jueves, 21 de junio de 2012

246. Esencias de Santa Clara - 3 Criatura evangélica, mujer

Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 3
Una criatura evangélica, una mujer


Mi querida Lidia:

Clara ante nuestros ojos. Intentábamos trazar su perfil en nuestra anterior comunicación, y quisiéramos darle el último retoque ahora. Cuando celebrábamos el 750 aniversario del Tránsito (1253-1993), Juan Pablo II, de venerada memoria, escribió un mensaje bellísimo a las Clarisas, y decía así:

"Esta mujer nueva, como han escrito refiriéndose a ella en una carta reciente los ministros generales de las familias franciscanas, vivió como una pequeña planta a la sombra de san Francisco, que la condujo a las cimas de la perfección cristiana. La celebración de esta criatura verdaderamente evangélica quiere ser, sobre todo, una invitación al redescubrimiento de la contemplación..." (11 agosto 1993).

Tomamos para dar ese matiz último que el pintor da al cuadro antes de entregarlo, estas dos referencias que me suscitan estas palabras, que, sin duda, harán vibrar de gozo tu corazón.
- Una criatura evangélica.
- Una mujer.


I. Una criatura evangélica

Ancilla Christi

Tomando palabras de san Lucas, decimos en el Ángelus: Ecce ancila Domini. Y respondemos: Fiat mihi secundum verbum tuum. He aquí la esclava del Señor; Hágase en mí según tu palabra.
Estamos de nuevo en el capítulo básico de la Regla, el primero. Clara ha dicho que "forma vitae" de la Orden de las Hermanas Pobres, instituida por san Francisco es ésta: guardar en santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo...
Y sigue: Clara, indigna ancilla Christi. Es su retrato, vista ella desde sí misma. Clara es la sierva de Cristo. Suena como texto un texto mariano, como si debajo de este texto estuviera la escena de la Anunciación.
Podemos perseguir estas palabra: cuándo, dónde y cómo la utiliza Clara. La encontraremos al comienzo de la primera carta a Inés de Bohemia, al comienzo de la segunda, al comienzo de la tercera, al comienzo de la cuarta. La encontraremos también al principio de la carta a Ermentrudis de Brujas. La encontraremos en su Testamento y la encontraremos, por fin, en la Bendición, la Bendición de santa Clara.

