viernes, 22 de junio de 2012

256. (Domingo 12) – Natividad de San Juan Bautista


Hermanos:

1. H0y es domingo 12 del tiempo ordinario del año, ciclo B, y coincide ser 24 de junio: Hoy es san Juan Bautista. Exactamente hoy es la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Y en este caso, y de modo extraordinario, la fiesta de Juan el Bautista se sobrepone al Domingo, cosa que de pronto nos sorprende.
Dice el Concilio en la constitución sobre la Sagrada Liturgia: “el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Sacrosanctum Concilium, 106).
El principio de que el domingo no puede ser suplantado por ninguna fiesta se mantiene taxativamente en Adviento y Navidad, en Cuaresma y Pascua. Si en esos tiempos ocurre una gran solemnidad como la Inmaculada, san José, la Anunciación, no se suprimen, pero se trasladan fuera del domingo.
En el tiempo ordinario, como es el tiempo en que estamos, la norma queda suavizada, y en casos especiales como hoy, la fiesta del santo queda en relieve, en primer plano, conscientes de que en la misa, sea cual sea el motivo del misal, siempre celebramos el misterio pascual de Cristo.
Valgan estas palabras introductorias como sencilla catequesis para apreciar la importancia del Domingo, que nos une al misterio pascual de Cristo.
2. Muy importante tiene que ser, pues, San Juan Bautista. Ya en los tiempos remotos de san Agustín (que murió el año 430), cuando él predicada a sus fieles, la fiesta de san Juan Bautista era una fiesta “tradicional”. Y les hablaba de esta maneta: “La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar provecho de él” (lectura del oficio divino del día).
Con el mismo respeto de este santo doctor de la Iglesia ante la Palabra de Dios queremos pasar a los textos del día para saber con exactitud qué celebramos, y dejar que nuestro corazón vibre al contacto de estas realidades.
Miren, hermanos, no celebramos propiamente las virtudes de este santo, aquella valentía, por ejemplo, para enfrentarse como profeta al tetrarca Herodes y decirle: “No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano”, lo que le costó la cabeza, profeta del temple de Elías.
No celebramos la austeridad de Juan el Bautista, que vivió en el desierto, con aquella túnica y aquellos alimentos…, escenas que recordamos en Adviento.
Lo que celebramos es el misterio del Señor que se muestra en el nacimiento del santo Precursor.

3. Y hay dos mensajes que resaltan en esta contemplación que hace la Iglesia:
- uno es la historia de salvación que Dios lleva a cabo con su pueblo y con todos los hombres, que, al fin, todos son hijos suyos, llevando los acontecimientos por el rumbo que Él quiere;
- otro aspecto es la alegría de la salvación que produjo este nacimiento, una alegría que no se ha terminado en la Iglesia, y que la pedimos como gracia  muy especial de esta fiesta.
Literalmente la oración del día dice así:
“Oh Dios, que suscitaste a san Juan Bautista, para preparar a Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto (perfectam plebem),
concede a tus pueblos la gracia de los gozos espirituales (da populis tuis spiritualium gratiam gaudiorum),
y dirige las mentes de todos tus fieles por los caminos de la salvación y de la paz”.

4. Estamos hablando tanto del misterio de Jesús como de Juan, su precursor. Cuando el ángel anunció a María, le dijo que su prima Isabel estaba de seis meses, la que llamaban estéril, porque para Dios no hay nada imposible. María corrió a la montaña. En cuanto la criatura oyó el saludo de María, saltó de gozo en el vientre de la madre. Y estuvo con su prima tres meses – refiere san Lucas – acompañándoles, pues, en todo el final del embarazo.
Hoy el Evangelio evoca la escena del nacimiento y lo que siguió a este momento feliz.
“A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella” (Lc 1,57).
Ya lo había anunciado el Ángel a Zacarías: “Tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. (Juan significa Gracia de Dios). Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento” (Lc 1,13-14).
El pueblo cristiano en sus costumbres tradicionales ha expresado esta alegría con las hogueras en la noche de san Juan. Así lo hacían en mi tierra, como en tantas partes, y es un recuerdo de mi infancia.

5. Sigamos recordando el episodio evangélico, lleno de colorido y belleza. “A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: ¡No! Se va a llamar Juan. Y le dijeron: Ninguno de tus parientes se llama así. Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Y todos quedaron maravillados” (vv. 59-63).

6. La alegría de aquel nacimiento de Juan culminó en la bendición y la alabanza. Al padre, hasta entonces mudo, se le soltó la lengua “y empezó a hablar bendiciendo a Dios”. Y luego “se llenó del Espíritu Santo y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo…”
Es el canto del “Benedictus” que todos los días lo reza la Iglesia por la mañana para dar gracia a Dios por el don de la Encarnación. La alabanza, que es el fruto espontáneo del amor, debe llenar nuestra vida.
Juan nacía como precursor de la gracia de Dios, en el misterio de la Encarnación. Por eso Juan es grande, mas no por sí mismo, sino por la misión que Dios le ha asignado. Dios lo había escogido para esa gran misión de ser el último mensajero del Mesías, el que lo indicó con el dedo. He ahí el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.
Por esta razón hoy en las lecturas de la misa escuchamos un cántico venerable del libro de Isaías, que no se refiere en directo a Juan, sino a Jesús – el segundo cántico del Siervo de Yahveh –, pero que la Iglesia lo aplica al Precursor: “El Señor me escogió desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano…” (Is 49,1-2).
7. Hermanos, estas son las maravillas de Dios que nosotros contemplamos para admirar, dar gracias y llenar el corazón de alegría, porque Dios nos regala sus divinos misterios. Tiempo oportuno vendrá en que uno saque las consecuencias y aplicaciones morales para su vida.
Pero el nacimiento de una criatura no es la ocasión para planificar el futuro y tomar graves decisiones. Es el momento para felicitarse, llenarse de gozo, y ver que la mano de Dios hace de la vida providencia y amor, gozo y poesía.
Dios está en medio de nosotros, y lo ha de estar siempre, porque así se ha comprometido al encarnarse su hijo Jesucristo.

“Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo…
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados…
Y termina el Cántico de Zacarías:
“Nos visitará el Sol que nace de lo alto…
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

Hermanos, alegrémonos y demos gracias. Amén.

Puebla, 22 junio 2012.

1 comentarios:

Ailyn dijo...

Felicidades Padre RUFINO, fue elegido su Blog esta semana Blog Destacado en el Directorio de Blogs de Católicos!
Dios le bendiga!
saludos

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