jueves, 21 de junio de 2012

251. Esencias de santa Clara – 8 Clara y Francisco en unidad I


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 8
Clara y Francisco:
en busca de la unidad de dos personas


Mi querida Lidia:
En las esencias de santa Clara quiero compartir hoy algo que me resulta de pura filigrana. Me ayude la Hermana Clara: rézale. Me ayude el Hermano Francisco. Nuestra oración preceda a este tecleo en la computadora.

En vuelo
Soltando el candado del corazón, te diré: Cuando uno habla se proyecta él mismo en lo que dice; cuando uno expone, no navega por pensamientos neutrales, sino que va sacando la historia secreta que lleva dentro, va dando paso a esos anhelos profundos - acaso frustrados - que laten por dentro como vena profunda.
Si hablamos ahora de Clara y Francisco, ¿hablamos de verdad de ellos? Sin duda. Pero sutilmente, por una complicidad aceptada, ¿no hablamos sutilmente de esa pura relación a la que uno aspira en la vida? ¿No hablamos, sin nombrarnos, de ese hermano menor, que soy yo, y de esa hermana menor, hermana pobre de san Damián, que eres tú? El anhelo más sincero del corazón consciente es hallar un amor para sí, un amor con el que pueda extender alas, ascender. Un amor que, sin contacto carnal, sea un amor engendrador de vida, de espíritu, de futuro... y de eternidad.
El anhelo de unidad es inherente al amor, porque la caridad perfecta tiende a ser unitiva. Nosotros - es decir tú y yo - renunciamos un día a dar cauce a esas raíces, nunca extirpadas de paternidad, de maternidad; renunciamos a que la carne, cálida y fecundada, floreciera. No renuncia el ser humano a la más bella herencia que Dios mismo ha puesto en su corazón: el amor, la palabra de Encarnación que une el cielo con la tierra.
Yo soy Poeta - lo sabes, lo sientes -, pero ¿qué es ser poeta sino dar carne espiritual al amor? Toda poesía es un tránsito de amor. Mis mejores versos han nacido de la contemplación de Jesús en el misterio pascual que la Iglesia nos revela, y han brotado, con frecuencia, en momentos de fino dolor; en todo caso, en momentos del más puro anhelo. Por eso, mis versos, cuando yo me muera - cuando me aparte de tus ojos, por un tiempo - serán el más verídico retrato de mí mismo.
¡Oh potentísimo engendro de la Poesía, que arranca del ser y lo quiere eternizar!
Tengo, pues, esa nube que quiero disipar: que, al hablar de Clara, no hable de mí, sino de ella. Dios me libre de hacer una novela espiritual de los amores purísimos - soñados - de Francisco y Clara, de Clara y Francisco.
Tenemos, pues, que agarranos a los textos, engancharnos a los textos, y ver lo que dicen, reteniendo la imaginación y confinándola en su sitio. No así la intuición. La intuición es la penetración simple de la verdad, yendo no por la vía del discurso, sino por el atajo recto de lo inmediato. La intuición  es una facultad superior que tiene la Iglesia para acceder a la verdad por la vía del amor. “¡Es el Señor!”, dijo el discípulo amado junto a Tiberíades (Jn 21,7), y no se equivocó, porque era “el amor en acto”, el amor disparado, el que se lanzaba hasta el corazón de Jesús. La intuición es el área del Espíritu. No renunciamos a la intuición - que existe cuando dos comulgan en la misma vida - sí, en cambio, a la imaginación, que se da cuando el escritor no es riguroso con las fuentes que posee, y quiere rellenar datos con lo que finge que pudo ser.


Dos cuestiones diferentes
Para claridad, para matizar el tema que intentamos exponer, hemos de separar dos cosas, que pueden ir unidas, pero que de sí son diferentes.
Un asunto es éste: El carisma, el ideal de Clara ¿es el mismo que el de Francisco, o son dos carismas diferentes?  Un proyecto es vida abierto al mundo, vida itinerante por los caminos de Dios; otro - el proyecto de Clara - es vida en clausura. Sospechamos que esta diferencia es externa, que no modifica el núcleo esencial, la iluminación evangélica de la vida configurada con Jesús, hermano pobre, y la pregunta es esa: Clara y Francisco ¿aspiran a la misma “forma de Jesús”?
El segundo tema es ese: Sea el carisma uno o doble ¿cual ha sido la amistad que ha unido estos dos corazones? Podría un hermano menor haberse encontrado en su camino con una hermana Benedictina, y vivir con ella - incluso a distancia - una perfecta unidad en la amistad, realizando cada uno de ellos su propio carisma en la Iglesia, por cierto bien diferentes. Que haya habido entre Clara y Francisco un amor recíproco de amistad es patente. La pregunta avanza: ¿hasta dónde? ¿Es una amistad vocacional, absolutamente fundida con la unidad de un solo carisma? ¿Es una amistad carismática, incluso en fuerza del mismo proyecto de vida...?

