sábado, 21 de abril de 2012

229. Resucitado: realidad, presencia y experiencia


Domingo III de Pascua, ciclo B
Aparición de Jesús a los apóstoles reunidos: Lc 24, 35-48


Hermanos

1. Los domingos del tiempo pascual son siete. Durante los tres primeros, todos los años ocupa el centro de la Eucaristía un Evangelio de la resurrección, es decir, una de las escenas evangélicas de las apariciones de Jesús Resucitado. El cuarto todos los años se lee un Evangelio del Buen Pastor y los domingos siguientes palabras de despedida de Jesús en la Cena.
Hoy leemos, del Evangelio de Lucas, aquella aparición al grupo de los apóstoles la tarde del domingo de Resurrección cuando los discípulos de Emaús corrieron gozosos a Jerusalén a contar lo acontecido y en esto se presentó el Señor en medio de ellos.
Nosotros recordamos, y quien recuerda revive lo que pasó. Mas en la liturgia no es solo eso. Yo puedo recordar las mejores escenas de mi vida, y al recordar, volver a vivir lo que un día viví, vivencias íntimas que puede producir gozo y lágrimas; pues recordar es una manera de hacer presente lo que entonces se vivió.
Ahora bien, la liturgia no es una simple memoria histórica de lo sucedido; más que memorial es memorial del misterio. Lo que sucedió sucede, porque ha quedado eternizado en el cuerpo y persona de Jesús, que transciende tiempo y espacio. El “hoy” de la liturgia es un hoy sacramental. Es un hoy que actualiza el misterio vivificante. La resurrección no es una "reviviscencia" de los pasado, sino una marcha hacia la última perfección en el futuro.
Esto es muy hermoso, porque se trata de una realidad divina. Y con este ánimo, despierto el corazón a la sorpresa y a las maravillas de Dios, vivimos en cada Pascua el encuentro de Jesús con los suyos, que se realiza en el cuerpo de la Iglesia, y en mí personalmente. Es un gozo inexhausto de vida el que podamos estar siempre abiertos a la Resurrección y vivir de continuo en comunión consciente con Jesús Resucitado.

2. Pues justamente el Evangelio de hoy nos invita a dejarnos educar por esta realidad nueva del misterio. Jesús invita a tocarle y palparle y él mismo pide de comer. La intención del Evangelio es clara: Jesús es realidad, no es fantasía. Jesús no es producto de un deseo o de un sueño, del anhelo más puro que puede brotar en el corazón humano. Jesús es una realidad total, vigente en este mundo; y si es realidad es relación. Jesús tiene relación con su Iglesia; Jesús tiene relación con el mundo; Jesús tiene relación conmigo.
Todo esto, si tiene sentido y comprensión, está sustentado por una Filosofía, y parte de la filosofía es la Física, lo que hace la contextura del universo, delimitados por la materia, el espacio y el tiempo. La fe necesita unos referentes de comprensión, porque, de lo contrario, la fe opaca sería la fuga hacia el absurdo.
En estas hipótesis un Físico tropieza con el escándalo y podría decirnos que no acepta nada de eso que presentan las apariciones, porque mezclamos dos cosas diferentes e infinitamente distantes: la materia y el Espíritu.

3. Pues este es el momento de la Fe que se concentra en el misterio y humildemente acepta y adora. Si comprendiéramos lo que excede nuestra inteligencia, seríamos como dioses y volveríamos al pecado original.
No, hermanos; no predicamos una filosofía, no podemos predicar ningún sistema que intente explicar el misterio. Pero de alguna manera hay que experimentarlo y de alguna manera representarlo y decirlo. Y he aquí nuestra confesión:
Nosotros creemos en Jesús Resucitado.
Creemos que él es el Viviente.
Creemos en su presencia.
Creemos en su acción.
Creemos que la Iglesia ha nacido de él.
Creemos que él ama y sustenta a su Iglesia.
Creemos que lo mismo que él, desde el seno del Padre, entró en comunicación con sus discípulos, sigue comunicándose con nosotros, que somos su comunidad, por él iniciada.

Creemos – creo yo, persona ante él – que él es el que llena el ámbito de mi vida.
Creemos – creo yo, yo creo y confieso – que él me está esperando en todo momento para mantener una relación personal e intransferible conmigo (como la estableció con Pablo y Juan), y que eso se llama liturgia y oración, y que esa relación nueva me abre el camino a la eternidad.
Desde esta plataforma de fe, yo, cristiano, puedo confesar y lo confieso en el Himno pascual de este año:
5. Eres mi historia gloriosa,
mi pecado perdonado,
eres mi gracia nupcial,
y mi beso enamorado.

6. Eres, Jesús, mi Evangelio,
por el Padre regalado,
eres mi yo que transciende,
mi final en Dios anclado.
(Véase núm. 214)

Yo creo en la sagrada Comunión de la Eucaristía como “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo” (Lc 24,39).
La Fe nos invita a hacer una síntesis profunda entre mi yo y Jesús, el Viviente; y, en definitiva, entre la creatura y el Creador.
Y como la Fe, en medio de su oscuridad, es luz y tiniebla, es seguridad y abandono, es amor a fondo perdido, tendré que confesar: No lo entiendo, no pretendo entenderlo, pero esto pertenece a mi vida, y sin eso mi vida quedaría sin rumbo.

4. Desde esta unidad, concreta y transcendente, entre él y yo, desde este punto donde se fragua mi inmortalidad, tiene sentido y se comprende todo lo demás. Jesús, en efecto, se autorreconoce como la verdad de las Escrituras: “era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí” (v. 44).
Jesús es, pues, la versión real de las santas Escritura. Jesús es la palabra de los Salmos hecha carne.

