sábado, 7 de abril de 2012

216. Sábado Santo: La soledad de la Madre


Meditación para el Sábado Santo


1. El Sábado Santo es un día bien singular en la celebración del culto cristiano. Dicen los documentos litúrgicos:
“Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40). 
(…)
Pueden ser expuestas en la iglesia a la veneración de los fieles la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado santo, así como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores de los fieles” (Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, año 1988, nn. 73-74).
La serenidad es la nota específica de los sentimientos que suscita la muerte del Señor, serenidad en la espera.
Hay cuatro imágenes, que con sus figuras nos pueden representar el misterio del Sábado Santo:
- la Cruz alzada con el Crucificado, signo de amor y triunfo, que fue venerada en el centro de la celebración litúrgica postmeridiana del Viernes Santo, imagen a la que se tributa culto de adoración, doblando la rodilla;
- la imagen de Jesús yacente en el sepulcro;
- el icono oriental del descenso de Cristo al lugar donde le esperan todos los que ansiaban la redención,
- la imagen de la Virgen después de la muerte de su Hijo.
Si es verdad que hay un “Viernes de Dolores” – el viernes precedente al Domingo de Ramos – el ritmo interno de la liturgia nos invita a acompañar a María en su serena soledad y en su confiada espera tras la muerte del Hijo.
La Pietá de Miguel Ángel recoge el momento de la XIII estación del Vía Crucis: Jesús en brazos de María tras al descendimiento de la Cruz. Nada dice los textos evangélicos de esta escena de Jesús en brazos de María. Pero esa escena creada no es una escena fingida. No se puede cortar alas al amor. Lo que esa escena representa es real: el volcarse de una Madre sobre el Hijo muerto. El artista, en este caso, ha llamado a la belleza y ha querido plasmar en el rostro de María la eterna juventud que es el amor, y esa misma juventud inviolada en el rostro del Hijo. Ya el cuerpo ha sido entregado a Dios y no queda ningún dolor. Ahora todo se concentra en una plácida contemplación, que rezuma serenidad.
La imagen de Miguel Ángel no es la Dolorosa – la de los siete puñales en el pecho – ni es tampoco la Soledad. Es la Virgen de la Piedad; es la Virgen que sin reproche a nadie contempla, extasiada, el cuerpo de Dios Hijo, que el Padre ha recibido. Es la Virgen de la consagración del dolor en la playa apaciguada de su corazón.

2. Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa / dum pendebat Filius… Bellos versos, transidos de afecto, que en la Edad Media escribía un franciscano, Jacoppone de Todi, y que muchos años después tradujo Lope de Vega:
1. La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

2. ¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

3. Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

4. Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

5. ¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y así continúa este poema que, cantado con dulce melodía, tantos requiebros de amor ha producido.

3. Para hablar de los dolores de María que adquieren su expresión culminante en la soledad, cuando la Madre es privada del Hijo, a falta de pasajes bíblicos explícitos, podemos navegar por el fondo del corazón humano, lleno de soledades.
El emblema de la soledad es la Madre que ha perdido al Hijo, y lo ha perdido no por las leyes inexorables de la vida, sino arrebatado inicuamente por un asesinato. Esta soledad afectiva amenaza con crear el “vacío del ser”, es decir el vacío del sentido de la vida.
Los sacerdotes somos – o podemos ser – testigos privilegiados de este dolor de soledad materna.La madre y el hijo muerto, mejor dicho, asesinado por una razón que nunca será razón, pues jamás en la historia humana ha habido causa justificante para matar a un inocente. ¿Cómo argumentar para aliviar el dolor de una madre, privada de este modo de su hijo? Argumentos convincentes en el orden humano ni hay ni puede haberlos. Una respuesta muy lógica en el orden humano, al paso de las pasiones, es ésta: llegará el día de la venganza; yo lo guardo.
Los creyentes damos un salto a lo infinito, como lo dio Jesús en la Cruz para decir: Padre, perdónalos, porque nos aben lo que hacen.
María tienen a su Hijo en los brazos en el momento en que están resonantes las palabras que el Hijo ha elevado al cielo y traspasan geografías y tiempos: Padre, perdónalos. El abrazo de María se funde con el perdón de su Hijo. Al fin, los verdugos de Jesús… (que obran bajo órdenes recibidas) también son hijos de la mujer constituida en Madre del mundo.
No nos es lícito a nosotros sondear en los abismos de la fe remansada en el corazón de María Virgen.

4. Hermanos, hay muchos tipos de orfandad y soledad. Hay muchas soledades que han terminado en el suicidio, cuando la vida carece de sentido.
Soledades y orfandades que hieren el corazón de madre. Innumerables madres sufren hoy la soledad de sus hijos que han muerto sin morir. Quien se ha arrimado con un poco de cercanía a ese mundo tenebroso de la droga, se avecina al mismo tiempo a ese dolor que cierra el horizonte. Uno que ha sido cogido por la droga es capaz de robarle a su propia madre para satisfacer el vicio de la drogadicción, aunque acto seguido se vea hecho una vergüenza y jure y vuelva a jurar que a su madre - ¡a su madre! – nunca más. La droga deshace la voluntad y su propia madre tendrá que endurecer el corazón para poner un límite a su hijo. La droga es el demonio circulante en la tierra.
Soledad de una madre que ha visto así muerto a su Hijo, y del cual, sin embargo, ella nunca renuncia a ser su Madre. Este hermano tuyo que estaba muerto y ha resucitado, le dice el padre de la parábola al hijo mayor que no quiere aceptar la vuelta de su hermano a casa.
Ha situaciones de vida que son muertes, y que pueblan la vida de soledades.

5. De esta soledad materna podemos pasar a otras soledades que afligen al hombre, y tales soledades podemos traerlas al recuerdo para depositarlas en ese paño que, para secar sus lágrimas, lleva la Virgen de la soledad. La procesión del Viernes Santo, procesión del Santo Entierro, se cierra con la Virgen de la soledad.
Y cada uno de nosotros, hemos de reconocerlo, lleva su propia soledad. Decimos que uno está solo cuando uno no puede verter su corazón con la persona amada, o con aquella que uno hubiera querido que fuera la persona amada. ¡Cuántas soledades, durísimas soledades, en lo más íntimo del matrimonio, soledades que nadie de afuera sospecha! Hay una soledad del ser, que incide en lo invulnerable de la criatura, y le dejan a uno solo ante Dios, y entonces Dios mismo se retira. Fue la soledad de Jesús en la cruz, cuando buscó en un salmo las palabras adecuadas para su corazón: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado…?
Era la soledad de su Padre, y María - ¿por qué no pensarlo? – también sufrió esa soledad, si había de acompañar a su Hijo en el misterio pleno de la redención.
El corazón humano, nacido para la compañía, para el amor recíproco sin fondo, camina, de repente, en una soledad nunca apetecida, en una soledad que se prolonga año tras año y que es fuego purificador.

6. Porque hay una soledad redentora, hermanos, y también a ella Dios nos invita aunque no lo queramos.
Virgen de la soledad, tu semblante, tu silencio, tu serena espera sea el bálsamo de mi íntima soledad.

Alfaro, Sábado Santo 2012.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;