martes, 3 de abril de 2012

Blog 213. Hora Santa en el Jueves Santo


INTRODUCCIÓN INSTRUCTIVA 

UNA HORA SANTA EN EL JUEVES SANTO


La misa vespertina del Jueves Santo en la Cena del Señor

He aquí, ante todo, unas indicaciones de la “Carta circular dada en la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (16 enero 1988)” hoy vigentes.
44. “Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella última cena, en la cual el Señor Jesús en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también los ofreciesen".
45. Toda la atención del espíritu debe centrarse en los misterios que se recuerdan en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal, y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna: son éstos los puntos que conviene recordar en la homilía.
(…)
55. El Sacramento ha de ser reservado en un sagrario o en una urna. No ha de hacerse nunca una exposición con la custodia u ostensorio.
El sagrario o la urna no han de tener la forma de un sepulcro. Evítese la misma expresión "sepulcro": la capilla de la reserva no se prepara para representar "la sepultura del Señor", sino para conservar el pan eucarístico destinado a la comunión del Viernes de la Pasión del Señor.
56. Invítese a los fieles a una adoración prolongada en la noche del Santísimo Sacramento en la reserva solemne, después de la Misa "en la Cena del Señor". En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio de San Juan (cap. 13-17).
Pasada la media noche la adoración debe hacerse sin solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor”.

* * *

Según estas indicaciones, la Hora Santa de Jueves Santo no es, ciertamente, un acto litúrgico; pero es mucho más que un acto devocional.
Es una irradiación que fluye, espontánea, de la celebración de la Misa vespertina en la Cena del Señor, al mismo tiempo que, en el secreto de aquella noche, nos introduce en el Día de la Pasión y Muerte del Señor, y, ante todo, en el misterio del Huerto de los Olivos.

Secuencia celebrativa
I. Entrada
Breve monición que explique la ilación este la Misa vespertina y esta Adoración, e indique – con palabras muy escuetas – la forma y secuencias con que vamos a realizar el acto.
 Canto de ambientación espiritual de la asamblea, mediante un canto contemplativo, afectivo, adorante. El “Cantemos al amor de los amores” es un canto adecuado.
Poema oracional eucarístico (véase abajo), opcional

II. Primera parte: Jesús en el Cenáculo
Primer  momento: Jesús en el Cenáculo abre su corazón a la Iglesia santa
- Texto bíblico: Jn  14,1-11
- Meditación
- Silencio (unos diez minutos)
- Suave canto de adoración
Segundo momento: Padre, que todos sean uno
- Texto bíblico: Jn  17, 1-26
- Meditación
- Silencio (unos diez minutos)
- Canto dirigido a Jesucristo (canto de pasión contemplati(vo)
III. Segunda parte: Jesús en el Huerto de los Olivos (podría omitirse)
IV. Preces conclusivas y final en silencio


RITO DE CELEBRACIÓN


Entrada

Breve monición
Cantemos al Amor de los amores (u otro canto)
Recitativo de ambientación, oración a dos coros (Facultativo)

Yo creo en la Eucaristía
Oración ante Jesús Sacramentado
(fr. Rufino María Grández, Jueves Santo 2009)

1. Yo creo en la Eucaristía
como Misterio Pascual,
y en la Presencia real
con nosotros noche y día.

       2. Doy gracias por esta fe,
       que no es mi merecimiento;
       es su don y es llamamiento,
       que humilde yo seguiré.

3. Yo creo en Dios que es amor,
amor que es todo por mí;
mi vida se injerta en ti,
oh Cristo, mi Salvador.

       4. El mandamiento primero
       es amar sin condición,
       con alma, vida y pasión,
       a Dios vivo y verdadero.

5. Pero hay algo superior,
y es sentirme siempre amado;
que Dios se me ha enamorado
y su amor es vencedor.

       6. Tú me amas y amarás:
       mi respuesta es confiar;
       que yo te podré dejar
       pero tú nunca jamás.

7. Jueves Santo, Eucaristía:
el divino memorial,
que coronaba el final
de toda su travesía.

       8. Cena de la Eucaristía,
       su Cena de despedida,
       es la alianza ofrecida
       que Jesús establecía.

9. Toda su vida en la tierra
y la historia de Israel,
desde la sangre de Abel,
en esta oblación se encierra.

       10. Al Padre nos ofreció,
       y en el divino regazo
       Dios daba al mundo su abrazo,
       y todo lo perdonó.

11. Yo creo en la Eucaristía,
que es el perdón infinito
de todo humano delito
por el don que Cristo hacía.

       12. La Eucaristía es banquete
       de esta divina amistad,
       banquete de caridad,
       que la vida compromete.

13. Aquí Jesús se ha brindado
a todos sin excepción;
sólo pide un corazón
que confiese su pecado.

       14. "Tomad, comed y bebed"
       en la Cena así lo dijo;
       me trataba como a hijo,
       al hacerme tal merced.

