viernes, 25 de mayo de 2012

238. El Espíritu infundido del aliento de Jesús



Homilía sobre el Evangelio de Pentecostés
Ciclo B,  Evangelio según San Juan (Jn 20,19-23).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús  repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».  Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Hermanos:

1. Hoy es Pentecostés, corona de la Pascua.
Si la Biblia es historia de la salvación, Pentecostés es la explosión de la Trinidad en el mundo y en la historia humana, y el anuncio del triunfo soberano de Dios en el remate.
La resurrección de Jesús nos revela la filiación divina del Hijo; y en correspondencia la paternidad soberana, entrañable y amorosa del Padre, que en su Hijo tiene su historia total.
Y esta fiesta de Pentecostés, que es la fiesta de la promesa cumplida, nos revela el rostro de la Trinidad beatífica y salvadora.
Todas nuestras palabras se quedan tímidas, lejanas a lo infinito de la realidad que quisieran transmitir. Nuestras palabras humanas quisieran portadoras de Dios, la carroza de la divinidad que se pasea por la tierra de los hombres, pero que es y no puede dejar de serlo, tierra de Dios.
Pentecostés aparece como el presente y el futuro de Dios, presente y futuro que me cubre a mí, y yo también quedo traspasado de fuego y de luz, ungido con los siete dones del Espíritu Santo, en espera de que pase el día de este mundo y la patria sea la posesión plenaria de Dios, Dios como Padre, Dios como Hijo, Dios como Espíritu y yo quede asumido y glorificado en el seno de la Trinidad. ¡Ven, Señor Jesús!, proclamaban los cristianos y sigue clamando la Iglesia en sus celebraciones.

2. Hay dos formas en que se manifiesta el Espíritu en la Iglesia:
una es la que podríamos llamar Sinaítica, cuando Dios desciende a la montaña y ese Dios en nuestra esfera se hace teofanía, esplendor y gloria;
otra es la manifestación personalizada en la intimidad mía, fundiendo el Dios del cielo su vida con la mía, o en la vida sacramental donde el Espíritu actúa como fuerza creadora de Dios. En todo caso, Dios llega al hombre en la fe y a través de la fe.
En Pentecostés celebraban los judíos el don de la Ley en Pentecostés y lo siguen celebrando, ateniéndose, en cuanto a las fechas, a su tradicional calendario.

3. Pentecostés es el Sinaí del Nuevo Testamento. Dios baja a la tierra en forma de lenguas de fuego, y quiere que el mundo se encienda por labios de los apóstoles.
“Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hch 2,1-2).
Jesús había dicho: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12,49). Pues ya ha bajado el fuego del Sinaí; ya los apóstoles, por el Espíritu, hablan en la lengua del amor de todos los pueblos; ya comienza la Misión por múltiples países: partos, medos, elamitas, Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, romanos, cretenses, árabes… Y todos cantan las grandezas de Dios.
Los discípulos de Jesús quieren hacerse presentes en todos los países de la tierra, y por la gracia de Dios, lo están. La Iglesia no es una sociedad proselitista; es una comunidad de testigos que quiere expandirse y llenar la tierra.

4. Pero el Espíritu, que llega cuando Cristo ha terminado su obra y es el fruto de la obra de Jesús, acontece en la misma tarde de la resurrección. Y es lo que hoy nos anuncia el Evangelio con un lenguaje de intimidad, en un evento místico que sucede en los apóstoles en nosotros, si nos dejamos invadir por el Espíritu de Dios.
Vayamos a revivir lo que entonces pasó, que pasa en medio de nosotros.
Jesús se apareció a sus discípulos y les dio la paz. No era un saludo de rutina, sino que, en verdad, entregaba el don supremo de la paz. La paz es el abrazo de Dios; es el supremo bien, porque es el conjunto de todos los bienes. Y esto es lo que el Señor, el Resucitado anuncia y entrega a su Comunidad, y con ella hoy a nosotros, porque pentecostés es un misterio que hoy queda actualizado. Pentecostés es el día de la Paz, abrazo de Dios.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Ya no se trataba de dar pruebas. Ese signo de Jesús, que bien podemos interpretarlo como signo sacramental, es un signo de apertura y donación. Era decirles: Acercaos, entrad; soy vuestro. Vuestra casa, a partir de ahora, va ser este atrio de mis manos abiertas para vosotros, y el santuario de mi corazón, en el cual podéis entrar y allí vivir. La vida divina de Dios en Jesús será nuestra vida: en ella respiraremos. El cuerpo santísimo de Jesús es el santuario de los cristianos. Jesús ah entrado con las puertas cerradas, y él abre una puerta nueva y una morada distinta y para siempre: su corazón.

5. Hay un nuevo signo corporal y sacramental. Jesús recoge el aliento de sus pulmones y lo exhala sobre ellos. San Juan nos había contado en otro pasaje cómo, cuando María de Betania, antes de la Pascua, ungió los pies del Señor, “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12,3). Ahora la Casa, pero la casa espiritual, que es la Iglesia, se impregna del aliento de una persona, Jesús, ye se Aliento, como en el día primordial de la creación, es el Espíritu. La Iglesia toda huele a Jesús, huele a Espíritu Santo, huele a Dios. Y nosotros nos dejamos embriagar de ese perfume que pasa a nuestros pulmones.

Recibid el Espíritu Santo, dice Jesús. Donde está el Espíritu santo estará la santidad de Dios; por ello, con el don pleno del Espíritu, Jesús entrega el don de perdonar los pecados.
Jesús nos ha entregado con el Espíritu la gracia de Dios, la amistad divina.
¡Qué hermosa es esta doctrina que luego los apóstoles van a desarrollar”. San Pablo nos explica:
“A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,7. 12-13).

Grabemos esta frase de la lectura de hoy: Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.
Ese Espíritu lo bebemos en la Eucaristía, hermanos.

6. Día de Pentecostés, solemnidad suprema de la Pascua. Oremos, contemplemos, gocémonos en estas realidades, que no tienen nombre adecuado en la tierra, y sin embargo son para la tierra.
En lo más auténtico y sincero de nosotros mismos dejémonos llenar del Espíritu Santo. San Francisco puso en la Regla y Vida para sus hermanos: “Sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu de Dios y su santa operación”.
¡Espíritu creador, Espíritu de Jesús, Espíritu, supremo don del Padre, ven a nuestros corazones y llénanos con tu presencia! Amén.

Quito, 24 mayo 2012.

En la sección de PACUA (mercba.org / Rufino María Grández) se puede ver los himnos para la solemnidad de Pentecostes


Espíritu entrañable, alto silencio

1 comentarios:

olguita dijo...

CON ESTE TEXTO RECORDE QUE DIOS ESTA EN NUESTRO CORAZON Y MIENTRAS PALPITE EN ESTE CUERPO ESTAREMOS SEGUROS QUE SU PRESENCIA NOS LLENARA DE VIDA Y EN LA EUCARISTIA ENCONTRAR LA PAZ Y LA GRACIA DE DIOS.

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