jueves, 21 de junio de 2012

244. Esencias de santa Clara - 1 Un solo carisma


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 1
Un solo carisma


Mi querida Lidia:
Continuamos. Tras meses de silencio, continuamos. Nota al final.

En el Jardín de San Damián
Al abordar a Clara, en el Jardín de San Damián, a nuestra hermana Clara (nuestra Madre Santa Clara, dirás tú, sin que nadie pueda arrebatar de tus labios este privilegio), lo hago desde mi propio corazón pensante, con ese pensamiento amoroso, que es el único que da pureza, agudeza y fuerza..
Hay en mí un clamor callado, no por silencioso menos verdadero; no porque no salga y resuene al aire, menos armonioso. Te diré, de un golpe, como un Poeta que deja florecer sus íntimas verdades.
Clara es el soñado amor que uno quiere tener en la vida, lo que uno casi no se atreve a decírselo a sí mismo.
Clara es mi Azucena. La veo en un altar sencillo y campestre en medio de la fragancia del campo.
Desde el primer momento Clara ha enamorado a los hermanos. Fray Tomás de Celano, que tenía el alma como las cuerdas de un violín, ha tejido como un poema en alabanza a las Hermanas de San Damián, sin rubor de que la vanidad empañase a aquellas almas puras. En la Vita I de Francisco (1228) dice de Clara: “Noble por la sangre, más noble por la gracia. Virgen en su carne, en su espíritu castísima. Joven por los años, madura en el alma. Firme en el propósito y ardentísima en deseos del divino amor. Adornada de sabiduría y singular en la humildad: Clara de nombre; más Clara por su vida; clarísima por su virtud” (1Cel 18).
Las Florecillas (cap. 15) se han atrevido a imaginar un banquete celestial entre Francisco y Clara en la Porciúncula - una fantasía amorosa - cuando ardía toda la Porciúncula en una llamarada de amor.
Muy sencillamente Francisco escribió un poemita que hoy nosotros podemos disfrutar: Audite, poverelle... ¡Cuánta ternura, cuánto Evangelio en unas palabras traspasadas de candor!
Clara, sobre una biografía histórica innegable, bien documentada, viene a ser como una ensoñación o una sublimación en alas del amor. Si el amor, al hablar, no crease, se quedaría prisionero de sí mismo, y este amor comedido no sería el amor alado que llevamos dentro.


Una evocación: versos por santa Clara
Permite una evocación para entrar  en este Jardín de San Damián con poesía. Un jardín es un templo de poesía.
Clara es como una palabra que guardo escondida,  acaso como una crisálida, de la que nace la mariposa. He aquí el último Himno que he compuesto para celebrar a santa Clara, como al eco del 750 aniversario de su Tránsito, que movió tal oleada de cosas hermosas.

Encuentro matutino del amor
tu vida, hermana Clara, cual la mía:
un ímpetu que anhela y rasga el cielo
y emprende tras Jesús su travesía.

Pobreza es tu pureza, bella virgen,
pobreza es sólo Él en tus caricias;
pobreza es tu cantar de soledades
pues sólo Él, Jesús, es compañía.

Tu pecho, hermana, es tierno como un nido,
es todo para Él, a quien cobijas,
regalo que te da, virginidad,
al cálido vaivén de tus delicias.

Pobreza pura, el último misterio
de carne casta, rama florecida,
Clara, fontana fresca del amor,
resurrección de Cristo en esta vida.

¡Oh, quién pudiera en mí a ti encontrarte
oh, quién pudiera ver lo que uno ansía,
mendigo yo, oh Clara, de tu mano,
mendigo sin palabras si me miras!

¡Jesús, oh Dios, festín de enamorados,
belleza y paz, y luz de bienvenida:
a ti suba el incienso de los votos;
acéptalos, cual gloria que en ti brilla! Amén.


Por una revisión a fondo del Oficio de Santa Clara
Al escribir esta poesía (que un día entregué en Santa Verónica), también en aquella ocasión reflexioné sobre los desajustes que encontramos en el Oficio de Santa Clara, que merece otra cosa mejor, como bien patente está que toda la Liturgia de las Horas para la Familia Franciscana requiere una revisión a fondo. Me place traer aquí aquellas puntualizaciones.

