jueves, 26 de julio de 2012

267. Jesús se da y se multiplica

Primera homilía sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,1-15

Texto evangélico

Después de esto, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”. Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no basta para que a cada uno le toque un pedazo”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?”. Jesús dijo: “Decid a la gente que se sienten en el suelo”. Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se pierda”. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pescados de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo”.
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.


Hermanos:

1. La multiplicación de los panes es un episodio central en la vida de Jesús, o de “El drama de Jesús”, que es título de una "Vida de Jesús", muy popularizada en mis años juveniles. En efecto, este suceso, que comienza apoteósicamente, concluye con una ruptura, haciendo una divisoria: quién es de Jesús y quién no lo es. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él (v. 66).
De esta manera resulta que la multiplicación de los panes va a ser el compendio dramático del acontecimiento de Jesús en medio de los suyos. Lo iremos viendo, porque el largo capítulo se parte en cinco secciones para que en cinco domingos consecutivos, empezando hoy mismo, oigamos la revelación de Jesús y demos una respuesta nítida y firme a la pregunta que él nos va a hacer.

2. El primer cuadro de esta composición, de este drama, es algo sencillo y grandioso: el relato de la multiplicación, desplegado en 15 versículos. Un lector ajeno a la fe – indiferente o crítico – puede presentar muchas interrogaciones sobre lo que pasó y cómo pasó. Pero hacemos caso omiso; no es asunto de una homilía. Todo lo más de un estudio académico, riguroso e imparcial, sobre el valor histórico de los Evangelios.
San Juan ha escrito el Evangelio para los que ya creían en Jesús, más aún, para los que adoraban a Jesús, para quienes el Señor Jesús era el centro del culto ferviente de la comunidad. Los Evangelios nacen en el hogar de las comunidades cristianas, y tienen su puesto privilegiado en la celebración eucarística. Y este Evangelio es Eucaristía por los cuatro costados.

3. Estamos, pues, ante Jesús, el Señor, el Viviente que nos preside desde la gloria del Padre.
Jesús ha subido al  monte y allí se sienta con sus discípulos. Vamos a observar cómo Jesús es el que lleva la iniciativa en todos los aspectos. Se ha sentado, y sus discípulos con él; luego mandará a todo el pueblo que se recueste. Jesús y los Doce con él son como el senado de esta asamblea espiritual que nosotros formamos. Porque de esto se trata: Jesús nos da de comer a nosotros. Muy poco nos valdría el recordar la historia santa del Maestro, si, al recordarla, no la viéramos cumplida en medio de nosotros.

4. Jesús tiene una pregunta, y con ella rompe la acción de la escena. Se dirige a un discípulo de nombre griego – Felipe – (quizás san Juan está escribiendo en Éfeso, en el mundo griego) y le dice, como hemos escuchado: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”
En este instante, el evangelista san Juan comienza a darnos una clave, al comentar: Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Si Jesús sabía lo que iba a hacer, ¿para qué pregunta? Para probarlo. Si Jesús prueba la fe de los Apóstoles, que lo sepan todos los pastores de la Iglesia: el papa, los obispos, los sacerdotes. La fe tiene que ser probada, a fin de que aparezca claro que solo Jesús es el jefe y guía, la presencia oculta que se revela en la Iglesia.

5. Jesús manda que se sienten. Había hierba verde, y el lugar se nos antoja como si fuera un anticipo de las praderas celestiales. Porque se trata de un banquete, que Jesús mismo ha preparado, y que él mismo va a servir en directo a los comensales. La recogida la harán los discípulos, pero el servicio de la mesa lo hará el mismo Señor.
Observemos con detalle el texto sagrado que dice: Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Uno puede argumentar, diciendo que fueron los apóstoles los que ayudaron, porque, además, así lo confirman los otros evangelistas que hablan de lo mismo. Pero, hermano, aquí y ahora, estamos explicando el Evangelio de san Juan, que si describe de esta manera, por algo lo describe.
Para san Juan, para la comunidad viva que celebra el culto del Señor, estamos en una celebración viva de la Eucaristía.
Jesús, el que da el don, lo quiere dar a cada uno. El sacerdote que consagra tiene que ser él el que reparta la Eucaristía.
Recuerden lo que ocurría con el anciano Juan Pablo II. En aquellas magnas celebraciones de la plaza de San Pedro, el Papa siempre daba la Sagrada Comunión, aunque no fuera más que a un grupo pequeño de veinte o treinta personas, no obstante su ancianidad y la dificultad que le añadía su enfermedad de párkinson.
Al final, el Señor manda recoger las sobras, los pedazos sobrantes: que nada se pierda de los dones divinos. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pescados de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

6. Estamos en un banquete, y en un banquete todos comen y todos quedan saciados. Lo cual a nosotros nos levanta una pregunta: Nuestra celebración eucarística del Domingo, día del Señor, ¿es un verdadero banquete? ¿Se hallan todos preparados para comer el pan abundante que el Señor ofrece…?

7. La escena culminó con una gran apoteosis. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo”.
Esto es maravilloso…, pero no tanto. Porque a aquel aclamado como Profeta, el Profeta que va a venir al mundo, quisieron hacerle Rey.
No le habían entendido: Profeta de Dios, sí; el profeta que iba a venir a este mundo; Rey, no. Rey nacional, como los antiguos reyes de Israel; Rey para enfrentarse con la dominación del Emperador de Roma, no.
Jesús se vio malinterpretado, y tuvo que huir al monte, él solo, cobijándose en Dios.

8. Este final nos deja a nosotros pensativos: ¿Qué pensamos nosotros de Jesús? ¿Y de la fe? ¿Y de los poderes humanos?
Jesús tuvo que escaparse hasta Dios; no era esa la misión que él había traído a la tierra.
Hoy termina el Evangelio aquí y lo continuaremos los próximos domingos.
Le decimos a Jesús:
Jesús, presencia viva en la Eucaristía, enséñanos quién eres y qué anhelas con tu presencia en medio del mundo. Llénanos de ti, que eres don, el don de Dios, y al darte te multiplicas.
Amén.

Guadalajara, 26 julio 2012.

Como poema para la oración de este domingo, puede verse en mercaba.org: Poemas del Pan de vida I:Pan de Jesús (Jn 6,1-15)

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