jueves, 21 de junio de 2012

245. Esencias de Santa Clara - 2 Franciscana, hermana, pobre


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 2
El Perfil:
franciscanas, hermanas, pobres



Querida Lidia:
En años recientes ha salido al mercado esta palabra: “el perfil”, que viene a ser el retrato que uno presenta cuando aspira a un oficio, o cuando quieren darle a conocer. El perfil, así usado, es el conjunto de rasgos que definen mi identidad: tengo tantos años, casado/soltero, he cursado tales estudios, mis gustos y preferencias son estos. De una manera más ordinaria se puede decir, como a la antigua, ficha personal. Pero “el perfil”, aparte de ser más poético, es más sugerente.
Pues, tomando esta cultura, vamos a ver cuál es el perfil de la Hermana Pobre que Clara dibuja en el primer capítulo de su Regla. Porque de aquí podemos sacar el perfil, esos rasgos distintivos que diseñan inconfundiblemente a Clara y a sus hermanas.


El heptagrama de Celano

Fray Tomás de Celano, con quien creo sentir una cierta afinidad - para consuelo mío - pues quisiera tener, como él, tres notas: espiritualidad, literatura y cultura, pintó el convento de San Damián con siete rasgos. Vendría a ser no un eneagrama - clave mágica de la psicología de hoy - sino un heptagrama. Acaso tenga su intención de que el número sea precisamente “siete”, y no seis. Siete es un número místico de perfección.
Me refiero a aquella página escrita por el ilustre hermanos en la Biografía oficial de al canonización de san Francisco (1228), que ya mencionábamos en la carta anterior. Habla, en concreto, “de cómo reparó (Francisco) la iglesia de San Damián y del tenor de vida de las señoras que moran en aquel lugar”.
Y después de haber tejido el elogio de Madona Clara, prosigue con la impresión que él tuvo del protomonasterio, que viene a ser el espejo para todas las hermanas de la misma familia, que ya comienzan a multiplicarse”.
Antes de nada y por encima de todo, resplandece en ellas la virtud de una mutua y continua caridad, que de tal modo coaduna las voluntades de todas, que, conviviendo cuarenta o cincuenta en un lugar, el mismo querer forma en ellas, tan diversas, una sola alma.
En segundo lugar, brilla en cada una la gema de la humildad, que tan bien les guarda los dones y bienes recibidos de lo alto, que se hacen merecedoras de las demás virtudes.
En tercer lugar, el lirio de la virginidad y de la castidad en tal forma derrama su fragancia sobre todas, que, olvidadas de todo pensamiento terreno, sólo anhelan meditar en las cosas celestiales; y de esta fragancia nace en sus corazones tan elevado amor del esposo eterno, que la plenitud de este sagrado afecto les hace olvidar toda costumbre de la vida pasada.
En cuarto lugar, en tal grado se hallan todas investidas del título de la altísima pobreza, que apenas o nunca se avienen a satisfacer, en lo tocante a comida y vestido, lo que es de extrema necesidad.
En quinto lugar, han conseguido la gracia especial de la mortificación y del silencio en tal grado, que no necesitan hacerse violencia para reprimir las inclinaciones de la carne ni para refrenar su lengua; algunas de ellas han llegado a perder la costumbre de conversar, hasta el extremo de que, cuando se ven precisadas a hablar, apenas si lo pueden hacer con corrección.
En sexto lugar, en todo esto tienen tan maravillosamente adornadas de la virtud de la paciencia, que ninguna tribulación o molestia puede abatir su ánimo ni aun inmutarlo.
Finalmente, en séptimo lugar, han merecido la más alta contemplación en tal grado, que en ella aprenden cuanto deben hacer u omitir, y se saben dichosas abstraídas en Dios, aplicadas noche y día a las divinas alabanzas y oraciones” (1Cel 19-20).


La mutua y santa caridad
Celano no es el profesor que entra en la palestra: ¿Cuál es el rasgo específico que contradistingue a la clarisa de cualquier otar consagrada? Celano simplemente narra; toma la foto de lo que ve; habla “de conversatione Dominarum in eodem loco”, del modo de vivir y comportarse aquellas Madonas en el mismo lugar. Y nos da como una primera característica lo que habría de anotar cualquier otra comunidad ideal: la caridad, con dos epítetos que la hacen perfecta:
- caridad mutua,
- caridad continua.
La caridad está por encima de todo. No es carisma, en el esquema paulino; es un “camino más excelente”; es - todo lo más - un supercarisma, asequible a todos y necesario para todos, porque las expresiones que anota Pablo son las cotidianas del diario vivir.
Lo difícil de la caridad es que sea “constante”. Esto es lo que le hace ser un cántico heroico de amor.
Aceptando esto, que es básico, esencial, insustituible..., lo más precioso de todo, no diremos, sin embargo, que es el rasgo típico de la hermana de santa Clara.
Ahora bien, todo lo demás sin esto sería nada, recordando a san Pablo: sonido hueco.