Como sabes, Lidia, esta bella palabra latina, ancilla, es femenina, y nunca he oído yo que exista su masculino: un "ancillus", y es que me atrevo a pensar que hay una forma de ser "esclava y sierva", que pertenece como una hermosura aparte a la mujer... Por tus conocimientos latinos sabes que hay en el diccionario otras dos palabras de algún modo sinónimas: fámulus/fámula, servus/serva. Sí, también Clara  se ha llamado una vez "fámula de Jesucristo y ancilla de las Damas cerradas de San Damián" (carta I), y en la III se ha llamado "sierva" (serva) de estas sus hermanas Damas de San Damián.
Pronunciando esta palabra latina de "ancilla", me viene a la mente un texto de san Ignacio: lo de la "criadita" que va a Belén, con María montada en un asna y José, tirando la muchachita del ramal al buey, como se puede meditar piamente... Dice el santo contemplativo, enseñándonos a contemplar el Nacimiento: "El primer preámbulo es la historia: y será aquí cómo desde Nazaret salieron nuestra Señora, grávida cuasi de nueve meses, como se puede meditar piamente, asentada en un asna, y Josep y una ancila (así lo escribe la edición que tengo), llevando un buey, para ir a Bethlem, a pagar el tributo que César echó en todas aquellas tierras" (Ejercicios Espirituales 111).
Tornando, pues, al texto de santa Clara:
- Cuando Clara dice que se siente sierva de Cristo,  - nunca dice "sierva de María" - su referencia  en este caso directamente al Señor.
- Pero también le gusta asociar la otra referencia de su servicio, que son sus hermanas de San Damián. Una unión que es del todo evangélica, según aquellas palabras de Jesús en la Cena: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía.  Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís" (Jn 13,14-17).
El ser sierva de las hermanas lo dejará santa Clara en la Regla encomendado a todas las que hayan de ser abadesas. "Y la abadesa tenga para con ellas una familiaridad tan grande, que puedan las hermanas hablar y comportarse con la abadesa como las señoras a sus siervas;  pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas las hermanas" (Regla X, 4-5).
- Le gusta también poner un epíteto a esta palabra sagrada de ancilla: es la sierva indigna. Clara no es la sierva infiel, la sierva que no ha sabido servir, sino la que no merece tanto honor de ser sierva de Cristo, sierva de sus hermanas. También ha empleado otro epíteto evangélico: "inutilis": "Servi inutiles sumus..." (Lc 17,10), que hoy traducen, no por "siervos inútiles, que no valen para nada", sino: "somos unos pobres siervos" (Biblia de Jerusalén), somos simplemente eso que debemos ser: unos siervos puestos al servicio...
Clara, pues, es la Sierva de Cristo, un título de nobleza espiritual que arranca del bautismo, mayor del cual no puede haber otro. Moisés fue Siervo de Dios, y esa fue su última grandeza. "Allí murió Moisés, siervo de Yavéh" (Dt 34,5).
Clara es toda evangélica por ser la ancilla Christi, la sierva de Cristo.
Pablo tiene dos títulos, que los reivindica como su mayor gloria; los dos de alguna manera se cubren y se sobreponen uno a otro, y vienen a significar lo mismo con matices diferentes: "Pablo, esclavo de Jesucristo, apóstol por llamada" (Rm 1,1).
Clara, en la primera carta a Inés de Praga (o de Bohemia, como prefiere llamarla hoy la liturgia) se deleita en una especie de exaltación de los títulos que pueden honrar a una consagrada, como esposa, madre y hermana de Jesucristo. Pero observemos con mucha atención y delicadeza este pasaje, que pensamos que es finísimo y agudo en su percepción espiritual. Clara siente a Inés como hermana; mas - aquí viene la sorpresa - la siente como a su Señora, porque Inés místicamente es la esposa de aquel de quien Clara es humilde sierva. Inés no tiene ningún dominio, ningún poder sobre Clara - como es obvio -, y, sin embargo, Clara le escribe en este tono que es espiritual y místico:

Así, pues, hermana carísima, y aún más, señora respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana (2Co 11,2; Mt 12,50) de mi Señor Jesucristo... (1CtCl 12-13)

Clara, que se siente sierva de Cristo, traspasa espiritualmente esta actitud de sierva, y por lo tanto de obsequio y deferencia, hacia Inés en cuanto esposa de Jesús. ¡Qué vivencias y qué sentimientos tan sutiles y purísimos...!


II. Mujer

Con motivo del 750 aniversario de la muerte de santa Clara, que se avecinaba, el P. Giovanni Boccali, OFM, publicó una edición crítica, con introducción y comentarios, de la Legenda latina sanctae Clarae virginis Assisiensis (Assisi, 338 pp.). Dentro de la amplia "Introduzione" (pp. 7-84) de este calificado experto del franciscanismo, leemos estos puntos que me place transcribir, de las  pp. 37-38. Estoy recordando, con ello, alguna clase dada a mis hermanas sobre esta admirable Mujer, que tal amor suscita en nuestra sensibilidad franciscana.
 Mujer recibida en la Orden por Francisco, (como hace con los demás hermanos), si bien es cierto que es destinada a un lugar distinto y con un programa diverso (Legenda 4,8-9);
 mujer que promete obediencia a Francisco, responsable del grupo masculino (Testamento 25; Legenda 8,2);
 mujer que inicia una forma nueva de vida en la Iglesia (Legenda 4,10-11; 7,8);
 mujer que anima una orden nueva en la Iglesia sin haber salido jamás de su monasterio (Legenda 7,1-3. 7-9);
 mujer que escribe una regla monástica para mujeres (Legenda 26,16-17);
 mujer consciente de su misión pública en la Iglesia (Legenda 9,13-15; 29,10);
 mujer a homenajean cardenales y prelados de la Iglesia (Legenda 26,13; 30,5);
 mujer que piensa, como Francisco, poner la nueva orden bajo la protección de un cardenal (Regla 12,12);
 mujer en estrecha relación con los papas (Legenda 9,9-15; 24,7-10);
 mujer que promete personalmente obediencia al papa (Regla 1,3);
 mujer a quien Gregorio IX e Inocencio visitan personalmente en San Damián (Legenda 9,13-15; 27,4-9);
 mujer a quien el papa se dirige personalmente por escrito para pedir la ayuda de la oración (Legenda 17,4-7);
 mujer para la cual un papa escribe de puño y letra el borrador del Privilegio (Legenda 9,11), y otro papa sa orden por escrito para la redacción de la Regla que va a ser bulada (Regla, verso);
 mujer a quien Inocencio III y Gregorio IX le concede un Privilegio inusual en la Iglesia (Legenda 9,9-11.15), y que obtiene de Inocencio IV la bula de confirmación de la Regla (Regla, P, 8; Legenda 26,16-17), a pesar de que el concilio IV de Letrán había dado otras disposiciones;
 mujer a quien el papa y la curia romana celebran el funeral en la pequeña iglesia de San Damián (Legenda 30,6-12);
 mujer a quien se quiso canonizar antes de ser sepultada (Legenda 30,7-8).