Los textos bíblicos de las I y II Vísperas son textos del Antiguo Testamento, cuando ante el Magníficat sólo se lee actualmente el Nuevo Testamento.
 ¿Puedo decir yo, como antífona de Laudes: “La bendijo el Señor, y por medio de ella aniquiló a los enemigos”?
 Se introducen las preces de Vísperas dirigiéndonos al “Padre de las misericordias”, bella expresión querida por Clara; y luego... dirigimos las preces a Jesucristo. No es lógico.
 En Vísperas, en la prez por los difuntos, rogamos por “nuestros hermanos y hermanas franciscanos”. No es así: en Vísperas rezamos por todos los difuntos de la Iglesia, e incluso por todos los difuntos.
 Y hay otros interrogantes para los expertos: ¿Conviene que sea distinta la lectura del Oficio de lectura que hacemos la familia franciscana de la lectura del Oficio de toda la Iglesia? En el Oficio de san Francisco no ocurre tal.
Comparen también los expertos las antífonas en la solemnidad de santa Clara con las de la celebración de las santas vírgenes...
(Nota. Son observaciones hechas hace varios años).

Y tras esto, sigamos.
Mis reflexiones, amada hermana, giran en torno a la Regla de santa Clara, que tomamos con el alma de la vida clarisa. Y, al mismo tiempo, estas reflexiones tienen una orientación que afecta a cuanto quiero compartir contigo: son cartas de “un hermano menor” (que, en el caso, se llama Rufino). Pero, por el sentido crítico de la vida y de las situaciones que Dios ha puesto en mi mente, me pregunto en voz alta: Pero ¿tiene algo que decir un hermano menor a unas hermanas de santa Clara? Y mi respuesta es sencilla y total:
- Pues tiene tanto que decir como una hermana a un hermano.
Establecemos una ley de autoridad y una ley de reciprocidad. El carisma es uno, y la palabra, soporte natural del carisma, reposa en el hermano igual que en la hermana; en la hermana igual que en el hermano.             Soy consciente de que, hablando así, salgo del uso que ha prevalecido durante siglos. Los hermanos podían decir a las hermanas; las hermanos a los hermanos, no.

Pero también hay un matiz de consecuencias bien claras. No podemos intercambiar las palabras de un modo arbitrario. Es obvio que la Regla de santa Clara la deben comentar las Hermanas de Santa Clara, pues ellas son las que están viviendo, no los hermanos.
Y la verdad vital mana de la experiencia, no de los libros desempolvados - aunque, cierto, esté también allí, que son tesoros valiosísimos -, y lo femenino fluye de lo femenino. A Clara hay que leerla “con ojos de mujer”, y detrás de las palabras hay que captar lo que la intuición femenina está captando. De hecho, una regla dice cosas y sobreentiende otras, mas solo el que está dentro de la vida entiende lo que, sin decirse, está palpitando en la vida que se vive y que se quiere proyectar o - quizás, más bien - “significar” en una regla.


Tres argumentos convergentes hacia un solo carisma
Hay, a mi modo de ver, tres argumentos mayores, en la lectura de la Regla, que convergen  en este punto: Nuestro carisma es uno.  He aquí estos argumentos.

El primero. Hoy porfían los autores en decir que la Regla de santa Clara es Regla de santa Clara, no de ningún otro; que ella es la autora. Más aún, Clara es la primera mujer en la historia que escribe su propia Regla. ¡Enhorabuena, porque esto es un canto a la mujer!
Si esto es así - que lo admitimos - ¿por qué la Regla de santa Clara tiene doce capítulos, como la de Francisco? ¿Y por qué, sobre todo, calca y transcribe tantas frases y párrafos que ya estaban en al Regla de san Francisco? La respuesta se impone: porque Clara se siente al unísono con lo profundo de Francisco.  La Regla - diremos -, como el carisma, es una, si bien es diversas la proyección masculina y la femenina.
Se da por descontado de que la vida de plena consagración femenina es vida en reclusión, de ahí la clausura.
Otros dos aspectos habrá que aclarar, porque se muestran como desajustes de lo que vamos exponiendo. Hay dos palabras que no están en la terminología de los hermanos: abadesa y monasterio. Son conceptos jurídicos obligados del momento. ¿Habría preferido Francisco otros vocablos más afines con la sencillez de su ideal? Acaso. Pero, para dar respuesta a estas preguntas que no dejan de tener vivo interés, hay que tener más conocimiento del alma de los documentos medievales. El nombre de “Abadesa”, que en la tradición franciscana es más de oficio que de vida, lo usan tanto el Papa que aprueba la Regla, Inocencio IV, como el cardenal a quien se transmite la autoridad pontificia, Rainaldo.

