jueves, 12 de abril de 2012

222. Mistagogía: Viernes de Pascua


Meditación y exégesis
sobre el Evangelio de san Juan 21,1-14


Hermanos:

1. Realmente las apariciones de Jesús contadas por los Evangelios son un banquete para el alma. La del viernes de la octava pascual, aparición de Jesús junto al lago de Tiberíades habla también de un banquete místico que Jesús ha preparado para aquellos siete discípulos de la escena: Pedro, Tomás, Natanael, los Zebedeos (es decir, Santiago y Juan) y otros dos discípulos.
Este pasaje que, al parecer, ha sido añadido cuando el Evangelio ha sido cerrado – porque al final del capítulo anterior hay una conclusión a todo el Evangelio (Jn 20,30-31) – nos invita a avanzar más y más en el conocimiento interior de Jesús, que en última instancia, es el conocimiento que de verdad acierta, y es el preámbulo de aquella escena solemne en que Jesús pide una profesión de fe a Pedro para darle el pastoreo de las ovejas y corderos del rebaño de Dios.
Si la mistagogía pretende adentrarse por esos caminos interiores del conocimiento amoroso por ósmosis y del deleite de la experiencia del resucitado, la escena que nos ocupa es, desde el principio al final, pura mistagogía.

2. “Tercera aparición” de Jesús al grupo apostólico, de acuerdo al testimonio del Evangelio del discípulo amado: la primera fue la tarde pascual, encerrados ellos en una casa por miedo a los judíos; la segunda, ocho días después, presente ahora Tomás, y se supone que en el mismo lugar; la tercera, de madrugada, cuando un grupo de discípulos se encuentran en su faena, después de una noche de trabajo estéril. El escenario de las apariciones ha cambiado de Jerusalén a Galilea; nos encontramos en el sitio donde Jesús comenzó el anuncio del reino con la llamada a los primeros discípulos en el lago.
Jesús les aguarda en la ribera, y entra con una frase coloquial para abrir conversación, que traducida a nuestro estilo de conversación sonaría así:
- Muchachos…, ¿qué? ¿Habéis cogido algo?
- Nada.
Y aquel hombre, que no parece que sea un pescador sino un paseante matutito por la playa, les da un consejo de pesca:
- Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
Y así ocurrió: la red se llenó repleta, que no podían sacarla del agua.
En estas condiciones salta el profeta que llevamos en el alma. El discípulo amado le dice a Pedro:
- ¡Es el Señor!
Aquí comienza la mistagogía. ¿Qué instinto divino nos lleva a “adivinar” (en un sentido radicalmente verbal, no supersticioso o mágico) las cosas divinas? Dios las ha puesto dentro del alma, y al paso del Espíritu se despiertan
Y Pedro se lanza, cruzando los cien metros que separan el lugar de la barca de los trabajadores en faena y Jesús que está en la ribera, mirándoles con ojos penetrantes. Esa pareja de Juan y Pedro ante el Señor es la misma que la de la Última Cena cuando Juan reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor. Juan es el hombre de la confidencia y del amor; Pedro es el jerarca solícito que tiene que velar por la Iglesia. Pedro es el que se ha lanzado; Pedro va a ser a continuación el que remolque la barca hasta la ribera para sacar la red y contar el número de peces.

3. Era el Señor, y el Señor les había preparado sobre unas brasas un pescado y allí junto un pan.
¿De dónde había venido aquel pescado? ¿De dónde aquel pan? Eran venidos de la mano del Señor; no hay más que preguntar.
Ahora Jesús, el Señor, pide que le den algo de los 153 peces que acaban de coger, porque les invita a almorzar:
- Vamos, almorzad.
Y se describe aquel banquete, que hemos llamado un banquete místico: “Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y los mismo el pescado” (Jn 21,13).
Este entregar él, personalmente, el pan, y acto seguido el pescado, está evocando la entrega de la Eucaristía.
Estamos en un plano de relaciones que no son las de un mero episodio humano. Es Jesús Resucitado el que ha llamado y convocado y el que ahora entrega, el mismo Jesús que hoy en mi vida está en acción, llamando y entregando. El Evangelio está describiendo lo que ocurre en el ámbito real de mi vida. Jesús es un banquete: él me da el pan y el pescado; él me da la Eucaristía; él se me da a sí mismo.
He de repetirme a mí mismo sin cesar con gozo pascual: Jesús es un banquete, Jesús es mi banquete.

4. A la altura de estas reflexiones, emerge del fondo del corazón la pregunta de la realidad: Pero ¿será verdad? ¿Estoy tocando la realidad o vagando por la ilusión? ¿Estamos en un vuelo etéreo que, de pronto, ilusiona la fantasía, pero en sí mismo inconsistente cuando haya que tornar a la realidad de lo cotidiano y vulgar?
De hecho, estamos en una escena de trabajo, en la pesca, a la que se ha dedicado una noche estéril. El evangelista narrador es simultáneamente teólogo de su propia narración, y, aunque el mero narrar ya sea teología – la “teología narrativa”, base de la “teología especulativa” – el escritor detiene su pluma para hacernos entrar en una confidencia reflexiva antes de comenzar el banquete: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor” (v. 12).
¿Será o no será el Señor? es la pregunta de vida para saber a qué atenerse y cuál es el valor de la experiencia que estamos viviendo. ¿Será no será el Señor? es igualmente la pregunta que cruza nuestro horizonte para garantizar si estamos en la verdad o en el ensueño de nuestras propias creaciones. Vivir en la verdad, “caminar en la verdad”, es el certificado de que nuestra vida es verdaderamente lo que es. La verdad y el amor fluyen y concluyen en la misma dirección, y si el término de llegada es Jesús, al final se identifican. En él lo bueno y verdadero nacen del mismo corazón.
Ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. La certidumbre que da la fe, pero es una certidumbre interior, que, para gustarla, pide una oblación plena de nuestra parte. Son certezas de vida, certezas para la generosidad, para hacer de nuestra vida una vida teología en comunión con Dios y el mundo. La vida es un banquete de amor, siendo un banquete de comunión.

5. Para entender lo que estamos recibiendo y explicando, necesitamos meternos dentro de la escena, y vernos allí y hoy como comensales de este banquete. El Señor nos tiene junto a sí. Pero él está en el cielo y nosotros en la tierra. Ahora bien, el sacramento nos une. Estamos en la misma área que ha establecido el amor creador de Dios. Jesús, el pan y yo; Jesús, venido de la Trinidad, el pan que me dan sus manos y este yo que anhela y habla, estamos celebrando el banquete del amor divino. La transcendencia y la inmanencia se han sentado en la misa mesa, y todo ello es fruto de la santa resurrección de Jesús.
Él es el que vive, el que vive en el Padre, por el Espíritu, el que vive en mí.
Él es mi coloquio.
¡A ti, Jesús, mi mirada, y sobre mí sea tu misericordia! Amén.

12 abril 2012

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