domingo, 11 de marzo de 2012

204. Pero Jesús no se confiaba a ellos

Sobre el Evangelio del Domingo III de Cuaresma, ciclo B
Juan 2,13-22. 23-25
Un rasgo de Jesús: historia, psicología, teología
Pensamientos evangélicos de un corazón pensante


1. El Evangelio de la purificación del  templo – o, más bien, de la instauración del nuevo culto en el cuerpo del Señor – que fue el Evangelio del domingo III de Cuaresma (ciclo B) va enlazado con otros tres versículos, resumen de la primera actividad de Jesús en Jerusalén. Dice el texto:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Y de aquí se pasa a la escena del diálogo nocturno de Nicodemo con Jesús.
Para interpretar los tres versículos citados – versículos que nos intrigan – sería necesario que el intérprete, el biblista, fuera simultáneamente profesional de tres disciplinas. Fuera historiador, fuera psicólogo y fuera teólogo. Y poniendo en funcionamiento sus tres especialidades, tuviera la humilde osadía de acercarse a la persona de Jesús, que en este Evangelio resplandece como “el Señor” y que desde el principio es "el Verbo de Dios”, el Verbo hecho carne.
El caso de Jesús es absolutamente único, para el escritor sagrado, y a lo mejor nuestra pretensión choca y queda sin respuesta. Pero de cualquier modo, hay que dar razón del texto escrito, porque, efectivamente, se ha escrito para nuestro conocimiento y aprovechamiento. Intentémoslo.

2. Lo primero que nos llama la atención es que san Juan, al escribir su Evangelio, es histórico y crítico. Con frecuencia el evangelista se comporta así:
- arranca de algo que está fuera; hay un hecho acaecido;
- lo traslada a la escritura, lo cuenta;
- y al contarlo reflexiona sobre el mismo. Son las anotaciones que él va poniendo en el Evangelio, como cuando, narrado el episodio de Caná de Galilea, el escritor teólogo, añade su encuadre y reflexión: “Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11).
Y en el episodio de la estancia de Jesús en Jerusalén sucede lo mismo: san Juan cuenta y reflexiona sobre lo acontecido.

3. Lo que pasó fue que Jesús provocó un entusiasmo, debido a signos que realizaba (san Juan prefiere hablar de “signos” más bien que de “milagros”). El entusiasmo terminaba siendo adhesiones a Jesús. Pero he aquí la sorpresa: Jesús se mostraba cauteloso. No se fiaba, no se confiaba, no daba su confianza a cualquiera. Esto nos parece serio, y quizás nos obliga a cambiar una imagen fácil y endeble del temperamento o carácter del Jesús de carne y hueso.
Pero, al mismo tiempo, esta sorpresa nos produce un gran sentido de realismo y veracidad. Porque uno piensa: Es que eso me pasa a mí. Yo no me fío de todo el que me alaba y me aplaude. De unos sí, de otros no. Yo no doy a todos la misma confianza. No me sale del corazón abrir mi amistad a todos los que acaso dicen que son mis amigos.
Ni todas las personas dadas a devociones son, por el mero hecho, personas de fe. Porque la devoción puede ser una rutina; la fe, nunca. Y menos cuando la fe es sostenida prueba tras prueba.
El seguimiento de Jesús se establece en la fe; no en las devociones.
La fe es la roca; las devociones pueden ser construcciones de apariencia que nosotros mismos armamos.
En suma, Jesús no se fiaba de los entusiasmos; no daba su confianza a aquellos que cuya adhesión a él no la veía sólida y auténtica. La vistosidad, las apariencias no pueden construir la relación estable con Jesús.

4. Y después de la observación de este dato viene la reflexión de Juan evangelista.
Jesús no era un psicólogo, aunque humanamente pudiéramos pensar que sí lo era. Toda persona inteligente es experta en las emociones humanas, en el vaivén de los sentimientos que van y vienen, que vienen y van. En el sentir del evangelista, Jesús goza del don de la penetración divina de los corazones, lo cual, en su caso, no era un don del Espíritu Santo – el don de sabiduría o el don de consejo, por ejemplo –; no era un don, sino que era una condición de su ser.
Define san Juan el total conocimiento de Jesús con estas palabras:

los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Parece que estamos saliendo del ámbito de la humanidad para pasar a la divinidad. Todo hombre, por muy dotado que esté de dones espirituales, es falible; se puede equivocar.
Esta posibilidad de equivocación no afecta a la santidad de uno, porque la santidad, que es la fidelidad a la gracia, consiste en cumplir siempre lo que uno estima que es la voluntad de Dios.
Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre.

