jueves, 21 de junio de 2012

252. Esencias de santa Clara – 9 Clara y Francisco en unidad II




Carta 9
Clara y Francisco:
en busca de la unidad de dos personas
(Segunda parte)


Mi querida Lidia:
En las esencias de santa Clara tratábamos de esa proximidad, que es misteriosa unidad en el Espíritu, entre Clara y Francisco. Asunto de calidad superior.
Los autores espirituales, cuando hablan de asuntos afinados de oración, suelen decir que para comprenderlo hay que experimentarlo. Por ejemplo, cuando Celano (hombre sabio, espiritual y pienso que él mismo “místico”) nos habla de la sublime oración de Francisco, nos hace esta confidencia: “Y ¿acertarías tú a imaginar de cuánta dulzura estaba transido quien así estaba habituado? El sí lo supo; yo no sé otra cosa si no es admirar. Lo sabrá el que lo experimenta; no se les da el saber a los inexpertos” (2 Cel 95).
Pienso que para hablar Clara y Francisco habrá que haber tenido, o al menos atisbado, la experiencia de la amistad pura con la mujer, y tanto mejor si ella fuere de mi mismo carisma.
En teología esto se llama el conocimiento por “connaturalidad”: se me hace familiar, y como sabido, lo que me dices, porque lo estoy viviendo. Por esta connaturalidad Francisco entendió las Escrituras: el contenido de las Escrituras lo llevaba en su vida.
En nuestra anterior comunicación dejábamos pendiente el tema. Por distintos toques veíamos que hay una “compenetración en el ideal”, y si dos están fervientemente compenetrados en el ideal, de seguro que esa compenetración “mental” les llevará a una compenetración “cordial”, se amarán desde el corazón. Eso sucedió ciertamente en Clara y Francisco.
Pero ocurre algo singular: que esto que se descubre en distintos testimonios, esto palpita en el texto de la Regla, y de esta unión de corazones ha nacido una “forma vitae”, que implica a Clara y a sus hermanas.
Tratemos de verlo.


El capítulo más hermoso de la Forma de vida

El capítulo más hermoso de la llamada Regla de santa Clara es el capítulo VI, titulado fríamente: “De non habendis possesionibus” (de no tener posesiones). Es un mero título “canónico”, seguramente incrustado a la redacción de la Forma de vida. En todo caso, el título para nada refleja el calor y el estremecimiento del texto.
Porque estamos en el capítulo más hermoso, más cálido, más personal de la Regla. E incluso me atrevo a decir: Estamos ante la página más hermosa que ha escrito santa Clara.


El texto del capítulo

El texto del capítulo es el siguiente:

“1 Después que el altísimo Padre celestial, por su gracia, se dignó iluminar mi corazón, para que, a ejemplo y según la doctrina de nuestro beatísimo padre san Francisco, hiciese yo penitencia ‑ocurrió esto poco después de su conversión‑ voluntariamente le prometí obediencia junto con mis hermanas.
2    Y viendo el bienaventurado Padre que ni la pobreza, ni el trabajo, ni la tribulación, ni la afrenta, ni el desprecio del mundo nos arredraban, y que, antes al contrario,  todas estas cosas las considerábamos como grandes delicias, movido a piedad nos redactó la forma de vida en estos términos:
3 "Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, 4 quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud".
5    Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso que sus hermanos hiciesen siempre lo mismo.
6    Y para que ni nosotras, ni cuantas nos habrían de suceder, nos separáramos jamás de la pobreza que abrazamos, poco antes de su muerte nos volvió a escribir su última voluntad diciéndo:
7    "Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin (Mt 10,22); 8  y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza.  9 Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea".
10  Y como yo, a una con mis hermanas, fui siempre  solícita en guardar la santa pobreza que prometimos al Señor Dios y al bienaventurado Francisco, 11 las abadesas, que me sucedieren en el oficio, y todas las demás hermanas, están obligadas de la misma manera a guardarla inviolablemente hasta el fin. 
12  Es decir, no han de recibir o tener, por sí o por interpuesta persona, posesión o propiedad 13 ni nada que razonablemente pueda considerarse como propiedad, 14 a no ser aquella porción de tierra exigida por la necesidad en razón del decoro y del aislamiento del monasterio. 15 Y esa tierra no se cultive sino como huerto para  las necesidades de las mismas hermanas”.
Este texto, dividido en 15 versículos, es una auténtica joya que nos ha dejado la hermana Clara. La explicación detallada, a veces intuitiva de este capítulo, es suficiente para mostrar cómo un carisma ha unido a dos personas, y esta unidad permanece como tesoro de la Orden.

