lunes, 2 de abril de 2012

212. La Iglesia unge los pies del Señor


Meditación sobre
el Evangelio de Lunes Santo

Hermanos:

1. La liturgia del Domingo de Ramos semana nos introdujo en esta semana única que la tradición cristiana ha llamado “la semana Santa”. La los libros litúrgicos la llaman Semana de la Pasión del Señor.
La Pasión del Señor, Passio Domini, que significa sufrimiento que incluye la muerte, es el corazón de esta semana, dedicada a la contemplación de Cristo doliente. “Me amó y se entregó por mí”. El Lunes Santo contemplamos Mesías doliente, escuchando en la celebración de la Eucaristía el primer Canto del Siervo de Yahveh del libro de Isaías; el Martes Santo, el segundo Canto; el Miércoles Santo, el tercero. El Cuarto Canto del Siervo de Yahveh, que ha sido considerado como el Evangelio anticipado de la Pasión de Jesús, se reserva para la celebración sagrada de Viernes Santo en la muerte del Señor.
Semana de contemplación. Es el mejor obsequio que la Iglesia puede dar a Cristo, su Señor, su Esposo, su amor verdadero.
En los textos evangélicos se van tomando las perícopas o secciones de aquellos episodios que en aquellos días precedieron inmediatamente a los sucesos del Jueves y Viernes Santo. Hoy, Lunes, tenemos el relato de la Unción de Jesús en Betania.

2. He aquí el texto bíblico proclamado en la Eucaristía, del Evangelio de san Juan (12,1-11):

“Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: "¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre". Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él”.
“La casa se impregnó con la fragancia del perfume”. Y ese perfume dura hasta hoy; nosotros lo aspiramos.
¿Qué es contemplar, hermanos, sino quedarse preso e inmerso en aquello que los ojos ven, que los oídos del alma escuchan, que el paladar espiritual gusta, que el olfato sensitivo del Espíritu percibe…? Contemplar es entrar en comunión sencilla de algo que nos transporta, y que deleitosamente nos gana.
La escena de la unción sagrada del cuerpo del Señor está despertando a la Iglesia para que se acerque vea, toque y adore. Hay una mujer protagonista de la unción; y sin duda que esto nos remite a un episodio concreto de los días de Jesús Nazareno. Pero detrás de esa mujer estoy yo, amoroso lector del Evangelio, está, más bien, la Iglesia que abraza a su esposo.
Los sagrados textos nos lo están diciendo, y hemos descubrirlo para gustar de esa dulce comunión.

3. Los cuatro Evangelios tienen, cada uno, una escena de unción; pero cpon detalles diferentes, que el crítico sentirá dificultad en concertar.
La escena popularmente más conocida es la unción de aquella pecadora, muy conocida en la ciudad, que arrepentida se lanzó a los pies del Señor en casa de un tal Simón: los regó con sus lágrimas, los ungió con el perfume, los acarició con sus manos, los besó con sus labios, los enjugó no con un lienzo, sino con su cabellera destrenzada. Los cabellos, atractivo de pecado, ahora se hacían homenaje femenino, delicadísimo, al más amado, al verdadero y desde ahora único amor. ¿Quién era aquella mujer? Lo dice el Evangelio: una anterior pecadora, ahora agradecida.
Estamos en el relato que describe san Lucas (7,35-49). ¿Y cómo se llamaba? El evangelista no dice su nombre – “una pecadora” (v. 37), una pecadora pública  - como, después de esta escena el mismo texto evangélico habla de las mujeres que seguían a Jesús (8, 1-3), la principal de ellas María llamada Magdalena, “de la que habían salido siete demonios” (v.2), una antigua interpretación que durante siglos ha dominado, ha identificado a la pecadora con la Magdalena; y ha visto en la expulsión de los demonios la liberación de los pecados que había cometido, cuando el Evangelio, al hablar de las expulsiones de los demonios, nunca dicen que los los posesos fueran unos pecadores, sí unos enfermos.

4. Los otros tres Evangelios – san Mateo, san Marcos, san Juan – hablan de una unción que ocurren precisamente dentro de la semana Santa (Mt 26,6-13; Mc 14,3-9; y el texto de san Juan que hemos transcrito), con detalles claramente distintos, pero, en todo caso,
- una unción que ocurre en Betania,
- y donde entran en escena dos personajes: la mujer enamorada de Jesús que hace un despilfarro de perfume, y Judas (o algunos “indignados”) que hacen un comentario: ¡Qué derroche inútil cuando se podía haber vendido ese precioso y con el producto haber socorrido a los pobres…!
En el puro centro de la escena está Jesús,
- que descalifica en absoluto ese comentario,
- que defiende a la mujer,
- y que acepta gustosamente el homenaje que se le hace.
Obviamente estamos ante una revelación de lo más puro de nuestra fe.
Al recibir la Iglesia en sus libros sagrados esta escena, pese a las dificultades internas que la crítica puede descubrir, está identificándose a sí misma. Está trazando su propio retrato, de quién es ella si su Señor es su Esposo.
Una esposa puede despilfarrar por su esposo, puede darle una joya, un perfume, sin que su esposo le reproche:
Mejor que lo vendas y se lo des a los pobres. ¡Qué grosería la de un esposo, si así procediera!

5. ¿Quién es, por lo tanto, la Iglesia? La amorosa esposa de su Señor, Jesús.
Si se ha conservado, hermanos, el relato de la Pasión de Jesús es porque la Iglesia lo necesita para recordar, para amar, para ansiar y deleitarse siempre con el amor de su Señor.
Hay que evocar el cantar de los cantares para entrar en esta escena divina de la unción y el perfume de Betania.
“Mientras el rey se halla en su diván,
mi nardo exhala su fragancia.
Bolsita de mirar es mi Amado para mí,
que reposa entre mis pechos” (Cant 1,12-13).

6. ¿Qué podemos hacer en Semana Santa, hermanos? ¿Qué “obra buena”? Pues a lo mejor lo que hizo la mujer enamorada: ir a los pies de Jesús y derramar sobre ellos el perfume de nuestra vida.
El Señor, en su misericordia, nos conceda la más sublime gracia que puede existir en esta vida… y en la otra: ¡la gracia del amor! Amén.

Lunes Santo, 2 abril 2012.

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