domingo, 20 de mayo de 2012

237. Ascensión: sentado a la derecha del Padre



Homilía sobre la Ascensión del Señor Jesús
según el Evangelio de san Marcos 16,15-20
(Domingo VII de Pascua, ciclo B)

Hermanos:

1. La vida de Jesús no termina en el monte Calvario con la crucifixión. Esto lo dirá cualquier niño de catequesis, y, al decirlo, confiesa la fe, porque sabe que detrás del Calvario está la resurrección.
Ahora nosotros, cristianos adultos, perfilando la confesión cristiana, podemos afirmar correctamente: La vida de Jesús anunciada en los Evangelios no termina en la resurrección; concluye más allá de la resurrección, y cada Evangelio en este particular tiene su enfoque propio para decir cómo la vida de Jesús Resucitado, el Viviente, no concluye con el triunfo esplendente de la Resurrección, sino que queda coronada en un segundo momento en el cual él, el Resucitado, enlaza con nosotros, y de una forma infinitamente gozosa nos dice que su vida termina en nosotros, su vida se concluye con nuestra vida; su vida desemboca en la vida de la Iglesia. Este es el mensaje, hermanos, que hoy quisiera transmitir, pidiendo al Señor Jesús ese gozo de la fe que consiste en compartir el gozo de lo que en él ha sucedido y sucede, vivencias que pueden llegar, incluso, según el mismo Evangelio hasta la explosión de los milagros. Veámoslo.

2. Cada evangelista, según su modo propio, según un estilo que en la Iglesia no se ha de agotar nos pone en este trance final de Jesús.
“Id y haced discípulos a todos los pueblos… Y sabed que yo estoy con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,18-20). Son las supremas palabras en el Evangelio según san Mateo: la misión evangelizadora de la Iglesia y la presencia de Jesús. Jesús está conmigo, Jesús está con nosotros; este y no otroe s el soporte del culto cristiano.
En san Marcos, cuyo Evangelio hoy proclamamos, se nos habla de ese mismo envío a la creación entera: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). Del anuncio del Evangelio va a nacer un mundo nuevo, cincluso con cuatro signos portentosos:
- el signo de la expulsión de demonios,
- el signo de las lenguas nuevas,
- el signo de los milagros como serpientes y venenos que pierden su ser nocivo,
- el signo de la imposición de manos a los enfermos.
Y dice a continuación el Evangelio esta confesión de fe, que hace hoy el centro de nuestro mensaje y las palabras finales del texto sagrado:
“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (vv. 19-20).
Jesús fue llevado al cielo. El mismo Dios y Padre que lo había enviado a la tierra lo recoge ahora en el triunfo eterno, y la vida de Jesús continúa en la tierra:
- predicando la palabra en todas partes, ahora mismo en este rincón de la tierra,
- y obrando maravillas que se tienen que ver ante los ojos, maravillas que está obrando Jesús en el cielo por nuestras manos.
El Evangelio de san Lucas también termina con las Ascensión del Señor. “Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo” (Lc 24,50-51). Con este escena van a empalmar los Hechos de los Apóstoles, la otra obra de Lucas, en esa escena que ha sido la primera lectura de hoy y que se repite todos los años: “Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3). Curanta días, un número sagrado, que, por otra parte, da lugar a un tiempo de preparación para la gran fiesta de Pentecostés, en la cual Jesús Resucitado se va a manifestar en el Espíritu.
En fin, en el Evangelio según san Juan, Jesús Resucitado, para culminar su obra, va a enviar sobre la Comunidad del cenáculo el Espíritu divino, soplando sobre ellos, Espíritu que ha de renovar la Iglesia y la faz de la tierra,

3. En suma, hermanos, el Evangelio no termina en el hecho de la resurrección, en ese anillo que enlaza espiritualmente la vida de Jesús con la nuestra, haciendo de las dos una sola vida ante el Padre.
Y aquí es donde nos encontramos, y donde nuestra reflexión fluye del cielo, impregnando nuestro corazón con vivencias distintas, todas ellas sabrosas, porque hoy no se trata de compartir el sufrimiento de Jesús, sino el gozo de Jesús. Si en la resurrección de Jesús hemos resucitado nosotros, en su ascensión hemos sido llevados nosotros hacia esa realidad infinita que presenta la carta a los efesios:
- esa esperanza a la que nos llama,
- la riqueza de gloria que da en herencia a los santos (Ef 1,18).

4. De todo este misterio de gloria ¿en qué nos vamos a fijar y qué vamos a recibir como gracia de Jesús, ¨Pionero de nuestra fe”?
Podemos gustar que todo esto que nos dice el Evangelio está escrito en un lenguaje familiar; todo es cosa nuestra, que nos pertenece como herencia. Estamos en familia, estamos en casa. Jesús, el Señor Jesús, como dice el Evangelio, es y habla como hermano, y la realidad que él ha conquistado es lo nuestro; nos la regala como cotidiano nuestro. La Ascensión del Señor, con todo lo que incluye está escrita en este tono de absoluta confianza entregada a su Iglesia.
Permítanme, hermano, una referencia al caso. Ayer volaba yo de España a Quito para acudir a partir de mañana a ese Simposio de XXV años de martirio de Alejandro e Inés, que mencionaba en una homilía anterior. Once horas de vuelo sobre las nubes, paisaje propicio para pensar en la ascensión y leer en la Biblia los textos que ahora comentamos. ¿Y si en ese momento el avión tuviera una avería mortal…? No pasaría nada: nos encontraríamos con ese Jesús que sustenta nuestra fe y a quien predicamos, con el Señor Jesús que está en el cielo y actúa en la tierra.
5. Otro pensamiento que se impone en el día de hoy es que Jesús ha dejado una tarea a su Iglesia, ni más ni menos que la que fue su tarea, y que se podrá decir con distintas palabras y matices.
Es la tarea del amor, dirán unos. Y, efectivamente, es esa la herencia que Jesús nos da y la tarea que nos encomienda.
Es la tarea de anunciar el Evangelio al mundo entero, incluso a la creación, podremos decir y es correcto resumir así el mensaje de la Ascensión. En ello estamos.

6. Ahora bien, hermanos, hermano mío, la pregunta concreta es esta: ¿Qué me dice a mí, Jesús, en su Ascensión; Jesús sentado a la derecha del Padre; Jesús, a quien hoy voy a recibir en la sagrada comunión; Jesús, a quien puedo leer todos los días en las santas Escritura; Jesús, cuyo Evangelio puede ser hoy la delicia de mi vida? Esta es la pregunta terminal, y la respuesta está dentro de mi propio corazón.
Concluyamos con una sencilla oración:
Jesús, que tu alegría sea mi alegría. La necesito tanto… Amén.

Quito, 20 mayo 2012 


 Santa Misa en la Ascensión del Señor, Quito 2012

Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua)  a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:

1 comentarios:

olguita dijo...

doblemente gracias por sus palabras para el retiro de Jesus y por estas que parece van directas para mi , yo tambien quiero que tu alegria sea MIA. OMC

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