Clara recuerda su historia

El capítulo de algún modo se parece al Testamento de san Francisco y está a la base de lo que es el Testamento de santa Clara.
Clara, para explicar su proyecto, recuerda su historia, que desde una perspectiva superior es “historia de salvación”.
Todo comenzó por un designio operativo del altísimo Padre celestial. Estamos inmersos en una espiritualidad trinitaria. El origen del proyecto de Clara viene del seno de la Trinidad, del Padre. Y le llama a Dios “altísimo Padre celestial”. Puede apoyarse en el texto que va a citar a continuación.
Si recordamos la antífona mariana del Oficio de la Pasión, comprenderemos mejor esta vivencia trinitaria y el texto de san Francisco que viene lugo. La antífona mariana dice de este modo: “Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, / hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros, junto con el arcángel San Miguel y todas las virtudes del cielo y con todos los santos, ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro”.
María late, entrañable, en la espiritualidad de Clara, y la relación de María con la Trinidad puede aclarar, con algún paralelo, la relación de Clara con las personas de Dios Trino.
Clara se siente hija del altísimo Padre celestial.  En el Testamento san Francisco bendice a sus hermanos con “la bendición del altísimo Padre”. Y la carta a todos los fieles, en su segunda redacción, comienza así: “Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad” (2 Cta 1).
La elección, pues, de Clara, como en Efesios, va a venir directamente del Padre. Y la mediación en esta historia va a ser Francisco, en el doble cauce de su “ejemplo” y “doctrina”.
La vocación de Clara comenzó en el altísimo Padre celestial. Este sentido de filiación divina nos lleva a las purísimas esencias de Clara.

La llamada del Padre termina en la conversión

Aquí Clara v a repetir lo que ha dicho en el capítulo primero. No importa que se repita. Este capítulo VI tiene unidad en sí mismo, y justifica que se repita lo que ya se dijo.
Al principio Clara nos habló de “su conversión” (I,4); aquí nos habla de “hacer penitencia” (VI,1). Ya sabemos que en la nomenclatura franciscana “conversión” y “hacer penitencia” son la misma cosa. Y ambos términos se aplican por igual a Francisco y a Clara. Aquí se habla de la “conversión” de Francisco, y en el Testamento Francisco hablará de cómo el Señor le concedió “hacer penitencia”.
      La conversión es el nuevo camino; en este nuevo camino de Francisco entró Clara. No importa lo que haya precedido, si muchos pecados, pocos y una vida sencillamente santa; en este camino el nuevo estado es “conversión”.

La conversión termina en una entrega de obediencia a Francisco

Se repite lo que ya se dijo en el capítulo primero. Clara con sus hermanas, ya al principio - antes que vinieran nuevas reglas transitorias - prometió obediencia a Francisco. Lo prometió para siempre. Los estados sucesivos no pudieron alterar ni la totalidad de esta entrega, ni la directriz hacia la que se encaminaba.
Es importante esta consideración, para poder relativizar  el hecho de que santa Clara se acogiera a la Regla profesada en el Císter para poder amparar su vida consagrada. Su carisma genuino arrancaba de esta obediencia prometida, comunitariamente, con sus primeras hermanas, a Francisco.

La primera experiencia

Ahora, a la altura de la Regla, se puede recordar la primera experiencia como un canto de amor a Dios. Nada les arredraba. Santa Clara acumula cinco palabras para evocar lo que vivían: pobreza, trabajo, tribulación, afrenta, desprecio del mundo. La primera experiencia de San Damián - bien patente queda - fue
- una experiencia heroica: ferviente y lanzada
- compartida
- una experiencia “deliciosa”, porque aquellas tribulaciones se les convertían en delicia.
      - es decir, una experiencia carismática, con el evidente sello de Dios.
      Francisco se reconoció en aquella experiencia y la asumió como ideal suyo.

Francisco escribe la primera Forma de vida de las clarisas

Nos sorprende que Clara llame a lo que escribió Francisco “Forma de vida”. Nosotros hubiéramos llamado a tal escrito de otra manera. ¿Dónde está exactamente la Forma de vida en tal escrito?
Se trata de una Forma de vida carismática, que Francisco la expresó así:
      la perfección del santo Evangelio.

