sábado, 30 de junio de 2012

258. La mujer que tocó el manto de Jesús



Homilía sobre el domingo XIII, ciclo B
Mc 5, 21-43
     

Texto del santo Evangelio (sección)

(…) Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en esto toda su fortuna pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: “Con solo tocarle el manto, curaré”. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, y preguntaba: “¿Quién me ha tocado el manto?”. Los discípulos  le contestaron: “¿Ves como te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” El seguía mirando alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pie y le confesó toda la verdad. Él le dice: “¡Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (vv. 25-349.

Hermanos:
1. Hay en los tres Evangelios Sinópticos un pasaje muy singular, que presenta la liturgia de este domingo: dos milagros enlazados en la secuencia de un mismo episodio. Jairo, jefe de la sinagoga tiene una niña de 12 años que está a punto de morir,  pide a Jesús que, por piedad, haga algo. Y, de camino, una mujer con una enfermedad muy delicada, llega hasta Jesús.
Vamos a concentrar nuestra reflexión en la escena de la Hemorroísa. Se trata de una de esas escenas de “Jesús y la mujer”, cada una de las cuales representa la revelación del Evangelio: Jesús tiende su mano a la mujer, que por su condición de mujer tanto ha sufrido en historia de la humanidad. Ya más allá del episodio concreto, nosotros vemos una actitud, un estilo de Jesús, que es la revelación de su misión en el mundo.
2. Recordemos cuáles son esas escenas de encuentro directo, en persona, de Jesús con la mujer:
- Jesús y la samaritana (cf. Jn 4, 1-39),
- Jesús y la mujer siro-fenicia que  tenía una hija enferma, y que dijo a Jesús que también los peros comen debajo de la mesas las migajas que tiran los niños (cf. Mc 7, 24-30),
- Jesús y la viuda de Naím cuando sacaban a enterrar a su único hijo (Lc 7,11-17),
- Jesús y la pecadora perdonada en casa de Simón (cf. Lc 7, 36-50),
- Jesús y la mujer tullida que llevaba 18 años encorvada y Jesús la cura en día de sábado, en la sinagoga (Lc 13,10-17),
- Jesús y la unción de María de Betania en casa de Lázaro y las dos hermanas, Marte y María, unos días antes de su muerte (Jn 12,1-8).

3. Nos preguntamos, ante todo, quién es esta mujer a quien con palabra inusual llamamos “La Hemorroísa” (utilizando una palabra que atl cual se encuentra en el texto original de san Mateo). Hemorroísa es la mujer que padece unos flujos de sangre que alteran su ciclo menstrual femenino. Se trata de una enfermedad, de la cual el Evangelio que hemos leído nos informa con tres detalles concretos:
- que llevaba 12 años con este problema,
- que había gastado toda su fortuna de médico en médico.
- y que, en lugar de mejorar, iba empeorando.
Si una mujer nos explicara el Evangelio, con su propia sensibilidad femenina nos daría a conocer situaciones muy sensibles que se presenta a la paciente y que nosotros no podemos advertir.
Al hablar de estos asuntos, el lector judío, observante de la Ley, sabe que esta mujer se halla en una situación de “impureza ritual”.  Recordemos algunos pasajes del Libro del Levítico, que es el libro de la santidad y de la pureza ritual: “La mujer que tiene flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza quedará impuro; y todo aquello sobre lo que se siente  quedará impuro” (Lv 15,19-20). Después que esta situación se normalice debe permanecer siete días, luego quedará pura y deberá presentarse al sacerdote.
Esto quiere decir que esta mujer se encuentra en estado permanente de impureza ritual, ajena al culto de Israel, que representa la comunión con Dios. Es como una hija de Dios apartada de su Padre. Esta situación es lo grave de esta mujer.

4. Pero esta sencilla mujer del pueblo intuye y comprende, por la pura gracia de Dios, que con solo tocar el vestido de Jesús, quedará sanada, y podrá entrar en la plena comunión con Dios. Ni siquiera hace falta tocar el cuerpo de Jesús – sus manos, sus pies, su rostro -; ni siquiera hace falta que me imponga las manos sobre mi cabeza:  Con solo tocarle el manto, curaré, así ha pensado, y llena de fe, haciéndose sitio, a empujones, en medio de la gente, alcanza a Jesús, y toca el manto del Señor: la orla del manto, detallan san Mateo y san Lucas.
¿Y qué sucede? Una corriente espiritual se desprende del cuerpo de Jesús, como si fuese físicamente una descarga eléctrica, y penetra en el cuerpo de la mujer. La mujer, milagrosamente, ha quedado sana.