Compenetración de un solo ideal

Desde hace algunos años, siempre que tengo oportunidad, no me recato en decirlo: El carisma de Clara y Francisco es uno, no son dos, si bien en la Iglesia ha habido dos cauces jurídicos; ha habido dos regímenes; ha habido dos “órdenes” para decir que nosotros somos la I Orden y las Hermanas la II. Este lenguaje separador evidentemente no favorece la percepción de que seamos tributarios de un mismo carisma.
La verdad es que, manteniendo la realidad de dos personalidades definidas, propias y diferentes, con sus respectivos perfiles, el carisma en que comulgan es uno y único.
Clara no es “hija” de Francisco; Francisco no es el “padre” de Clara, aunque Clara en el Testamento se deleite en llamarlo “nuestro beatísimo Padre”. Clara es Clara; Francisco es Francisco; el proyecto es Jesús pobre y Crucificado, hijo de Dios Altísimo. El vehículo o medio de revelación ha sido Francisco.
       Una fórmula audaz, adecuada, sería esta:
       Clara se encuentra toda en Francisco;
       recíprocamente Francisco se encuentra en Clara.
No la he inventado yo. Me viene a la mente y el corazón, de lo que una tarde de 1983 escuché en Asís, cuando, participando en una reunión general de los Capuchinos, fuimos a Asís y oramos en Santa Clara. Era el año centenario de Santa Clara. Una hermana (ignoro quién) desde el coro y tras las celosías, sin ser vista, nos hablaba y se expresaba bellamente de esta manera.
“Tampoco el Papa, en su peregrinación a Asís el 12 de marzo pasado, ha podido desligar a San Francisco de Santa Clara, unidos como están por la única inspiración evangélica que los mueve a restaurar la Iglesia de modo complementario.
Es único el carisma, por el cual Clara se encuentra toda en Francisco, en él comprende la propia vocación, en él se ve como en un espejo. Mas también Francisco se encuentra, se ve como en un espejo, en Clara. Sobre este punto reflexionamos menos. Con todo, es tan cierto que los primeros compañeros del Santo, tras la muerte de aquél, espontáneamente se sienten inclinados a apoyarse en Clara y en las damianitas. En nuestros monasterios de clarisas, quizás en los más pobres y menos aparentes, se custodia la realidad sustancial del carisma. No pretendáis que lo sepamos expresar; no estamos acostumbradas, no sabemos quizás expresarlo. Pero se vive.
En el discurso, pues, que el Santo Padre nos improvisó cuando vino a Santa Clara, dijo así:

Francisco se veía a sí mismo a imagen de ella. Se veía a sí mismo como un hermano, un pobrecillo a imagen de la santidad de esta auténtica esposa de Cristo en la cual encontraba la imagen de la perfectísima Esposa del Espíritu, María Santísima”.

Clara se encuentra en Francisco: y esto, de una manera o de otra, lo dicen todos.
Y a la recíproca, Francisco se encuentra en Clara. Y esto no se dice. Pero, si fuera verdad, tenemos aquí un venero de vida que explotar, tenemos una fuente de espiritualidad, muy fina..., y sospechosa si no se entiende con exactitud, con lógica, con pureza... Porque el encuentro de lo masculino y femenino, que en sí es lo más bello, si se lo baja de su altura, terminaría en vulgar... y quizás grosero.
Es que esto nos lleva a una misteriosa vocación espiritual compartida.
Estamos hablando de “esencias de santa Clara”, esencias muy puras.


La raíz Franciscana de la Forma de vida de Clara
      
       En el capítulo primero de la Forma de vida, que es como la constitución clave, leemos unas afirmaciones que son pilares de todo el edificio:

       “4 Y así como al principio de su conversión, a una con sus hermanas, prometió obediencia al bienaventurado Francisco, de la misma manera promete a sus sucesores observar de modo inviolable idéntica obediencia.
       5 Y las demás hermanas estén siempre obligadas a obedecer a los sucesores del bienaventurado Francisco, a la hermana Clara, y a las demás abadesas, que, canónicamente elegidas, le sucedieren”.

Clara ha prometido obediencia a Francisco. ¿Fue en aquella noche bendita del Domingo de Ramos, principio de todo su camino espiritual? Noche venturosa que para la joven Clara fue como una noche pascual... Hermosa noche en que se alumbró el misterio definitivo de su vida. Francisco la consagró a Cristo, Esposo de las vírgenes. No sabemos con qué rito; pero fue, de cierto, una consagración, en la que Clara, que por la mañana había recibido la palma de Cristo triunfador, ahora moría definitivamente al mundo, y emprendía un camino nuevo cuyas etapas sucesivas ella ignoraba.
Lo que pasó entre Clara y Francisco queda en el secreto de Dios. El Espíritu se derramaba en el corazón de Clara por medio de un cauce humildísimo: el humilde Francisco, que ya estaba moldeado por Dios. Clara percibía que, siendo de Francisco, era de Dios.
Clara prometía obediencia a Francisco. Estas delicias que pasan entre los santos nosotros las barruntamos, por cierta empatía de espíritu que existe en la Iglesia, y que es un criterio sutil para juzgar de las cosas que no están certificadas en ningún diario espiritual, pero que por conocimiento intuitivo sabemos que existen.
Cuando murió Clara y un hermano menor, al parecer Fray Tomás de Celano, escribió la Legenda (1255-1256), el autor hace una reflexión teológica finísima y preciosa, para saber dos cosas:
       - que nuestro carisma de hermanos menores y de hermanas pobres es uno,
       - y que nacía del regazo de la Virgen Madre, a quien el escritor llama con el lenguaje de la Salve, la “Mater misericordiae”. Dice de esta manera el narrador teólogo:

“Este es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos; de este modo quedaba bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la que en su morada daba a luz ambas Ordenes” (Legenda sanctae Clarae, 8).