III. La capuchina: ser mujer en la Iglesia, hoy


El eterno femenino

El Antiguo y el Nuevo Testamento están pensando y construidos en función de la centralidad del hombre, si bien la igualdad absoluta de Hombre y Mujer están marcadas en la vocación de Adán y Eva, y si bien Pablo ha de proclamar vigorosamente: "Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" Ga 3,26-28). Expresión atemperada, al parecer, en Col 3, 10-11: "...y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos" (se ha suprimido la homologación de "hombre/mujer").
Con todo, la Historia de Salvación, tal como ha sido escrita, va siendo marcada por la elección de lo masculino: Abraham, Moisés, David, los Profetas; y Jesús escoge como Apóstoles solo a varones.
La Iglesia hasta el presente ha visto en este designio no solo una realidad "de hecho", sino también una realidad "de principio": así tiene que seguir siendo la Iglesia.
El teólogo y el contemplativo se encuentra, ciertamente, ante una realidad-misterio, que respeta y sigue pidiendo luz al Señor, para que vaya descubriendo, al paso de las culturas que se suceden, el verdadero puesto de la mujer en la Iglesia y en el mundo.
Hasta hoy se ha visto a la mujer en la Iglesia de acuerdo a la función biológica, materna y educadora de la mujer en el matrimonio.
Es terrible que ya en las primeras páginas de la Biblia se haya visto al varón como el Dominador: "Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16). Hecho cruel, que no puede ser así, si es verdad que "sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,11).
La Unidad sólo se hace en el amor. La unidad es el fruto supremo del amor, y la unidad es don recíproco.
Sin duda que de aquí podemos partir para hablar de la función de la mujer en la Iglesia. La mujer ¡no puede estar bajo la dominación del marido, ni bajo la dominación de la jerarquía, que sería - si así ocurriera - un camuflaje del mal marido!
El hombre y la mujer deben vivir, en el matrimonio y en la Iglesia, en lo humano y en lo divino, en la unidad del amor, bajo la suave autoridad de Cristo.
Y justamente en la mujer la irradiación del amor tiene un resplandor del todo puro y singular en la mujer. Por eso, los literatos nos han hablado del "eterno femenino".
Mi querida Lidia: muchas veces me ha tocado decir - y me lo has oído - algo que me he inventado, aunque otros lo hayan dicho con otras palabras: "Lo más masculino del hombre es su anhelo (suave, amoroso, ardiente...) de la mujer; y lo más femenino de la mujer es su anhelo (suave, amoroso, ardiente...) del hombre". Es decir, el hombre y la mujer conspiran mutuamente a la unidad del amor, que es la perfección plena del ser hasta el encuentro con el Señor. El hombre y la mujer son mutuamente, el uno para el otro, dos polos de gravitación.
Así, pues, más allá de toda palabra maliciosa, la mujer es el secreto del hombre; el hombre es el secreto de la mujer. Pongamos en uno y en otro caso: el dulce secreto.
Todo esto tiene sentido, si hemos conocido nuestra vocación inicial y radical de humanidad, porque hemos nacido para realizar,  en el curso de nuestra vida, nuestra vocación de humanidad, bella vocación que nos ha dado nuestro Padre Creador.
Que la mujer tiene una palabra de amor en la Iglesia es evidente. Es la misión que le confió Jesús Resucitado a la mujer amante, María Magdalena, según el Discípulo amado: ¡Vete, y anuncia a mis hermanos: Subo a mi Padre, que es vuestro Padre; subo a mi Dios, que es vuestro Dios...! (Jn 20,17).
Y esta palabra no es una palabra secundaria. Es la palabra vivificante que despertó a la Iglesia y que trajo vida y esperanza a los apóstoles. Por eso, María Magdalena fue venerada por los Padres como la Apóstol de los Apóstoles. Es la palabra al corazón de la Iglesia, para que la Iglesia pueda llevar la palabra al mundo.
El eterno femenino en la Iglesia se hizo amor; el amor se hizo palabra; y por el amor y la palabra la mujer ejerció el don de su maternidad en la Iglesia naciente, junto a la cruz y en el alba de la resurrección.
Un declarado parentesco une la función de María, Madre Virgen, con la función de la mujer, en cuanto mujer; y muy singularmente si esta mujer ha unido virginalmente su vida a la causa de Jesús.
Con facilidad se relega la mujer al silencio, que es ciertamente un amor ambiental para que la Iglesia respire. Sin una atmósfera oxigenada no podríamos respirar y nos moriríamos de asfixia. El amor en el silencio es el oxígeno de la Iglesia.

