templo, no le corresponden.

4. Recordad, hermanos, que el asunto del Templo fue el cuerpo de delito del que se acusó a Jesús para tener un fundamento legal sobre el que pudiese apoyarse la sentencia de muerte. No se acusó a Jesús de una sedición, de una revuelta política para fundamentar la pena capital. Hubo sediciosos que pagaron con su cabeza el intento de rebelión contra los romanos; acaso a esto se refiera el Evangelio de san Lucas: “aquellos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían” (Lc 13,1).
A Jesús hubo que atacarlo por la palabra. Advierte el Evangelio: “Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban” (Mc 14,56). Y entonces, en medio de esta confusión, se trae algo gravísimo, lo que Jesús dijo sobre el Templo: “Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanos. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios” (vv. 58-59).
El asunto se presentaba de extrema gravedad, y para liquidarlo se levantó el Sumo Sacerdote y formuló claramente la cuestión de que se trataba: “¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?” (v. 61). En este particular el Sumo Sacerdote tenía plena razón, porque hubiera dicho lo que fuera – esta frase u otra, cualquiera de ellas gravísima – ya el asunto no era  ni siquiera el Templo, sino la identidad del que así hablaba; y el Sumo Sacerdote va en picado a la pregunta mortal: ¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?
Porque si, efectivamente, aquel hombre responde, como respondió, “Sí, lo soy” (v. 62), la vida se volvía al revés. Todo tenía que cambiar y empezar un orden nuevo. Y la “blasfemia” (v.63) era la sentencia de muerte.
Las palabras de Jesús no eran una declaración teológica inofensiva, ni eran una declaración revolucionaria contra la teocracia judía o la soberanía del Imperio Romano. Jesús no iba a morir por política, sino por algo divinamente superior: porque era el Hijo del Bendito y desde ahí había que reestructurar toda la Alianza de Dios con su pueblo.

5. La palabra del Templo va unida a la resurrección, por lo tanto a la muerte y a todo el misterio pascual.
Jesús va a levantar otro templo en tres días, dicen los testigos que hablan en Marcos. Y con esta frase enlaza el texto de san Juan. “Cuarenta y seis años ha costado el construir este templo, y ¿tú lo vas a levantar en tres días?” (Jn 2,20) Y añade el evangelista teólogo: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (v. 21).
Esto es bellísimo para nosotros, porque a partir de ahí ya sabemos cuál es nuestro templo: Jesús, el santísimo cuerpo de Jesús. Necesitamos edificios para juntarnos: una capillita en la selva, hecha de un modo rudimentario para reunir a los cristianos y enseñarles el catecismo y celebrar la Eucaristía, o una espléndida catedral, monumento y gloria de una ciudad… Al fin, valen lo mismo: lo que nos reúne es el cuerpo del Señor, y desde este cuerpo del Señor, nosotros somos también, Cuerpo de Cristo, y por el Espíritu Santo, templo del Espíritu Santo.
Esto es muy bello; pues ¡cuánto más hermoso será no simplemente el decirlo, sino el vivirlo!

6. Hay un detalle en este Evangelio de hoy que no quiero pasar por alto. “El celo de tu Casa me devora” (versículo 17). Es una frase del salmo (Sal 69,10). En realidad en el salmo está escrita en forma actual, cumplida: “me devora” (literalmente, me devoró: katégafe); pero san Juan, al tomar el salmo, la cambia en futuro: “me devorará” (katafágetai). No todos los traductores piensan que hay que estimar tal matiz (la versión latina, sí). Según esto, cabe la interpretación: El celo por tu Casa me va a devorar, me va a matar. Y así fue: el celo por la Casa de Dios le llevó a la muerte.
Ahora, tengamos el valor de decirnos: La Casa de Dios soy yo.
¡Gracias, Jesús, por haber muerto por el celo de la Casa de Dios, de la Casa de tu Padre! Amén.

Puebla, sábado, 10 marzo 2012.

Un Himno para este Domingo III de Cuaresma, ciclo B

1. El celo de la Casa de tu Padre
abrasa tus entrañas, Nazareno,
Jesús amado, Hijo del Bendito,
que anuncias con tu signo el nuevo Templo.

2. Jesús en cruz clavado, en luz surgido,
cumplido está el anuncio de tu cuerpo;
tu Gloria es nuestro templo consagrado,
tu santidad, hogar de nuestro encuentro.

3. La Casa de Oración abierta está,
pues eres tú, viviente y verdadero,
la nueva humanidad que a todos junta,
de todo peregrino abrazo y beso.

4. Tú eres el confín de la esperanza,
destino y unidad del mundo entero,
pureza que nos baña y santifica,
en el altar, purísimo Cordero.

5. Tú cambias el pecado en alabanza
y en nuestros yerros muestras tu trofeo,
excelso Sacerdote y Santuario,
y de tu eterno Padre, gozo pleno.

6. ¡Oh Trinidad beata y suspirada,
de todos los misterios el secreto,
la eterna gratitud ya desde ahora,
por Él, con Él y en Él un solo anhelo! Amén.


Puebla, sábado, 10 marzo 2012

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