miércoles, 21 de marzo de 2012

208. La alianza nueva escrita en el corazón y la muerte gloriosa de Jesús

                                                      Domingo V de Cuaresma, Ciclo B
Jeremías 31,31-34; Hebreos 5, 7-9; San Juan 12,20-33

Hermanos:

1. Hay pasajes en el Antiguo Testamento que nos resultan particularmente esplendentes y llegan hasta nosotros como verdaderos manantiales de Evangelio. Me estoy refiriendo ahora al texto de Jeremías de la Nueva Alianza, primera lectura de este domingo; un texto muy semejante al anuncio del don absoluto de Dios cuando en Ezequiel, un poco después de Jeremías, el Dios de la alianza promete: Os daré un corazón nuevo e infundiré mi Espíritu en vuestro interior.
El proyecto de Dios que han intuido los profetas es la divinización del hombre, lo cual jamás podrá alcanzarlo el hombre con su empeño; Dios mismo tiene que entrar en acción y hacer esa obra sublime como obra suya, absolutamente suya, fruto de su amor.
Acerquémonos al texto de Jeremías, palabra creadora de Dios.

2. El profeta, que tanto ha luchado y tanto ha sufrido, después de tanta experiencia y dolor, llega a concluir algo que lo ha percibido como revelación divina. La Ley, dada por Dios a  Moisés, sin duda que como un don de amor, ha resultado ser un fracaso, porque la historia ya larga del pueblo sacado de Egipto ha sido una amarga historia de pecado, de infidelidad a esa confianza que Dios había deposita en su pueblo elegido. De Moisés a Jeremías han pasado más de 500 años, y los hechos hablan por sí solos. Incluso la amenaza que se cierne y la realidad que ya ha comenzado se presenta fatal. En los años de Jeremías han comenzado las deportaciones a Babilonia, los setenta años de la cautividad, que los profetas han interpretado como castigo a la alianza pactada, como prueba de una infidelidad declarada. La Ley, con toda su hermosura, con toda la mística que lleva dentro, no ha sido capaz de detener el aluvión del pecado.
No es culpa de la Ley, el profeta lo sabe, como siglos más tarde lo dirá san Pablo: la ley es santa, el precepto es bueno; pero el corazón del hombre es torcido, y en el fondo es malo. De nada me sirve que me pongan ahí delante un ideal sublime para que lo cumpla, si a mí no me da la gana.
La única solución posible para que la realidad sea otra es que se opere un cambio en el corazón del hombre; pero el hombre radicalmente no quiere, y estaremos siempre en las mismas.
Dios promete una alianza nueva. Una alianza “nueva” no es repetir la anterior, sino hacer otra distinta.

3. “No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando lo tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor – oráculo del Señor – esta será la alianza que haré con ello después de aquellos días – oráculo del Señor - :
Pondré mi ley en su interior
y la escribiré en sus corazones:
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer 31,32-33).

Esto es igual que hacer una creación nueva. Es sanar el corazón de raíz. Esto es iniciar un mundo nuevo, la familia de la verdadera amistad con Dios. La alianza nueva se expresa con la fórmula recíproca del amor: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
En estas nuevas relaciones establecidas con Dios se entiende lo que a continuación dice el oráculo:
“Ya no tendrá que enseñarse unos a otros diciendo: ‘Conoce al Señor’, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor – oráculo del Señor –, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados” (v. 34).

4. Hermanos, es bellísimo este panorama. ¿Cómo ha podido anunciar y escribir semejantes cosas el grande y doliente profeta Jeremías?
Seguramente que estas cosas no se pueden escribir sino después de un éxtasis celestial. Un sociólogo dirá: Esto es una pura utopía. Esa situación humana ni ha existido ni va a existir, porque el hombre, antes y después, es lo que es; está viciado en su raíz, como la historia hasta hoy cruelmente lo demuestra.
Acaso un teólogo diga: Es el estado escatológico el que está describiendo el profeta. Si dice solo eso porque el profeta no está hablando de un tiempo más allá de la historia, sino de una comunidad que ha de realizarse con estos parámetros, aquí mientras dura la historia de Dios.
¿Será posible? La respuesta está en el Evangelio. “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
Nos acababa de decir: “y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (v. 26). Todo esto supone una alianza de igualdad, de reciprocidad que se establece entre Jesús y nosotros, a quienes llama sus servidores.

5.  Estamos al final del ministerio público de Jesús.
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora.
Pero si por eso he venido para esta hora.
Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28).

En el corazón de Jesús hay un estallido, el estallido mismo de la vida, que en este punto cenital se llama “la hora”. Es el momento en que el grano de trigo tiene que desaparecer para convertirse en espiga.
Jesús se lanza a esta aventura celestial: tiene que morir. Ya no le importa mirarse a sí mismo; mira al Padre. “Padre, glorifica tu nombre” (v. 28).

6. Y el texto sagrado dice que tras esta ofrenda, tras esta oblación perfecta a la gloria de Dios, llegó una voz del cielo, que algunos confundieron con un trueno. A nosotros nos parece que estamos en el monte Sinaí, en el monte de la Transfiguración. Decía esa voz:
Lo he glorificado
y volveré a glorificarlo” (v. 28).
Jesús, destinado a la muerte, era el glorificado; y vencedor de la muerte será también el glorificado.
Con esa dinámica de muerte y vida está estableciendo la realidad de la alianza nueva.
Para entrar en esta alianza nueva, y amanecer como criaturas nuevas – el Nuevo Mundo del Evangelio – Jesús nos pide que se verifique en nosotros lo que en él se está verificando:
- la muerte del grano de trigo, que entonces, y solo entonces, dejará salir la vida increíble que lleva en sus entrañas. “El que quiera servirme, que me siga” (v. 26), dice Jesús.
- Que comprenda el seguidor que la muerte es glorificación, si bien es cierto que solo el amor puede entender la muerte como glorificación.
- Que acepte el seguidor seguirle tras la muerte, donde habita la gloria. Hoy nos envuelve una lectura sagrada de Hebreos, que suena así: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado pro su piedad filial” (Hb 5,7).

7. Todos estos pasajes, que hemos citado y mezclado, nos invitan a una cosa: a vivir en profundidad los misterios de Dios, que están como diluidos en lo cotidiano de la vida.
Ahora volvemos al principio de nuestra reflexión y nos preguntamos: Esa alianza nueva de Dios y el hombre, que entrevé y anuncia Jeremías, ¿será posible?
Sí es posible, porque en la vida de Jesús se ha verificado y Jesús nos invita a entrar en ese interior, como servidores suyos, como amigos, y, al final, como esposos copartícipes de una alianza circulatoria de amor.

El amor hace ver donde no se ve.
El amor diviniza lo que es humano.
El amor cambia la vida, y la eleva hasta donde está Cristo.
El amor es lo más nuestro de nosotros mismos, y es la realidad más recóndita del ser que está pidiendo ser despertada para mirar amablemente y entender creyendo.
Hermano, sigamos adelante, hasta el final, con Jesús; y donde esté él, estaremos nosotros sus servidores. Amén,

Puebla de los Ángeles, 21 marzo 2012.

Hermano, hermana:
Si son mexicanos les invito a entrar en el número precedente a este, que dice: 
207. Santo Padre Benedicto, ¡bienvenido a México!

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