viernes, 6 de julio de 2012

259. Jesús en Nazaret, el profeta despreciado


Homilía sobre el Evangelio del domingo XIV, ciclo B,
Marco 6,1-6

Texto del Evangelio
En aquel tiempo Jesús fue a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga, la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?  ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y Joset y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa ». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
 Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Hermanos:

1. El episodio evangélico que corresponde al domingo de hoy nos mete de lleno en el escenario de la vida real de Jesús, que podemos formularlo así: Jesús y el vecindario de su pueblo. ¿Qué piensan de Jesús sus compaisanos? Aparecen nombres de familiares, pero directamente en este pasaje no se dice qué opinan de Jesús sus familiares, que, por otros lugares, no parece que fueran tan entusiastas de que en la familia hubiera salido este sorprendente fenómeno del Espíritu.
A propósito, cuenta el Evangelio de san Juan lo que le sucedió a Jesús, con respecto a sus familiares, con ocasión de la fiesta de los Tabernáculos, la fiesta más popular del Calendario judío. “Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo”. Y el propio evangelista hace este comentario: “Y es que tampoco sus hermanos creían en él” (Jn 7,3-5).
En la escena de hoy se nos va a hablar del vecindario.
La visita a la sinagoga de su pueblo no ha sido muy grata. Sus compaisanos no son sus discípulos. Jesús ha tenido que ir fuera, a los pueblos del contorno, y incluso a la frontera norte de Galilea, pero sin lanzarse a la misión entre paganos al estilo posterior de Pablo.

2. ¿Qué piensa  el vecindario acerca de su ilustre y famoso compaisano Jesús?
Piensan lo que es evidente:
- Piensan que Jesús hace milagros. Así están; el explicarlos ya será cosa diferente, abierta a múltiples hipótesis. Porque también los escribas y fariseos dijeron que los hacía por arte de Belcebú, el jefe de los demonios.
- Y piensan que lo que habla este joven revolucionario de las cosas de Dios, es algo que no lo ha aprendiendo de nadie y que eso le tiene que venir de una presencia superior.
Es un gran dato el contar con esta constatación; Jesús tiene unas credenciales fuera de cualquiera. Y no obstante, el misterio de Jesús permanece recóndito: los nazaretanos no dan el paso decisivo, el paso a la fe. Es decir, ni la raza, ni la sangre, ni la parentela próxima son tantos a favor de la fe.

3. Las gentes de Nazaret se han formulado unas preguntas, que no son nuevos avances en el camino, sino enigmas sin respuesta. Y Jesús, al fin, es un escándalo. Su sabiduría es escándalo; sus milagros son escándalo; sus familiares, unos más en el vecindario son escándalo. Y Jesús, que quiere ser signo de salvación, pero si uno no reconoce en él el abrazo de Dios para el mundo, de hecho no es signo de salvación.
Simeón le había anunciado a María que una espada le atravesaría el alma, por causa del Hijo, que había de ser signo de contradicción. Esa misma espada es la que atraviesa el alma de Jesús. Un día Jesús llorará bajando por la ladera del monte de los Olivos, porque la Ciudad amada no ha comprendido el día de su visita.
El episodio de Nazaret, una aldea sin mayor importancia, será un día el drama de Jerusalén, que no reconoce la visita de Dios. Y para san Pablo será igualmente el drama de su pueblo judío, de su presente y de una historia a la vista, que no reconoce la vista de su Dios.

4. La consecuencia inmediata es que Jesús se encuentra con las manos atadas, y no puede hacer allí ningún milagro. Porque el milagro no es ninguna magia: viene de la fe, se desarrolla en la fe, y culmina en la fe. Sin fe no hay milagros.
Y el evangelista dice una frase importante, que es el veredicto  de lo que está pasando. Este desengaño de los suyos tuvo que ser muy doloroso para el alma de Jesús. Él bien sabía las frases de los profetas: de Isaías, de Jeremías, de Ezequiel, que hoy se lee en la liturgia eucarística. Recordemos:
“Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí… también los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado” (Ez 2,3-4).
Jesús sabía todo esto, pero no alivia su experiencia, al tener que gustar el desengaño con el propio paladar. Y entonces dijo: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
Jesús se ve y se autodefine como “un profeta despreciado”. Es su propio destino, aunque la amarga experiencia tiene una contrapartida. Jesús es el más amado de los hijos de los hombres.

5. Queridos hermanos, el Evangelio nos ha llevado a estas consideraciones históricas para situarnos en contexto; pero, ahora viene la interpelación que se dirige a nosotros. ¿Qué ha pensado el vecindario acerca de Jesús?, ya lo hemos visto. Pero el anuncio del Evangelio recae sobre nosotros, no sobre aquello que pasó.
¿Qué piensa hoy nuestro vecindario acerca de Jesús, y muy en particular yo, que llevo el nombre de cristiano, lo que quiere decir, del grupo de Cristo, de la familia espiritual de Cristo, de los discípulos de Jesús, y en cuanto “discípulo” no menos que Pedro, Santiago y Juan?
Mi familia no puede responder por mí; porque la fe, que ojalá tuviera un gran soporte familiar e incluso social, es definitivamente una opción personal. Es que ni sus hermanos creían en él, nos ha dicho san Juan.
La propia tradición ambiental, marcada con el signo del cristianismo, no es la llave de la fe. En última instancia, no me da ninguna garantía de que yo sea verdaderamente cristiano.
Jesús quiso hacer milagros, y no pudo, bien a pesar suyo.

6. A lo mejor, hermanos, por sorprendente que parezca, un criterio de la fe, de mi fe, sea la narración de los milagros que el Señor ha hecho conmigo. Ya hemos dicho que los milagros arrancan de la fe, viven y crecen en la fe, los comprendan o no los comprendan los que no tienen fe. Preguntemos: ¿Cuáles son los milagros que yo puedo narrar que Jesús ha hecho conmigo en el curso de mi vida? He ahí una prueba soberana, una prueba iluminada.
La fe abre espontáneamente, de por sí, a la intimidad y a la experiencia. Es su atmósfera propia. Vivir la fe es abandonarse a la entrega amorosa del Dios de las maravillas.
“Hijo mío, todo lo mío es tuyo”, le dijo el padre de la parábola al hijo mayor de la casa. No le comprendía; no había disfrutado de aquel amor regalado en medio de los sudores del trabajo. No había hecho de su vida una fiesta de amor en la obediencia filial.
Hermanos, Jesús espera nuestra fe. Jesús se admiró un día de la fe de aquel centurión y dijo que en Israel no había encontrado tanta fe. Que Jesús pueda admirarse de nuestra fe. Démosle a él el gozo de la fe que él mismo nos ha regalado. Amén.

Puebla, 5 julio 2012, jueves de la XIII semana del tiempo ordinario.

1 comentarios:

Apostol Totus Tuus dijo...

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