jueves, 21 de junio de 2012

253. Esencias de santa Clara – 10 Escuchad, pobrecillas


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 10
Clara y Francisco:
Audite, poverelle / Escuchad, pobrecillas


Mi querida Lidia:
Más y más de esencias de santa Clara.
El estudio de nuestra santa - o de nuestra hermana (¡la quiero tanto!) puede tener dos niveles: uno, piadoso y sencillo, pero seriamente fundamentado en los resultados de la investigación de hoy. Otro, rigorosamente científico, yendo a los últimos problemas que la investigación plantea en el estado actual de la ciencia, y tratando de estos asuntos con los instrumentos adecuados, con la crítica histórica.
Para ser santa - ahora hablo a una capuchina - ciertamente que no hace falta meterse por esas vereda. Pero la Orden como tal sí que necesita tener este conocimiento crítico de santa Clara. Escribo estas cosas al hilo de los pensamientos que vamos desgranando, y después de haber leído, con verdadera fruición, la Introducción científica que Stefano Brufani hace en Fontes Franciscani (Edizioni Porziuncola 1995) a la Legenda sanctae Clarae Assisiensis ( pp. 2403-2414). Se trata de la Leyenda o Vida de santa Clara, que mandó escribir el Papa de la canonización, Alejandro IV. Lo último que narra esta Legenda es la canonización, y la obra termina así: “Y todo esto tuvo lugar en Anagni, en la iglesia mayor, el año de la Encarnación del Señor de 1255, primero del pontificado del señor Alejandro, para alabanza de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”.
El autor apunta el año, pero sorprendentemente no dice el día; han conjeturado los expertos que fue el 15 de agosto, a los dos años y cuatro días de la muerte de la santa.
Los críticos opinan que el autor de esta Legenda de santa Clara, encargada por el Papa, es el óptimo escritor Fray Tomás de Celano (a quien mucho admito), que para esta fecha ya habría escrito la Vita II de san Francisco. Una clarisa, ésta sí científica, Chiara Augusta Lainati, no las tiene todas seguras de que el autor fuera Celano. No es asunto de importancia definitiva, y, en todo caso, sea quien sea el escritor, nos ha dado una obra bellísima.
Para escribir esta Vida, que se escribió ciertamente en los días del pontificado de Alejandro IV (fechas), el autor tuvo estas fuentes:
- el proceso de canonización (lo dice expresamente),
- los testimonios que él mismo recogió directamente de las hermanas,
- y lo que él pudo consultar a los hermanos testigos de la viva tradición.
La Legenda, deliciosamente, tiene un recorrido cronológico temático:
1) Clara en su casa y familia (nn. 1-4).
2) El encuentro con Francisco y lo que ella llama la conversio (5-11).
3) Luego, la parte mayor, lo que los medievales llamaban la conversatio, es decir sus 42 años de “consagración”, su trato, vida y costumbres (12-48).
4) Y, por último, algo importante y esencial en la hagiografía de la Edad Media: los milagros después de la muerte, signo de su excelsa santidad (49-62).
Yo he ido a esta obra para ver cuál es ese edificio de las virtudes de santa Clara sobre cuyo armazón está escrita, intrigado para saber “las esencias de Clara”, tal como las han visto los biógrafos..., a ver si coincide con lo que yo veo, con lo que yo voy exponiendo. El autor nos presenta este cuadro: la santa humildad, base del edificio (12), la santa y verdadera pobreza, que para Clara fue “lo suyo” (13-18), el “ejercicio” de la santa oración, en la cual habitaba noche y día (19-20), y, lógicamente, hablando de la oración, habla de “las maravillas” de su oración y primero de los sarracenos puestos en fuga y de otras cosas admirables (21-27); aquí viene, en especial, “su maravillosa devoción al Sacramento del Altar” (28), Navidad (29), y el “ferventísimo amor al Crucificado”  y a la santa Cruz (30-35). Y ahora pasemos a su trato con las hermanas (de quotidiana informatione sororum, “hermanas” más bien que “monjas”, como dice la traducción), y aquí vienen diversos aspectos (36-43), incluido, en la enfermedad, la visita del Papa Inocencio (41-42). Y así hemos llegado al “Tránsito final” (44-48).
Todo esto es bello y lógico. ¡Qué grande es la maestría de un escritor, que así nos deleita y después de tantos siglos, nos une con los acontecimientos! Dígnese el Señor concederme a mí, empedernido escritor, la gracia del bien decir las cosas, que está precedida por la gracia del bien pensar..., y antes por la gracia del bien sentir, lo cual - mi amada y entrañable Lidia - no es posible sin un corazón humilde, sencillo y puro, que ha sido y es el ideal de mi vida.
Pero... bueno, volvamos. En el “Tránsito final” aparecen unos frailes menores: fray Rainaldo (44), fray Junípero (45), y “aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco”, Ángel y León (45).
Pero el ojo crítico del lector, si uno quiere penetrar lo que se dice y lo que se calla, se encuentra con una sorpresa. Cierto que Francisco interviene como inspirador e iniciador de esta vida de Clara, y el autor lo destaca con trazos inequívocos, pero luego, en esos 42 años de vida claustral, salvo al final, Francisco y los hermanos desaparecen. Clara confiesa al “piadoso varón fray Rainaldo”: “Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil” (LCl 44).
El intérprete crítico se pregunta: ¿Y por qué, si esto no es verdad, que san Francisco se esfumase de la vida de ella? Si sabemos, por otras fuentes, por el testimonio directo de la propia Clara, que Francisco siguió siendo una presencia inspiradora, si Francisco prometió que tendría de ella el mismo cuidado que de los hermanos...
Estas omisiones no son “inocentes” y son altamente significativas... El autor está describiendo el modelo de lo que debe ser un monasterio santo... El cuidado de las monjas (cura monialium) no fue bien visto en la Orden... Por tanto, discreto silencio...
Todo lo que cuenta el autor es verdad, pero hay verdades que no cuenta... y que nos conviene saber para valorarlas en su justa apreciación...
En suma, Stefano Brufani, el especialista al que nos hemos referido, concluye:
“Si hay una imagen de santidad que se destaca en la Legenda, a mí me parece que esta imagen está fuertemente condicionada por un modelo de santidad monástica, en la que el hagiógrafo ha tratado de verter, conscientemente, la experiencia de Clara. No trasparece la novedad minorítica. Clara, en la reconstrucción hagiográfica, está todavía ligada a la tradición del monaquismo de los siglos precedentes. Y la presencia de Francisco es solamente una presencia; Francisco en la Legenda de Clara no emerge como modelo. Si todo esto es verdad y si es posible una conclusión, hela aquí: la reconstrucción hagiográfica de Clara se inscribe ciertamente en el signo de la tradición, mas no en el de la innovación” (Brufani, 2414, citando, por otra parte, un trabajo suyo de 1993).