(Hay un detalle en san Mateo y san Lucas cuando dicen que lo que toca la mujer es la orla, el fleco o la fimbria del manto de Jesús. Esto corresponde a lo que estaba mandado en la Ley de Moisés: “Yahveh dijo a Moisés:  "Habla a los israelitas y diles que ellos y sus descendientes se hagan flecos en los bordes de sus vestidos, y pongan en el fleco de sus vestidos un hilo de púrpura violeta. (…) Así os acordaréis de todos mis mandamientos y los cumpliréis, y seréis hombres consagrados a vuestro Dios” (Nm 15,37-38. 40; Ver también Dt 22,12). Este detalle del vestido (al menos del vestido festivo, suponemos) debía recordar a los hijos de Israel que eran un pueblo consagrado al Señor, un pueblo sacerdotal, en todo momento dispuesto para el culto de Dios. Jesús, en su vestimenta, se atuvo a este precepto, al mismo tiempo que criticó, en la censura a los escribas y fariseos la vanidad que de ahí se derivaba (Mt 23,5).

5. La escena halla su punto culminante cuando Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha salvado”(Mc 5,34).
¡Qué hermoso es sentir de labios de Jesús la palabra “Hija”! Es una palabra de afecto, de ternura, de vinculación a su corazón. Esta mujer es ciertamente discípula de Jesús, y discípula elegida, porque ha sido confirmada por la prueba de la fe. Discípula eminente, que nos está enseñando a nosotros el verdadero camino del encuentro y del discipulado.
La fe es la familiaridad con Cristo; la fe es la verdadera relación de amor; la fe es la verdadera vida de nuestra existencia. Y tan lejos y tan cerca estamos de la fe ella como nosotros. Como la fe supera nuestros esfuerzos y raciocinios, confesamos humildemente que la fe es la gracia que nos salva. Al salvarnos, también nos sana. La sanación del alma o la sanación del cuerpo, ambas caen fuera de nuestros poderes, y son obra de la omnipotencia de Dios.
6. Ahora demos el último paso en nuestra contemplación de la escena evangélica, y digamos que la verdad, la realidad de lo que estamos escuchando se verifica en los sacramentos. Los sacramentos de la Iglesia nos adentran en la fuente de nuestra salvación, que es Cristo, y son sacramentos de fe. Si tocamos a Jesús con fe, quedamos salvados.
El Catecismo de la Iglesia Católica tiene cuatro partes: Lo que hemos de creer (el Credo); los que hemos de celebrar (la Eucaristía y los sacramentos); lo que hemos de practicar (los mandamientos); y lo que hemos de orar (la oración cristiana y el Padrenuestro). A cada una de estas partes antecede una imagen ilustrativa. Para abrir el tratado de los sacramentos, la imagen que se ha tomado es una imagen de Jesús y la hemorroísa, tomada de las catacumbas romanas, un fresco pintado probablemente al comienzo del siglo IV. Allí están los dos solos: Jesús y la hemorroísa.
Por los sacramentos, hermanos, nosotros accedemos a la santa humanidad de Cristo glorificado; y la puerta es la fe.
Lo estamos celebrando ahora mismo. Si tenemos fe, como la de aquella mujer, que de tantos años arrastraba esta enfermedad, en la cual había gastado sus dineros, si tenemos fe, llegamos hasta Jesús, y allí se produce la unión y la intimidad: Hijo mío, hija mía, tu fe te ha salvado. Amén.

Puebla, viernes 29 junio 2012


LA HEMORROÍSA

I
¿Quién ha tocado mi manto?
¿Quién me ha tocado?

Divinidad me salía
al sentir ese contacto,
aunque era solo la fimbria
en el vuelo de mi manto.
¿Quién suavemente me ha herido
de los pies a mi costado?


II
¿Quién ha tocado mi manto?
¿Quién me ha tocado?

¿Quién, cuando todos me oprimen,
sin herirme me ha llagado,
con las yemas de sus dedos
como mujer me ha tocado?
Y su toque era caricia
como un beso delicado.

III
¿Quién ha tocado mi manto?
¿Quién me ha tocado?

Señalada una entre todos
ésa sí me ha derrotado,
que el amor es vencedor
y la fe es un venablo.
Y ante la fe de los pobres
yo me doy por entregado.

IV
¿Quién ha tocado mi manto?
¿Quién me ha tocado

Mujer, mujer muy doliente,
yo te he visto y te he mirado,
y toda mi intimidad
a ocultas te la he mostrado.
Yo te he tocado, mi Dios,
y te seguiré tocando.

V
¿Quién ha tocado mi manto?
¿Quién me ha tocado?

Yo te he tocado, Señor,
carne de Dios encarnado,
y, al tocarte y adorarte,
tú que amas, me has amado.
Heme aquí, la hemorroísa:
¡eres tú quien me ha salvado!

Puebla, 28 de junio de 2009

1 comentarios:

olguita dijo...

el poema de la hemorroísa¡hermoso¡

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