sábado, 12 de mayo de 2012

236. Comunión, y vuestra alegría llegue a plenitud


Homilía sobre el Evangelio de san Juan 15,9-17
Domingo VI de Pascua, año B

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os  llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido y os
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros»
(Texto según la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, aprobada para la liturgia y la catequesis).

Hermanos:

1. Continuamos la lectura del Evangelio de Jesús según san Juan en el punto donde dejamos al domingo anterior. Recordad que Jesús nos hablaba de la vid y los sarmientos, de la purificación y poda de la vid para que dé fruto; de esa relación mutua de permanencia entre la vid y los sarmientos, entre Jesús y yo, para que mi vida en él, y desde él esté colmada de fruto.
Estamos en las palabras de la última Cena. Hay dos notas que tenemos que percibir con clarividencia cristiana para captar certeramente el sentido del misterio en el que Jesús nos quiere introducir.
- Su modo de hablar es el modo propio de la intimidad, de la confidencia, del amor. No es el discursó del profesor que va exponiendo por parte un tema y avanza linealmente en su pensamiento. No es un discurso lineal – dicen los expertos – sino circular, que es el modo del amor. Giramos en torno a algo que nos deleita y que es de una profundidad sin fondo. Vamos daño vueltas en torno; y cuando más nos movemos en órbita, mayores honduras alcanzamos. La novedad del amor es precisamente su profundidad. El amor nunca concluirá sus palabras, porque el amor no tiene fondo. Así son los discursos de la Cena.
- Por otra parte, Jesús en la Cena quiere establecer una relación de comunión, una relación entre tres, que consuma la unidad: el Padre, él y yo; este “yo”, que es simultáneamente el nosotros, es decir, la comunidad Iglesia. Ahora bien, esta relación que enlaza lo humano y lo divino, no tiene una correspondencia conocida que sea satisfactoria: Las relaciones humanas son entre desiguales (padres/hijos, maestros/discípulo) o entre iguales, pero siempre en el mismo plano o rango humano (esposo/esposa; amigo/amigo). Jesús nos abre a un mundo nuevo, del cual no tenemos experiencia directa. Jesús une el ser divino, que es Dios, con la criatura, con el hombre; une lo infinito con lo finito, donde hay una distancia insalvable. No hay lenguaje conocido, pero de algunas palabras tenemos que servirnos. Jesús acude al lenguaje del amor, pero sepamos, hermanos, que todo lo que nos diga Jesús sobrepasa en absoluto el amor conocido, y que tiene que venir directamente la luz del Espíritu Santo para captar la realidad nueva en la que nos introduce. Estamos en al pura mística cristiana, a la que somos llamados.

2. Dice, pues, el Señor: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. El amor que tiene el Padre al Hijo y el amor que tiene el Hijo al Padre es el amor que existe en el misterio de la Trinidad. Jesús nos dice: A ese amor os invito yo. Es el amor revelado, el único amor posible. Esa ecuación que Jesús establece no es una ecuaciónde cantidad, sino también de calidad. No se trata tan sólo de un tanto cuanto: con la misma cantidad con que el Padre me ha amado a mí y yo le he amado al Padre, con esa misma cantidad amadme.
Se trata también, y principalmente, que ese amor divino que manaba del corazón del Padre hacia su Hijo y del corazón de Cristo ascendía de nuevo al Padre, con ese mismo género de amor – y no con otro – debemos amar nosotros a Dios.
Es decir: permaneced en mi amor, perdeos en ese amor celestial, amor divino, que es posible, porque Jesús, el Hijo de Dios, lo está alimentando.