Si sopesamos con atención el texto, nos daremos cuenta que la Forma de vida, que ha sido suscitada por “inspiración divina”, que propone Francisco, es una Forma de vida trinitaria, a saber:
- La perfección del santo Evangelio no es otra cosa sino seguir en todo las huellas de nuestro Señor Jesucristo.
- mediante su conversión han pasado a ser, de manera muy singular, “hijas y siervas del altísimo sumo Rey y Padre celestial”. “Os habéis hecho”: esto es, ha habido un acto de consagración de vuestra parte para seguir esta vida.
 “os habéis desposado con el Espíritu Santo”, como la Virgen María. Título que Francisco da a la Virgen en la antífona mariana, no usado anteriormente.
La Forma de vida que da Francisco es su propio estilo de vida. Francisco, para las hermanas, lo mismo que para los hermanos, ha visto que la forma de vida es puramente el Evangelio. Aquí se nos da esta expresión, que humildemente hemos de conservar como un tesoro: secundum perfectionem sancti Evangelii. El Concilio hablará de la vida religiosa como vida “perfectae caritatis”, vida de caridad perfecta.
San Francisco no tiene rubor en hablar de esta perfección del Evangelio. ¿Por qunegarlo, si Jesús así lo ha querido?
Clara y sus hermanas se han comprometido a la “perfección del santo Evangelio”, no a la medianía, a la mediocridad.
En suma, la vida clarisa es una vida trinitaria según la perfección del santo Evangelio. Es el proyecto evangélico, llevada con exhaustividad según la moción del Espíritu.


El compromiso de Francisco

El compromiso de Francisco es un compromiso a la par del proyecto, y aquí se muestra con estas notas características:
- compromiso espiritual, que brota no por iniciativa suya, sino por iniciativa de Dios que es el autor de lo que está ocurriendo, compromiso bajo la moción del Espíritu.
- compromiso solemne ratificado con una fórmula semejante a la de los votos. Aquí se dice: “volo et promitto”; en los votos: “voveo et promitto”.
- compromiso irrevocable: es un compromiso para “siempre”, como cuando uno pronuncia unos votos para siempre. No se trata de un compromiso temporal, p. e., “mientras yo viva”.
- por ello es un compromiso que abarca igual la persona de Francisco que la de los hermanos. No es un compromiso meramente personal, sino institucional. Mientras existan clarisas y mientras existan hermanos menores, la vinculación existirá por el hecho de manar, según el Fundador, del mismo carisma.
- compromiso total, que aquí se expresa en las expresiones “amoroso cuidado (curam diligentem) y especial solicitud (sollicitudinem specialem)”.
- compromiso al par de los hermanos: taquam ipsis. San Francisco, que sin dificultad lo vemos “todo para los hermanos”, va a ser “todo para las hermanas”.
Santa Clara  deja constancia de que Francisco cumplió este compromiso de forma diligente, al tiempo que de nuevo recuerda la voluntad de Francisco de que los hermanos hagan lo mismo.


La última palabra de Francisco 
Toda la Forma de vida a la que aspira Clara está compendiada en una palabra inicial, origen del carisma, y una palabra final, corona del mismo.
Francisco se identifica a sí mismo como “el pequeño”, que puede traducirse igualmente por “el pequeñuelo”. (El P. Bernabé, de quien he escrito “Historia de un pobrecillo”, dijo de sí mismo: Yo soy un pobrecillo).
La vida de Francisco está recogida aquí: vida y pobreza de Jesús y de María. Vida y pobreza son la misma cosa; no se pueden separar una de otra. Como tampoco se puede separar Jesús y María. La Virgen pobrecilla es la “santísima Madre” del “altísimo Señor Jesucristo”. Se unen los extremos como solo Dios puede unirlos: los títulos divinos, de Jesús y de María, y la suma indigencia del hombre, expresada en la pobreza.
Francisco, el hermano, hace esta recomendación a las hermanas, a las que ahora no llama con este apelativo de familiaridad y confianza, sino con aquella cortesía que para él era don del Espíritu Santo; les llama “Madonnas”. “Mis Señoras” con la cortesía del juglar, que al cantar al Dios Altísimo por sus criaturas, le llamaba “mi Señor”.  Llamar a sus hermanas pobres “Mis Señoras” no es falta de confianza, sino pleitesía, reconocimiento de lo que Dios está haciendo con ellas.
Francisco les dice que, si tienen el secreto revelado, que ahora lo llama “santísimo” (santísima vida y pobreza), no se aparten jamás de él, por nada del mundo, por consejo de nadie, quien quiera que sea. Está pensando, sin duda, en concesiones de la Santa Sede. Esto explica que Clara hubiera recurrido, ya muchos años atrás, a pedir, como privilegio, el privilegio de la altísima pobreza, para esta santísima vida y pobreza...
En resumen Francisco y Clara vibran con el mismísimo ideal...
El Espíritu los ha unido mucho más de lo que nosotros imaginamos.
¡Quién pudiera tener una experiencia semejante...!

Me quedo aquí, mi querida Lidia.
Al componer estas notas, he pensado que de todo ello podría redactar un escrito con más detalle, con mayor sabiduría..., y ojalá que con mayor unción.
Con la gracia de Dios, espero hacerlo.

El Señor llene tu corazón - y el mío - de amor.

Tres Ojitos, al concluir la solemnidad de Pentecostés,
27 de mayo de 2007.

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