viernes, 1 de junio de 2012

239. Dios es Trinidad: relación, comunión, amor


Homilía sobre el Evangelio de Mt 28,16-20

En aquel tiempo o los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos,  Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos,  el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos».




Hermanos:
                                                                                                           
1. Hoy es el Domingo de la Santísima Trinidad. Algunos pueden pensar: Si hoy es la fiesta de la Trinidad, es el día más grande del año, porque la Trinidad es lo más sublime y sagrado que creemos los cristianos y de la Trinidad viene todo: el misterio de la Encarnación, el misterio de la Cruz y de la Resurrección, el misterio del Pentecostés y del Espíritu Santo, y, en fin, el misterio de la Iglesia.
Este pensamiento grandioso, en realidad, es erróneo. Hoy no es la fiesta de la Trinidad, como tampoco Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Si así lo fuera el Padre Dios se quedaría sin ninguna fiesta, lo cual sería una injusticia fatal.
La fiesta central del año, la fiesta de las fiestas, es la Pascua, la santa Resurrección del Señor, fiesta que dura cincuenta días, coronados con la manifestación de Pentecostés.
En realidad, no celebramos la fiesta de la Trinidad. La  Trinidad no necesita ninguna fiesta. La celebramos todos los días y varias veces al día, desde el momento que, al empezar la misa y otros actos, decimos, haciendo la señal de la Cruz: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es, sí, el Domingo de la Trinidad, por cuanto que en este domingo se nos invita a reflexionar en el misterio infinito de Dios. ¿Quién es realmente Dios para nosotros, cristianos, que lo confesamos según lo que Jesús nos ha enseñado? Dios es misterio infinito, y para balbucear alguna palabra, decimos: Nuestro Dios, el Dios de las santas Escrituras, desde el principio al final de la Biblia, Dios es personal, Dios es relación, Dios es comunión, Dios es amor, Dios es amor desbordado, Dios es vida de amor, historia de amor. Eso es la Trinidad.

2. La puerta de acceso a la Trinidad es Jesucristo. En el momento en que a los humanos se le dio el verdadero conocimiento de Jesucristo, se le dio la Trinidad. Apareció que el Padre de Jesús, era el Padre Dios, origen de todo y creador del mundo. Y se descubrió que el Espíritu que actuaba en la vida de Jesús era ni más ni menos que el Espíritu de Dios, era el ósculo de amor del Padre y del Hijo, era el fruto de la Trinidad, la ultimidad de Dios, la belleza sustancial de Dios, que ningún pecado pueda manchar.
Al descubrir la divinidad de Jesús, se descubrió que Jesús, el Hijo amado de Dios, era el Dios inmanente del hombre, que está en el centro  de mi ser. Se descubrió que la inmanencia de Dios en el fondo del ser es la misma inmanencia de la Trinidad en mi corazón.
El ser humano ha sido divinizado, y es portador de Dios hasta pasar la barrera de este mundo. Yo, criatura en medio del mundo, soy el sagrario de Dios, la morada de Dios. “He hallado mi cielo en la tierra – decía la carmelita sor Isabel de la Trinidad (hoy beata Isabel de la Trinidad) – porque el cielo es Dios, y Dios está conmigo”. Se trata de esa verdad de fe de nuestra religión que llamamos “la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia.

3. ¿Qué dicen, pues, los textos evangélicos?
El Evangelio san Mateo nos presenta la última aparición de Jesús y en ella el misterio de la Trinidad. Los discípulos fueron al monte que Jesús les había indicado.
Jesús se aparece en una montaña. Jesús es el Sinaí de los hombres; es la montaña de paz que vio Isaías, hacia la que confluyen todos los pueblos. Jesús es la montaña de Dios, la cima de mi vida.
Al verlo, los discípulos se postraron, rindiendo su adoración. Pero algunos dudaron, porque la vida ha sido, es y será misterio. Y humanamente hay razones para dudar de lo más sagrado. No dudar no es mérito; es gracia que Dios concede. Y por ello tenemos que tener respeto y comprensión de los que dudan, incluso siendo discípulos, de aquellas personas que, según confiesan, tienen más incertidumbres que certezas.
Y Jesús, que es el Dios de la Encarnación, se acerca a ellos, como hoy se acerca a nosotros. Este acercarse de Jesús es la venida permanente que tiene llegando a nuestros corazones. Les dice que se le ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Jesús es la toda salvación de Dios para todos los hombres; es el anillo de Dios con el universo y el abrazo del Padre para todas las criaturas, abrazo que nosotros, al sentirlo, nos estremece con la ternura de Dios, porque Jesús ha sido, es y será el “Dios con nosotros”.
Se me ha dado pleno poder; por eso, haced discípulos a todos los pueblos. No es fanatismo, hermanos; no es imperialismo de alguien que jamás ambicionó poder alguno en esta tierra. Es el celo de un hermano que quiere que todos los pueblos reconozcan a ese Dios de amor, que es el único Dios que existe y vive.

4. Y el último don que Jesús tiene que darnos es el don de Dios mismo, el Dios viviente y verdadero que es Dios-Trinidad. El bautismo no es más que la donación Dios: del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Nosotros, poseyendo a Dios, tenemos el secreto de la vida, y la esperanza y la rotunda seguridad.
Al pronunciar las tres palabras juntas, que no las queremos separar ni por una coma – el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo – estamos diciendo que Dios ciertamente es persona, pero una persona tan singular que no existe una sin la otra, y que no actúa ninguna sin la otra. El Dios interpersonal, ante el cual adora la filosofía, es uno y es trino. Dios es relación, Dios es comunión, Dios es donación; donación en la intimidad de sí mismo y donación que es desbordamiento de amor hacia el mundo.
Si aceptamos a este Dios viviente, ¡qué chiquitos y hasta ridículos nos parecen nuestros más graves problemas!
La dimensión de nuestra vida la debemos tomar de Dios: ver que toda criatura arranca de Dios y vuelve a Dios.

5. Jesús pone su firma, que es su presencia vital: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.
La presencia dinámica de Jesús día tras día, todos y cada uno de los días hasta que el mundo se acabe, sin que nadie sepa cuándo ni cómo, esa presencia de Jesús, rostro esplendente de la Trinidad es la serenidad de nuestra vida, y el futuro perfilado de la Humanidad.

Mis hermanos ¡cómo deberíamos grabar en el corazón estas firmes convicciones…!
Que la Trinidad no es abstracción, sino realidad y presencia.
Que la Trinidad no es una verdad filosófica, sino historia de amor.
Que la Trinidad no es la in finita lejanía de Dios solitario más allá de todas las galaxias por descubrir, sino el Dios cotidiano, el Espíritu derramado por el cual somos hijos de Dios, la compañía cotidiana de mi intimidad y mi diálogo.
Sublime Trinidad de adoración y Dios esponsal que arrebata todos los amores.
Esa es la Trinidad; ese es el Dios de la fe, que con un lenguaje siempre inacabado nos presentan las santas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento.
¡A ese Dios derramado sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 1 junio 2012 (memoria de san Justino).


Nos remitimos a los Himnso que hemso compuestos para adorar el misterio de la Trinidad (para el segundo y tercero ir bajando en la misma página): Misterio original, final misterioDivinas Tres Personas que sois uno;; Es Trinidad.

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