15. La Eucaristía es su fiesta,
para un pueblo venturoso;
acudiré muy gustoso,
a la mesa por él puesta.

       16. Cuando voy a comulgar,
       comulgo a Jesús viviente,
       su pasado y su presente
       que están en este manjar.

17. Mil veces perdón te pido
por mis tibias comuniones;
teniendo el don de los dones
yo vivo tan distraído.

       18. Mi deseo es acudir
       al altar cada semana,
       porque es la Pascua cristiana,
       que nos llama a compartir.

19. Y si siento tu llamada
de venir todos los días,
Señor de mis alegrías,
mi respuesta ya está dada.

       20. La Eucaristía es la fuente
       de cuanto la Iglesia goza,
       y, si el dolor nos destroza,
       es el cielo aquí presente.

21. La Eucaristía es la cima
de cuanto la Iglesia alcanza;
es la suprema esperanza
que en su camino le anima.

       22. Eucaristía adorada,
       secreto de amor divino,
       en ruta de peregrino,
       eres luz de la alborada.

23. El más dulce sacramento,
que nos llena de dulzura,
que toca con su ternura,
que alumbra el conocimiento.

       24. Permanente profecía,
       del Espíritu la paz,
       de Dios Padre intimidad,
       sacrosanta Eucaristía.

25. En la hora de mi muerte
serás mi postrer deseo,
al Redentor en ti veo,
serás tú su abrazo fuerte.  Amén.


Primera parte:
Jesús en el Cenáculo abre su corazón
a la Iglesia santa

Texto bíblico: Jn 14,1-11 (Lector o lectora)
Meditación (Dirigida de viva voz, o eventualmente leyendo este texto, o algunos párrafos del mismo)

1. Se nos invita en Viernes Santo a pasar un rato en el Cenáculo y se nos propone en concreto leer párrafos de aquellos coloquios o conversaciones de sobremesas que mantuvo Jesús con sus discípulos, luego de la salida de Judas. “Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche” (Jn 13,30). En aquel momento sintió Jesús que se le ensanchaba el corazón. “Cuando salió dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él… hijitos, me queda poco tiempo de estar con vosotros” (vv. 31. 33).
Jesús dio suelta a la ternura y a la confianza; abrió su corazón y habló. Los diálogos de sobremesa son esas conversaciones que tenemos cuando con una nota: “la familiaridad”. Jesús estaba en familia y hablaba familiarmente.
Vamos escucharle en ese clima que propia la escena. Hay confianza, pero, al mismo tiempo, hay un presentimiento de algo que va a suceder y no sabemos qué es.
Estos discursos o diálogos de sobremesa son discurso de despedida.

2. Jesús comienza disipando todo temor: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1).
Los discípulos escogidos rodean a Jesús. En realidad, no son solo ellos los que escuchan; toda la Iglesia ha entrado en el Cenáculo.
La declaración de Jesús no es algo circunstancial y pasajero. Sus palabras me afectan a mí, envuelven mi vida. Mirando al futuro, me dice Jesús: No hay que temer. Es la famosa frase con que Juan Pablo II, el beato Juan Pablo II, abrió su pontificado: No tengáis miedo; abrid la puerta a Cristo Redentor. “No tengáis miedo”, consigna que ah vuelto a recoger y repetir Benedicto XVI.

