lunes, 12 de marzo de 2012

205. Decálogo: Dios en la vida

Meditación cuaresmal sobre el sentido de
los Diez Mandamientos

Hermanos:

1. El domingo III de Cuaresma (ciclo B) se ha proclamado a la asamblea cristiana esa página inmortal de los Diez Mandamientos. Realmente son textos de la humanidad. La religión judía estriba ahí,  lo mismo la religión cristiana: en esa alianza de Dios con los hombres puesta en forma de Mandamientos, que el Deuteronomio llamará “las Diez Palabras”, los Diez Mandamientos (Deut 4,13; 10,4). Y tanto judíos como cristianos quisiéramos entregar a nuestros hermanos, los hombres, este Código de Dios, para decir a la humanidad que hay algo, que tiene que haber, que por encima de todas las religiones ha de ser punto de encuentro de la humanidad. Y eso no puede ser otro que Dios mismo.
Los Diez Mandamientos giran en torno a tres núcleos: Dios, la familia, la sociedad. Y esto es válido de por sí mismo, lo formules con la Torá de Moisés o con los principios del Corán, con las antiguas tradiciones de la India o de China.
El asunto es este: Dios en la vida. Si aceptamos que la vida es terreno de Dios o simple terreno del poderío humano; si somos nosotros quieres hemos de poner pauta a nuestro comportamiento, para que todo quepa en él, o si hay un Dios en el cielo, a quien debemos someternos, lo mismo como personas humanas individuales que como comunidad solidaria.
La voz del Señor sigue resonando. Ese estruendo del Sinaí, esa voz de trompetas es un símbolo, de que la voz de Dios, firme e inquebrantable, ha de resonar en los oídos de los hombres. Dios en la vida. El día en que lo quitemos, día en que no tengamos una regla de conducta más allá de nosotros mismos, se desmorona nuestra convivencia, y en lugar de Dios sería el poderío del capricho, el recelo e incluso el odio, lo que nos desgobierna y destruye.
Abramos los ojos y, como personas reflexivas (no como predicadores tremendistas), pensemos si realmente un sordo trabajo de la humanidad, queriendo desprenderse del Dios de los Mandamientos, no quiere empujarnos por el camino del caos.

2. Vengamos al texto bíblico para saber cómo nace y qué alcance tiene para darnos no una filosofía moral para la familia humana, sino una revelación del Dios celoso y amante, que nos quiere atar a sí, por el amor.
Este excelso documento comienza por una declaración fundamento de todo el resto: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud” (Ex 20,1). 
El Decálogo es revelación de Dios, revelación del ser de Dios y de la voluntad de Dios. Es ciertamente un texto legal, pero, antes que eso, es el Acta de un pacto. La antigüedad ha conservado textos de viejos pactos: el rey vencedor y el rey vasallo: “mis enemigos serán tus enemigos”.
La forma con que están promulgados los Diez Mandamientos nos recuerda lo que era un pacto, una alianza. Por ello, lo más grave del Documento del Pacto es   la primera parte:
No tendrás otros dioses frente a mí.
No te fabricarás ídolos…
No te postrarás ante ellos, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso…
De aquí fluye todo lo demás, de esta soberanía que han defendido invictamente los profetas: “Mi gloria no la cedo a nadie” (Is 48,11).  

3. Hermanos, aquí es donde nos jugamos nuestra vida, el sentido de nuestra existencia: si aceptamos a Dios Creador, a  Dios  en la historia, a Dios en la vida. Si lo aceptamos, el resto viene de sí.
A esto se consagró Jesús, a predicar el reino operante de Dios en el mundo. Jesús puso a Dios como origen y punto final. No hay nada de nuestra vida que pueda sustraerse a la plena soberanía de Dios. Dios podrá pedirnos cuenta de nuestros  actos justamente porque es el iniciador y dueño de nuestra vida, y esto – volvemos a repetirlo – como personas y como sociedad.
A esta base se la puede llamar “estipulación central” de la Alianza. Luego vienen las “estipulaciones particulares”, que son representaciones emblemáticas de lo que puede abarcar la vida entera.
Cosa curiosa para la exégesis: los Mandamiento son Diez, “las Diez Palabras”, pero es diferente el modo de enumerarlos en las tradiciones religiosas de quienes los admiten como palabra revelada: los rabinos, los católicos y luteranos, los ortodoxos y reformados.
Además el sentido  original de los mandamientos lo hemos amplificado nosotros para que abarquen la gama completa de la moral. Por ejemplo, “No matarás”: se puede matar con la espada o se puede matar con la lengua, con el pensamiento… Es decir, lo que es una proclamación y acta de una Alianza ha pasado a ser un Catecismo mediante el cual se quiere instruir de todas las obligaciones a que nos lleva la recta moral y, sobre todo, el seguimiento de Jesús.  

4. Cada mandamiento para aquella sociedad nómada del desierto y para una sociedad sedentaria después tiene un sentido preciso, que los exegetas estudian con cuidado. Pero en su inspiración íntima los mandamientos nos dan una dinámica de vida, y como tal agarran la existencia humana en su raíz, y, según vamos exponiendo, bien los podemos interpretar no como el código judío o cristiano, sino como el código de la soberanía y del amor de Dios para toda la humanidad.  En esta línea reflexionaba Juan Pablo II, cuando en el Bimilenario de la Encarnación (año 200) llegó peregrino a los pies del monte Sinaí y en la celebración en el monasterio de santa Catalina, tuvo su homilía.
Guardar los mandamientos significa ser fieles a Dios, pero también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra verdadera naturaleza y a nuestras aspiraciones más profundas. El viento que aún hoy sopla en el Sinaí nos recuerda que Dios quiere ser honrado en sus criaturas y en su crecimiento: gloria Dei, homo vivens. En este sentido, ese viento lleva una insistente invitación al diálogo entre los seguidores de las grandes religiones monoteístas para el bien de la familia humana. Sugiere que en Dios podemos encontrar nuestro punto de encuentro: en Dios omnipotente y misericordioso, Creador del universo y Señor de la historia, que al final de nuestra existencia terrena nos juzgará con perfecta justicia” (Juan Pablo II, homilía en el monasterio de Santa Catarina, al pie del monte Sinaí, 26 febrero 2000).  

5. Hermanos, digamos claramente: Los humanos nos equivocamos en redondo si  quitamos el  nombre de Dios de nuestra legislación.
Sin Dios no hay moral posible. Un ejemplo al contrario nos viene de esa asociación tan benemérita de Alcohólicos Anónimos. “No me importa la religión a que tú perteneces; pero si no aceptas la existencia de un Ser Superior (llámale como quieras) que es el único que te puede sacar del abismo de tu miseria, si no aceptas esto, no hay curación; seguirás donde estás”.
¿Qué es, pues, el Decálogo, hermanos? Es la alianza de Dios que sale a nuestro encuentro y que quiere santificar nuestra vida en la libertad y el amor.
Después de esto, no cabe otra respuesta que la de la oración y del amor:
¡Dios mío, guíame por el camino de tus mandamientos! Amén.

Puebla, lunes III semana de Cuaresma (12/III/2012).       

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