viernes, 30 de marzo de 2012

210. Domingo de Ramos: Pasión de Jesús según san Marcos

Meditación en torno a la Pasión de Jesús egún san Marcos
(Evangelio de san Marcos, capítulos 14 y 15)


Hermanos:

1. Domingo de Ramos, Domingo de la Pasión del Señor. Se inicia la Semana Santa, que nos llena de respeto, de adoración y de amor.
El Domingo de las palmas tiene todos los años un escenario doble: el humilde triunfo del Mesías Redentor, aclamado por el pueblo hebreo rumbo a la ciudad santa de Jerusalén, triunfo que dilata nuestras almas, disponiéndonos a celebrar la Eucaristía; y la proclamación sagrada de la Pasión del Señor. Un año se toma la Pasión de Jesús según san Mateo; el segundo, que es este, se toma la Pasión de Jesús según san Marcos; el tercero, que será el año próximo, la Pasión de Jesús según san Lucas. Y todos los años, el Viernes Santo, la Pasión de Jesús según san Juan.
En la recentísima visita del Papa a Cuba, Su Santidad Benedicto XVI ha solicitado al Presidente del país que Viernes Santo sea declarado día festivo, respetando la sensibilidad, tan arraigada en el pueblo cubano, de venerar el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

2. Ante la Pasión del Señor el cristiano se queda mudo, y uno evoca aquella escena que describe la Escritura cuando sobrevino la desgracia a Job, tipo del hombre doliente en suprema gravedad. Vinieron a consolarle tres amigos. “Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo” (Jb 2,12). Y tras este drama viene lo más expresivo: “Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada viendo lo atroz de sus sufrimientos” (v. 13).
La Pasión escrita en los Evangelios es, ante todo, la meditación de la comunidad de Jesús que maternalmente lo ha llevado en su corazón, lo ha llorado como se llora a un hijo, y ha pedido perdón a Dios, porque han sido nuestros pecados los autores del drama de la humanidad. Al mismo tiempo, da gracias a Dios y bendice con serenidad, porque, como Pablo dirá: “Me amó y se entregó por mí”. Es que no se puede ver y meditar lo que allí ocurre, sin no pasar al instante al propio escenario de nuestra vida. Dice Pablo: “Mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20).

3. La Pasión de Jesús no se podrá nunca entender sin lo que pasó en el Cenáculo aquella noche sagrada, cuando Jesús nos dio la Eucaristía y abrió de par en par el corazón. De allí salieron al Huerto, el Huerto de la agonía. Y aquí comienzan las escenas del desenlace final, que tienen una secuencia de tres momentos: el Huerto, el Juicio y la Cruz. Los evangelistas son ricos en detalles, y desde siempre a los cristianos les ha gustado hacer de los cuatro relatos una narración continua para no perder ningún rasgo que mueva el corazón a la meditación. Pero la verdad es que cada evangelista tiene su propia línea de reflexión y en esto queremos centrarnos.
En el Huerto hay una palabra suprema. Es una palabra divina que el evangelista la ha guardado, tal como la pronunció Jesús y la ha entregado a la Iglesia. Esta palabra es Abbá, "padre" en lengua aramea, que para Jesús es lo más tierno y sublime que se puede decir de Dios. “Y decía: ¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36).
Esta es la palabra esencial de Jesús en el Huerto. En esa palabra, que ha quedado ahí en lengua aramea, está encerrada toda la historia de Jesús: todos los recuerdos de su vida, toda la entrega del presente, toda la esperanza del futuro. Jesús dice ¡Abbá!, ¡Abbá! Y el evangelista nos advierte: “y oraba repitiendo las mismas palabra”: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Eso y solo eso, infinitamente eso, fue la oración del Huerto. Y entretanto el Padre, que se moría de ternura por su Hijo, callaba. ¡Qué misteriosa forma de amar! Dejar en el silencio desolado al Hijo de sus entrañas. En suma, hermanos: “Me amó y se entregó por mí”.

4. Pero avancemos en la Pasión de Jesús según san Marcos. Olvidémonos, ahora, del relato de la Pasión de los otros Evangelios. Concluida la escena del prendimiento en el Huerto, Jesús ya no habla sino tres veces: una para responder al Sumo Sacerdote, otra para responder a la autoridad del Imperio, otra, dirigida al Padre, para morir en la cruz.
Las tres palabras – entendámoslo bien – son la explicación de la única palabra que Jesús lleva en su corazón: ¡Abbá! Son las tres palabras de la Pasión de Jesús según san Marcos. Meditémoslo. Tres palabras que está diciendo quién es él, quién es su Padre, por qué muere.

5. Ante el Sanedrín, reunido en pleno, el Sumo Sacerdote, “levantándose y poniéndose en el centro”, apelando de esta manera a toda su autoridad sagrada, preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” (Mc 14,61). Esta era la cuestión, la única cuestión de todo lo que estaba pasando, y nos alegramos de que el Sumo Sacerdote así pusiera los términos. Y Jesús, que hasta ahora había callado con admiración de todos, ahora sí habló. Y dijo son voz humilde, serena y eterna: “YO SOY. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (v.62).
Ante la conciencia de Jesús y ante la conciencia de todos está claro: Jesús va a morir por esta horrenda blasfemia que hace estallar toda la religión, por ser el Hijo del Bendito, cuyo nombre no se puede pronunciar. Pero Jesús en el fondo de su corazón sigue diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Jesús no se avergonzó de su Padre y murió por Él: ¡Abbá!, ¡Abbá!

6. Lo llevaron a Pilato para formalizar la sentencia. Pilato le hizo una pregunta, que era política, y misteriosamente más que política: “Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió: Tú lo dices” (Mc 15,2). Pilato trató de desembarazarse de esta muerte, y para ello les dio a elegir entre un criminal y Jesús. Ellos gritaron para que soltara al criminal y crucificara a Jesús. “Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran” (Mc 15,15). Y Jesús, fiel a su propia conciencia, en el fondo de su corazón seguía diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!

7. Tercera y última palabra de Jesús en su Pasión, según san Marcos. Fue después de las burlas que le hacían al rey de los judíos, título escrito en la cruz: “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)" (Mc 15,34). Jesús está orando a su Dios, a su ¡Abbá!, ¡Abbá!, y ante Él está desahogando, en la oscuridad y el abandono, todo su corazón, porque su amor era más fuerte que su soledad. Era la suprema hora del ¡Abbá!, ¡Abbá!
Luego “Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (v. 37). Ese fue el grito triunfal de la victoria, que nos llega hasta hoy, y que resuena en nuestro corazón y lo levanta hasta Dios.

8. Hermanos, la Pasión de Jesús la vivió san Marcos así, la celebró su comunidad así. Era la Pasión del Hijo de Dios. ¡Abbá!, ¡Abbá!
“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1), había puesto san Marcos en el título del Evangelio.
Y tras la muerte de Jesús, “el centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (v. 39).
Hermanos, nos callamos para clamar con toda la vida del corazón: Jesús, tú eres el Hijo de Dios. Toma mi vida dentro de tu muerte. Amén.

Viernes de Dolores, 30 marzo 2012.

Como himnos espirituales para este día véase: En Betfagé nos unimos, Jerusalén, Iglesia del Mesías

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