El segundo argumento que apunta hacia ese solo carisma  de la misma familia - hermanos y hermanas - es el hecho de que Clara expresamente dice de Francisco que es el que instituyó esta forma de vida para las hermanas, y que él es, en sentido fuerte, el “benditísimo padre de esta plantita”.
Así pues, el fundador de la Clarisas es el bienaventurado Francisco (esto es, beatus Franciscus, que se puede traducir simplemente por: san Francisco), no Clara. Francisco es el fundador, Francisco es el autor de esta vida, que, ciertamente, ha recibido de Jesús.
Estamos leyendo simplemente el capítulo primero.

Y un tercer argumento es el siguiente: que Clara promete obediencia a Francisco.  Es una obediencia espiritual que otorga, sin duda, a Francisco no solo una autoridad carismática, sino una autoridad de decisión, si el caso lo requiere.
Hoy de ninguna manera una hermana pobre de Santa Clara puede prometer obediencia al Ministro General de los Hermanos Menores, en cualquiera de sus tres designaciones.


En suma: lo mismo que a ellos
El hecho más elocuente de este único carisma podemos verlo en aquel pequeño escrito de Francisco que Clara incluye en el cofre de su Regla: “Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio,  quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud” (Regla VI,3-4).
Y a renglón seguido remarca: “Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso que sus hermanos hiciesen siempre lo mismo” (v. 5).
Promesa sorprendente de san Francisco, porque sus palabras, leídas con el rigor propio de lo que significan, está equiparando a hermanos y hermanas en una misma entrega de su parte. Francisco sabía perfectamente que su presencia y su palabra eran la salvaguarda segura del ideal.
Y sorprendente también el recordatorio de santa Clara: Francisco cumplió su palabra, Francisco quiso que también sus hermanos la cumplieran


Via amoris
Lidia, me parece que lo que vamos diciendo es bastante obvio; fluye como el agua que sale del manantial. Parece que, de acuerdo a estas palabras fundacionales, leídas “sin glosas”, hermanos y hermanas deberíamos ser simplemente hermanos, en una grata sinfonía sin recelos, con fragante acogida.
La realidad cotidiana es bastante distinta. La ascética levanta al punto un velo de separación, y se va imponiendo una praxis de cautela y reserva... Todo el ambiente lo propicia y las leyes canónicas lo sancionan desde el mismo nacimiento de la Regla franciscana: “Los hermanos no entren en monasterios de monjas. Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan sospechoso trato o consejos de mujeres; y que no entren en monasterios de monjas, fuera de aquellos hermanos que tienen una licencia especial concedida por la Sede Apostólica...” (Capítulo XI). Y las fuentes biográficas se mostrarán muy advertidas para decir que Francisco a ninguna mujer miraba a la cara: solo a tal y tal... “Una vez llegó a decir al compañero: "Carísimo, te confieso la verdad: si las mirase, no las reconocería por la cara, si no es a dos. Me es conocida ‑ añadió ‑ la cara de tal y de tal otra; de ninguna más" (2Cel 112).
Acaso fuera así..., pero sentimos como si algo se nos rompiera... En el mismo capítulo, tan moralizador, Celano insiste, contando un devoto episodio: “...En cuanto lo oyó, ella, con una hija virgen consagrada a Dios, corrió a donde el Santo a llevarle lo que necesitaba. Mas el Santo, reanimado algún tanto con la refección, a la recíproca, confortó él a madre e hija con la palabra de Dios. Pero mientras les hablaba no miró a la cara de ninguna de las dos. Cuando ellas se fueron, el compañero le dijo: "Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa que ha venido a ti con tanta devoción?" El Padre le respondió: "¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo? Porque, si los ojos y la cara dan expresión a la predicación, ella tenía que mirarme a mí y no yo a ella" (2Cel 114).
No imaginamos que Jesús negara sus ojos llenos de ternura a aquellas mujeres que se le acercaron. Cierto, que no se puede sostener el diálogo con la Samaritana con los ojos bajos por la modestia... Y el evangelista es testigo de la sorpresa: ¡A solas hablando con una mujer!
¡Cuánta maldad hay en nuestro corazón para ser nosotros malos y para pensar que los demás son, al menos, tan malos como yo y cercar la vida de tantas precauciones! ¡Qué pena! ¡Cuánta maldad para no pensar que el cuerpo purísimo de Jesús hace posible el encuentro del hombre con la mujer, corazón a corazón!
No nos engañemos: el hombre impuro, mirando o sin mirar, apetecerá la impureza; el puro con su mirada santifica. Una mirada de amor es lo más hermoso que puede entregar el hombre... El Señor nos guarde el corazón. Sólo él puede guardarlo; no ninguna ley.