3. Este amor no es un amor vaporoso, idealizado, romántico… Es el amor concreto del día a día, un amor que tiene cuerpo y sangre, rostro, sufrimiento: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. La rutina del día a día queda divinizada.
Y volvemos al eje de todo, que es Jesús en obediencia al Padre: lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

4. Y ahora, de pronto, Jesús nos habla de su alegría. Su alegría es su triunfo y es el estado alcanzado en su resurrección. La alegría de Jesús no es otra cosa que el estado de felicidad celestial al que somos llamados como la meta última de la existencia. Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
La alegría de Jesús y mi propia alegría serán una sola, fundido su corazón con el mío, su vida con la mía. Somos destinados a la alegría de Jesús. La poseemos y compartimos inicialmente, pero no ha llegado a su plenitud.
¿Cuántos funerales vamos celebrando en el curso del año…? ¿Podremos decir en cristiano que al celebración de un funeral es el paso sacramental para alcanzar la alegría de Jesús – la alegría de su resurrección – a la que el cristiano está destinado? En aquel tránsito iluminado nuestra alegría alcanzará su plenitud, cuando la alegría de Jesús nos haya invadido y haya transformado la condición presente de esta vida.

5. La comunión recíproca de Jesús con nosotros, y de nosotros con Jesús, tiene una proyección muy determinada en ese “nosotros”, que es la Iglesia: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Esto es al divinización del hombre: el amor circulante entre nosotros, que viene del amor mutuo con que se obsequia el Padre con el Hijo, simple y recíprocamente.
Y escuchamos esta palabra de Jesús, que es el estremecedor retrato de su existencia: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

6. El programa de la Iglesia no es un programa de pensamiento, ni una táctica de acción. Necesitará estas cosas, porque la Iglesia está en el mundo y vive de modo humano para el mundo, pero el programa de la Iglesia es, ni más ni menos, que la pura donación en el amor.
Ahora bien, yo tengo que tener el valor para dar a la palabra Iglesia un valor absolutamente personal, porque en este caso, la Iglesia que entrega su vida enteramente soy yo. Yo, al ejemplo de Jesús, y desde el amor que reina en el seno de la Trinidad, modelo de todo amor, yo, con mi pequeña historia, tengo esta tarea de vida: dar mi ser entero como Jesús lo ha dado. Aquellos por quienes doy mi vida, los podré llamar para siempre “mis amigos”.
La vocación humana aquí alcanza su último sentido. Vivir es darse.
Permítanme, hermanos, que refiera un suceso en aplicación de estas palabras de Jesús, como realidad viviente de lo que Jesús nos propone. Dentro de este mes se va a celebrar en Ecuador (concretamente en Quito) un Congreso (o Simposio) en memoria de los XXV años en que dos misioneros, Alejandro Labaka, obispo (nacido en España) e Inés Arango, religiosa (nacida en Colombia), en lo más recóndito de la selva amazónica, muriendo alanceados  por un grupito de indígenas, a los que ellos quería salvar del poder de las petroleras que iban arrasando el terreno. (Su causa de canonización ha sido introducida, pedida por todo el episcopado ecuatoriano). Dieciocho lanzas atravesaban el cuerpo del Obispo que se había despojado de su ropa, como vivían los indios; tres lanzas dieron en el pecho y el corazón de la hermana, ensangrentado su sencilla túnica.
El rostro del Obispo alanceado quedó con una sonrisa, como diciéndoles: amigos míos, amigos.
Los dos fueron mártires fueron mártires de amor en cumplimiento de las palabras de Jesús: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

7. Queden, pues, las palabras de Jesús como pauta de nuestra vida. Y pidámosle a Jesús una gracia:
Señor Jesús, que todo lo que tú anuncias a tu comunidad santa en este domingo pascual quede reflejado de alguna manera en mi pequeña. Que mi vida sea una vida de amor. Que tu alegría sea mi esperanza. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 12 mayo 2012.

Para una información del martirio y mensaje de Alejandro Labaka e Inés Arango pueden ir al Blog cuya dirección anotamos:
http://alejandro-labaka.blogspot.com.es/
 

1 comentarios:

Ailyn dijo...

Muy enriquecedora su homilía Padre Rufino, gracias por su labor evangelizadora en internet y ayudarnos a entender mejor las Sagradas Escrituras.
Dios le bendiga siempre.
saludos

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