Sobre Palabra y Silencio tendríamos que decir lo siguiente:
Hay ciertamente una Palabra-Silencio, que es la fe en oración, que fortifica a la Iglesia, que le da solidez, cimiento, espesor. Y es necesaria esa Palabra-Silencio.
Pero también, fruto de la misma revelación, hay otra Palabra-Clamor, que da identidad y resonancia a la iglesia ante sí misma y los demás.
Y justamente la mujer es portadora de esta misma Palabra-Silencio y esta Palabra-Clamor.

La capuchina de hoy, en el hoy de la Iglesia

La mayor parte de nosotros, capuchinos, somos hijos de familias sencillas del pueblo. Decir esto y remontarnos a hace 50 años es lo mismo que decir que somos hijos (yo me incluyo) de familias que, en los tiempos de entonces, su perspectiva era sencillamente la educación primaria... Dios seguía llamando a los sencillos para hacer obras grandes con ellos. Luego, en la Orden, con un esfuerzo sostenido, hemos ido progresando; hemos escalado nuevo rango de cultura, e incluso para algunos la obediencia ha sido los estudios superiores y las tareas de formación.
En este cuadro, al hacer balance de las Clarisas Capuchinas en México, con motivo de la reunión internacional del año pasado (mayo 2006), era normal que encontráramos, por poner un ejemplo, que en la Federación más numerosa, el 33,3 % contasen con solo la enseñanza primaria, y el 48,09% la secundaria; la Preparatoria, pocas (no alcanzaba el 10 %).
Y esto... ¿es defecto? En modo alguno. Pensar lo contrario sería ofender a Dios, negar el Evangelio, que el Padre  ha dado - dijo Jesús - "a los que no cuentan", a "los pequeños" frente a los importantes, a los mayores (Mt 11,25; Lc 10,21).           
Pero la vida evangélica tiene una irradiación cautivadora para todos, y también los nobles y letrados acuden en pos de ella. Esto le ocurrió a san Francisco. "Asimismo, muchos varones sabios y letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia divina" (Tres Compañeros, 73).
Fray Tomás de Celano era uno de estos letrados que llegaron a la Orden: "...Pero loado sea el buen Dios, que tuvo a bien, por su sola benignidad, acordarse de mí y de otros muchos: y es que, una vez que entró en España, se enfrentó con él, y, para evitar que continuara adelante, le mandó una enfermedad que le hizo retroceder en su camino.
Volvióse a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, y al poco tiempo se le unieron, muy gozosos, algunos literatos y algunos nobles. Siendo él nobilísimo de alma y muy discreto, los trató con toda consideración y dignidad, dando con delicadeza a cada uno lo que le correspondía. Dotado de singular discreción, ponderaba con prudencia la dignidad de cada uno" (1Celano 56-57).
Muchas veces, mi querida Lidia, me he preguntado: Pero ¿es que santa Clara no ha pasado por la Universidad? ¿Por qué no vienen más y más universitarias al Jardín de San Damián...? ¿Es que santa Clara no les iba a convencer - qué digo - a fascinar...? ¿O es que somos nosotros quienes no irradian la fascinación de Clara?
No pretendemos en modo alguno hacer de nuestra familia una Orden erudita. Iríamos contra nuestro hermano y padre Francisco de Asís: "Esta [sencillez o simplicidad] la requería el Padre santísimo en los hermanos letrados y en los laicos, por no creerla contraria, sino verdaderamente hermana de la sabiduría; bien que los desprovistos de ciencia la adquieren más fácilmente y la usan más expeditamente. Por eso, en las alabanzas a las virtudes que compuso dice así: ¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la pura santa simplicidad!" (1 Celano, 189).
Si hoy la hermana clarisa capuchina ha de estar a la altura de lo que pertenece a la mujer en la Iglesia, el Señor le dará la Sabiduría hermana de la pura santa Sencillez. La Ciencia es camino de Sabiduría, aunque ella de por sí, no sea sin más Sabiduría.
¡Ser mujer hoy en la Iglesia! ¡Qué apertura mental, qué frescor, qué fragancia...! Y ¡qué audacia, rompiendo tópicos que han sido sacralizados...!
¡Qué libertad! ¡Qué mutua confianza nos debemos otorgar para que en nuestras comunidades reine ese espíritu del Concilio que ha dado un rostro nuevo a la Iglesia! ¡Qué sentido de la dignidad personal..., que es anterior a toda dignidad de oficio!


