lunes, 9 de abril de 2012

219. Mistagogía - Martes de Pascua


Meditación sobre el Evangelio de san Juan 20,11-18

Hermanos:

1. La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión del Evangelio del discípulo amado, es como el Cantar de los Cantares del Nuevo Testamento. Es una escena espiritual, un ápice de la mística cristiana. Los personajes son Jesús y el Padre, y María Magdalena (En la exégesis moderna de ninguna manera se identifica a María Magdalena con la pecadora del Evangelio de Lc 7,36ss). María Magdalena es, sin más, la fiel seguidora y la amante; la destacada entre las demás mujeres; la que, junto con ellas, permanece fiel al pie de la cruz.

2. El Santo Padre Benedicto XVI, al felicitar la Pascua en multitud de lenguas el Domingo de Resurrección, recordaba la bella secuencia pascual “Victimae paschali laudes”, que procede de la Edad Media. En esta poética secuencia se inicia un diálogo con María Magdalena: Dic nobis Maria, / quid vidisti in via?
María cuenta lo que ha visto en el camino. Y profiere una profesión de fe: Surrexit Christus, spes mea. Ha resucitado Cristo, mi esperanza.

«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual).
Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».
Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad”.

Hemos destacado una frase: cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real.
Soy un montón de deseos, que pueden convertirse en un montón de frustraciones; pero no será así de ninguna manera si pongo a Cristo como clave de mi esperanza. El que alcanza a Jesús resucitado alcanza lo real de la vida. En la vida de Jesús resucitado, al pasar las barreras de la muerte, yo alcanzo lo que él ha alcanzado.

3. Este pensamiento espiritual nada impide para que nosotros podamos sumergirnos en la escena por otra veta.
María Magdalena, a quien los santos Padres (ya san Hipólito de Roma, en el siglo III) han llamado “la Apóstol de los apóstoles”, se nos describe aquí exhalada de amor, y lo ha alcanzado por esta misteriosa lógica de amor. El amor intuye sin argumentar, y ve al instante el punto de llegada; las razones se van quedando racionalmente en el camino.
- ¡María!, le dice Jesús.
Y la mujer, en un fogonazo de su corazón, ha visto toda la verdad y responde:
- “¡Raboni!”
Jesús tiene prisa por subir al Padre, pero antes ha querido visitar a María… ¿Cómo puede comprenderse esto? No hay que razonarlo, y menos comprenderlo, si yo me he lanzado a una exégesis del texto por la vía del corazón.
María no se ha privado del abrazo efusivo que ha puesto en las plantas del Señor.
- “No me retengas” (Noli me tangere), responde Jesús, “que todavía no he subido al Padre”.

4. En el lenguaje amoroso los parámetros de las cosas que se dicen y se aceptan los enamorados no cuadra con la realidad rutinaria del cada día. Pero no quiere decir que esos diálogos de amor estén privados de sentido. Son verdad en otro plano, en el plano de una verdad de encarnación y de sagradas nupcias pascuales, a las que somos invitados.
María se ha convertido de este modo en la Pregonera pascual…, como si en el mundo que viene, mejor, en el mundo de la parusía, las mujeres fueran las elegidas para traer los mensajes del Señor.

5. María no representa a un sector privilegiado de la Iglesia. Nos representa a todos. El Papa Benedicto nos lo acaba de decir: “Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena”.
La experiencia de María Magdalena se abre hacia la Trinidad, y Jesús le está comunicando la intimidad del misterio: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre”. La morada de Dios – el Padre – resulta ser la morada nuestra, mejor, la morada mía: El Dios de Jesús, que Jesús va a poseer, es igualmente el Padre mío, el Dios mío. “A mi Padre, que es vuestro Padre; al Dios mío, que definitivamente es el Dios vuestro”.

6. La experiencia del espiritual puede darse en la oscuridad total, pero siempre ha de ser una experiencia que aporte la seguridad de ese Dios sustentante que Jesús ha proclamado: el Padre de Jesús – origen de su infinito misterio – es él mismo, no otro, el Dios de mi presente y futuro.
He aquí, pues, al Dios de la solidaridad en el amor; es el Dios al que le está dando culto María Magdalena, modelo de toda la Iglesia.
Luego corre a los discípulos a compartir la gracia que a ella se le ha dado.
María Magdalena  nos ha abierto el camino, y nos está hablando de la calidad suprema de lo que ha visto. Su Evangelio, Evangelio de la nueva Alianza, es éste: “He visto al Señor y me ha dicho esto”.
En suma, el Evangelio trinitario de la fe se resume en la confesión del Resucitado y en el Dios que le ha salvado y del que él se ha fiado: Mi Padre y vuestro  Padre; mi Dios y vuestro Dios”.

7. María Magdalena, la amante, la teóloga. María Magdalena, la sabiduría de la fe, el Evangelio celestial de quienes han llorado al Señor.
Dígnese el Padre de las Misericordias manifestarnos a su Hijo,
y dígnese el Hijo manifestarnos a su Padre.
Eso es el Evangelio. Amén.

Martes de Pascua 2012.

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