La “santa unidad” en la “suma pobreza”
Pasando a un terreno más directamente teológico, nos interesa ver con qué precisión, el cardenal Rainaldo presenta la bula pontificia de Inocencio IV, que contiene la Regla de santa Clara.
Dice: “Vosotras, amadas hijas en Cristo, despreciasteis las pompas y placeres de este mundo y decidisteis seguir las huellas (cf. 1Pe 2,21) del mismo Cristo y de su santísima Madre y elegisteis vivir encerradas y servir al Señor en suma pobreza para daros a Él con plena libertad del espíritu. Nos, alabando ante el Señor vuestro santo propósito, acogemos de muy buen grado y con afecto paternal vuestros votos y santos deseos. Por lo que, inclinados a secundar vuestros piadoso ruegos, con la autoridad del señor Papa y nuestra, confirmamos para siempre y en virtud del presente escrito corroboramos, en favor vuestro y de cuantas os sucedieren en el monasterio, la forma de vida y el modo de santa unidad y altísima pobreza (cf. 2Co 8,2) que tanto de palabra como por escrito os enseñó a observar el bienaventurado padre san Francisco”.
En este escrito que introduce la Regla hallamos, como piedras bien talladas, estas expresiones:
- seguir las huellas de Cristo
- suma pobreza
- santa unidad
- altísima pobreza.

El Cardenal protector ve, ante todo, que el motor que desencadena la forma de vida es un absoluto: el Evangelio, dicho aquí con esta frase de Pedro (referida a la pasión de Cristo), frase que agradaba tanto a Francisco, a juzgar por las veces que recurre a ella: seguir las huellas de Jesús, seguir sus huellas: sequi eius vestigia.
Lo que quiere el hermano menor Francisco, lo que quiere la hermana Clara es simplemente esto: seguir las huellas de Jesús. ¿Cómo? Él lo dirá.

Y efectivamente lo dice con una palabra grávida: la suma pobreza, la altísima pobreza.
¡La pobreza! Aquí tocamos la esencia. Aunque hablemos de “virtud” de pobreza, la pobreza - en la perspectiva franciscana - no es virtud: es todo un modo de haber concebido el misterio de Cristo y adherirse a él en un despojo total. Es el mysterium paupertatis. La pobreza franciscana se entiende desde la perspectiva de la mística, no desde la ascética; se comprende, más bien, desde el desnudo Crucificado que desde la legítima teología de la liberación, que clama justicia por el pobre; desde el Esposo en cruz más bien que desde la solidaridad y el compartir con los pobres, aunque sean todas ellas vivencias que debamos integrar.


Trilogía del carisma de la clarisa

A mi modo de ver, la clave de la espiritualidad de santa Clara puede compendiarse en tres palabras:
- ser franciscana
- ser hermana
- ser pobre.

Yo creo que es la esencia, si analizamos cuidadosamente el capítulo primero de la Regla, donde están las bases.

Sería un éxito para concentrar nuestra espiritualidad poder llegara fórmulas sencillas, transparentes y vivas.
Para nosotros, varones, el binomio que formula nuestro carisma específico está en el título de la regla: “Regla de los hermanos menores”.
- Ser hermanos
- ser menores: Esto es todo.
Acaso san Buenaventura tuviera otros modos de decir: El Crucificado, desnudo y pobre.
Cuando en España celebrábamos el IV Centenario de la muerte de santa Teresa de Jesús, un carmelita, Tomás Álvarez, eminente teresianista (y exquisito literato, según la buena tradición carmelitana), nos definía así, en tres palabras, el ideal que movió a doña Teresa de Ahumada a dejar el convento de la Encarnación e iniciar al Reforma en el palomarcico de San José: “pocas, pobres, definidas”.
Pocas: En la Encarnación había no menos de 160 monjas, y, sin duda, que entre ellas, también las había de gran perfección, santas; pero la Reforma pedía otro estilo. Pocas: es decir, casas de 12. (Con el correr del tiempo se permitió hasta 21, luego hasta 25...).
Pobres, con lo que esta palabra significa. Doce pueden ser pobres con lo que todo el mundo entiende; 160... quizás no.
Y definidas: saber qué queremos y cómo lo queremos.
Así nació la Reforma del Carmelo, valientemente llevada a cabo por brazo de una mujer.
En el inicio del carisma de Clara las cosas, por la luminosidad de Francisco, por la consagración virginal de la joven, transida de amor, están limpias y definidas por el instinto del Espíritu.