3. Jesús quiere inaugurar definitivamente el camino de la confianza como camino del cristiano. Nosotros, pecadores ¿no le vamos a tener miedo a Dios? Dios es el Juez; a la hora de la verdad hemos de rendir cuentas, y nadie es inocente. A Jesús, acaso no le vamos a tener miedo, porque, al fin, es uno de los nuestros…
Pero Jesús nos dice: “Creed en Dios y creed también en mí”. Hay una nivelación entre Dios y Jesús, es decir, entre el Padre y el Hijo. Si el Hijo es el compañero y amigo, pensemos que él es que nos introduce plenamente en la familia. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar” (v. 3).
Esta forma de hablar de las cosas celestiales es un lenguaje nuevo. Jamás nadie habló de esta manera, y nadie pudo infundir esta seguridad. Es que Jesús habla de cosa suya, de cosa que le pertenece; está hablando de su casa, de la cual él puede disponer. “Cuando vaya y os prepare lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (v. 4).
Hermanos, si aceptamos este lenguaje con sencillez y nos atenemos a sus consecuencias, hemos de afirmar que Jesús está introduciendo una nueva religión en el mundo. Es ciertamente la religión del Antiguo Testamento pero con una rotunda confianza y con una nota de familiaridad, que nunca nadie antes la había podido decir.
Si bajamos hasta el fondo de nuestro corazón y nos preguntamos desnudamente con sinceridad sobre cuál es nuestra religión, tememos la respuesta. En el fondo, la pregunta es esta: ¿Es una religión de esclavos o de hijo? Nuestro Dios ¿es una incógnita, o es un padre conocido, querido, esperado, tratado con amor? ¿Dios es un Padre en cuyos brazos yo puedo caer con la absoluta seguridad de que él me está esperando sin reproche?
El Dios de la Cena, el Dios que predica Jesús es este. El Dios de la Cena es el Dios del huerto, el Dios de la cruz, aunque no lo parezca. Y puesto que estamos en un acto de adoración a la Eucaristía, hemos de decir igualmente: Es el Dios de la Eucaristía.

4. Pero hay una cuestión, que está en labios de los discípulos agrupados en torno a Jesús: ¿cómo alcanzar a ese Dios, cómo llegar hasta él? “Y adonde yo voy ya sabéis el camino. Tomás le dice: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (v. 5).
Y he aquí la respuesta divina de Jesús: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (v. 6).
De estas palabras del Señor se puede escribir uno y mil libros, pero ninguno de estos libros – idealmente muy hermosos – puede suplir ese encuentro íntimo con Jesús en el que él me dice: Yo soy tu camino, Yo soy tu verdad, Yo soy tu vida. Y una vez abierta esta declaración, podemos continuar y escuchar en lo profundo de nuestro corazón: Yo soy tu esperanza, Yo soy tu seguridad, Yo soy lo que buscas… Yo, y solo Yo, Yo soy tu Dios.
¿Será posible, hermanos míos, que Dios esté así, al alcance de la mano?
Jesús nos lo está diciendo. Aceptémoslo. Si creemos en Dios, creamos igualmente en Jesús, exactamente igual.

5. Estamos ante la Eucaristía, en la que Jesús es sacramento y silencio. Siglos de silencio han ido tejiendo el amor y la adoración. “Dios está aquí; venid, adoradores, adoremos a Cristo Redentor”.
Jesús en la Eucaristía es el camino, es la verdad, es la vida. Es mi camino, es mi verdad, es mi vida.
“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (v. 9).
“Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí” (v. 11).
Este es Jesús; este es nuestro Dios. Amén.

Amplio silencio meditativo ante Jesús-Eucaristía
Canto de meditación

Texto bíblico: Jn 17,1-26 (Lector o lectora)
Meditación (Dirigida de viva voz, o eventualmente leyendo este texto, o algunos párrafos del mismo)

1. “Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora…”
Sublime oración de Jesús que la Iglesia recuerda, estremecida de amor.
Si toda la Pasión es una Eucaristía, el sacrificio de alabanza y de propiciación, esta Oración de Jesús, que desde hace siglos se le ha llamado “Oración sacerdotal”, es el Prefacio; y es simultáneamente la Epíclesis consecratoria.
La pasión de Jesús la han vivido los verdugos como agresión: ellos eran ejecutores de órdenes recibidas. Esa pasión de Jesús la ha vivido el Padre como entrega de amor al mundo, pasión que Jesús, en unidad perfecta con la voluntad del Padre, la ha vivido como oblación de amor.
La oración de la Cena luego será coronada por la Oración del Huerto de los Olivos.

2. Jesús pide por sí: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti” (Jn 17,1). Pide por “los suyos”, y los más cercanos son los que tiene junto a sí en la Cena: “He manifestado tu Nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra” (v. 6). Pide por los que un día íbamos a ser sud discípulos: “No solo por ellos ruego, sino por los que crean en mí por la palabra de ellos” (v. 20).
Al final nos asegura que él va a estar en una oración permanente ante el Padre. “Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos” (versículo final, 26).
Jesús nos garantiza que él v a estar siempre orando por nosotros – ahora mismo él, que nos conoce, nos mira con bondad y ora por mí – y el fruto de su oración es el amor de Dios.

