viernes, 13 de abril de 2012

223. Mistagogía: Sábado de Pascua


Meditación y exégesis
sobre el Evangelio de san Marcos 16,9-15


Hermanos:

1. ¡Qué cosa tan grande y admirable es la fe! Sencillamente es divina.
El Evangelio de las apariciones queda coronado en Marcos con una apoteosis de fe, inmediatamente precedida por una reprensión de Jesús por no haber creído.
María Magdalena: no creyeron.
Dos discípulos peregrinos: ni a ellos creyeron.
Tuve que venir Jesús en persona. Era la evidencia del misterio, y Jesús les echó en cara su incredulidad, la dureza de su corazón.

2. Estos no invita a una atenta meditación de la fe, que es la plataforma indispensable del misterio. Sin la fe Dios queda diluido, desaparece; diríase que se repliega de este mundo, aunque Él siga siendo Dios por siempre.
María Magdalena es la primera favorecida y la primera testigo, dos títulos que nadie se los podrá quitar, que le dan una gloria del todo especial en la Iglesia. María Magdalena, “de la cual había echado siete demonios”, recuerda Marcos (v. 9). Si Jesús  de un publicano, llamado Leví, había hecho un apóstol; pudo hacer y lo hizo de una mujer, presa de siete demonios (acaso siete demonios de enfermedades) su primera mensajera, su confidente y embajadora. Nunca podremos ponderar bastante lo que esto supone de honor y de confianza. María Magdalena se aproxima de esta manera al mismo oficio de los ángeles, a los cuales Dios les asignó ser transmisores y pregoneros del Misterio de la Encarnación (“El ángel del Señor anunció a María”) y en la tumba ser ministros de la resurrección. María Magdalena, apóstol de los apóstoles, se le ha dado este ministerio de la resurrección. El mensaje de Cristo resucitado ha sido anunciando al mundo, ante todo, por la ternura y la valentía de una mujer.
En la historia de la manifestación de Dios en la historia, a María Magdalena tenemos que ponerle junto a los ángeles.
Pero he aquí que los apóstoles no creyeron. No era el rechazo de la mujer lo que significaba aquella cerrazón de los apóstoles, sino el mensaje que ella misma portaba. En rigor el texto no dice “no la creyeron”, sino escuetamente “no creyeron” (es cierto que el sentido equivalente es “no la creyeron”. Más abajo se dirá: “ni a ellos creyeron”).
No  creyeron. La mujer mensajera de Cristo Resucitado ejerció una mediación, por de pronto, estéril; pero su nombre ha quedado grabado para toda la historia de la Comunidad visible de los hijos de Dios, que es la Iglesia.
Bien merece como título este: María Magdalena de la resurrección del Señor, puesta la santa resurrección es lo que ha iluminado y hermoseado toda su vida.

3. Segundo momento de este Evangelio: la evocación de cuando Jesús se apareció “en figura de otro” (v. 12) a dos discípulos caminantes. Estos, impulsados por una obvia llamada interior, van a llevar el anuncio al grupo de los apóstoles.
Nueva frustración: “ni tampoco a aquellos creyeron”. Hipotéticamente se podría objetar que el testimonio femenino no alcanzaba la credibilidad necesaria, según arcaicas ideas. Pero esa benévola despensa para el autor sagrado es excusa. No creyeron a los discípulos.
El dilema es creer o no creer el testimonio de Dios, nos venga por labios de una mujer, o del varón.
Lo que contaba era creer, y desde la fe ver que se inicia un mundo nuevo.

4. Llegamos a otra aparición. Ahora Jesús se muestra a todo el Colegio apostólico. Al celebrar aquel recuerdo, queda para enseñanza de la Iglesia, el reproche pronunciado por Jesús: les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón.
La “dureza de corazón”, vieja expresión de la Biblia en diversos estratos de tradición, es la resistencia personal cuando el enviado de Dios nos su mensaje.
El autor sagrado es un místico y un moralizador y nos está mostrando cómo si n o creemos, y en las cosas en que no creemos, ha habido una infidelidad personal al Señor. La fe, por tanto, no es un don que se recibe pasivamente, ajeno el sujeto a esa drama de fidelidad y de entrega voluntaria que se está trabajando en el corazón. La fe se nos da, pero en el mismo momento de recibirla reclama que tú te entregues a ella, dejando fuera todas las sutiles comodidades que son insidias muy sutiles para el corazón creyente.

5. La lección está dada, aunque sea en ese omento. Está dada, pero quede atrás para gozarnos con la misión que ahora el Señor nos encomienda.
La misión de envío y anuncio, remate de las apariciones, tiene unas palabras esplendorosas que, de repente, pueden traspasar de luz mi vida toda, y entregarme como simbiosis cristiana mi genuina vocación de aquí y ahora siempre. Dice el Señor
Id al mundo entero
y proclamad el Evangelio a toda la creación.

6. La misión entregada en aquella ocasión a los apóstoles es la misión que al mismo tiempo se le entrega a la Iglesia como tal. Y es la misión que se me da a mí. El campo de acción a ser el mundo entero. “Id”… (“Identes”. Instituto Id de Cristo Redentor, fundado en Tenerife, 1959, por Fernando Rielo 1923-2004. Instituto que echa sus raíces en una espiritualidad profundamente místico y contemplativa).
“El mundo entero” expresión que se vierte con otra: “toda la creación”. No hay rincón en el mundo al que no debe llegar el anuncio del resucitado. “Toda la creación”: no hay un reducto en la creación que no esté destinado a dejarse llenar de la luz del Señor Resucitado.
Esto es la apoteosis de la Resurrección de Jesús.
Y aquí nos e trata de proselitismo sino de otra cosas: llenar el mundo de Dios, y hacer que del mundo entero, y de la misma creación materia (que nunca jamás ha de poder ser descubierta por su magnitud ilimitada) emerja la verdadera figura de Jesús Resucitado.
El mundo entero es un icono de Cristo glorioso, pero es necesario que haya misioneras y misioneros que vayan a decírselo.

7. Miremos la faz de Cristo, hermanos. Esto es lo que a nosotros se nos encomienda.
Pedimos una gracia para emprender con valor la misión:
¡Señor Jesús,
para que yo pueda llevarte al mundo entero, para que puedan comunicarte con la creación entera,
y aposéntate en lo más íntimo de mi corazón! Amén.

13 abril 2012

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