* * *

Las esencias puras de Clara las descubríamos en el capítulo VI de su Forma de vida, y esa unidad de Francisco y Clara, formulada en los dos breves escritos allí incluidos, estaba la “quintaesencia”.
Hay un nuevo escrito de Francisco a Clara y a las hermanas que están con ella. Este escrito tenemos que conocerlo, para sentir en él que es el mismo Francisco el que habla y que sus ideales son aquellos mismos que veíamos en las dos joyas espirituales que vimos.


La rima juglaresca de Francisco para las Hermanas de San Damián

La rima es ésta, según la edición de Ignacio Omaecheverría en su obra de Santa Clara.

1    Audite, poverelle, dal Segnor vocate,
      ke de multe parte et provincie sete adunate.
2    Vivate sempre in veritate,
      ke en obedientia moriate.
3    Non gurdate a la vita de fuora,
      ka quella de lo spirito e migliora.
4    Io ve prego per gand’amore
      k’aiaite discrecione
      de le lemosine ke ve da il Signor[e].
5    Quelle ke sunt adgravate de infirmitate,
      et le altre ke per lor suo adfatigate,
      tutte quante lo sotengate en pace.
6    Ka multo vederi cara questa fa-i-ga
      ca cascua serà regina
      en celo coronata con la Vergene Maria.


