jueves, 21 de junio de 2012

249. Esencias de Santa Clara - 6 Ante la Virgen pobrecilla

Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 6
Clara ante la gloriosa Virgen
santa María, pobrecilla

Mi querida Lidia:

He de hablar de santa Clara en la solemnidad de Anunciación del Señor, una de las fiestas centrales de la Virgen María. La Anunciación del Señor - antes la Anunciación a María - es una de las cuatro solemnidades mayores con que la Iglesia de Occidente venera a la Madre de Dios, según nos lo exponía el “santo” Pablo VI en la Marialis cultus, a saber, por orden de secuencia litúrgica: la Concepción Inmaculada de la Saantísima Virgen María (8 de diciembre), la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (octava de Navidad), la Anunciación del Señor (25 de marzo) y la Asunción de María (15 de agosto).
Es, pues, oportuno - y muy grato - que en este día toquemos una de las esencias de Clara: el puesto de la Virgen María en su vida.

Esa palabra de amor a María
Todo hijo lleva en su corazón una palabra para su madre, una palabra que quisiera que fuera la más bella. Recuerdo que, cuando yo era joven seminarista capuchino, muchas veces pensé: Yo quisiera escribir un libro sobre la Virgen, un libro de Sacerdote para ella; quisiera dedicarle la flor más hermosa. Era este deseo bello como un voto secreto, sin haberlo formulado nunca en cuanto tal. Ese día feliz llegó cuando publiqué un librito de la Virgen María. Pensé que entonces yo saldaba mi antigua deuda de amor. Esa obrita, como un canastillo de amor, fue el Himnario de la Virgen María: Ciclo anual de celebraciones de la Virgen María. Burlada, Curia provincial de Capuchinos 1989. 39 himnos para celebrar la memoria de María en la liturgia (musicalizados por el P. Fidel Aizpurúa).
Luego he ido escribiendo otros himnos..., bastantes, como, por ejemplo, los nueve himnos glosando el contenido de la “Redemptoris Mater”.
Tenemos los cristianos en el fondo del corazón una flor heremosa dedicada a María, a quien tiernamente le llamamos Madre, Madre mía.


La flor reciente del Santo Padre Benedicto XVI
Unos días antes de la primavera se dio a conocer la Exhortación Apostólica de Benedicto XVI sobre la Eucaristía, remate del Sínodo de Obispo de octubre de 2005, con el cual concluyó el Año de la Eucaristía (octubre 2004 - octubre 2005).

El número 33: Eucaristía y la Virgen María
La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la acción de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc 2,19.51).
María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad.[102] Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, « la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ».[103] Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos « hasta el extremo » (Jn 13,1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor ».[104] Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía.

Al final de la Exhortación
96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en María, « Mujer eucarística » —como la ha llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II [253]—, su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida eucarística. Por eso, en presencia del «verum Corpus natum de Maria Virgine» sobre el altar, el sacerdote, en nombre de la asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: «Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor».[254] Su santo nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones cristianas orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre de la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva, agradable al Padre ».[255] Ella es la Tota pulchra, Toda hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo, «inmaculados» ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).[256]


