miércoles, 11 de abril de 2012

221. Mistagogía - Jueves de Pascua


Meditación
sobre el Evangelio de san Lucas 24,35-48

Hermanos:

1. Realmente el Evangelio es divino. Esta escena que vamos a contemplar, la que sigue al encuentro de los discípulos de Emaús con la comunidad apostólica del cenáculo nos lo está diciendo.
Estaban reunidos “los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34: Surrexit Dominus vere).
En medio de este entusiasmo de la comunidad apostólica ampliada – que es ya la primera célula de la Iglesia – se aparece Jesús con su alma y cuerpo y divinidad, y les saluda diciéndoles: “¡Paz a vosotros!” (v. 36).
Esta aparición, como ninguna otra, quiere mostrar la verdad de la realidad plena de Jesús, que nosotros no podemos conocer pro la mera filosofía. ¿Qué puede ser, hermanos, esa realidad, realidad nueva y definitiva, de Jesús que ha llegado a su plenitud, que se encuentra en e se estado final que no admite marcha atrás? ¿Cómo puede ser el cuerpo del resucitado, que habita para siempre su nuevo ámbito divino?
Una nota ilustrada de la Sagrada Biblia, la Biblia oficial para la liturgia, afronta esta pregunta que nos hacemos, acerca de la realidad de ese cuerpo, que ha entrado en el mundo nuevo y definitivo.

“Según la creencia popular, después de la muerte, el alma podía vagar por determinados lugares como un fantasma; así pues, espíritu es aquí el alma incorpórea de un muerto, sin carne ni hueso. A sus lectores griegos Lucas les dice aquí que quien se aparece a los discípulos no es un muerto, sino el Viviente, dotado de una plenitud corporal en una nueva dimensión divina” (nota a Lc 24,37 de la Sagrada Biblia, versión oficial del episcopado español).

2. El ser humano, que en su realidad total, incluye lo que se ve y lo que no se ve, es decir, lo que se explica y lo que no se explica.
La vida que viene, a la que hemos de acceder un día incorporados a Cristo, no podemos concebirla como la mera continuación, más perfecta, de la vida del cuerpo de acá. En la vida que viene, ya nos había advertido Jesús, no se casarán ni ellos  ni ellas (Mc 12,25), serán una realidad nueva.
La mente humana no puede capturar esta realidad; nosotros la aceptando gozosamente por el don de la fe. Sabemos que existe, pero no podemos dominarla como dueños.
Jesús Resucitado se sirve del cuerpo, y de lo que es inmediatamente el don del cuerpo, como final de todo el proceso humano – del tacto y del comer y del beber – parar mostrarles que él no es un engaño, sino la suprema realidad humana, a la que gloriosamente estamos destinado.
En el lugar donde está Jesús estaré yo; y del modo como él tiene un cuerpo humano lo he de tener yo.

4. Para nosotros esto es una gran revelación que ha de engendrar un dinámica de amor: mi destino es ese: el que Jesús ya ha alcanzado. El cuerpo entonces es el bello símbolo de la realidad divina y última del Jesús terrestre. “Les mostró las manos y los pies”.
Era tal el desbordamiento de alegría, al comenzar esta etapa nueva de la relación con Cristo, que la misma alegría podía ser una nube de oscuridad para ver lo real. Por eso, Jesús les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos” (vv. 41-42).
Ya vemos cómo la condescendencia divina por vía del amor rompe todas las barreras.
Este es, hermanos, el Jesús de nuestra fe. Es el Jesús de la comunicación y de la experiencia; es el Jesús que colma el alma y llena también el cuerpo. Esta comunicación de cuerpo a cuerpo es absolutamente real.

5. Hemos de detenernos en este punto, si de verdad somos los iniciados por sl y por el Espíritu del Señor.
El cuerpo y el alma forman un único, que es el yo. Y el cuerpo y el alma, con sus variaciones, hacen nuestra historia. Pues bien, la historia humana mía, con sus ambiciones y amores – la historia mía se encuentra con la historia plena de Jesús en el cuerpo. Los cristianos tenemos un sacramento del Señor, la Eucaristía. La Eucaristía es el sublime punto de encuentro del discípulo que en esta tierra busca el rostro de su Señor excelso.
Las escenas de la resurrección de Jesús, y esta de un modo tan  destacado, son la clave para abrirnos a la mística experimental. Muchos santos y santas, que se han desprendido totalmente de sí, han alcanzado, por gracia de Jesús, una comunión física con Cristo. Esto es un fenómeno de la mística, la entrada del cuerpo en la órbita de Jesús, para el dolor y para el gozo.
Esto existe en la Iglesia, y ha de seguir hasta la parusía de Jesús. Quiera el Señor Dios darnos muchas santas y santos, como siempre los ha dado, para que ellos, a beneficio de toda la santa Iglesia.

5. El encuentro divino no termina en la comida, sino que pasa a una explicación y a un envío. Y todo ello nos atañe a nosotros, discípulos suyos, que aspiran a la confianza total.
“Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24).
Tarde memorable en que Jesús dio a la Iglesia el don de las Escrituras. Tenemos que leer las Escritura, pero si careciéramos de este don jamás entenderíamos, saboreándolas, las páginas de la Sagrada Biblia. ¡Bendita aquella tarde en que Jesús Resucitado nos concedió tal don! ¡Bendita la Iglesia que nos lo guarda y nos lo protege! Sin la Iglesia el don de las Escrituras no existía. Pero existe, y del corazón de Cristo llaman.

6. Y una gran promesa pone el broche final, con la misión, a estos hijos atribulados por su Señor: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto” (vv. 46-48).
El que ha recibido el don de las Escritura tiene que poner su vida a disposición de la predicación: ¡inmensa gracia que el Señor nos concede, anunciar el misterio de su Hijo, contenido en las Escrituras!

7. hemos entrado en el cenáculo, hermanos, para formar parte de aquel grupo compuesto por los Once y sus compañeros, mas ahora con los discípulos de Emaús, y al contemplar a Jesús, hemos sido colmados con dones divinos.
¡A él, a Cristo resucitado, el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Escrito al concluir el Miércoles de Pascua 2012, para iniciar el Jueves de Pascua.

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