3. La oración de Jesús tiene un objetivo divino: el amor, y la unidad. Él nos llama “los suyos”, y con los suyos quiere hacer una familia. El deseo supremo de Jesús, la razón final de su muerte es crear la unidad de la Iglesia. Todos los que creemos en él formamos una familia, y esta familia se llama la Iglesia.
El bien supremo de la Iglesia no es la santidad de los sacerdotes, la pureza de las almas consagradas… Cuando Jesús ora, sus ojos miran a algo superior y definitivamente último: la unidad de los suyos.
La Iglesia se ha visto apenada y avergonzada por los graves pecados de algunos de sus hijos sacerdotes, como ahora bien lo conocemos y el Papa dolorosamente y no una vez sino bastantes se ha lamentado. Son pecados por los que hemos sentido dolor y vergüenza. Y, con todo, hermanos, no es ésa la necesidad mayor de la Iglesia; no es ese el escándalo más estridente de los cristianos.
La necesidad mayor de la Iglesia no es esa purificación que se está obrando en ella, por la misericordia de Dios. El viejo escándalo que arrastramos es el escándalo de nuestra desunión, pecado que supera absolutamente nuestras fuerzas.
Mirando no a sus apóstoles, sino a todos los que han de creer en él, Jesús dice: “que todos sean uno, como tú, Padre en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (v. 21).

4. A lo largo de la historia de la Iglesia muchas almas santas se han visto iluminadas e impulsadas, por la fuerza del Espíritu Santo, para ofrecer su vida por los sacerdotes, víctimas por los sacerdotes. Es algo que Dios ha inspirado.
Pero hay otra cosa, hermanos, que nace de las palabras de Jesús, y que podemos tomar como inspiración de Dios: ofrecer la vida por la unidad de la Iglesia, por la unidad de los cristianos. Es la primera de todas las necesidades que tiene la Iglesia.
Acaso Dios mismo me puede inspirar, sugerir, en esta noche que yo, discípulo de Jesús, cristiano o cristiana que vibro con su oración, ofrezca mi vida justamente por esto y para esto: Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti, hacer de los creyentes en Jesús una verdadera familia, signo de la familia humana.

5. ¿De qué amor y de qué unidad nos está hablando Jesús? De la misma unidad que él tiene con el Padre. En esa unidad no hay sospecha, no hay fisura, porque es la unidad última del amor.
En la semilla del amor, que Dios ha sembrado en los corazones, nosotros podemos atisbar el deseo de Jesús. El que ama quiere ser uno con la persona amado; es el amor total y recíproco. Este amor, que es el amor de la Trinidad, es el amor que Jesús quiere para su Iglesia. Jesús con su Padre y nosotros con Jesús, para ser consumados en la unidad.

6. Pensémoslo en el silencio del corazón, hermanos, para saber hasta dónde Dios nos está llevando. El amor es unidad: unidad y armonía con nosotros mismos, unidad con las personas con quienes convivimos, unidad con la sociedad que nosotros mismos vamos formando para que se realice la unidad de Dios entre nosotros.
El Espíritu de Jesús puede hacer esta unidad.

Amplio silencio meditativo ante Jesús-Eucaristía
Canto de meditación

Segunda parte:
Jesús en el Huerto de los Olivos (podría omitirse)


Texto bíblico: Jn 18, 1-11 (Lector o lectora)
Meditación (Dirigida de viva voz, o eventualmente leyendo este texto, o algunos párrafos del mismo)

1. Dicen los Evangelios que, “después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos” (Mc 14,26). Era la última marcha de Jesús con los suyos. Jesús dejó caer algunas palabras: “Todos os escandalizaréis, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero, cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea”.
Lo había dicho el profeta Zacarías (13,7): Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Jesús quiere disculpar benignamente la desbandada de sus discípulos fieles; quiere cubrir, de alguna manera, su cobardía de ellos. Él dice que les comprende, no se lo echa en cara…, porque así es el corazón de Cristo.
Pero dice unas palabras cargadas de misterio: Cuando resucite… ¡Qué va a pasar, Dios mío, porque para resucitar hay que morir…!
Llegaron, pues, al huerto de Getsemaní…

2. La agonía de Jesús fue agonía de muerte, como lo escuchábamos el domingo pasado, domingo de Ramos. Jesús decía: “¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz, pero no se haga como yo quiero sino como tú quieres” (Mc 14,35).
Abbá es la palabra del huerto, es la palabra de la lucha y de la victoria. Abbá…, Abbá… ¡cómo repetía Jesús esta palabra, desahogando ante Dios su lucha y su dolor, y su aceptación.
Nunca podremos valorar lo que significaba esta palabra - ¡Abbá!, Padre – en labios de Jesús; porque esta palabra, en definitiva, contiene toda la vida de Jesús.

