martes, 10 de abril de 2012

220. Mistagogía – Miércoles de Pascua


Emaús: Camino y Encuentro
Lucas 24,13-35

Hermanos:

1. Emaús, la escena de Emaús descrita por Lucas, es la Cuaresma y la Pascua juntas. Es el camino catecumenal que tiene su punto de arranque de vuelta de Jerusalén y su llegada luminosa, diríamos que “más allá de Jerusalén”, pero con una feliz peculiaridad: cuando se llega a Jesús, Jesús desaparece, y se hace presente de otra manera. Comienza la vida de la Iglesia, en la cual nosotros nos encontramos. Emaús, pues, comienza en la lejanía (casi nos atrevemos a decir, Cuaresma), y termina en la hermosa Pascua de Jesús, y nos predica cómo toda la vida es una Pascua de fraternidad y alegría. Podemos tomar el camino de Emaús como el camino total de la existencia cristiana; es la síntesis de Jesús. Para el cristiano que anhela el rostro del Señor Emaús es el paso de la oscuridad a la luz, al gozo pascual del encuentro. Emaús es un símbolo de los pasos interiores que en nosotros acontecen.
Volvamos por puntos, al paso de esta escena.

2. “Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén sesenta estadios” (Lc 24,13).
Estos que van caminando no son ajenos a Jesús; son dos de ellos, dos del grupo de discípulos atraídos por la fascinación de Jesús Nazareno.
Iban conversando y discutiendo sobre lo que había sucedido. Están en la oscuridad y el desconcierto: por una parte no se retiran de aquella vida en la que han creído, no se desapuntan del discipulado. Siguen siendo discípulos de Jesús, pero están en un desconcierto tal, que tampoco le han dado su adhesión iluminada sin condiciones. Su situación es, por lo tanto, la crisis. Se trata de una crisis de fe, que está ahí y no sabemos cuánto va a durar.
Una crisis de fe, hermanos, nos puede dejar en punto muerto años y años. Situación ciertamente dolorosa y acaso estéril, o acaso también una crisis de fe puede ser un revulsivo para relanzar toda la vida hacia adelante con una visión nueva y un empuje más generoso.

3. Entra Jesús en escena, y, sin conocerlo, comienza a cambiar el paisaje del corazón. Comienzan a hablar, y solo con nombrar las cosas, con darles el nombre que les corresponde – la esperanza y la decepción, la turbación que ha seguido - comienza a aparecer un nuevo panorama. “Lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras, ante Dios y ante todo el pueblo” (v. 19). Cuando tengamos un problema, hermanos, nombremos a Jesús, que al simple recuerdo comienza a abrirse un manantial de luz… No se trata de una magia, pero sí de la fuerza del nombre divino, de su recuerdo que ha dejado una estela imperecedera en la historia.
“…cómo le entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que le condenaran a muerte, y lo crucificaran. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como lo habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron” (vv. 20-24).
Sin duda que muchos cristianos – acaso nosotros – al leerlo esto, vean el retrato de sus propias vacilaciones personales. Este atestado es un informe de fina observación teológica.
O quizás, hermanos – digámoslo con mucha consideración y amor – el informe sea un diagnóstico de una situación generalizada en que navegan grandes sectores de la Iglesia: oscuridad, desconcierto, inhibición, problematización…, situaciones que mientras subsistan no pueden provocar el acto generoso de amor, donde se rinde la entrega plena.

4. Pero estos discípulos afortunados están con Jesús, y donde está Jesús ha de venir la luz y la paz.
Jesús les despierta de su letargo espiritual con una enérgica sacudida: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!” (v. 25). Y ahora Jesús comienza a entregarles el don divino de la Escritura. “El don divino” decimos, hermanos, porque las Escritura son un don. No se trata de tenerlas como un libro más en un mueble de casa; se trata de tomarlas con respeto y humildad y leerlas como discípulos pidiendo luz. Jesús tomó a Moisés y los profetas para explicarles espiritualmente cómo el Mesías tenía que padecer y entrar así en su gloria.
La lectura espiritual de la Escritura es la catequesis primordial de la Iglesia. La Escritura santa es la Cátedra de la Iglesia, y la obligación primera de un Obispo es explicar las sagradas Escrituras.
Continuaron caminando y todo iba cambiando; el corazón se enardecía y terminó ardiendo. Es el fuego del Espíritu Santo que brota de una lectura humilde e iluminada de la Biblia, Palabra de Dios. Esta lectura nos enardece a nosotros y desde nosotros se expande a quienes nos rodean.
No se podía terminar este banquete con la ruta que ya llegaba a su destino. Y a aquel caminante, que parecía seguir más allá, le rogaron que aceptara el hospedaje de aquella noche. Tenían que cenar juntos y seguir hablando, porque la conversación de Dios es cosa de nunca acabar.

5. Jesús aceptó, fue con ellos, y se sentó. Tomó el pan para pronunciar la bendición, y en aquel preciso instante ya no era necesario. Desapareció, porque estaba vivo y presente en medio de ellos. Ahora por la fe Jesús estaba más presente que antes todavía.
La fe les había iluminado y les había introducido en su propio terreno, porque la fe es la verdadera casa del cristiano, y en esa casa hallamos la presencia permanente de Jesús. Jesús había desaparecido, porque se había quedado más presente. Si la Eucaristía es la presencia de Jesús, y viva presencia de Jesús es igualmente la simple fe del cristiano.
Es algo divino que podamos hablar libremente de estas realidades. Pero Emaús no termina aquí. La fe vivida tiene que ser proclamada y esto es lo que sucedió.
Los dos discípulos – Cleofás (v. 18) y el otro – volaron al instante rumbo a Jerusalén para compartir esta experiencia nueva sobre el Crucificado. Fueron, y, llegar, encontraron a la Iglesia confesante, proclamando el misterio de Cristo Resucitado y glorioso: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (v. 34).

6. Meditativamente vamos repasando los elementos componentes de la escena: los peregrinos, el recuerdo, las dudas, el sufrimiento, la compañía, la dirección de Jesús – dejándose guiar – la Escritura, la Eucaristía, la exultación, la confesión… son vivencias muy reales en el proceso de nuestra fe.
Jesús es el Mistagogo de Dios, él  nos ha traído el don infinito del Evangelio.
No desperdiciemos la vida, mis queridos hermanos, privándonos de estas meditaciones de las apariciones de Jesús. Aquí comienza el cielo, porque todas estas escenas nos traen ante la retina la vida escondida de Jesús junto al Padre.
¡Quiera el Señor iluminar a su santa Iglesia con la luz de Emaús, que es la luz de la fraternidad, la luz de la Escritura y la luz de la Eucaristía! Amén.

Martes Santo, 2012.

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