1    Escuchad, pobrecillas, por el Señor llamadas
      y de diversas partes y provincias congregadas.
2    Vivid siempre en la verdad
      para morir en obediencia.
3    No viváis la vida de fuera,
      puesto que la del espíritu es más valedera.
4    Os ruego, con gran amor,
      que administréis con discreción
      las limosnas que os diere el Señor.
5    Las que se hallan afligidas por enfermedad
      y las otras que os esforzáis por atenderlas,
      todas por igual soportadlo todo en paz.
6    Pues mucho os aprovechará esta fatiga,
      ya que cada una será reina coronada
      en el cielo con la Virgen María.

Para entrar en el sentido de esta canción, hay que echar en vuelo la fantasía y representarse a un juglar con vihuela. Cuando un juglar canta, canta el amor o la guerra. O mejor, si canta la guerra, será por algún asunto de amor.
Todos los pueblos tienen canciones... En la tierra donde yo nací, la canción propia es la jota. Y, como región gusta en hacer su propia creación o en recrear lo que ha recibido, es distinta la Jota Riojana (riojano soy) de la Jota Navarra y de la Jota Aragonesa..., por citar las más cercanas.
La Jota del norte, como la Saeta andaluza, es breve: cuatro versos (si bien es cosa totalmente distinta la Jota de la Saeta). La Jota puede ser seria, con inocente picardía, dramática, orgullosa..., y en el fondo, un sonido dominante: el amor.
El Juglar no es un “cantante”; es un “cantador”, mejor dicho, un “cantaor” (Así los andaluces, que cantan el “cante jondo”. Esa hondura de su cante es cortante espada...)
Un Juglar canta el amor, y yo entiendo - y de alguna manera empiezo a escuchar - que lo que canta Francisco es el amor. Claro que lo que el amor aquí significa es bien distinto de lo que puede soñar un joven abierto a una pasión acaso sin controlar.


Lo que dice la Leyenda de Perusa (o Compilatio Assisiensis)

En la “Leyenda de Perusa” encontramos un número, el 85, que se refiere justamente a esta canción.

Cántico‑exhortación a las Damas Pobres
Aquellos mismo días y en el mismo lugar, el bienaventurado Francisco, después de haber compuesto las alabanzas del Señor por sus criaturas, compuso también unas letrillas santas con música, para mayor consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián, particularmente porque sabía que estaban muy afectadas por su enfermedad .
Como no podía, a causa de la enfermedad, visitarlas y consolarlas personalmente, hizo que sus compañeros les transmitieran la letra que había compuesto para ellas. Con estas palabras, como siempre, les quiso manifestar brevemente su voluntad: que debían tener una sola alma y vivir unidas en caridad, ya que, por su predicación y ejemplo, ellas se habían convertido a Cristo cuando los hermanos eran todavía pocos. Su conversión y su vida eran prestigio y edificación no sólo de la Religión de los hermanos de la que eran su plantita, sino de la Iglesia entera de Dios
Conocedor el bienaventurado Francisco de que desde el principio de su conversión, por voluntad y necesidad, llevaban una vida muy austera y pobre, sentía siempre gran piedad por ellas.
Por eso, en el mensaje les ruega también que, como el Señor las había congregado de muchas partes para unirlas en la santa caridad, en la santa pobreza y en la santa obediencia, mantengan hasta morir fidelidad a éstas. Les pide especialmente que con alegría y acción de  gracias provean discretamente a  sus necesidades corporales, sirviéndose de las limosnas que el Señor les proporcionaba; y, sobre todo, recomienda que tengan paciencia las sanas por los trabajos que soportan por sus hermanas enfermas  y estas en las enfermedades y necesidades que sufren”.
     
Esta obra de la Leyenda de Perusa (llamada por Marino Bigaroni, Compilatio Asisisensis, 1975, y lo mismo por la edición de “Fontes Francescani”, 1995), parece que “formaba parte del florilegio de Greccio, puesto en manos de Celano por (el general) Crescencio de Jesi en 1246" (Escritos BAC 596). El redactor principal ha sido Fray León, pero con Fray León están los compañeros de la primera hora (“nosotros que estuvimos con él”, 18 veces).
Estamos en tiempos de santa Clara. Pero el texto como tal de los versos, la Leyenda de Perusa no nos lo transmite. Ahora bien, lo que dice del contenido de la canción es muy bueno, y, or de pronto, una primera acertada interpretación.
Veamos ahora, con detalle, el texto y tratemos de interpretarlo como pasaje en el cual san Francisco está vertiendo su alma.