Viejas convicciones, sin añoranzas

Me encomiendo a Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia con 24 años y sin Universidad para decir lo que quiero decir. Ella ni fue Priora ni fue Maestra de novicias..., sólo una simple ayudante. (¿Y es que tenía menos sabiduría, menos discreción, menos tacto... que todas las que fueron sus prioras...?)
Mi vieja convicción es ésta:
- Que la verdadera renovación viene por una vía: por esa intuición que tienen "los jóvenes de Dios" (no cualquier joven, por favor). Con poquito más de 20 años Clara se vio al frente de una familia espiritual que nacía en la Iglesia. ¡Nunca lo olvidemos...! Muy joven era Francisco cuando vio lo que los sabios mayores no pudieron ver.
- Y con la misma fuerza puedo decir que Dios se sirve de los mayores (78 años cumplidos tenía Joseph Ratzinger cuando comenzó a ser Benedicto XVI), si  en este mayor (legalmente Jubilado) encontramos que su vida - por su forma de pensar, por su fragancia, por su esperanza - siguen vibrando aquellas intuiciones que le animaron a sus 20, a sus 25, a sus 30 años...
Estas convicciones no todos ni todas las comparten; por eso, he traído a colación personas fuera de sospecha...
Mi querida Lidia, bien sabes que escribo desde esta altura respetable de 70 años...; el cuerpo se resiente, cierto... Me parece que puedo contar con cierta sabiduría "acumulada" por la edad, estudios y cargos... Pero... no te espantes - que sé que no te espantas -: de ningún modo pienso que aquel capuchino de 28, de 30, de 33, de 35 años, pese a su pretendida "inexperiencia" estuvieran en inferiores condiciones de consejo y de buen sentido, de generosidad... que este capuchino de hoy, para llevar adelante un gran proyecto. La identidad última de cada uno nos hace ser lo que somos y lo que aspiramos, atravesando las variaciones que la vida lleva consigo.
Esta es mi confianza probada de la Juventud, pero - ¡atención! - no de toda Juventud, como, a la inversa, no haré la alabanza de la ancianidad, como si el viejo fuera sabio por su edad..., que sólo alabaré a tales ancianos, a otros no.

* * *
En fin, mi querida Lidia. He hilvanado pensamientos teniendo en mi pupitre solo tres libros: la Biblia, san Francisco, santa Clara. Espero haberte traído un aire fresco a tu corazón.
Recibe mi cariño y abraz
Tres Ojitos, 6 de marzo de 2007

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