5. En aquel momento Jesús hace un regalo a su santa Iglesia. Le entrega el don de las santas Escrituras: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (v. 45).
Con Jesús Resucitado compartimos el grupo bíblico
una tarta de manzanas, muy sabrosa,
y Jesús nos regaló el don de las santas Escrituras
(Estella, Navarra, 20 de abril de 2012)
 
Y  les concedió otro regalo: “Vosotros sois testigos de esto” (v. 48). Ser apóstol, antes que pronunciar palabra, es ser testigo, y entonces, sí, la palabra se hace testimonio.
Y más: les promete el Espíritu. Se enlaza la vida de Jesús con la vida de sus santa Iglesia.
Y la vida de la Iglesia con la vida de la Trinidad.
Hermanos: es nuestra fe. Quiera el Señor Resucitado conducirnos por su recto camino, y llevarnos hasta su corazón. Amén.

(Sábado de la II semana de Pascua, año B, 21 abril 2012)



Rima espiritual para la Sagrada Comunión
sobre el Evangelio de hoy

1. Es verdad lo que se toca
y comulgan los sentidos;
es real lo que se come
y al cuerpo el dan latido.

2. Es real pan y el pez
sobre la mesa servidos,
esas manos y esos pies
que en la Cruz fueron heridos.

3. Es real Jesús Viviente,
mi Jesús aparecido;
es real que comunique
su ser entero conmigo.

4. Es real que yo me alegre,
porque vivo yo lo he visto;
es real que goce y llore
con un afecto excesivo.

5. Es real que me abandone
Hoy en sus brazos perdido,
Y que me encuentre en su carne
Dentro de él renacido.

6. Es real que yo confíe
en su poder infinito,
y enamorado le diga:
¡Jesús, mi amor y Dios mío!

7. Es real que yo me calle
para escuchar a Dios mismo,
y con Jesús yo me sienta
hijo querido en el Hijo.

8. Es real la gloria suma
que Jesucristo ha traído.
¡Sea a Dios toda alabanza
al Padre, al Hijo, al Espíritu! Amén.

(Alfaro, Domingo III de Pascua, 22 abril 2012)

4. Pero volvamos al tema que es objeto de vuestro Simposium. Creemos que este conjunto de análisis y reflexiones tiende a confirmar, con la ayuda de nuevas investigaciones, la doctrina que la Iglesia mantiene y profesa con respecto al misterio de la Resurrección. Como notaba con finura y delicadeza el añorado Romano Guardini en una profunda meditación, los relatos evangélicos subrayan «a menudo y con fuerza que Cristo resucitado es distinto de como era antes de Pascua y distinto del resto de los hombres. En las narraciones su naturaleza tiene algo de extraño. Su cercanía conmueve profundamente, llena de estupor. Mientras que antes «iba» y «venía», ahora se dice que «aparece», «de repente», junto a los peregrinos, que «desaparece» (cf.  Mc 16, 9-14; Lc 24, 31-36). Las barreras corporales no existen ya para Él. No está limitado a las fronteras del espacio y del tiempo. Se mueve con una libertad nueva, desconocida en la tierra... pero al mismo tiempo se afirma claramente que es Jesús de Nazaret, en carne y hueso, tal como vivió antes con los suyos, y no un fantasma...». Sí, «el Señor se ha transformado. Vive de forma distinta a como vivía antes. Su existencia presente nos resulta incomprensible. Y, sin embargo, es corporal, contiene a Jesús todo entero... e incluso, a través de sus llagas, contiene toda su vida vivida, la suerte que sufrió, su pasión y muerte». Por tanto, no se trata solamente de una supervivencia gloriosa de su yo. Nos encontramos en presencia de una realidad profunda y compleja, de una vida nueva, plenamente humana: «La penetración, la transformación de toda la vida, incluido el cuerpo, por la presencia del Espíritu... Se realiza en nosotros ese cambio que llamamos fe y que, en vez de concebir a Cristo en función del mundo, hace pensar en el mundo y en todas las cosas en función de Cristo... La Resurrección desarrolla un germen que Él siempre llevó en sí». Diremos de nuevo con Romano Guardini: sí, «necesitamos la resurrección y la transfiguración para comprender realmente lo que es el cuerpo humano... En realidad, sólo el cristianismo se ha atrevido a situar el cuerpo en las profundidades más ocultas de Dios»(R. Guardini, El Señor, t. 2).
Ante este misterio nos quedamos llenos de admiración y de asombro, como ante los misterios de la Encarnación y del nacimiento virginal (cf. San Gregorio Magno, Hom. 26 in Ev., lectura del breviario del Domingo in albis). Por tanto, dejémonos introducir con los Apóstoles en la fe en Cristo resucitado, la única que puede traernos la salvación (cf. Hch 4, 12).
Tengamos también confianza absoluta en la seguridad de la Tradición que la Iglesia garantiza con su magisterio, la Iglesia que fomenta el estudio científico al mismo tiempo que sigue proclamando la fe de los Apóstoles.
Queridos señores, estas sencillas palabras al final de vuestros sabios trabajos sólo pretendían animaros a proseguirlos con esta misma fe, sin perder nunca de vista el servicio al Pueblo de Dios, todo él «reengendrado a una viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1P 1, 3). En nombre de «aquel que estuvo muerto y ha vuelto a la vida», del «testigo veraz, primogénito de los muertos» (Ap 2, 8 y 1, 5) os damos de todo corazón, como prenda de abundantes gracias para la fecundidad de vuestras investigaciones, nuestra Bendición Apostólica.
Discurso del Papa Pablo VI a los participantes de un Simposio Internacional. Sábado 4 de abril de 1970.

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