Audite, poverelle

Los rapsodas, los recitadores... cuando comienzan no raramente piden, para empezar, atención y escucha. Y así empieza el juglar Francisco: Audite, Escúchenme...
     
Lo de Pobrecillas es un diminutivo entrañable. En España se dirá “pobrecilla” o “pobrecita”, según las regiones, incluso “pobrecica”. (En Navarra tenemos un diminutivo en “ico”; por eso, los Navarros, según y cómo, son los Navarricos). El diminutivo es un ribete del alma mexicana; es una forma de rizar la ternura, es el adorno ondulante que se le pone al pastel terminado. Me dijeron que en México hay tres diminutivos “extra”, que son muy tiernos, y he comprobado que sí. Los tres diminutivos son: Padrecito; Doctorcito (claro que éste según y como)... y otro compasivo: Borrachito... ¡Claro que sí, porque pobrecito..., si se emborracha...!
Es interesante perseguir las palabras y buscar cómo Francisco o Celano también emplea ese diminutivo del “pobrecillo” o de la “pobrecilla”. ¡Con qué ternura se dice de la Virgen “Pobrecilla”! Oigámoslo.
“Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre” (Lcl 14).
A Celano le conmueva esa Pobrecilla Virgen de Belén, recordando los sentimientos de Francisco: “No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla” (2Cel 200).
De los Tres Compañeros es este testimonio: “Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra” (TC 15).
Hablando de la oración de Clara, dice la Legenda: “Ciertamente Dios había dispuesto para su pobrecilla un convite de su dulcedumbre, y trasparentaba al exterior, a través de los sentidos, el alma colmada en la oración por la luz verdadera” (LCl 20).
     
Próxima a la muerte, anhela“ a Cristo reinante, a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo corazón” (Lcl 41).
Es un lenguaje que pertenece a Clara: “Sumergida en esta contemplación, no te olvides de tu pobrecilla madre, pues sábete que yo llevo grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en los pliegues de mi corazón (Prov 3,3; 2 Cor 3,3), y te tengo por mi más amada entre todas” (4Cta 33-34).

Para penetrar en la entraña de este diminutivo no olvidemos que Il Poverello está llamando a sus hermanas Le Poverelle. Lo de “pobrecillo”, aplicado a Francisco o a personas o cosas, está presente en todos los estratos de la literatura franciscana; pertenece al candor y a la verdad de nuestro lenguaje, y nace de la realidad que ha vivido Francisco. “El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión” (1 Cel 76). Francisco ante el Papa es “el pobrecillo de Cristo” (LM 3,9; y antes LM 2,6; luego LM 7,5).
San Buenaventura dirá de Clara, con toda exactitud: “Ella que fue hija en Cristo del pobrecillo padre San Francisco, es, a su vez, madre de las Señoras pobres” (Lm 4,6).
Así pues, Francisco, que se ha llamado a sí mismo, el Pequeñuelo, que vale tanto como “el Pobrecillo”,   “il Poverello”, les llama a sus Hermanas y a sus Madonnas “le Poverelle”: Audite, Poverelle...
La pobreza va a ser la clave de la existencia de estas hermanas reunidas por el Señor.