Ser franciscana
Aquí “ser franciscana” significa algo muy pequeño, muy singular, muy profundo. Es sentirse una con Francisco por impulso del Espíritu. Lo cual para nada significa dependencia, sino otra cosa: sintonía.
Esta sintonía llega a unos extremos que requiere un lenguaje... de iniciados. ¿Cómo se pudo escribir aquello que declaró sor Felipa en el proceso de canonización de Clara, cuando a los pocos meses de la muerte de la Madre se pidió declaración de las hermanas?
“Sor Felipa, hija de messer Leonardo de Gislerio, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuatro años después de la entrada de santa Clara en religión por la predicación de san Francisco, entró en la misma también la testigo, porque la predicha santa le hizo meditar cómo, por la salvación de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo soportó la pasión y murió en la cruz. Y así, la testigo, compungida, decidió entrar en religión y hacer penitencia juntamente con ella. Y permaneció con la dicha madonna Clara desde entonces hasta el día de su muerte, unos treinta y ocho años” (Proceso, testigo III).
Esta sor Felipa contó lo siguiente: “Contaba también madonna Clara que una vez, en visión, le había parecido que llevaba a san Francisco una vasija de agua caliente, con una toalla para que se enjugara las manos. Y subía por una alta escalera; pero caminaba con tal agilidad como si anduviese por suelo llano. Y, cuando llegó junto a san Francisco, el santo sacó de su seno una tetilla y le dijo a la virgen Clara: "Ven, toma y mama". Y, cuando hubo sorbido, el santo la animaba a chupar otra vez; y al sorber, lo que de allí tomaba era tan dulce y grato que no podía expresarlo de ninguna manera.
Y cuando se sació, la redondez o boca del pecho de donde salía la leche quedó entre los labios de Clara; y, al tomar ella en sus manos lo que se le había quedado en la boca, le pareció un oro tan claro y brillante, que se veía toda como si fuera en un espejo” (Proceso, testigo III, 29).
Digan los psicoanalistas sus opiniones... La cosa es más sencilla: es muy espiritual..., es divina... Por eso, callen las palabras.
Entre Francisco y Clara se dio una simbiosis de vida, algo que obró el Espíritu Santo como don suyo. Por eso será mejor que callen las palabras.
Nosotros simplemente daremos explicaciones eruditas, o incluso podremos poner en verso nuestros ideales y aspiraciones, pero la realidad que existió, que está en el fondo del carisma, fue muy sencilla y del todo de Dios.
Recuerdo que, al poco de llegar yo a México, compuse unos versos que me place traer aquí pues tratan de esta conjunción espiritual de ese que dijimos que es nuestro único carisma.

Francisco y Clara juntos, alma y alma,
unida la Oración y la Palabra;
un solo corazón que se dilata,
un único carisma por la gracia.

Francisco en un espejo se retrata,
y Clara es su plantita delicada;
no existe el pobrecillo sin la hermana,
sin él la flor nacida fuera nada.

Y en esta comunión de regla y vida
queremos ser nosotros su familia,
en oración callada y ofrecida
y en la misión al mundo enardecida.

Jesús crucificado, que unificas
el corazón humano que te ansía,
condúcenos, Señor, bajo tu guía,
y da al sincero amor sabiduría.

¡Oh Dios de la unidad, oh Trino y Uno,
destino de quien busca el absoluto,
a ti la gloria viva, eterno fruto,
y todo nuestro amor como tributo! Amén.
Lago de Guadalupe, 12 de diciembre de 2002


El Testamento de Clara como elocuente proclamación de la paternidad de Francisco

El Testamento de Clara es, como el de Francisco, una evocación y una recomendación. La evocación toda ella transida del amor entrañable de Clara a Francisco, a nuestro bienaventurado padre Francisco. “Padre” es la palabra dominante, con un sentido verdadero, cálido, del todo personal. Clara es toda de Jesús - Dios así lo quiso - por medio de Francisco. He aquí la secuencia de versículos más señalada.

24   Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia,
25       poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia,
26   según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza.

27   Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo, tribulación o menosprecio y desprecio del siglo,
28   antes al contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el Señor;
29   y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos.

30   Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián,
31    don­de el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo;
32      pues antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.

33   Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos siempre en la santa pobreza.

34   Y no se contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de ella,
35   como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de la misma santa pobreza.
36   Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe 2,21), su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza.

El retorno a Francisco, mi querida Lidia, es un surtidor de fuerza en el “franciscanismo”; y es el vigor de la vida clariana.
¡Cuántos sentimientos nos envuelven al evocar su figura, recuperándola en nuestro estudio y en nuestro corazón! Acaso envidia (que es pecado), al verle a él y al vernos a nosotros..., cuentas y comparaciones que a Dios no le agradan. Por encima de cualquier sentimiento, Francisco debe provocar amor, pues él y nosotros somos de la misma familia, que él no ha creado, sino el Señor.
Resumiendo consideraciones: lo franciscano afinará lo que de verdad nos interesa, dar brillo y fragancia a nuestro ser de Cristo. Francisco no es más que referencia; el Señor a quien servimos no es Francisco, sino Jesús.