No existe una vía jurídica que vincule a las dos entidades para que una esté sometida la otra en algo... Cada cual es familia independiente; diríamos que, en lo jurídico, caminamos por vías distintas, si bien sean paralelas.
Meditando en el sentido que mana de la Regla no parece que la solución buena se haya conseguido en el decurso de los siglos. Opinamos con humildad (y diremos que con valentía) que la solución está pendiente. Acaso tengamos que recorrer todo un camino, no ya en la familia franciscano-clariana sino en la misma teología eclesial, para llegar al verdadero punto de encuentro que se inspira en los orígenes.

No existe hoy la vía institucional adecuada; existe, sí, otro camino de encuentro: una via amoris que abre el Espíritu del Señor. Nada impide el crear lazos de profunda amistad entre ambas familias, como familias hermanas.
(Nota aclaratoria: El Asistente Religioso no es el representante de la Orden en favor de las Hermanas; es el Representante de la Iglesia. Por ello, podría ser sacerdote de otra familia religiosa o del clero diocesano.
El Delegado del Ministro General él, sí, es Representante de la Orden, pero el Ministro general no puede otorgarle poderes institucionales que él, actualmente, no posee. Su autoridad no es otra que la que se deriva de una mutua confianza previamente aceptada).

Por esta via amoris nuestra comunión, fuera del encaje institucional, puede hacer estrechísima. Teresita del Niño Jesús ha cautivado a muchísimos corazones masculinos y femeninos, que han entablado con ella un misterioso parentesco; y en vida tuvo dos hermanos espirituales.
Cuando uno lee a alguien que le gusta, se mezclan ideas, sentimientos y afectos, y ese mundo, que soy yo, hasta en sueños puede crear mis ámbitos de comunión. Nadie me lo puede impedir, y sólo Dios conoce la sinceridad de mi corazón y los secretos amores que fecundan mi vida. El ser humano ha nacido para una simbiosis en el amor, y el amor es inteligencia y fuerza. Sin un inmenso amor la inteligencia queda obtusa.
     

Un proyecto común
Descubrir a santa Clara - redescubrirla con la fascinación  que produce - es volver al centro de nuestra espiritualidad franciscana, al carisma que el Señor ha otorgado conjuntamente a Francisco y Clara.
Clara se siente que es nadie sin Francisco; pero... ¿y Francisco sin Clara, en el proyecto que Dios tiene en su Iglesia?
Este encuentro de Francisco y Clara nos lleva serenamente a determinada posición de pensamiento:
1) Francisco tiene mucho que dar a Clara.
2) Por Providencia divina, Clara otro tanto que dar a Francisco.
Quizás esto no se vio en la primera hora, cuando nacía nuestro carisma. Lo vemos mejor hoy, cuando la Iglesia percibe con más afinamiento la función maternal de la mujer en la Iglesia.

Por fidelidad a un carisma único Clara es la madre de la Orden franciscana, y la Hermana Pobre de santa Clara debe heredar las mismas entrañas maternales de santa Clara.

Mi querida Lidia, os necesitamos; te necesito. Seguro que más de lo que tú piensas de mí.
Te necesito, si has de ser una buena clarisa capuchina, si he de ser un buen hermano menor capuchino.

 (Y de paso: Tengo cierto reparo por las personas estas reflexiones, que podrían considerarse de una mística vaporosa..., resbalosa..., peligrosa... Pero, ya sabes, el filo de la verdad es muy agudo y cortante, y las verdades fecundas suelen ser peligrosas. Pero sigamos).