Dal Segnor vocate..., adúnate

Francisco, al cantar para sus hermanas, las ve como grey de Dios, congregadas de muchas partes. San Damián es una pequeña Iglesia de la Iglesia santa. Pero quizá piense, más bien, en la familia que se va extendiendo, bendecida por Dios.
Celano había escrito en su Vita I una alabanza que casi nos resulta increíble... Ya hablamos de ella en la Carta 2, al tratar de “El Perfil”.
Y aquí, al contemplar lo que ha pasado en 40 años, Celano (o el Autor, si es otro) tiene un éxtasis espiritual, y escribe un párrafo, histórico y místico, para decir “cómo la noticia de su bondad llegó a lugares remotos” (n. 11). La Iglesia se va poblando de monasterios que aportan un “novum”, distinto de lo que ya estaba en la orden benedictina. La Iglesia se siente reconfortada con flores de aquellas que hablaba el Cantar de los cantares para la esposa: “Innumerables ciudades se engalanan con monasterios, y hasta los lugares campestres y montañosos se embellecen con la fábrica de tan celestiales edificios. Se multiplica el culto de la castidad en el siglo, abriendo la marcha la santísima Clara, y queda restaurado el renacido estado virginal. Con estas flores espléndidas que Clara produce, reflorece hoy felizmente la Iglesia, la misma que implora ser sustentada con ellas, cuando dice: Confortadme con flores, reanimadme con manzanas, que estoy enferma de amor (Cristo 2,5)”.
Y después de este efluvio espiritual, el escritor, aterriza y dice: “Pero vuelva ya la pluma a su propósito, para que se conozca cuál era su tenor de vida” (n. 11).
El texto que estamos leyendo era de treinta años antes, texto de Francisco. Pero ya entonces el mismo Francisco la ve bendecidas del Señor ...
Hoy algunas clarisas sienten una vocación ecuménica (pensemos en el minimonasterio de capuchinas de Syros, monasterio “Ut unum sint”). Piensen que esa vocación de unidad es una vocación que procede Dios, y que ese ser congregadas (adunadas) de diversas partes y provincias es obra del Señor.


Vivate sempre en veritate

Esta consigna es bellísima, y yo quisiera arrancarla del poema de Francisco, cantor de las cosas divinas para grabarla a la entrada de San Damián o a la entrada de mi casa: Vivid siempre en la Verdad.
Hay un versículo en la Biblia que hace muchos años, joven profesor, me enamoró: “Hasta la muerte por la verdad combate, y el Señor Dios peleará por ti” (Sir 4,28). Seguramente que un hebreo, al pensar en “la verdad”, pensaba en la Ley Santa del Señor, donde está la revelación. Francisco usa 18 veces la palabra “verdad” en sus escritos, casi todas ellas, citando alguna frase de la Escritura.
Como suyas tiene frases de este tenor: “El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad, sin nada propio” (Adm. 11). (Aquí “en verdad” es un adverbio, y equivale a “verdaderamente”, pero misteriosamente nos aproxima a un sentido profundo: la verdad profunda del ser humano es la pobreza...). Cosa semejante encontramos en la Admonición 14: “Estos tales no son pobres de espíritu; porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a los que le golpeen en la mejilla (cf.Mt 5,39)”.
El que es “lo que es ante Dios” ese es el verdadero, ése vive en la verdad.
 Vivir, pues, en la verdad es vivir en la esencialidad del ser ante Dios y ante los hombres. Si ahondamos profundo, veremos que vivir en la verdad y vivir en la pobreza es lo mismo, y que este consejo se nivela aquella Última Voluntad expresada en la Forma de vida: “y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza”.


Para morir en obediencia

En la Carta a toda la Orden encontramos una frase que Francisco dice uniendo “muerte” y “obediencia” que nos da la clave, me parece a mí, para entender este pasaje que comentamos: “nuestro Señor Jesucristo dio su vida por no apartarse de la obediencia del santísimo Padre (cf Flp 2,8)”.
Morir en obediencia es morir como Jesús, que murió cumpliendo la voluntad del Padre, como San Juan nos lo dice: “ Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.” (Jn 10,17-18). Y en la Cena: “...llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí” (Jn 14,30-31).
En resumen, esto es lo que Francisco dice a sus hermanas:
- Vivir en la verdad es vivir en la pobreza de Jesús,
- y morir en obediencia, como Jesús, es morir en la voluntad del Padre, que para Francisco y Clara se ha manifestado en esta opción de pobreza.


La vida de fuera y la vida del Espíritu

Frase central de la Regla de Francisco y de la Forma de vida de Clara: “Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la enfermedad...” (2R 10,10). Santa Clara se ha identificado plenamente y ha repetido lo mismo con las mismas palabras: “Pero no olviden que por encima de todo deben anhelar  tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la enfermedad...” (RCl 10,9-10).
Así pues, Francisco está diciendo a sus hermanas queridas que la vida debe estar donde está, en el centro, y allí es donde opera el Espíritu del Señor...