Ser hermanas

Quizás ser hermanas no sea lo que todo el mundo opina, sino eso mismo visto con una luz nueva..., hasta el punto de ser distinto.
El sentirse hermano no es una igualación de cargos y dignidades, puesto que la fraternidad se basa en lo que a todos nos da el mismo rango de pertenencia plena a una familia; no estriba en la democratización. La fraternidad nace de una revelación bautismal; nace de un encuentro con el Espíritu Santo. Aquella frase, de una lógica desconcertante de Francisco: “...porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (cf. 1Ts 2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?” (RB 6,6). Criterio que Clara repite en el contexto de la atención a las enfermas: “Y exponga confiadamente la una a la otra su necesidad, porque si la madre ama y nutre  a su hija carnal, ¡cuánto más amorosamente deberá cada una querer y nutrir a su hermana espiritual!” (Regla VIII, 15-16).
No podemos olvidar este principio tan elemental: que la fraternidad en que quedamos constituidos viene como creación del Espíritu. Se proyectará en detalles aparentemente no espirituales, pero, nacida del Espíritu, es siempre fraternidad espiritual.
Es un modo de amor de cercanía, de unción, que ha purificado todos los sentimientos. Ser hermanos es el sentido de la Iglesia a honra de la Trinidad; ser hermanos es, sustancialmente, el sentido de nuestra Fraternidad.
Cultivar la fraternidad, interior y exteriormente, es la tarea de la comunidad; es realizar en forma pequeña lo que es la misión interna de la Iglesia.
Francisco la ha sellado con una nota, que no es la propia de la Comunidad; la fraternidad tiene como nota la familiaridad. La familiaridad es la cercanía entre iguales, si realmente es “cercanía”, si realmente es entre “iguales”, porque caben camuflajes de realidades espirituales tan delicadas.
Los predios del Espíritu nos traen sorpresas. Francisco es padre, pero sus hermanos no son su hijos, sino sus hermanos.
Clara es constituida en “abadesa y madre” (Iv,8), pero la Regla no dirá de sus hermanas que son sus hijas... Por ejemplo: “La abadesa llame a sus hermanas a capítulo al menos una vez cada semana” (IV,15); “La abadesa exhorte y visite a sus hermanas...”  (X,1).
Cuando ya va avanzando nuestra vida religiosa hacia la cumbre, uno se pregunta con más luz interior: ¿Hemos sido iluminados en el verdadero sentido de la fraternidad? ¿Somos - o hasta qué punto lo somos - verdaderamente hermanos?

Paupertas
     
¿Qué calificativo daremos a la Pobreza como nota esencial y sintética del carisma? ¿Será la santa pobreza? Puede serlo perfectamente, como la “santa caridad”. La santidad es el halo de toda virtud perfecta.
     
La pobreza por sí misma es la pobreza-pobreza..., la que ante Dios no admite engaños, y se hurta a toda demagogia. Francisco - y Clara - metiéndose dentro de la misma, la llaman “altísima”, “suma...” Quizás no sea un epíteto de grado, sino de calidad. Como si dijéramos: La pobreza es pobreza, si es ella misma, si es verdadera, si viene de la iluminación de Dios, no del empeño humano. La pobreza es la figura de Jesús.
Es una virtud de nunca acabar, porque es una virtud luz, vida... De hecho, ser pobre, sin más, valdría como voto del franciscano, como expresión del carisma total...

Mi querida Lidia: son cincuenta años y más pensando sobre pobreza, luchando, sin armas intelectuales y menos sin otro armamento, por los fueros de la pobreza, de la que san Francisco decía (Sacrum Commercium) que desde el tiempo de los Apóstoles era la Desconocida...
Tiene carácter divino la Pobreza. Parece como si en la Orden fuese el alma invisible, que debe reflejarse en todo...
A lo largo de mi vida - puedo confiarte - la Pobreza siempre ha sido un pensamiento purificador, que, al final, termina en humildad y silencio.
En una palabra: la Pobreza es el misterio de Jesús tal como apareció a Francisco.
Señor, yo me callo y simplemente amo. Te pido una gracia: que las elucubraciones ni me aplasten, ni alejen mi alma de la altísima pobreza, o más sencillamente, de Jesús Pobre,  en el cual está la Sabiduría.
Mi querida Lidia: oremos en silencio.
Con mi afecto, que cada día crece (para algo sirven los años), fraternalmente




Tres Olitos,  24 de febrero de 2007

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