Con todo, santa Clara en la Forma de vida, al hablar de  la obediencia prometida a Francisco no se refiere a este primer momento, sino al que podemos llamar “cuarto paso” en el itinerario de Clara:
- el primero fue la Porciúncula,
- el segundo fue el monasterio de Benedictinas de San Pablo de Bastia,
- el tercero el eremitorio de San Ángel de Panzo, en las faldas del Subasio,
- y el cuarto y definitivo, la iglesia de San Damián, donde Cristo un día se había revelado a Francisco.
      
Esta es la clausura de Clara durante 42 años, hasta su muerte. De nuevo acudimos a la Legenda, que tan hermosamente lo dice, refiriéndose a aquella escena de la unción en Betania, según san Juan (Jn 12,1-8).

“AQUÍ, clavando ya en seguro el ancla de su espíritu, no fluctúa más por posibles cambios de lugar, no vacila frente a aquella estrechez, no se arredra ante la soledad. Esta es aquella iglesia en cuya restauración sudó Francisco con tan admirable esfuerzo; a cuyo sacerdote ofreció sus dineros para reparar la fábrica. Es ésta la iglesia en la que, orando Francisco, una voz, brotada desde el madero de la cruz [referencia 2P 1,17], resonó en su alma: "Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, se desmorona toda". En la cárcel de este estrecho lugar se encerró la virgen Clara por amor a su celeste Esposo.
AQUÍ, guareciéndose de la tempestad del mundo, encarceló su cuerpo de por vida. Anidando en las grietas de esta roca [Cant 2,14; Jr 48,2] la paloma de plata engendró un colegio de vírgenes de Cristo, instituyó un santo monasterio e inició la Orden de las Damas Pobres. AQUÍ, en el camino de la penitencia, trituró los terrones de sus miembros,
AQUÍ sembró las semillas de la perfecta justicia,
AQUÍ con su propio caminar dejó marcadas las huellas para sus seguidoras. En este estrecho reclusorio, durante cuarenta y dos años, quebró con los azotes de la disciplina el alabastro de su cuerpo, a fin de que la casa de la Iglesia se inundara de sus aromas” (Legenda, 10).
      
Cuando santa Clara dice en la Forma de vida que ella “a una con sus hermanas prometió obediencia al bienaventurado Francisco”, está hablando de un santo canonizado (bienaventurado), y está hablando del tiempo de San Damián.

Los especialistas de literatura medieval nos podrán perfilar de qué tipo de obediencia se trata. A mi modo de ver,
- no se trata de una “obediencia canónica”, que solo puede prometerse al superior jurídico o canónico;
- sino de una obediencia que podríamos llamar “obediencia carismática”.
Mediante esta obediencia Francisco queda constituido en el intérprete espiritual del ideal de Clara, lo cual no puede ocurrir sino por el ideal de Clara, que hoy llamamos “carisma”, no es otro sino el ideal mismo de Francisco. Con esto está afirmando Clara que los dos proyectos nacen de una y de la misma inspiración.

Ahora bien, sucede otra cosa que, de aplicarse, va tener serias consecuencias en el futuro: el vínculo espiritual que une a Clara con Francisco ha de perpetuarse en el mismo nivel entre los sucesores de Francisco y las hermanas pobres que vengan en el futuro, según el “inciso” 5 del primer capítulo: “Y las demás hermanas estén siempre obligadas a obedecer a los sucesores del bienaventurado Francisco, a la hermana Clara, y a las demás abadesas, que, canónicamente elegidas, le sucedieren”.
Esto no ha acontecido en la historia, ni acontece en la actualidad. El ministro general de los Hermanos Menores (se trate de OFMConv, OFM u OFMCap) no tiene ninguna autoridad de tipo jurídico sobre las hermanas Clarisas o hermanas Clarisas Capuchinas.
Y, con todo, el criterio permanece como palabra de la Regla, palabra de la “Forma vitae”, aprobada por la Iglesia.  El intérprete no puede menos de preguntarse: ¿Qué puede significar una expresión así a la altura de una interpretación científicamente rigurosa de la letra?
Hay que acudir, por fuerza, a la “interpretación espiritual” de la Regla, que es la única interpretación posible de los textos fundacionales.
Nos hemos alargado, pero el tema no se ha acabado. Con la gracia de Dios, continuaremos.  
Sigue mi saludo, mi querida Lidia, en la hermosa Pascua del Señor.
Tres Ojitos, VI domingo de Pascua,
13 de mayo de 2007.

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