miércoles, 6 de junio de 2012

240. Corpus Christi y la nueva “primavera eucarística”

Meditación eucarística
para derramar todo el ser en la presencia del Señor




Hermanos:

1. Mañana es Corpus Christi. Abro la agenda litúrgica aquí donde estoy (México), y encuentro este aviso: “Por disposición de la Santa Sede, debe haber en el calendario de cada país cuatro fiestas de precepto que habitualmente no caigan en domingo. En México son: Corpus, Guadalupe, Navidad y Santa María Madre de Dios”.
Mañana es Corpus Christi, una fiesta de homenaje y de adoración a Jesús. Cuántas veces he pensado que el Corpus es una fiesta de “supererogación”, porque es un mero capricho de amor. Acaso un teólogo y un liturgista, con razones brillantes, pueda decir: ¿Y para qué? Si la Eucaristía es fiesta por sí misma cada vez que la celebramos, cada domingo, incluso cada día…
Es que el corazón tiene razones que la razón no comprende, como dijo Pascal, siglos después, hablando no precisamente de esto. Y hubo un gran teólogo, Tomás de Aquino, que por encargo del Papa escribió un himno, una ritmo jubiloso – Adoro te devote – para esta fiesta, que nacía, incluso todo el oficio.

2. La fiesta del Corpus nos sumerge en un clima de meditación y de dulce adoración del cuerpo santísimo del Señor. Vuelvo sobre antiguos pensamientos míos que alimentaron mi corazón y en su día traté de compartir:
“¿Qué es la Eucaristía?, se preguntaba la Iglesia mientras va caminando entre los hombres, pensando con el pensamiento de las épocas, sintiendo con los dolores y gozos de cada generación. La respuesta complexiva nos desborda. Porque la Eucaristía es Presencia, es Sacrificio, es Acción de gracias o ‘Eucaristía’, es Memorial, es Actualización, es Escatología, es Cena y Banquete, es Comunidad-Iglesia, es Compromiso por ser Muerte por el mundo… La Eucaristía es, en suma, cuerpo de Cristo.
Al cuerpo de Cristo viene a parar la historia de Israel y la breve historia de Jesús en su paso por nosotros; y desde este cuerpo se abre la nueva historia, el mundo que viene, en el que ya estamos. La teología del cuerpo de Cristo es sin más la teología de la historia. En ese cuerpo se concentra la historia: el cosmos que surge gratuitamente por voluntad de Dios (sólo la fe nos descubre la comparecencia del mundo), la historia de la humanidad doliente, la espera del hombre que, por instinto del Espíritu, aguarda un destino en Dios…”

2. La fiesta del Corpus tiene razón por sí misma, sea cual sea su origen en la Iglesia, un sentido que se justifica por la teología eucarística de la adoración. Benedicto XVI contempla en la Iglesia el amanecer de una primavera eucarística: “Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento” (en la audeincia que a continuación citaré).
Tiene sentido esta fiesta por sí sola, pero es emocionante conocer cómo nació, porque esta y tantas cosas bellas han sido por obra de una mujer. Recordarán que en las catequesis de las audiencias de los miércoles el Papa, estos últimos años, ha rescatado a unas grandes mujeres de la Edad Media, nombres que casi se diría que antes estaban reservados a los estudiosos de la historia de la espiritualidad. Pero el Papa ha considerado que el conocer estos nombres y estas vidas es patrimonio vital de todo cristiano adulto que siente humilmente el orgullo de pertenecer a la Iglesia santa a la que pertenecemos. El 17 de noviembre de 2010 hablaba de esta santa que está en el origen de esta fiesta: santa Juliana de Cornillon.
Si quien lee o escucha estas páginas es una hermana o un hermano de la familia franciscana, le diré que la biografía de santa Juana de Cornillon coincide en años con la de santa Clara: Nació un año antes que ella; murió cinco años después (santa Clara en 1253; santa Juana de Cornillon en 1258).
Es tan hermosa y sencilla la catequesis del Papa, que me deleita volver a ella.

3. “Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por decirlo así, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí, antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad…”
Juliana creció y fue educada en un monasterio  “Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las de san Agustín y san Bernardo. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)”.
El Papa en su catequesis familiar nos ha contado la vida de esta monja virtuosa y tenaz que se sintió con esta vocación de adoración pública a la Eucaristía. Tras muchos recelos, incomprensiones e incluso persecución… vio cumplido su deseo.
“Fue precisamente el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Christi en su diócesis”.
“Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras del biógrafo, Juliana murió contemplando con un último impulso de amor a Jesús Eucaristía, a quien siempre había amado, honrado y adorado”.
El Papa Urbano IV, de tres breves años de pontificado, la estableció en la Iglesia en 1264; un año antes había ocurrido el milagro de Bolsena.

4. Fiesta del Corpus Christi, fiesta de adoración. ¿Qué es adorar, hermanos? Adorar es derramar el ser entero ante la presencia de Cristo, a quien amamos.
Solo el que ama puede adorar.
Solo el que ama fascinado puede adorar fascinado.
La adoración es una forma de contemplación en silencio. Adorar es estar recibiendo y entregando. El que adora recibe, escucha, acoge. Todo Dios en todo su misterio llega al corazón adorante, a la criatura, que ha nacido dispuesta para adorar y unirse con su Dios.
El Jesús a quien adoramos en el Santísimo Sacramento es todo Dios. Cuando estamos ante el sagrario, fijos los ojos en Jesús, nos dejamos seducir por ese Jesús del sagrario, que es el Jesús de los Apóstoles, el Jesús de los caminos de Palestina. El sagrario ha sido el hogar de muchas vocaciones.
Adorar a Jesús es hundir su mirada en él. Y mucho agrada a los jóvenes esta forma de contemplación. Por eso habló el Papa de una primavera eucarística.
Termino, hermanos, mi sencilla consideración con esa jaculatoria que millones de veces ha resonado en el corazón de los adoradores:
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Sea por siempre bendito y alabado! Amén.

Puebla de los Ángeles, miércoles 6 de junio de 2012.

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