jueves, 3 de mayo de 2012

233. De blancas vestiduras revestidos


La celebración de la Eucaristía
con sabores celestiales


1. Regresando a España, tras dos años de ausencia (y diez de 'misionero' para volver de nuevo) he tenido la oportunidad de celebrar la Eucaristía en lugares y con comunidades para mí muy queridos. Hace unos años cultivaba un pequeño grupo bíblico, con el cual me he reencontrado, más bien, con parte del grupo. (Lo recordábamos en nuestra entrega 219: Resucitado, realidad, presencia y experiencia).
Nos reunimos compartiendo conversación y merienda; luego, la Eucaristía que venía caldeada con el Himno pascual de este año (véase núm. 214) y especialmente aquellas estrofas que dicen:

5. Eres mi historia gloriosa,
mi pecado perdonado,
eres mi gracia nupcial,
y mi beso enamorado.

6. Eres, Jesús, mi Evangelio,
por el Padre regalado,
eres mi yo que transciende,
mi final en Dios anclado.

La Eucaristía, en la pequeña y preciosa iglesia de ábside medieval, fue sumamente sencilla, cordial. Y alguien me escribía: “… y las lagrimas brotan, pero no de dolor, sino de ternura, de dulzura, de paz, de amor”.
“La Eucaristía de ayer fue especial…; con que finura nos hizo sentirnos Sacerdotes bautismales a todas y con-celebrar junto al sacerdocio ministerial el banquete de la Eucaristía; ¡Que presencia tan grade del Señor!; no me extraña que en su homilía diga hoy que Jesús es una REALIDAD TOTAL”.
No pudimos detenernos, porque el coro parroquial reclamaba hora y espacio para ensayar sus cantos. Y, aunque fue con el reloj predefinido, nos dejó un sabor celestial. Es que la Eucaristía es sencillamente el encuentro pascual con Cristo Resucitado. Esta es la celebración de todos los días, que puede tener momento privilegiados, pequeños oasis que bañan el alma de consuelo y que tanto necesitamos.

* * *
2. Mi recuerdo va ahora a otra celebración celestial, puramente de Pascua, una celebración en la que los participantes – concelebrantes – iban todos “in vestibus dealbatis” (según uso aprobado), evocando  escenas del Apocalipsis. “Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos” (Ap 7,9).
“Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, y se le ha concedido de lino resplandeciente y puro” (Ap 19,8). Vi, en efecto, que las túnicas blancas eran de lino.
El abrazo de paz en estas condiciones sí que parece un abrazo celeste, un momento que anticipa, en esta hora nuestra – nuestra, por ser de Dios – el gozo y el amor seguro de la eternidad…
Pensando en esta celebración pascual, salieron de mi corazón unos versos, que los dejo aquí, al viento del Espíritu

1. De blancas vestiduras revestidos,
nacidos del bautismo de su Pascua,
a Cristo, amado Vencedor, cantemos,
radiantes de su luz, con bellas palmas.

2. Pasamos el Mar Rojo del pecado,
y somos hijos libres en su gracia;
su vida es el regalo y nuestra vida,
anchura y paz, su alma inmaculada.

3. ¡Oh Cristo, te cantamos, Cristo vivo,
oh Cristo, nuestro mar y nuestra playa,
salud de nuestros cuerpos y gemidos,
futuro ya presente en la alabanza!

4. Traspásanos, Jesús, con tu presencia,
y sácianos con el amor que sacia,
desborde de la fe tu cercanía
y sienta nuestra carne tu mirada.

5. Es frágil nuestra hora mortecina,
mas tú eres luz, eterna luz del alba,
y donde luces es la primavera,
y donde moras, nace la mañana.

6. ¡Jesús de nuestra historia verdadera,
Semilla de otra era que va en marcha,
repose en ti segura nuestra fe,
y seas para mí corona santa! Amén.

Miércoles de la IV semana de Pascua.
2 mayo 2012

1 comentarios:

olguita dijo...

Me encanto el titulo"La celebración de la Eucaristía con sabores celestiales"

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