Clara como la Virgen María
Al hablar de ese lazo espiritual que hay entre Clara y la Virgen María, viene a la mente algo que, de pronto, suena extraño..., pero que está ahí como un dato que procede del convento de san Damián, donde ha vivido Clara. Sus hermanas la han tenido como una mujer que se parecía a la Virgen María. Después de la Virgen María, ¿quién más luminosamente que Clara ha seguido a Jesús..., quién más santa que ella?
Era como la opinión unánime de la comunidad.
“El mismo día, 28 de noviembre, en el edificio del claustro de San Damián, estando presentes messer Leonardo, arcediano de Espoleto, y don Jacobo, párroco de Trevi, los cuales acompañaban al sobredicho messer Bartolomé, obispo de Espoleto, y fray Marcos, de la Orden de los Frailes Menores, capellán del dicho monasterio, reunida toda la comunidad de las monjas encerradas del monasterio de San Damián, habiendo jurado algunas de ellas decir la verdad y habiendo dado testimonio sobre la vida, conversión y conducta religiosa de la santa memoria de madonna santa Clara y sobre los milagros que se decían hechos por sus méritos; madonna sor Benita, entonces abadesa, con las demás monjas del monasterio de San Damián, declararon unánimemente, en presencia del dicho venerable messer obispo de Espoleto, que todo lo que había de santidad en cualquier santa, después de la Virgen María, se puede vorazmente decir y atestiguar de madonna Clara, de santa memoria, que fue su abadesa y madre santísima.
Y esto se puede encontrar y entender en ella, en su vida. Por lo que todas están dispuestas a jurar, a declarar y a testificar. Pues habían visto su maravillosa conversión y, durante los años que habían convivido con ella en el monasterio, habían observado la santidad de su vida y su angelical conducta religiosa, cosas que no se pueden explicar nunca a satisfacción con palabras humanas” (Proceso de canonización de santa Clara, Testimonio XV, toda la comunidad).
Esta opinión comunitaria se refleja, como algo muy particular en algunas hermanas. Sor Cristiana de messer Cristiano de París, monja del monasterio de San Damián, “Y creía que todo lo que se puede decir de santidad de alguna mujer santa, después de la Virgen María, se podía decir de ella en verdad; pero que le era imposible describir todas sus virtudes y gracias” (Proceso V, 2)
Lo mismo opina Sor Balbina de messer Martín de Coccorano [o Corozano], monja del monasterio de San Damián;  declaró bajo juramento que la testigo estaba en el monasterio de San Damián hacía más de treinta y seis años,
“Manifestó además la testigo que ella, por su simplicidad, no sabría decir de ninguna manera los bienes y las virtudes en que abundaba, y en tal grado, que creía firmemente que, desde la Virgen María hasta el presente, ninguna mujer había tenido mayor mérito que la madonna” (Proceso VII, 11).
Y, en fin, Sor Bienvenida de madonna Diambra de Asís, monja del monasterio de San Damián, insiste en lo mismo. “Dijo también la testigo que todo lo que se decía de la santidad de la vida de la predicha madonna Clara era verdad, y que, por mucho que ella la ponderara, todavía había habido más en ella; y no creía que desde nuestra Señora la bienaventurada Virgen María hubiese existido jamás mujer de mayor santidad que la dicha madonna santa Clara” (Proceso XI,5).
En suma, son ponderaciones que quieren poner en evidencia una santidad sorprendente; y, al evocar juntos los dos nombres - Clara y la Virgen María - de algún modo se quiere hablar de una misteriosa afinidad.

Francisco y Clara por la Virgen
Para comprender a Clara es una buena referencia ir a Francisco, de quien ella toma su sabia. Sobre lo muy especial que fue la presencia de María en la vida de Francisco, Celano nos ha dejado este clásico testimonio:
Su devoción a nuestra Señora, a quien encomendó especialmente la Orden. Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre” (2 Cel 198).
La vida de Francisco comenzó a los pies de la Virgen en Santa María de la Porciúncula; allí se celebraban los capítulos; de allí partieron las misiones de la Orden; y allí quiso morir Francisco.
Todos los días múltiples veces rezaba a la Virgen María la antífona-oración: “Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo de entre las mujeres ninguna semejante a ti...”, pues dice la rúbrica: “Téngase en cuenta que esta antífona se recita en todas las horas y se dice como antífona, capitula, himno, versículo y oración, tanto en maitines como en las demás horas. Ninguna otra cosa decía en ellas, sino esta antífona con sus salmos”. Francisco compuso, igualmente, el Saludo a la Virgen María: “¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen hecha Iglesia...!”.