De nuevo la pobreza: discreción, reconociendo la Providencia del Señor
     
Si las hermanas han consagrado su vida al Señor, totalmente, como Jesucristo estuvo consagrado al Padre, el Padre mismo proveerá.           
La pobreza es una vivencia teologal de la paternidad divina: Dios está presente. Y una prueba de esta evidencia son las limosnas. Las limosnas no nos vienen por un arte de conquista de la voluntad de las buenas gentes. Las limosnas son gracia que derrama la Providencia de Dios.
La vida así, como vida de Dios en nosotros, eso es nuestra realidad de gracia. ¡Ojalá lo sea!
Qué ternura se advierte en esta recomendación de Francisco. Las hermanas necesitaban moderación es ese ímpetu que urgía toda su vida en el desprendimiento total. Francisco, al verlas en esa generosidad, lo que les pide es “discreción”, es decir, que se dejen conducir por una condescendencia espiritual. Dios las protege, Dios las ha de cuidar; Dios mismo ha de guardar su pobreza.
Esto se lo recomienza Francisco “con gran amor”.


La enfermedad, la paciencia y la paz
     
Según la Leyenda de Perusa hay una relación entre el Cántico de las criaturas, que se completa con la reconciliación y la paz entre el podestà de Asís y el Obispo, y el Cántico para las pobrecillas. Dicen aquellos hermanos que este fue compuesto un poco después de aquél; los dos en las mismas circunstancias de la vida avanzada y dolorosa de Francisco.
San Francisco estuvo muy enfermo (ojos, estómago, bazo, e hígado) - así dice Celano, de pasada, cuando nos habla de cómo recitaba el oficio divino (2 Cel 96) -; y santa Clara estuvo también 29 años enferma... Y las hermanas han de estar enfermas, están enfermas... ¿Cómo no van a estar enfermas?
La enfermedad va a producir una corriente circulatoria de caridad entre las que padecen y las que sirven. Se produce, entonces, una obra sobrenatural, que es la paciencia. Y en la paciencia reina la paz.
La paz, don de los pobres, es un don sublime para una comunidad.

Coronadas con la Virgen María

Es hermoso este final de la Exhortación cantada “Audite, poverelle” se diga la “cada hermana” (en viejo italiano “cascua”) será coronada reina con la Virgen María.
Cuando moría Clara vio sor Bienvenida (testigo XI) que venía un coro de vírgenes coronadas y con ella la Virgen María con una corona más preciosa. La Virgen se inclinó sobre santa Clara...
Francisco, que ha visto que María, esposa del Espíritu Santo, es el modelo de Clara y de las hermanas, sabe que al final, las Pobrecillas han de ser coronadas Reinas como la Virgen María.
Esto es lo que yo he visto, por de pronto, mi querida Lidia, al leer el bello texto, que lo interpretamos - pienso que muy correctamente - al son del capítulo VI de la Forma de vida.
Y, para terminar, se me ha ocurrido, de improviso un cántico, pues un canto se puede interpretar con otro canto, y, partiendo de la inspiración de Francisco, he rimado unos versos sencillos que puede servir en tu casa como canto vesperal.
Te los dedico con mi saludo y un beso

Cántico vesperal
(Glosa de Audite, poverelle)

1. Nosotras, las pobrecillas
a ti, oh Padre, acudimos;
tú mismo nos has llamado
y aquí nos has reunido.

2. De muchas partes venidas
formando un hogar y un nido:
misterio de la unidad
porque tu amor lo ha querido.

3. Vivid siempre en la verdad,
así Francisco nos dijo,
y morir en la obediencia,
cual tu Hijo Jesucristo.

4. Nuestra verdad es Jesús,
su pobreza y su camino;
y obedecer es querer
el amor que el Padre quiso.

5. No nos seduzca hacia afuera
lo que se va como vino;
el Espíritu nos guíe,
matutino y vespertino.

6. Discreción de Providencia
que Dios no olvida a sus hijos;
Dios nos prepara su mesa:
con amor la recibimos.

7. Las enfermas son tesoro
para la paz, don divino,
¡loado seas, oh Dios,
con gracias seas servido!

8. Y una corona de gracia
ya brilla en el Paraíso
con María, coronada
seré yo que le seguido.

9. ¡A la santa Trinidad
ascienda un canto suavísimo,
todos los santos cantando,
cantando Clara y  Francisco! Amén.

Tres Ojitos, Domingo de la Santísima Trinidad,
3 de junio de 2007

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