3. Y de hecho, el Evangelio de san Juan, escogido para este vigilia, se ha centrado en la palabra más sagrada que Jesús haya pronunciado en su vida, “Padre”, para hacer de la escena del Huerto no la escena de la agonía de Getsemaní, sino la escena de la aceptación filial de la voluntad del Padre, del cáliz que el Padre le ofrece. “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (v. 11). Este versículo culminante da el sentido a la escena del Huerto.
San Juan no nos ha descrito la agonía de Jesús. Jesús, el Señor, sale con humilde majestad ante sus enemigos, ante aquella cohorte que con unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos viene con  faroles, antorchas y armas a detenerle.
-¿A quién buscáis?
- A Jesús, el Nazareno.
- Yo soy.
Él es el que se entrega. Él es el “Yo soy” divino.
Simón Pedro quiere defenderle y saca una espada, con la cual corta parte de la oreja de un criado llamado Malco. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?

4. Misterio de la voluntad del Padre. Es la delicia de Jesús; es el alimento de Jesús (Jn 4,34); es la muerte de Jesús.
Hermanos,
 No hemos de concluir esta Hora Santa, sin dejarnos conducir por esa Voluntad que ha llevado a Jesús al Huerto y a la  Muerte, la Voluntad del Padre. La Voluntad del Padre es, por así decir, la personalidad humana de Jesús: “Yo y el Padre somos uno”.

5. Señor, desde el silencio de mi corazón suba un gemido: yo quiero hacer siempre y en todo la Voluntad de Dios, como la hiciste tú.
Si tú eres mi fuerza y mi sangre, esa Voluntad se cumplirá.
Si tu silencio es mi silencio, mi vida será palabra poderosa.
Si tú eres mi Eucaristía, yo seré la alabanza.
Si tú eres mi Dios, yo seré en verdad hijo de Dios.
Espíritu, aliento de Jesús, sé mi nueva creación.
Madre santa del Señor,
Madre oculta de la Pasión,
Madre de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad, condúceme humildemente por la senda del Evangelio.

Amplio silencio meditativo ante Jesús-Eucaristía
Breve canto

Conclusión

PRECES DE CONCLUSIÓN
Y TERMINACIÓN EN SILENCIO

Preces

Demos gracias al Padre de las misericordias que envió su Hijo al mundo, y en él nos dio su corazón, unidos a toda la Iglesia:
- Te damos gracias, Señor.
- R/ Te damos gracias, Señor.

Te bendecimos, Señor, Dios Creador y Padre, Autor de la salvación. Esperanza de vida eterna:
- Te bendecimos, Señor.
- R/ Te bendecimos, Señor.

Te adoramos a ti, Jesús Eucaristía, vida de la Iglesia, promesa de inmortalidad:
- Te adoramos, Señor.
- R/ Te adoramos, Señor.

Te suplicamos, Señor y Padre todopoderoso, por la Iglesia santa toda la humanidad, por todos los dolientes de la tierra, por todos los que sufren el epso de sus pecados:
- Te suplicamos, Señor.
- R/ Te suplicamos, Señor

Oración del Padrenuestro
 Con Jesús, tu Hijo amado, oramos unidos a toda la Iglesia:

Padre nuestro…

Concede Dios todopoderoso,
Padre lleno de amor,
a tu Iglesia peregrina
la gracia del Espíritu Santo,
presente en la Eucaristía
y palpitante en la Pasión,
para que los divinos misterios que celebramos
nos llenen de luz y fuerza,
de gozo y esperanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/ Amén.

Despedida
Hermanos, nuestra celebración ha terminado.
Iniciamos el Viernes Santo. “En este día, en que "ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo", la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la Cruz e intercede por la salvación de todo el mundo. La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía; la sagrada Comunión se distribuye a los fieles solamente durante la celebración de la Pasión del Señor; sin embargo, los enfermos que no pueden participar a dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día” (Carta de las fiestas pascuales, 58-59).
Id en la paz del Señor.

(Texto escrito en Alfaro, Martes Santo 2012)

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