Clara, de modo similar comenzó su nueva vida a los pies de la Virgen María, en la Porciúncula. Su hermana Beatriz lo recuerda especialmente en el testimonio de la canonización: ““Y luego, san Francisco la tonsuró ante el altar, en la iglesia de la Virgen María, llamada de la Porciúncula” (Proceso XII, 4).
Celano (o el autor de la Leyenda de Santa Clara, si no fuera Celano), que nos ha presentado esa síntesis de lo que supuso María en la vida de Francisco, atribuye una importancia definitiva a este hecho de que la vida de Clara, en aquel célebre Domingo de Ramos, por la noche, comenzara aquí, en el mismo lugar donde había nacido la Orden de los Hermanos Menores.
Es bueno recordar el episodio completo:

“Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se llegó a ella y puso la palma en sus manos. A la noche, disponiéndose a cumplir las instrucciones del santo, emprende la ansiada fuga con discreta compañía. Y como no le pareció bien salir por la puerta de costumbre, franqueó con sus propias manos, con una fuerza que a ella misma le pareció extraordinaria, otra puerta que estaba obstruida por pesados maderos y piedras.
Y así, abandonados el hogar, la ciudad y los familiares, corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes, que ante el pequeño altar velaban la sagrada vigilia, recibieron con antorchas a la virgen Clara. De inmediato, despojándose de las basuras de Babilonia, dio al mundo "libelo de repudio"; cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas.

Ni hubiera estado bien que la Orden de florecientes vírgenes que surgía en aquel ocaso de la historia se fundara en otro lugar que en el santuario de quien, antes que nadie y excelsa sobre todas, fue ella sola juntamente madre y virgen. Este es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos; de este modo quedaba bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la que en su morada daba a luz ambas Ordenes. En cuanto hubo recibido, al pie del altar de la bienaventurada María, la enseña de la santa penitencia, y cual si ante el lecho nupcial de esta Virgen la humilde sierva se hubiera desposado con Cristo, inmediatamente san Francisco la trasladó a la iglesia de san Pablo, para que en aquel lugar permaneciera hasta tanto que el Altísimo dispusiera otra cosa” (Legenda de Santa Clara, 7-8).

La Madre de los Menores y la Madre de las Hermanas Pobres es la Virgen que Francisco y Clara veneraron en la Porciúncula.
Hoy parte de la pared de entrada a la capilla de la Porciúncula, está cubierta con un cuadro de María en el misterio de la Anunciación. Ahora bien, el título de santa María de los Ángeles de la Porciúncula, hace, más bien, referencia a la Gloriosa Virgen María, en el misterio de su Asunción a los cielos.
No obstante, la Patrona de la Orden es la Inmaculada.

El patronazgo de María como principal Patrona y protectora de nuestra religión de Hermanos Menores Capuchinos bajo el título de la INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA fue aprobado y confirmado el 10 de marzo de 1714. Véase:  Melchior a Pobladura, O.F.M.Cap. (Ed.), Litterae circulares superiorum generalium Ordis fratrum minocrum Capuccinorum. Vol. I 1548-1803; vol. II 1806-1883. (Monumenta Historia Ordinis Minorum Capuccinorum, vol. VIII-IX). Romae 1960., en Vol. I, 175-177. A eso se debe el que se mencione a “la Bienaventurada Virgen María Inmaculada” en la fórmula de la profesión (20,4), y a que se recomiende la penitencia en la víspera de su fiesta: “Se recomiendan, además, la cuaresma llamada "Bendita" y las vigilias de las solemnidades de san Francisco y de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María” (Constituciones 103.3).
     

El final de la vida de Clara, coronado por la Virgen María

Santa Clara murió en la fiesta de san Rufino, Patrono de Asís, el 11 de agosto de 1253, unos días antes de la fiesta de la Asunción de María .
Recordemos que para san Francisco el ayuno en honor de la Virgen María era el ayuno de la Asunción: “Amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos, y ayunaba en su honor con suma devoción desde la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo hasta la fiesta de la Asunción” (San Buenaventura, IX, 3).
Clara, antes de morir, tiene la visión de “El Rey de la gloria” (Proceso IV,19). Y tiene igualmente la visión de la visita que le hace la Virgen María para llevarla al cielo. Sor Bienvenida nos habló de esta visión:

“Y entonces la testigo comenzó en seguida a reflexionar sobre la grande y maravillosa santidad de madonna Clara; y en este pensamiento le parecía que toda la corte celestial se ponía en movimiento y se preparaba para honrarla. Y especialmente nuestra gloriosa Señora, la bienaventurada Virgen María, preparaba sus prendas para vestir a la nueva santa. Y mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir, bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario, del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa” (Proceso XI, 4).

La vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre
Si de los hechos pasamos a las palabras de santa Clara, hemos de recordar un texto central de su propia “Forma de vida”, cuando en el capítulo VI nos recuerda lo que para ella y sus hermanas escribió Francisco:

"Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin (Mt 10,22); y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea" (Regla VI,7-9).
La pobreza de Jesucristo y la pobreza de su santísima Madre son
- una misma “vida”,
- o, mejor: una misma “vida y pobreza” (dos veces repetida la expresión en estas pocas líneas).

Clara ha recordado la pobreza de María con motivo del Nacimiento. Es un detalle femenino de la Forma de vida de santa Clara, que no aparece en san Francisco  en este aspecto. ¿Por qué las hermanas han de llevar vestiduras viles..? Por los pañales con los que la Virgen María envolvió al Niño Jesús. “Y por amor del santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en el pesebre (Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de vestiduras viles” (Regla II, 25).

La Leyenda recordará esta exhortación de la Forma de vida: “Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su comunidad seria agradable a Dios cuanto viviera rebosante de pobreza, y que perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre” (Leyenda de Santa Clara, 13).

Sobre la pobreza real de la Virgen nos han quedado en las biografías primitivas de Francisco estos datos:
“Quería que en ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan mas pienso y hierba de lo acostumbrado. "Si llegare a hablar con el emperador ‑ dijo ‑, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia". No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla.
Así, sucedió una vez que, al sentarse para comer, un hermano recuerda la pobreza de la bienaventurada Virgen y hace consideraciones sobre la falta de todo lo necesario en Cristo, su Hijo. Se levanta al momento de la mesa, no cesan los sollozos doloridos, y, bañado en lágrimas, termina de comer el pan sentado sobre la desnuda tierra. De ahí que afirmase que esta virtud es virtud regia, pues ha brillado, con tales resplandores en el Rey en la Reina” (2 Celano 200).

“Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra” (Tres Compañeros, 15).
No sabemos de dónde ha tomado la piedad popular este dato de que la Virgen, en tal ocasión, no tenía ni para dar de comer a su Hijo.

Esta espiritualidad de la pobreza ligada al misterio de Navidad, a la pobreza de Jesús y de la Virgen, vuelve en el Testamento de Clara:
“Por lo cual, de rodillas, postrada interior y exteriormente, confío  todas mis hermanas, actuales y venideras, a la santa Madre Iglesia romana, al sumo pontífice y especialmente al señor cardenal que fuere designado para la religión de los hermanos menores y para nosotras; [y le pido] que, por amor de aquel Señor que fue pobre recostado  en el pesebre (Lc 2,12), pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en el patíbulo, vele siempre para que esta pequeña grey (Lc 12,32), que el Señor Padre engendró en su santa Iglesia por medio de la palabra y el ejemplo de nuestro bienaventurado padre san Francisco y por la pobreza y humildad que practicó en seguimiento de la del amado Hijo de Dios y de la gloriosa Virgen María su Madre, observe la santa pobreza que prometimos a Dios y a nuestro beatísimo padre Francisco y tenga a bien animarlas siempre y hacer que perseveren  en ella” (Testamento 44-47).

Lo que dijo santa Clara
Santa Clara, con la tradición patrística y luego medieval, le dio a la Madre de Jesús tres títulos: Virgen y Madre;  santa o santísima;  gloriosa.
Es emocionante escuchar sus palabras sobre la maternidad espiritual del cristiano (en un tema muy querido a san Francisco), que tiene una belleza especial, aplicado a la mujer:
“La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas (1Pe 2,21), principalmente las de la humildad y  la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal; de ese modo contienes en ti a quien te contiene a ti y a los seres todos (Sab 1,7; Col 1,17), y posees con Él el bien más seguro, en comparación con las demás posesiones, tan pasajeras, de este mundo” (3 Cta a Inés, 24-26).
En fin concluyamos con aquellas palabras que Francisco cantó para sus hermanas: “Oíd, pobrecillas...”
Cada una será reina coronada en el cielo con la Virgen María.”

Tres Ojitos, 25 de marzo de 2007

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