5. ¿Estamos hablando de Jesús hombre o de Jesús Dios? La solución evangélica es inequívoca: estamos hablando de Jesús de Nazaret, de Jesús que estuvo en unas bodas en Caná de Galilea, de Jesús que arremetió contra los vendedores y cambistas del Templo.
Para san Juan el Jesús divino y el Jesús humano son históricamente uno; no hay dos.
Realmente el teólogo se queda perplejo… Con este modo de pensar ya hemos divinizado a Jesús; ya lo hemos sacados de “nosotros”, aunque sigamos contando su historia entre nosotros. Dios se ha metido en Jesús, y, siendo hombre el hijo de María, le vemos dotado del rayo divino de la penetración y del conocimiento.
La dificultad de la cristología con la doble naturaleza – humana y divina – en una sola persona – y esta no humana, sino divina – no la hemos inventado nosotros, sino que late en los mismos Evangelios.
El cómo ocurre esto queda sin resolver.

6. Parece que nuestra reflexión ondea por los campos del pensamiento y se pierde en lo abstracto. En realidad, no es así, porque tratamos de sondear el misterio personal de Jesús. Toda persona humana es, en sí, un misterio; Jesús, de forma eminente y única.
Ahora bien, el mensaje debe revertir en nosotros. Pues la pregunta definitiva deja de ser especulación y pasa a ser interpelación. Y así, del suceso de Jerusalén saltamos al suceso persona de Jesús y yo.
La pregunta se perfila así:
Y en resumen, ¿qué piensa Jesús de mí? ¿Se fía de mí? ¿Soy digno de fiar?
La vida alcanza su clave y su secreto, cuando se la interpreta como una relación recíproca entre Dios y yo y correlativamente entre mí y Dios, viviente y viviente.
San Pablo se sintió digno del Evangelio de Dios; esto, sintió que Dios había tenido confianza para darle el Evangelio de su Hijo. Y fue siempre ministro fiel. Y él, al ver la resistencia de algunos al Evangelio, dijo: El Evangelio no es de todos.
No es una frase fatalista, como si el destino predestinara a unos a la fe y a otros no, sino que es una frase misteriosa que apela a la responsabilidad, la cual acaece en los cauces de la Providencia.

7. Concluyamos. Jesús fue a Jerusalén y levantó entusiasmos, pero no se fiaba de todos, porque los conocía a todos y sabía lo hay dentro de cada uno. El conocimiento de Jesús es universal (de todos) y particular (de cada uno). Por eso, el conocimiento de Jesús llega hasta mí.
Solo la humildad puede abrir la hondura del ser, de mi ser, al conocimiento de Dios, que todo lo sabe y conoce.
Yo soy amado de Dios, y este “ser amado” es la constitución de mi ser cristiano. Existo y subsisto en el amor que se me ha dado, que se ha anticipado a mi aparición en el mundo.
Yo soy conocido por Dios, sabido por Dios; y solo este conocimiento de Dios, de Jesús, Hijo de Dios, es la inteligibilidad de mi ser. Existo por haber sido pensado, por ocupar un sitio en el pensamiento divino, del cual nunca he sido retirado.
Estoy invadido por Dios. De no ser así, regresaría a la nada.
¿Qué es, pues, Dios mío, mi libertad? Es el don de mi yo que responde al ser divino. Soy libre desde unas raíces divinas que han florecido en el ser de mis días.
Y aquí me hallo, Señor, en el camino.
Confío firmemente, Jesús de Jerusalén, en que tú te fíes de mí.
En todo caso, yo diré, con mi vida y mi muerte, que nunca tuve razón para no fiarme de ti.
Amén.

Puebla, domingo III de Cuaresma, 11 marzo 2012.

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