Los hermanos menores tenemos una función de gran responsabilidad frente a la salvaguarda de ese patrimonio común, base de nuestra Regla. Diré algo.
Los hermanos menores, con frecuencia, vivimos junto a los libros, estanterías que son talleres de pensamiento. Sin libros, imposible haber rescatado la pureza de nuestra espiritualidad. Los libros son arcas de viejos tesoros. No podemos despreciarlos. Sin libros, sin teólogos, no se habría hecho el Concilio, que ha sido un vendaval del Espíritu.
Y la espiritualidad franciscana necesita libros, que también son vida. Hoy también las hermanas están llamadas a la instrucción especializada de nuestras cosas de familia. Sería gran torpeza pensar que ellas son menos inteligentes y hábiles para ser doctoras de lo que a ellas y a nosotros nos interesa.
Pero..., bueno..., no obstante, todavía esta tarea profesional queda, más fuerte, en nuestras manos.

Con todo, el don del silencio, que parece más propio del Jardín de San Damián ha de encontrar la palabra adecuada y la gracia de la buena literatura para que por labios y pluma de mujer se trasvase a nosotros, varones, esencias de un carisma cuyos aromas vosotras - Lidia querida - percibís. Hay tesoros que solo como mujeres nos habréis de entregar. Y es una misión de cara a esto que vamos compartiendo.

Verónica Giuliani es una montaña altísima que nos abruma... ¡Ah!, si yo hubiera sido su director espiritual (compréndeme, Lidia) para decirle: Y ahora esos millares de páginas resúmelas en 200, con la mayor gracia y sencillez que puedas, para que tus hermanas puedan leerte. Que si no, tu sabiduría se queda en los estantes...

Sí, mi querida hermana: si nuestro carisma es uno, es simultáneamente recíproco. Yo tengo una palabra para ti; tú tienes una para mí. Démonosla mutuamente con mucha sencillez y amor.

Aquí comienza la Regla la “Forma vitae Ordinis Sororum Pauperum, quam beatus Franciscus instituit, haec est: Domini Iesu Christi sanctum Evangelium observare...”
Seguiremos otro día.
Un abrazo


Tres Ojitos (junto a Ciudad Madera), Chihuahua, 20 de febrero de 2007, martes precedente al Miércoles de Ceniza


NOTA para mis hermanas capuchinas
Sobre el “género” de las Cartas a Lidia recordamos lo siguiente. Las CARTAS A LIDIA (en referencia a la primera mujer cristiana de Europa Hech 16) son los últimos números de Lectio divina 2003-2004: En el umbral de la Eucaristía (12/V///2004); Venid, adoremos al Señor: Liturgia de las Horas y Eucaristía (21/VII/2004); Sobre el asombro ante el misterio (21/VII/2004); Gloria in excelsis Deo: “...todo honor y toda gloria. Amén” (29/VII/2004). Y una serie de “Coloquios espirituales” del curso sucesivo: El epitafio de san Francisco (23/IX/2004); El epitafio del Padre Jaime (10/X/2004); El Congreso Eucarístico, una oleada de amor (17/18 octubre 2004);  Ante la fiesta de Todos los Santos: Sobre el cielo...y las Santas capuchinas (29/X/2004); La Presentación de María (20/XI/2004­); Dominus flevit (Lc 19,41): Sobre las lágrimas de Jesús, puerta de su santa e insondable humanidad, y sobre el borriquillo que llevó a Jesús (24/XI/2004); Navegando por el misterio de la vida (Meditación a los 68 años) (dic.2004); Del amor y la amistad (13/II/2005); El Soñador: Pascua 2005, (27 marzo 2005); La alegría pascual en la vida del Padre Pio (Rescate de una entrevista del P. Jaime Zudaire) (12/III/ 2005); Memoria y herencia de Juan Pablo II (Ante el cuerpo yacente de Juan Pablo II) (5/IV/2005); El corazón, confín de Dios y su divina Morada   (2/VII/ 2005); 2005-2006: Crónicas del corazón (sept. 2005); Adiós, con el morral de la verdad, la palabra y el amor (26/VI/2006.) 

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;